Fragmento de la novela “En el mar de Dirac”, del escritor español Antonio Reina Fragmento de la novela “En el mar de Dirac”, del escritor español Antonio Reina
  CAPÍTULO 15 El Xapar no fue siempre un club gastronómico, pero sí un lugar exclusivo, privado y discreto. Mucho tiempo atrás albergó los... Fragmento de la novela “En el mar de Dirac”, del escritor español Antonio Reina

 

CAPÍTULO 15

El Xapar no fue siempre un club gastronómico, pero sí un lugar exclusivo, privado y discreto. Mucho tiempo atrás albergó los secretos de un selecto grupo de empresarios, políticos y banqueros que acudían a él desde cualquier punto del país para celebrar sus encuentros y fiestas. Hace casi cuarenta años que es propiedad de la familia Silas.

José Silas compró la finca cuando sólo era una vetusta posada, cerrada y abandonada desde mucho tiempo atrás, que había servido de alojamiento a un sin número de tratantes de ganado, beneficiados por la proximidad del recinto donde se celebraban las ferias de animales. El negocio fue a menos cuando la feria de ganado se trasladó a otro punto de la ciudad y terminó por cerrar sus puertas con el fallecimiento de su propietario.

Fragmento de la novela “En el mar de Dirac”, del escritor español Antonio ReinaLa posada, que fue adquirida como inversión, permaneció tal cual durante otros veinte años para acabar formando parte de la herencia recibida por el único hijo de José, Alberto. Por aquellos días, Alberto Silas ya era un consolidado hombre de negocios que empezaba a ser considerado influyente y poderoso por las fuerzas vivas de la ciudad. No le resultó demasiado complicado conseguir apoyo y dinero de otros personajes poderosos para fundar el que sería el club privado de caballeros más prestigioso de la época. La antigua hospedería fue transformada de arriba abajo y de ella nació El Xapar para posicionarse como un oasis de libertad y libertinaje absolutos donde tenían cabida desde juegos de casino hasta multitudinarias orgías, en las que participaban las señoritas de compañía más selectas, siempre rodeado de un ambiente de máxima discreción en el que cualquier evento y sus participantes conservaban el anonimato que su posición social requería.

Una noche de diciembre del segundo año de vida del club, muy próxima ya la Navidad, Alberto, acompañado de dos de sus socios minoritarios en el Xapar, Antonio y Juan Manuel, asistía a una fiesta que estos últimos habían organizado por orden del primero. Todos los miembros del club estaban invitados y todos asistieron. En total, cuarenta y cuatro chacales despiadados que debían su fortuna a la absoluta falta de escrúpulos morales en el mundo de los negocios que por otra parte es, ayer igual que hoy, tan frecuente entre los que tienen verdadero éxito. En realidad, las actividades que se desarrollaban en el Xapar tenían esa falta de moralidad como denominador común y como seña de identidad de un espacio impune, totalmente ajeno a la ley y a las convenciones del comportamiento respetable. La noche comenzó con un cóctel de bienvenida a los socios en el que se sirvieron bebidas y aperitivos acordes con el nivel de lujo del local. Treinta minutos después de que llegara el último de los asistentes, tomó la palabra el propietario del club para realizar una breve alocución en clave de bienvenida a la fiesta, pero, sobre todo, con la intención de obtener la adhesión de los presentes a su idea de lo que debía ser el Xapar.

— ¡Buenas noches a todos! Quiero daros la bienvenida a esta pequeña reunión de amigos. Estoy seguro de que la noche de hoy será recordada por muchos de vosotros como la primera en la que os sentisteis verdaderamente libres. El Xapar cuenta ya con vuestra generosa lealtad. Es por eso que quiero haceros partícipes del proyecto que lo inspira. Todos sabéis que este es un espacio donde podéis mostraros tal y como sois. Nadie nos va a juzgar en función de convencionalismos paletos diseñados para controlar a las masas. Tenéis que ser conscientes de que formáis parte de la élite, de un selecto club reservado exclusivamente para los que pueden. Sí, amigos. Nosotros somos los que pueden, los que podemos permitirnos dar rienda suelta a todos nuestros instintos en este espacio totalmente aislado donde sólo nosotros somos la ley y la justicia, donde sólo nosotros decidimos las normas y donde podemos sentirnos bien con lo que realmente somos. Ya conocéis el nivel de nuestras reuniones, quiero decir que sabéis que el Xapar os ofrece la posibilidad de disfrutar de los mejores manjares, del mejor juego, de las mejores fiestas y de los más exquisitos cuerpos de mujer. Aun así, os tengo reservada para hoy una sorpresa que ampliará, hasta el máximo de los límites, las posibilidades de disfrute de esta, vuestra casa. No quiero entreteneros más, estoy seguro de que no estáis aquí para escuchar mis divagaciones. Podemos ya, si os parece bien, bajar al sótano. Cinco señoritas que han sido especialmente seleccionadas para el día de hoy nos esperan para dedicarnos las más exquisitas artes, especialidad de su oficio. Hasta el momento en que os presente la sorpresa que os he prometido, alzad vuestras copas para brindar por nuestra hermandad. ¡Viva el Xapar! ¡Divertíos sin límite!

Tras el resonar de las copas que chocan entre sí, una salva de aplausos da por terminado el discurso y, poco a poco, todos los presentes se dirigen a las salas situadas en la parte inferior del edificio. La escalera que baja hasta allí se abre a una estancia a modo de hall en la que los invitados continúan charlando y bebiendo sin parar. Hay una puerta de doble hoja de madera maciza labrada con motivos de caza, delante de la cual un sirviente monta guardia. En un momento determinado, suena insistentemente una campanilla hasta que consigue imponerse sobre el murmullo y las risas. Se ha hecho el silencio entre los presentes y la voz de Juan Manuel Olivares se dirige hacia todos ellos, abriendo de par en par la puerta labrada con un gesto que da a entender que ahora está permitido traspasarla:

— ¡Queridos todos! ¡Fiestaaa!

El salón es enorme. Dispuestos en diferentes zonas a modo de islas, se agrupan sofás y sillones en torno a grandes mesas bajas repletas de comida, bebida y bandejas que ofrecen a los invitados diferentes drogas, especialmente cocaína por ser prácticamente la sustancia oficial del club, la que consume todo el mundo. Un cuarteto de cuerda y piano comienza a interpretar conocidas piezas de música clásica desde detrás de unos biombos que impiden que los músicos puedan ver a los asistentes. Estos, sin embargo, sí pueden contemplar las siluetas de los que están tocando, iluminados desde atrás. Un gran cortinaje de techo a suelo, acota una de las esquinas de la sala restándole un espacio importante. Pronto se forman corrillos en torno a los sillones que intercambian miembros de tanto en tanto en animadas charlas que, con el trasiego de bebida y droga, se convierten en ocasiones en acalorados debates sobre política, economía o mujeres. En torno a la medianoche y con el mismo procedimiento de iluminación utilizado con los músicos, sobre el cortinaje de la esquina aparecen las siluetas de cinco mujeres alrededor de lo que parece ser una enorme cama. Entre los socios se escuchan aullidos y gritos dirigidos a las chicas que perfectamente podían ser propios de la más baja calaña. Un escándalo que aumenta en intensidad cuando las sombras comienzan a tocarse, a besarse entre ellas, a dedicarse todo tipo de caricias con las manos y las cabezas que se pierden entre piernas ajenas. Una de las chicas se ha colocado un arnés cuya sombra da idea del tamaño que lleva puesto y, una a una, va penetrando al resto de las siluetas. Las que no están siendo embestidas por la sombra dominante continúan dedicándose a dar placer al resto de las compañeras. La excitación es tal entre los caballeros que alguien grita: «Abrid ya la puta cortina» y, como si fuera una orden de obligado cumplimiento, esta se abre para dejar la escena, perfectamente iluminada, a la vista de todos. Cinco diosas de cuerpos perfectos se aman sobre una inmensa superficie redonda tapizada en terciopelo rojo y cubierta de cojines de diferentes colores. No es necesaria ninguna invitación para que los más lanzados se abalancen sobre ellas, uniéndose a la fiesta, mientras el resto continúa con sus charlas y disfruta del espectáculo. Las chicas son, efectivamente, profesionales de alto nivel en torno a los veinticinco años y, entre las cinco, se las ingenian para lidiar con un mínimo de quince lobos sedientos de carne a los que satisfacen una y otra vez. Continuamente se agregan nuevos miembros a la orgía y otros, exhaustos, la abandonan en una sucesión sin límite de sexo duro y lujuria. En un momento dado, la pelirroja imponente que portaba el arnés antes de que se abriera la cortina vuelve a colocárselo y se une a un grupo de cuatro hombres que dedican todas sus atenciones a una chica rubia de grandes pechos, con el pelo muy corto, que parece poder con todos ellos y tener capacidad para admitir alguno más.

Fragmento de la novela “En el mar de Dirac”, del escritor español Antonio Reina

La pelirroja tiene intención de penetrar a alguien y se equivoca en la elección. Por algún motivo cree que es buena idea escoger a uno de ellos, tal vez el más joven que, a cuatro patas sobre la cara de la rubia, recibe en sus genitales toda la capacidad que ella tiene en la boca para procurar placer. Con el aparato lubricado hasta chorrear, agarra las caderas del hombre y comienza a penetrarlo sin que este haga el más mínimo gesto de disgusto. Los observantes enmudecen, pues si algo tienen en común, es su más absoluto desprecio por lo que están viendo, homófobos todos hasta la médula. Sin aviso previo, un chasquido seco y brutal truena en la sala por encima de la música clásica que continúa sonando sin interrupción ni alteración alguna. Y después otro chasquido. Dos latigazos brutales que Alberto Silas acaba de colocar sobre las respectivas espaldas de puta y puteado. A estos les siguen otros dos que abren la carne de ambos y salpican de sangre la escena entre los gritos de dolor de los castigados que se han arrojado sobre la cama adoptando posiciones defensivas. Mientras, el resto de los caballeros continúa a lo suyo con las chicas y las separan de los que están siendo escarmentados por su comportamiento inapropiado, trasladando la fiesta a los sillones más cercanos.

Alberto pierde totalmente el control y golpea a la pareja sin cesar, como un poseso, con verdadera saña. La sangre lo cubre ya todo cuando el joven pierde la consciencia. Ni una sola voz se alza para impedir tan severo trato y cuando por fin el verdugo se da por satisfecho, a un gesto suyo, dos de los asistentes a la sazón, íntimos amigos del ajusticiado, lo cogen de brazos y piernas y se lo llevan a una sala aparte. La chica, con el arnés roto colgando groseramente a un lado de la cadera, no para de sangrar y llorar mientras suplica clemencia. Alberto la agarra del pelo sin vacilar, dedicando una brutal sonrisa a la audiencia que contempla lo que sucede sin alterarse, como si fuera algo natural, y la arrastra hasta la misma sala adonde se llevaron al otro castigado.

Sudando y cubierto por salpicaduras rojas, Alberto se pone en pie sobre la cama. Evidentemente ebrio, pero conservando intacta la capacidad de hablar con elocuencia, grita a la sala:

— ¡Un momento, un momento! —Todos los presentes, incluidos la media docena que en ese momento batallan con las chicas, se disponen a escuchar lo que tiene que decir.

–Os he hablado antes de una sorpresa. Pues bien, ha llegado el momento que os anuncié. Recordad que hacemos lo que hacemos porque podemos. Y precisamente porque podemos, vamos a dar un paso más en nuestra capacidad para decidir qué está bien y qué está mal. Desde hoy ya no existirá absolutamente nada que pueda ser censurado por ninguno de nuestros socios, a excepción, claro está, de comportamientos expresamente prohibidos como el que acabamos de presenciar por parte de Pedro Álvarez. Por si alguien tiene alguna duda, los maricones no tienen cabida entre los socios del Xapar.

Mientras habla, su cara contraída por una mezcla de ira y triunfo no deja lugar a dudas de que está hablando en serio.

—Vosotros, los que estáis follando ¡Apartaos de las chicas, coño! Ponedlas sobre esta cama y sujetadlas. ¡Que no se muevan! —No ha terminado de hablar cuando la orden está cumplida. Las chicas, aterrorizadas, no dan crédito a lo que está pasando al ver cómo son arrastradas e inmovilizadas sobre el terciopelo rojo manchado de sangre y restos de carne y piel. —Por favor, acercaos todos. Haced un corro alrededor de la cama. Quiero que participéis de nuestro primer acto de poder absoluto.

Continúa de pie entre las chicas, forzadas a permanecer inmóviles. De la cintura trasera de su pantalón saca un cuchillo curvado con aspecto de estar muy afilado. Se agacha sobre la rubia de pelo corto, que es sujetada por dos hombres, deleitándose en la expresión de terror que habita su rostro, y le hace un corte largo, pero poco profundo, que parte en dos su ombligo. Inmediatamente comienza a sangrar y a proferir alaridos. Uno de los que la sujetan hace ademán de taparle la boca, pero Alberto se lo impide.

Fragmento de la novela “En el mar de Dirac”, del escritor español Antonio Reinan—No, hermano, no. Queremos oír su sufrimiento, queremos escuchar sus gritos porque a los oídos de nosotros, de los que podemos, son la manifestación sonora de la súplica ante el tormento que un ser abyecto efectúa a su Dios. ¡Nosotros somos Dios! Y desde hoy tenemos dentro de nuestro club la potestad de decidir quién sufre, quién vive y quién muere. —Otro tajo sobre el vientre es seguido por uno en el brazo derecho y luego por otros en la parte interior de los muslos. Todos con la profundidad justa para ser muy dolorosos, permitir que la sangre mane abundantemente, pero ninguno de ellos mortal. Corta muy despacio y busca la mirada de la chica a cada milímetro de piel que abre. El resto de las putas han dejado de llorar y gritar, contagiadas por el shock de lo que se les viene encima. Alberto, completamente enajenado, vuelve a hablar.

— ¡Sí, amigos míos! Hago esto porque quiero, porque me proporciona un placer que no acertaría a describiros, pero, sobre todo, lo hago porque puedo. En el cajón de ese mueble hay dagas como esta para todo aquel que quiera unirse a mí, para todo el que tenga los cojones suficientes para ejercer el poder que le otorga ser miembro de este club. Para todo aquel que quiera considerarse lo que yo me considero: un Rapax, un depredador inmune a la acción de la justicia que cohíbe al resto de los mortales, un ser verdaderamente libre con auténtico poder. ¿Hay algún otro Rapax entre nosotros esta noche? —grita con toda la potencia de la que es capaz—. Todos aquellos que no lo podáis soportar o que no queráis uniros al club, debéis aprovechar este momento para marcharos. Pero recordad que al acceder a nuestro grupo jurasteis no divulgar por ningún medio nada de lo que ocurre entre las paredes del Xapar. Sólo espero que seáis capaces de cumplir vuestra promesa. —Mientras habla no ha parado un instante de cortar la carne de la chica rubia que continúa consciente, envuelta su cara en lágrimas y quejándose, quedamente ya, ante el dolor que le provocan sus heridas.

Son un grupo de seis hombres los que, en desacuerdo con lo que está pasando y sin mediar palabra, han salido de la sala del sótano ante la mirada despectiva del resto de los participantes en la particular fiesta. El resto no ha dudado un instante en recoger su correspondiente cuchillo del cajón. Algunos con timidez y otros con verdadera saña, comienzan a cubrir de cortes los cuerpos de las tres chicas. La excitación va en aumento entre la manada de hienas que se pelean por encontrar, en cualquiera de los cuerpos, un resquicio donde asestar un corte. La sangre y los gritos de dolor envuelven por completo el salón mientras los músicos, parapetados detrás del biombo, interpretan a su modo la Cabalgata de las Valkirias de Wagner como si nada del horror que allí está ocurriendo fuera con ellos. Varios de los caballeros Rapax, saciados de sangre, se masturban sin ningún rubor contemplando la escena. Alberto se ha reservado para sí el cuerpo entero de la chica rubia y sólo cuando está completamente empapado en su sangre y apenas puede sujetar el cuchillo, que le resbala entre los dedos ensangrentados, da el paso definitivo.

Por un instante contempla lo que ha hecho con el aspecto de un lobo rabioso, jadeando por el esfuerzo, grabando en su cerebro cada corte y la forma en que se vierte la sangre sobre el terciopelo rojo alrededor del cuerpo. Es entonces cuando acerca su cara a la de la joven, que solo puede ya mantener los ojos entreabiertos, y pronuncia ante ellos la palabra «gracias» susurrando y arrastrando las letras mientras le abre la garganta de oreja a oreja. Con el gesto último de Alberto, el resto de las chicas están sentenciadas y no pasa demasiado tiempo hasta que reciben el mismo final que la rubia del pelo corto.

La jauría está cansada. Desparramados sobre los sillones, los socios se recuperan del esfuerzo entre risas y comentarios exultantes relativos a lo que acaban de hacer entre todos. Nunca ha sido más fuerte la sensación de pertenencia al grupo que ahora que todos están hermanados por el inconfesable secreto de la carnicería que acaban de llevar a cabo. Alberto se siente plenamente feliz, sin embargo, su rostro serio y pensativo suscita la pregunta que Antonio Robles le hace:

— ¿Te pasa algo, Alberto? ¿Algo va mal? —Él levanta la cara cubierta de sangre y lo mira en silencio por un instante.

—No podemos fiarnos de esos seis. Antonio, encárgate tú de que nuestro secreto quede a salvo, por favor. No debemos dejarles pensar sobre cuánto han visto hoy, para mañana será tarde. No deben volver a ver la luz del sol. ¡Ah! Y encárgate de los dos amigos del maricón también. —Robles asiente con la cabeza.

—No te preocupes por nada. En cuanto acabemos con la pelirroja y el maricón de Pedro, me encargo de todo. Déjalo de mi cuenta.

— ¡Caballeros, caballeros…! —Alberto vuelve a dirigirse a todos los presentes—. Felicidades por haber aceptado el reto de convertiros en genuinos Rapax. Propongo que prolonguemos la velada en la sala club de la planta superior. Allí nos esperan Pedro Álvarez, la putilla pelirroja y una enorme cantidad de exquisitos platos, bebidas y cocaína. No debemos hacerlos esperar. Si me acompañan, por favor. —Y diciendo esto se encamina, seguido por la cohorte de empresarios, políticos y banqueros que constituyen la manada, hacia el salón que preside una enorme R laureada hecha de oro macizo.

La gran mesa de madera que preside la sala Rapax se encuentra dispuesta con todo lo necesario para agasajar al selecto grupo de psicópatas que se ha dado cita esa noche en el club gastronómico. Un par de sirvientes flamean queso sobre unos medallones de solomillo ibérico con sopletes de cocina de un tamaño excesivo para el fin que se pretende. Los asistentes se distribuyen por el salón hablando entre ellos y sirviéndose bebida y droga sin medida. La R laureada se encuentra colocada sobre una pared de madera de ébano veteado que disimula perfectamente la puerta sobre la que está fijado el símbolo de la sala club. Sin previo aviso, la puerta se abre y por ella entran otros dos empleados que empujan sendas camillas en las que yacen, completamente desnudos e inmovilizados por fuertes correas, Pedro Álvarez y Cristi, que así se llama la fulana pelirroja.

La expectación es máxima entre los socios, todos cubiertos por parte de la sangre derramada en el salón del sótano, que, pese a estar intrigados por la aparición en escena de tan particular caravana, continúan a lo que estaban —es decir, a la charla, la comida, la bebida y las drogas— y permanecen a la espera de acontecimientos. Pedro y Cristi los maldicen desde su posición tumbada con todo tipo de insultos y amenazas de denuncias ante la policía que no alteran lo más mínimo el ánimo de los presentes. Ambos acaban con sendas servilletas ocluyendo sus gargantas. Llegados a este punto, Alberto habla de nuevo para todos llamando su atención golpeando una copa de cristal.

—Mis queridos amigos. Como colofón para la espléndida velada de la que estamos disfrutando hoy, quiero ofreceros una última vuelta de tuerca al concepto de poder del que os llevo hablando toda la noche. Sé que muchos de vosotros pensaréis que es posible alcanzar niveles incluso más sublimes en el arte de infligir dolor, lo sé. No obstante, en atención a aquellos otros de vosotros que sois nuevos en la delicada tarea de la tortura eficiente, he querido limitarme al acto que vais a contemplar. Se trata de un método muy conocido pero que gana en espectacularidad cuando uno tiene la oportunidad de presenciarlo en directo. En esencia no necesitamos justificación alguna para ejercer nuestro derecho sobre el dolor ajeno, lo hacemos porque podemos. Grabaros esto en vuestras mentes. ¡Porque podemos! Sin embargo, esta noche ajusticiaremos a dos personas que se merecen lo que está a punto de ocurrirles. ¡Una por puta pervertida y el otro por puto y pervertido maricón! Por favor, no quiero que perdáis tiempo prestando demasiada atención a los hechos que se sucedan a partir de ahora, principalmente porque el tormento será largo. Continuad a lo vuestro. Esto es una fiesta. Podéis mirar y escuchar cuanto queráis, pero, por favor, sentíos libres de no prestar atención si así lo creéis conveniente. No tengo nada más que decir. ¡Viva el Xapar! ¡Viva el Rapax!

Tras un viva unánime cada cual continúa con lo que estaba haciendo, prosiguen los círculos de charla y los grupos donde se cuentan chistes. Pero alrededor de los dos cuerpos empieza a haber movimiento. El propio Juan Manuel ha colocado un cubo metálico sobre el vientre de cada uno de los infortunados personajes. Antonio Robles ha aparecido con dos jaulas que contienen sendos ejemplares enormes de rata que convierte en prisioneras atrapándolas bajo los cubos de metal. Las caras de Pedro y Cristi dan motivos suficientes para pensar que ambos saben perfectamente lo que les va a ocurrir y cuánto les va a doler. Todo empieza cuando Alberto, con un soplete, y su inseparable amigo Antonio con otro, empiezan a calentar los cubos cuya inmovilidad han procurado previamente atándolos al cuerpo de las víctimas. Han decidido no sacarles las servilletas de la boca, al fin y al cabo, incluso con ellas dentro se les va a escuchar sufrir y no quieren interferir excesivamente en la diversión del resto de socios. No pasa demasiado tiempo hasta que Pedro primero y luego Cristi comienzan a intentar gritar y librarse de sus ataduras, tareas ambas totalmente inútiles dadas las circunstancias. Puede verse claramente la desesperación en sus ojos y las muecas de dolor que desfiguran sus rostros cuando empieza a ser palpable la agitación en el interior de los cubos, la desesperación de los animales por encontrar una salida de la trampa ardiente en la que los han metido y cómo intentan abrirse una vía de escape a través del vientre de su huésped. Un instante después, brota la primera sangre por debajo de los baldes y desde fuera los espectadores más curiosos que rodean las camillas, contemplan los bultos que se mueven en el interior de los cuerpos intentando huir del infierno de los sopletes. Mientras las ratas devoran las entrañas de los dos, Alberto, Antonio y Juan Manuel, junto a otros treinta y cinco representantes de lo más granado de la sociedad de la época, disfrutan de la primera de muchas noches y fiestas de este tipo que tendrán lugar en el Xapar a lo largo de los años.

La Redacción

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