El ojo futuro de Hattula El ojo futuro de Hattula
De las cincuenta o cien llamadas diarias que de seguro llegan a este hotel de porquería, ésta es otra que no ha servido para... El ojo futuro de Hattula

–He estado intentándolo toda la mañana…

–¿Qué hora es?

–Las once y cuarto, señor. Vinieron a buscarlo desde temprano. Dicen que es urgente. Son de una fundación… Nojoli Larry, algo así.

–Moholly-Nagy. Dígales que se vayan… Ya se los había dicho: cada vez que alguien de una organización de nombre extraño hable con uno de ustedes y pida por mí, díganle que no me moleste. ¿Muy complicado?

–Señor…

De las cincuenta o cien llamadas diarias que de seguro llegan a este hotel de porquería, ésta es otra que no ha servido para nada. Ahora me han despertado ya. El servicio no es del todo malo, pero no por eso deja de ser incomprensible. Parece ser, por ejemplo, que a todas horas cambian de telefonista, gracias a no sé qué lógica secreta para incrementar la confusión en los clientes. A veces uno escucha la voz obsequiosa de una niña no mayor de catorce, otras la de un viejo a punto del llanto. Basta volver a marcar a la recepción un momento después de haber colgado, para encontrarse con un tono distinto. Si los dueños de aquellas voces se escucharan a sí mismos, se lamentarían tanto como lo hago yo y se irían a buscar otro trabajo. Su necesidad está repleta de una tesón que luego de haber sido saciada con el pan de cada día, me parece incomprensible. Del mismo modo imagino a los de la Fundación, que han esperado toda la mañana para que les reciba. Es increíble su constancia diaria. Increíble también su aparente urgencia. Pero así son estos preservadores de la muerte; hasta cuando te van a favorecer, te joden. No tienen otra ley que supere esa encomienda secreta. Incluso si su función fuera informarte sobre tu derecho a hundirles un trinchador en el estómago, lo harían con una sonrisilla maliciosa al haberte obligado a proceder según su método, e impidiendo que puedas disfrutar del todo de aquel privilegio concedido.

A pesar de la oscuridad que he procurado acá adentro, todavía es posible saber si algo se desplaza más allá de las paredes. No son las siluetas ni nada que alguna figura perceptible sugiera por las ventanas. Son reflejos que modifican el espacio. De repente una sombra que se desplaza sobre otra menos opaca me hace percibir el paso del tiempo. Un ligero cambio de oscuridad indica la aproximación de algo que pronto se convertirá de nuevo en lejanía. Sin embargo hay un instante de aprensión turbia donde algo más allá de la negrura parece ocurrir. Y en un doceavo piso como el mío, la sensación de clausura es mayor: tajos de opacidad que se cuelan a través de no sé dónde, como cuerpos venidos de otro lado…

Debería seguir dormido para no recordar. Pero ya está ahí, su desparpajo de carnes desbordadas y agudas frases. Hattula asume su condición mediante una abundancia contrariada: se muestra de la misma manera en mi recuerdo, que en aquella imagen plantada frente a mis ojos; baila borracha maldiciendo hacia los cuatro puntos cardinales; pide a gritos más whisky o más cocaína mientras se ríe de alguna cosa que sólo ella entiende. Y en medio de este desahogo y de su transmisión en el vacío de mis conexiones neuronales, ella y yo compartimos, aún en esas condiciones, percepción sobre la abundancia, una manera de filtrar la melancolía y de reírnos a costa suya, sin eliminarla del todo. En las celebraciones del caos que toda lírica citadina guarda —y de las que no todos salen bien librados—, nos intoxicamos las una y mil veces, atravesando la noche y sus contrasentidos. Intento verla acá, henchirse mientras habla o moviendo su cuerpo como un astro de anillos iridiscentes. Aquella voz que declaraba sus experiencias sexuales con detalle, intentando cachondear mi mente, está acá. Yo río. Luego ella llora sus desventuras, y pide mi opinión. Una energía imposible de modular le penetra; obsesiones cíclicas enfilando hacia el desvarío, mientras su sagacidad encuentra alguna saeta con la cual proponer una queja en contra de algo, en el centro del desencanto, al lado de los rastros contagiosos de la política frustrante a la que estamos acostumbrados en estos lares.

 Suena la puerta (…) me dirijo desnudo hacia ella (…) mi ojo en la mirilla (…) un golpe de luz me deja ciego por unos instantes (…) del otro lado la camarera se disculpa y se aleja :

—Perdón señor.

—No soy un ‘señor’ —gruño.

(…) regreso a la cama (…) ¿Los objetos se mueven? ¿O se trata de sus sombras? Nada estable puede sostenerme si las cosas son así de volubles. Imágenes dispersas aparecen en la cabeza de cualquiera, así como cualquiera cree que aquello no es natural. Mentira. Nadie piensa sin método. Aun un desquiciado ordena sus imágenes. Y a ese arreglo suele llamársele desorden sólo porque no se adecua a una manera de componer el mundo. Pero me justifico ante un posible espía: alguien lee lo que pienso. Y a ese alguien yo le debo mi cuidado. Hattula. Si la soledad es una conducción interpretada en la invisibilidad, la mía no puede ser mayor si ella no está. Entonces las historias se gestan primero en la desolación de mi mente. Antes de cualquier tipo de fatalismo, meditamos sobre aquello que se decidirá por el habla. Fatum significa justo eso: lo que está dicho. Y para que mi historia concluya hay primero que contarla. ¿Me la he contado yo ya? ¿Cuánto tiempo ha pasado?

(…) maldito teléfono (…) su voz cambiante (…)

–¿Qué carajo quieren ahora?

–Disculpe, es que los de la fundación están esperándole, señor. Siguen en el lobby y me han pedido que le avise.

–…que se vayan a la mierda.

–Insistieron mucho. Si me disculpa, parece ser que es un asunto… a su favor…

– Que a usted no le importa… ya les repetí mil veces que les digan que se larguen.

–Sí señor.

–…

El frío de la costa es distinto a otros fríos, parece susurrar Hattula. Dice que da un poco de miedo ver llover sobre el mar. Lo hace con la misma postura que tenía una semana atrás, de pie frente a la ventana, abrazándose a sí misma y observando la lejanía aún soleada. Ahora las sombras que se filtran por entre las nubes delimitan parte de su silueta. Su cabeza, su espalda, sus nalgas y sus piernas están casi a oscuras. Con la breve luz del interior puedo adivinar el color plateado de sus contornos. El sonido del exterior se cuela sin gritos de niños ni risas de bañistas. El turismo ha abandonado ya el lugar, seguramente, gracias a la amenaza de huracán que cacarean desde ayer. Afuera no se escuchan ya ni los graznidos de las aves. El ruido del ventilador y la lluvia parecen ser lo único vivo acá. Hattula podría acercarse y recostarse a mi lado ahora. Recargar su cabeza en mi vientre. No recuerdo a qué hora apareció de nuevo. Pero si se lo pregunto, corro el peligro de que se desvanezca otra vez. Empujo ligeramente su memoria y luego acerco mi cabeza a la suya. Sus párpados hinchados, el hilo de saliva comunicándose con la punta de la almohada. Sus labios se separan mientras las manchas sobre su espalda se desplazan según el movimiento del cuerpo; una capa de sudor hace notar su piel morena. Gotas en la punta de cada una de sus pestañas. En el centro de ellas, esferas azuladas como mundos diminutos a punto de estallar. Su mirada ha quedado suspendida. No debe moverse justo para seguir observándolo todo, aquel ojo educado por un abuelo de memoria vaporosa. Todas aquellas transparencias que indicaban la materia de un futuro incierto, ahora nos han rebasado.

Si Hattula habita también desde aquella evaporación, me tienen sin cuidado los alegatos de la Fundación o la firma de ningún documento. Las obras pueden arder todas en el infierno. Ella que permanece en la transparencia, no tiene relación con aquellos fetiches. Yo no sé si en realidad disfrutaba de esas construcciones de pigmento. Sé, en todo caso, que ninguna de las otras personas que conocí en la administración de los archivos de su abuelo, habrían entendido la terrible verdad que se escondía detrás de todos aquellos cuadros en custodia. Hattula sostenía que su fuerza expansiva, de claroscuros internos y cancelaciones coloridas del presente, eran una especie de necesidad biológica. Y aunque la gente atendía sus interpretaciones, muchos fueron alejándose cuando finalmente ella comenzó a interrumpir la difusión de aquel legado. Yo mismo, no pude entender cuál era su intención. Mi doblez no era como el suyo. Yo siempre he operado desde la ambigüedad en el mundo como estrategia, y ella sabía que no podía hacer algo así. O que no quería. ¿Cómo reprocharle el deseo de abandonar todo esto? ¿El insensato impulso de nombrarme albacea de algo que no me corresponde ni por genealogía, ni por respeto al linaje? Porque si Hattula sabía algo acerca del peligro de esa decisión, era que en mí habitaba también una inclinación por tomarme literalmente un último deseo que parecía más una broma. No se trata de lealtad, sino de aquella animosidad delirante que fue el motivo de nuestra breve relación: la búsqueda de placer en el ejercicio de la supresión. Y entonces, un punto ciego en la mirada omnisciente del arte.

Hattula susurra que si hay suficiente polvo en el aire, la trayectoria de la sombra puede observarse(…)

—Recepción. Buenos días, ¿en qué le podemos servir?

—Hay gente esperándome en el lobby. Han preguntado por mí. Necesito que les de un recado. Dígales que el archivo en mi poder ha sido ya destruido. Que llamen a la policía, si quieren.

César Cortés Vega

César Cortés Vega

César Cortés Vega. Algunos de sus libros publicados son Abandona Silicia (novela), Poetas esclavos, máquinas soberanas (ensayo), Periferias y mentiras. Textos sobre arte, banalidad y cultura (ensayo), Reven (poesía) o Arx Poética (poesía). Ha compilado los libros ‘Textos postautónomos’, ‘Citas caníbales’ y ‘Anti/Pro canibalia’. Dirige la revista ‘cinocefalo.org’. Su novela Tanuki y las ranas (2016) forma parte de la colección Textitlán (literatura mexicana actual) de Librosampleados. Ha presentado obra visual en México, España, Japón, Irlanda y Dinamarca.