En los llanos de Rulfo: la casa donde nació es ahora un monasterio En los llanos de Rulfo: la casa donde nació es ahora un monasterio
La casa donde nació Juan Rulfo es hoy un monasterio de clausura. Nadie habla desde las nueve de la noche hasta las siete de... En los llanos de Rulfo: la casa donde nació es ahora un monasterio

Mañana, 16 de mayo, se cumplen 100 años del nacimiento del narrador más potente de la literatura mexicana.

La casa donde nació Juan Rulfo es hoy un monasterio de clausura. Nadie habla desde las nueve de la noche hasta las siete de la mañana. En la habitación en la que su madre lo trajo al mundo, sobre una cruz de madera de tres metro de alto, cuelga un Cristo agonizante de madera.

La imagen no tiene ombligo ni pezones. Sólo acompaña en sus rezos a los nueve Monjes Adoradores Perpetuos del Santísimo Sacramento del templo, los únicos habitantes de la vieja morada, desde hace más de 20 años, cuando la familia materna del escritor les donó toda la casa y la finca, de más de una hectárea, en el pueblito de Apulco, al sur de Jalisco, donde nació Rulfo, el 16 de mayo de 1917, aunque fue registrado en Sayula, mucho más civilizado que aquel villorrio caliente y polvoriento, conformado por la iglesia y algunas casitas para los trabajadores de los terrenos de la hacienda familiar de los Vizcaínos, de origen vasco y terratenientes hasta los días de la Revolución mexicana.

Pero Apulco ahora sigue siendo tan pequeño como cuando los días de la infancia de Rulfo. Sólo tiene 300 habitantes. El ahora templo de clausura sólo puede acoger a diez hermanos, porque no tienen manera de financiarse en ese lugar. Hacen galletas y pizzas para venderlas en un localcito en una esquina del monasterio.

Juan Rulfo. En los llanos de Rulfo: la casa donde nació es ahora un monasterio

La iglesia sigue en pie. Cuentan que el abuelo Carlos Vizcaíno Vargas viajó hasta Roma para que su iglesia fuera agregada a la basílica del Papa en el Vaticano. Su viaje duró cuatro meses, pero fue recibido por el papa Benedictino XIV, quien bendijo su templo privado y le concedió varios privilegios como la concesión de indulgencias plenarias. El poder de borrar todo pecado. Allí están enterrados aún los restos de los abuelos y el padre del escritor. Un pórtico de mármol, en un lateral de la nave, señala sus tumbas.

Su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, fue asesinado por la espalda por un ganadero de la zona, Guadalupe Nava Palacios, quien hacía que sus vacas pasaran por los terrenos familiares y cada mañana rompía las cercas para que sus animales cruzaran. Cada tarde Cheno, como era conocido su papá, las volvía a componer. Pero el terco de Guadalupe una tarde lo esperó, escondido en los arbustos, y le disparó a mansalva. Allí quedó tendido en una vereda polvorienta, donde todavía se conserva una cruz de metal oxidado sobre un montículo de piedra, que recuerda aún el lugar de la tragedia. Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor ninguno, entre tinieblas”, escribió años más tarde. Esa muerte inútil lo marcaría para siempre.

Todavía algunos, los más viejos, de esas tierras calientes recuerdan el asesinato del Cheno, que nadie vengó y el pequeño Rulfo tuvo que quedar al amparo de su hermano mayor Severiano. Dicen que su entierro fue una larga procesión de antorchas encendidas, “como si hubieran incendiado el llano”.   Quizás desde ese día el Gran Llano de Jalisco, decenas de kilómetros áridos entre haciendas y haciendas, empezó a formar parte del territorio mítico de Rulfo,  de duro pellejo de vaca, esa tierra deslavada, una llanura rajada de grietas y de arroyos secos, donde ni maíz, ni nada nacerá

Juan Rulfo. En los llanos de Rulfo: la casa donde nació es ahora un monasterio

Pero esa tierra agreste resulta hoy un vergel artificial. Sobre aquellos terrenos áridos se han ido levantando centenares de invernaderos, techados con plástico blanco, donde nacen tomates, pepinos y aguacates. El dueño ahora es de Sinaloa. Parquea su avioneta privada en una pequeña pista, que hizo construir, al lado de los tomates. Trajo gente de Oaxaca y Chiapas para cuidar de sus invernaderos. Les paga unos 800 pesos a la semana.  Hay quien dice que aún Pedro Páramo vaga por esos llanos, donde aún sigue hundido en el puro calor sin aire.

La Redacción

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