Ezra, el indiferente Ezra, el indiferente
Ezra ─a quien algunos maliciosos apodaban el Cómic por su propensión a leer historietas de “Kalimán”, “Fantomas” y “Memín Pinguín” Ezra, el indiferente

Ezra ─a quien algunos maliciosos apodaban el Cómic por su propensión a leer historietas de “Kalimán”, “Fantomas” y “Memín Pinguín”─ había sido siempre un estudiante destacado. Curiosamente, jamás había vivido pegado a los libros. Simplemente, gozaba de una buena memoria. Ni siquiera le gustaba la escuela, cuyos profesores no pasaban de recitar: “Nana Caliche no sale de casa/Porque los pollos le comen la masa/ Nana Caliche no sale al sermón/ Porque su perro se come el turrón…” y esa clase de bobadas.

Cuando se hizo adolescente y terminó el bachillerato, no quiso complicarse y decidió licenciarse en la universidad a distancia para sacar una carrera sencilla: Ciencias de la comunicación. Se le facilitaba escribir y, como poseía una fantasía desbocada y proclive al lirismo, no le costaba trabajo ningún engarzar algunas metáforas en sus trabajos semestrales. Los maestros, que se conformaban con poco, le auguraron un buen futuro como intelectual, cosa que a él le importaba menos que jugar Pac-Man, Moon Patrol y Asteroids, sus auténticas pasiones.

Durante los cinco años que duró la carrera, evitó, hasta donde pudo, todas las materias que implicaran las matemáticas. Al final, eligió una cosa llamada “Prensa escrita” y otra titulada “Psicología en la comunicación colectiva” como asignaturas principales. A diferencia de sus compañeros, que soñaban con salir a cuadro o sentarse a decir sandeces en una sala de radio, él prefería un quehacer más sencillo y, si se podía, clandestino.

Ezra pensó que nadie mejor que un tipo que sabía redactar y, además, era preguntón y entrometido para hacer de reportero. Al principio, le entusiasmó la idea de poder rastrear las corruptelas y los contubernios entre los poderosos de las que tanto hablaba su viejo profesor de “Prensa contestataria”, un tipo incendiario que imaginaba que se cocinaban intrigas y maquinaciones neoliberales y trasnacionales hasta debajo de una piedra.

Al Cómic se le antojó descubrir los tejemanejes que hacían que determinada clase se comportara de tal o cual forma. ¿Por qué la raza humana era especialmente estulta con la naturaleza, los animales y aun con su propio género?, fue una pregunta que, iluso, creyó poder responder con sus pertrechos periodísticos. Durante un tiempo, Ezra supuso que podía enterarse ─y develarle al público ávido de denuncias y desenmascaramientos, aun sin evidencias─ sobre todos los vicios y degeneraciones que, en secreto, tramaban los poderosos en contra del pueblo bueno e ignorantote, de donde él mismo provenía. También imaginó que, estudiando esa carrera, que sólo requería un poco de fábula y varia invención podía leer acostado en su cama con las piernas recargadas en la cabecera. Y, al final, eso fue lo que más le atrajo ─e hizo sin ningún pudor─: devorar libros, estar acostadito en su casa y no alzar un dedo para nada.

Cuando, después de varios años de flojear, su madre lo obligó a buscar empleo, se alquiló como redactor en una revista de deportes. Estaba a punto de cumplir treinta años. Y, definitivamente, no le gustaba trabajar.  Su excursión diaria a la oficina era toda una aventura. En primer lugar, se enfrentaba a la complicación de abordar un microbús hacia el sur de la ciudad. No le gustaba viajar en el Metro. Lo detestaba. El transbordo de trenes y la larga espera entre uno y otro lo ponía de pésimo humor. Prefería tomarlo al mediodía, cuando los vagones estaban vacíos y había asientos disponibles para todos. Se bajaba en la estación Coyoacán y caminaba, a pasos largos e ininterrumpidos, hasta avenida Centenario. Sobre el Circuito interior habían construido, en pocos meses, unos enormes edificios departamentales. Sus imponentes bardas y muros de concreto les conferían el aspecto de una enorme vecindad que escalaba al cielo. Se detenía un momento en el estacionamiento del Sumesa de Churubusco, donde un tipo calvo y malhumorado, montado sobre un simpático triciclo, vendía pan de dulce, tortas de huevo, cafecitos cargados y tecitos azucarados en vasos de unicel. Como Ezra era su “cliente”, el sujeto se dirigía a él con gran confidencialidad, inclinando el cuerpo sobre la tablita donde preparaba sus mejunjes y sin dejar de hablar. Mientras removía el café con el agua, el vendedor se entretenía refunfuñando sobre el mal clima, ya sea que hiciera frío o calor. A veces le daba por sancionar a las personas que dejaban a sus hijos “tragar cualquier porquería en la calle”. Un día le dijo: “¿Cómo se atreven esos padres imbéciles a darles a sus niños alimentos elaborados con aceite rancio y llenos de gérmenes? ¡Ya ni la chingan!, en serio”. Esos momentos le parecían tortuosos y, de haber sido un poco más arrojado, le hubiera pedido que no le contara esa clase de pendejadas. Ezra detestaba absolutamente a los facinerosos. Pero nunca lo hizo. Por el contrario: recibía cada comentario del vendedor, o del idiota que fuera, con una estúpida sonrisa. A veces, no muchas, les respondía con un susurro áspero. Ezra, aunque cultivaba una pura y calculada hosquedad, pertenecía a la clase de retraídos que, para evitarse pleitos y discusiones, archivaba los problemas. Aunque, debido a su corpulencia y su gesto ceñudo, muchos lo tenían por un tipo colérico, se trataba, en el fondo, de un mequetrefe pacífico y honesto. Era de los hombres que, aunque un suicida amenazara con saltar de un puente, no se detenía a mirarlo. No había forma de presionarlo o chantajearlo. Ni siquiera le importaba que, en las últimas semanas, en el trabajo estuvieran más torvos y exigentes que nunca. Era un indiferente, una especie de autómata que caminaba por la vida ─o más propiamente dicho: hacia su trabajo─ marchando con un pie delante del otro, sin distraerse por nada de lo que pasara por el ancho ─y para él, apestoso─ mundo.

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla (Ciudad de México, 1974). Ha sido editor de política, cultura y literatura en el Fondo de Cultura Económica, Excélsior y La Razón. También ha sido colaborador de revistas, suplementos culturales y literarios, dentro y fuera de México: Tiempo Libre, La Mosca en La Pared, Quimera (España), La Jornada Semanal, Ovaciones en la Cultura, Novedades en la Cultura, Sábado del periódico Unomásuno, Paréntesis y Metrópoli ficción. Ha sido columnista de Arena de Excélsior, del periódico Folha de São Paulo (Brasil) y de la revista La Rabia del Axolotl. En 2001 obtuvo el Premio Internacional de traducción João Guimarães Rosa. Alternativamente, ha sido profesor de español y literatura en el ITAM y la Universidad Iberoamericana; ha sido lector y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidade Federal de Minas Gerais, en Belo Horizonte, Brasil. Es autor de los libros Según dijo o mintió, Elogio del desvarío, Álbum de fatigas y Pedazos de mí mismo.