El ojo de fuego El ojo de fuego
Todo comenzó cuando Bred vio la herida llena de pus que le coronaba la frente. Primero empapó un hisopo en alcohol y lo puso... El ojo de fuego

Todo comenzó cuando Bred vio la herida llena de pus que le coronaba la frente. Primero empapó un hisopo en alcohol y lo puso cuidadosamente en la herida. Ardía. Las manos, llenas de sangre seca, también tenían heridas que habían cerrado por sí solas. Ninguna parecía infectada. Sólo aquella que estaba en la frente y que punzaba, sentía como una especie de calor que emanaba de ella y que irradiaba a todo su rostro. Apretó los dientes. No era el dolor, apenas perceptible para sus estándares lo que lo tenía sofocado. Era el calor, la humedad del ambiente, lo sucio del aire. El continuo fluir de ese polvo negro de la refinería se asentaba en todo, penetraba todo, y seguramente había contribuido a que esa herida se infectara. Eso o la navaja con la que Ernie El Ciego había tratado de quitarle la paga, o lo que había sucedido después. Eso nunca lo sabría.

Después de la hora de la paga, Bred había notado que dos hombres lo seguían. Los vio en los comedores, los vio en los aseos, pero en todos lados había inspectores. Fue cuando comenzó la jornada vespertina que comenzó a preocuparse, pues en la zona V, donde él trabajaba, no había casi nadie a esa hora. Caminó por las escaleras de incendios, un acceso restringido para muchos. Sus oídos alerta habían notado el andar primero cauteloso pero después imprudente de los que tienen un crimen planeado que se sale de lugar. El Ciego le hubiera sacado un ojo si Bred no hubiera esquivado al otro hombre que planeaba sujetarle los brazos por la espalda y al que de un rápido movimiento lanzó al vacío al montarlo en su espalda, viéndolo por un momento rebotar como un muñeco de goma en los pilares que sostenían la estructura central hasta golpear la palanca de seguridad de una de las válvulas de escape. Comenzaron a sonar las alarmas. El Ciego supo que no tenía oportunidad y huyó lanzando una maldición que se perdió entre el silbido agónico que se habían disparado advirtiendo una catástrofe. Bred tuvo tiempo de esconderse antes de que llegaran las cuadrillas de seguridad que descendían por largos y delgados tubos desde lo alto de la bóveda. Las cuadrillas corrían a lo largo y ancho tratando de averiguar el desperfecto. Toda la estructura comenzó a infectarse con un aire verdoso, demencial y repulsivo. Un parpadeo de luz roja indicaba que todos debían ponerse el cubre bocas, dos parpadeos seguidos indicaban peligro inminente. Sin embargo, la luz roja comenzó a parpadear una y otra vez, una y otra vez desatando verdaderos aullidos. Bred se asomó por un hueco y escuchó con horror los gritos de agonía de sus compañeros que yacían en el fondo mientras la estructura crujía. De pronto la cúpula de la bóveda comenzó a abrirse, liberando el vapor atrapado. Bred, con los ojos irritados por la nube química y chorreando sangre de la herida, miró hacia lo alto, casi como un instinto de supervivencia. Fue ahí cuando vio el cielo azul por primera vez en muchos años mientras el vapor verdoso se liberaba como si se tratase de una olla de presión. La luz amarilla que indicaba evacuación se encendió. Y él supo que debía formarse en una de las filas más próximas. Un hombre de la cuadrilla de rescate lo metió en una cápsula junto a una veintena de obreros. Una ola de aire verdaderamente limpio comenzó a entrar en la cápsula y Bred pudo ver lo que había más allá del cielo de metal en el que vivía. Por un breve momento Bred vio a lo lejos, cubierto por un enorme biombo de cristal, un lugar de pisos lustrosos, un lugar con árboles y cientos de rostros blancos que lo miraban con curiosidad y espanto mientras la cápsula se elevaba, junto con otras muchas, en medio de la nube tóxica. Bred trató de aferrarse a lo que veía en esa burbuja con árboles, intentó no cerrar los ojos y guardar en su cabeza esa imagen pulcra, de los hombres de blanco… hasta que perdió la conciencia.

Bred quedó con la herida que El Ciego le dejó en la frente, una mínima cortada que cubría fácilmente con su gorra de trabajo pero que pronto comenzó a destilar pus. En tan solo días comenzó a ponerse negra y a sentirse caliente. Bred tomó acciones drásticas y se practicó una rústica cirugía con una navaja de afeitar. No había alcohol ni algodón suficiente que pudiera contener la brillante sangre roja que brotaba y que después tomaba un aspecto negruzco al mezclarse con el fino polvo negro que todo lo cubría. Con la cara ardiente, con los ojos fijos en la luz fría que emitía el foco de su cuarto le llegó a la mente la imagen que había visto desde la cápsula de rescate. Un mundo sin cubiertas de aluminio. Aire limpio que no provocaba ardor en la garganta. Agua con la cual podía lavar su rostro. Fatigado por la jornada del día se quedó dormido. Por primera vez en mucho tiempo soñó. Se vio a sí mismo cayendo. Una caída interminable. De pronto un dolor terrible en el estómago que le impedía respirar. Vio la palanca de seguridad clavada en sus entrañas y de nueva cuenta el vapor verde y la luz roja que movilizaban no a cientos, sino a miles de cuadrillas por toda la fábrica. Unos hombres trataban de quitarlo de la palanca, pero su cuerpo se incrustaba más y más hasta que de pronto se abría, no la bóveda sino el suelo, se abría una grieta ardiente en la tierra, de un rojo brillante y que quemaba su cuerpo, que abrazaba como un gran infierno purificador, todo lo que había. Luego de arder de pies a cabeza y de que su cuerpo hecho humo tomara forma humana otra vez, Bred comenzaba a construir con sus manos un pequeño mundo en una bola de cristal que primero tenía el tamaño de uno de sus ojos pero que comenzaba a crecer al meter granos de arena y en donde después ponía muchos árboles y después un mar y él se metía a vivir ahí dentro.

Luego de su jornada de trabajo Bred llegó a su cuarto y descubrió que su herida en la frente había crecido. No sólo tenía más pus sino que ahora era negra y ardía de tal manera que se irradiaba a todo su cuerpo. Casi sentía como si su herida comenzaba a moverse, cobrando vida propia. La veía como un cuerno. O como un ojo ciego. Sí, eso era. Como un tercer ojo inservible que lo miraba con una pupila de carne recién abierta y unos párpados hechos con la negrura de la carne putrefacta. Fue mientras sostenía su navaja de afeitar frente al espejo cuando supo qué hacer. Subió las escaleras de incendio donde Ernie El Ciego lo emboscó junto a su compañero. Echó un vistazo al vacío hecho de escaleras donde se veían las figuras de otros hombres como él, más pequeños a medida que la profundidad iba aumentando. Tardó unos segundos en descubrirla, pero supo que ahí estaba: la estaca que asesinaría a ese corazón de metal. Y se lanzó al vacío.


Yvonn Márquez

Estudia el doctorado en Literatura en Lenguas Romances, en la Universidad de Cincinnati, donde también es profesora de español. Es Maestra en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) con una tesis sobre el teatro de Elena Garro. Ha escrito reseñas de cine, música, literatura y danza. Trabajó como reportera y difusora cultural. Fundó y dirigió el suplemento cultural “Ágora Letras”.