El recreo del mundo El recreo del mundo
Hace días platicaba mi amigo Lalo. Sin ningún contexto que pudiera anticiparlo, como quien bosteza o estornuda soltó un «extraño el mundial». El recreo del mundo

Hace días platicaba mi amigo Lalo. Sin ningún contexto que pudiera anticiparlo, como quien bosteza o estornuda soltó un «extraño el mundial». Lo entendí al instante.

En algún texto, mi amigo escribió la descripción más acertada que hasta hoy he escuchado sobre la Copa Mundial de Fútbol: «Es el recreo del mundo».

Durante el Mundial, los ciudadanos se unen y olvidan, por un rato, filias religiosas, tendencias políticas y hasta clases sociales. Todos están representados en la camiseta de su nación y la defiende a muerte. El apoyo es incondicional a “los nuestros”, al menos hasta que los eliminan.

Más importante aún, no hay nada que exalte más nuestro sentido de humanidad que la Copa Mundial, podemos ver el juego al lado de quien sea y donde sea. No hay razones para desconfiar de un hermano mexicano, ecuatoriano, colombiano… que se sienta en la barra de un bar a beber un cerveza mientras ve a su selección.

La distensión de ese verano, que ocurre cada cuatro años, es impensada durante los otros 47 meses de la vida. Suspender las clases o dejar de trabajar durante los 105 minutos que dura un partido, preparar carnes asadas a medianoche (si el evento es en Asia), emborracharse antes de mediodía si es en Europa o ver siete horas continuas de televisión, son actividades que solo se conceden como “buenas” bajo el fuero de esa temporada.

Años atrás, acudí a la final de la Liga de Ascenso. En la rampa de salida me encontré a un niño que caminaba junto con su madre y abuelo. El pequeño, que seguro era aficionado del Atlético San Luis (equipo que ya no existe), se desgañitaba en groserías contra los jugadores y el árbitro. Cerca de la puerta, su mamá le explicó que las malas palabras eran solo para decirlas dentro del estadio y estaban prohibidas afuera. El pequeño pareció no escucharla, pues continuó con su discurso, pero instantáneamente cuando cruzó el umbral de la vía pública, guardó silencio. Con esa escena pensé que los estadios son archipiélagos que afortunadamente existen para ayudarnos a sobrellevar la existencia mientras esperamos a que llegue ese julio.

Recuerdo que la mañana de domingo en que Arjen Robben decidió tirarse un clavado en el área mexicana para volver a dejar a México en octavos de final. Cerré los ojos y pensé que me gustaría dormir cuatro años a la espera del Mundial de Rusia. Es exagerado, pero en ese instante nada tenía sentido. ¿Para qué iba a querer escribir, salir, comer o hablar, si México ya no iba a jugar? Después comprendí que lo que en realidad me ocurría, y seguro a millones también, era que había despertado del idilio que representa vivir para ver futbol.

Los resultados recientes de México en Copa Confederaciones, Juegos Olímpicos y Copa América me dan todas las pistas de que un sábado o domingo dentro de poco volveré a hundirme en el sofá, cubrirme la cabeza con los cojines y desear que me congelen hasta que de ahí hasta que sea 2022. Pero, carajo, que suene la campana y comience el recreo.

 

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores es un periodistas mexicano, entusiasta de la comida callejera, fanático del rocanrol, los perros, la literatura de la onda, Donnie Darko, las Chivas y el Athletic de Bilbao. Actualmente reside en San Luis Potosí y es subdirector editorial del periódico La Orquesta.mx. luismorenoflores@gmail.com /@LuisMorenoF_