El Nobel de Dylan, premiar una lírica sin pretensiones El Nobel de Dylan, premiar una lírica sin pretensiones
La historia reciente no tenía registro de un ataque de histeria colectiva con motivo de la concesión de un premio Nobel de literatura. Ya... El Nobel de Dylan, premiar una lírica sin pretensiones

La historia reciente no tenía registro de un ataque de histeria colectiva con motivo de la concesión de un premio Nobel de literatura. Ya sucedió en México. Nada más anunciada la noticia, lectores y no lectores, se mostraron perplejos ante la decisión de la academia sueca que se inclinó por hacer una premiación atípica, que sólo lo es en apariencia. Las redes sociales se inundaron con bromas y comentarios disparatados, boberías llanas y sarcasmos producto de la ignorancia, que no ayudaron a dar claridad sobre los motivos por los cuales sucedió la premiación. Esta hemorragia de boutades alcanzó incluso a Mario Vargas Llosa, premio Nobel de literatura él mismo, quien no mostró reparos en preguntar, fuera en broma o en serio, si el próximo año no le darían el premio a un futbolista (¿?). El argumento clave de esta consideración se resume en que un cantante no encaja con la idea arquetípica del escritor, el cual debe ser un viejito de apariencia venerable cubierto con una frazada en las piernas, que hable del siglo pasado con sabiduría y ternura, lo que termina por subrayar que la premiación es producto del esfuerzo y éste, eventualmente, logra su recompensa.

El Nobel de Dylan, premiar una lírica sin pretensionesRobert Allen Zimmerman (Duluth, Minnesota, 1941), mejor conocido como Bob Dylan, hizo una sobresaliente carrera como cantante de música popular —una de las más competidas en el ámbito del espectáculo—, además de ser compositor, artista gráfico y autor/colaborador de diversos libros. Su labor creativa tiene como centro neurálgico la crítica al poder y a la reafirmación de la libertad como herramienta para alcanzar el más alto grado de humanidad imaginable. A lo largo de más de cinco décadas, su nombre encarnó una referencia en el ámbito de la sobrevivencia en biósferas urbanas difíciles a través de la música, e igualmente como una de las últimas posibilidades para intentar que un segmento mínimo de valores pueda preservarse para las nuevas generaciones. En sus canciones, el pesimismo se vislumbra de cara a la construcción de un país más equitativo, cercano a la utopía aunque sin un discurso que pueda sugerir aspiraciones con acento programático. Dylan canta para aliviar la tensión que genera el acto de vivir y millones de sus seguidores (yo no me cuento entre ellos) pueden dar cuenta de su perfil renovador en la búsqueda de otra forma posible del espíritu.

Al ser uno de los primeros en intuir el acierto de la premiación, no dudé en manifestarlo en las redes sociales, lo cual trajo consigo un alud de críticas y comentarios adversos. A mi modo de entender, se premió a un artista más completo y no sólo a un escritor en exclusiva. Así lo escribí horas después de que circuló la noticia y la distancia confirma esta consideración, ya que si bien algunos artistas e intelectuales cuestionaron la pertinencia del premio, otros manifestaron su respeto al salto de riesgo que se realizó en Suecia, entre ellos, Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán, ambos autores de significación y para quienes una premiación semejante no demerita los criterios de la academia, sino lo contrario, ya que esto genera la idea de que los expertos que la componen están atentos a otras manifestaciones artísticas, además de la literaria, en las cuales puede suceder una manifestación verbal con soporte estético.

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Un artista más completo. Eso fue lo que premiaron en Suecia. Esta elección debería resultar especialmente atractiva para el escritor contemporáneo, cuyo medio es transfronterizo: fotografía, música, instalación, cine, artes electrónicas en general. No hay duda de que Dylan conoce las zonas rayanas, los interregnos que involucran a la palabra, sí, aunque buscan evitar confinarla en las prácticas de los siglos pasados. La memoria o la experiencia ya sólo son una parte del motor creativo, pues el entorno ofrece una variedad insólita de filamentos que pasan desapercibidos ante quienes dan uso a la tecnología únicamente para fines individualistas y de orientación en medio de la selva digital.

Reviso la obra en canciones de Dylan sin música. Quedo convencido del acierto de la premiación, si bien no es viable sugerir que es un gran escritor y esto quizá sea así porque no se propuso serlo. Es un autor contra sí mismo. El cantautor emplea el lenguaje con una finalidad específica: apelar a las emociones. El desgajamiento de la exquisitez del escritor que imagina su oficio como un empeño para la eternidad, se contrapone a esta manera de generar literatura antes como un medio para la expresión de un estado de ánimo, que para hablarle a las futuras generaciones. La dimensión literaria apenas destella cuando Dylan pone música a las letras, pues ambos discursos confluyen en una sensación única en la que la música se impone en la dinámica del contacto con el escucha/lector. La música, esa sí, es universal y no requiere de traducciones.

El Nobel de Dylan, premiar una lírica sin pretensionesTarantula (1971) palidece ante el vigor de sus canciones, que experimentan de manera permanente y admiten una lectura poética que sólo una mentalidad rocosa podría restarle mérito, debido a su contundencia en la transmisión del sentido. Cincuenta años de labor creativa se dicen fácil, pero en la práctica el primer obstáculo a superar es la indiferencia, el silencio, el desánimo que brota de sentir que una tarea que se imagina valiosa no genera interés en las personas. Las prosas poéticas contenidas en ese libro muestran a un Dylan capaz de jugar con el lenguaje, y quien se otorga el lujo de liberarse de nudos, muy en el espíritu de la década de los sesenta, en la cual se redactaron la mayoría de sus textos.

Por otra parte, la literatura que producen los músicos de rock (Jim Morrison, Leonard Cohen, Nick Cave, Tom Waits, Javier Pérez Corcobado, etc.) genera interés en los especialistas en literatura por su clarividencia, soltura y feliz ausencia de trabas intelectuales. Sin ser propiamente “arte naíf” (alguno puede tener educación en humanidades), comparten con esa forma de abordar la creación diversos puntos de contacto por lo que hace a la liberación de los moldes, en los que hacen énfasis los profesores de literatura y que no pocas veces derivan en ataduras para abrir paso a una nueva forma de escritura. Si Dylan sólo hubiese publicado Tarantula pasaría pronto al olvido con justicia, ya que es uno de esos libros cuya virtud es bosquejar un camino, el cual debe ser confirmado por la perseverancia ante las circunstancias. Una obra literaria es una forma humana de rebeldía e implica una lucha constante en contra del olvido, la indisciplina o la falta de confianza en uno mismo. Suele decirse que en la actualidad se escribe mucho y acaso sea cierto, pero una carrera como la de Dylan prueba que hace falta más que imponerse a la abulia para ganar un premio de resonancia internacional.

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La academia sueca fue escueta aunque categórica al referir que se le otorgó el premio por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción norteamericana”. Esto, en una secuencia de creaciones multiculturales que involucra casi a todas las naciones que han llegado a los Estados Unidos, sea para instalarse como una nueva cultura o sea como portadores ocasionales de formas culturales diversas, no es mérito menor. El reconocimiento a su producción poética fue uno de los cuestionamientos más sensibles en la premiación. Ese país cuenta con una tradición poética integrada por escritores que han dado a la literatura universal modelos de perfección que no admiten ser imitados sin menoscabo. Una lírica que involucra a Emily Dickinson y Walt Whitman, Robert Lowell y Robert Frost, E.E. Cummings y Sylvia Plath, se yergue como una de las más estimables de la producción literaria mundial.

Dylan ofrece una forma poética lejos de juegos de artificios, en donde las palabras atañen a la vivencia de la calle, las oficinas, los bares, antes que aspirar a transfigurarse en una peculiaridad simbólica más dentro de la propia producción cultural. No es difícil imaginar que el primer sorprendido con la noticia habrá sido el propio Dylan, para quien el mundo de las letras existe únicamente como otra forma de producción cultural, apartado de su vida en el showbiz, el calendario de conciertos y la gestión que involucra administrar un legado musical como el suyo, que se consolida como patrimonio compartido entre quienes vieron aparecer sus discos por primera vez y quienes ahora los descargan de una plataforma electrónica de venta.

Luego de la premiación, opté por dejar de lado la lectura de opiniones a favor o en contra de su premiación y fui directo a las canciones, a los dibujos, a su tentativa en las artes gráficas y, en general, a su figura hasta antes de darse a conocer la premiación. Encontré a un artista que crece en la cultura del rock y participa en ello, sí, pero cuya curiosidad lo lleva a distintos ámbitos de la cultura. Otro de los eventos que resultaron contundentes fue volver a No direction home (2005), el documental de Martin Scorsese sobre la figura de Dylan. El dictamen del director es abrasivo: el cantautor es uno de los creadores más significativos de la cultura contemporánea y más: prueba que los bordes indefinidos del sueño americano aún pueden materializarse en una carrera lograda a base de trabajo. Dylan empezó a cantar en los bares armado con una guitarra y una armónica.

El Nobel de Dylan, premiar una lírica sin pretensiones

No ocultaré mis simpatías por la cultura del rock. A pesar de ello, elijo una postura crítica y tengo resuelto que es poco lo que puede rescatarse de ella con la perspectiva exigente de la alta cultura. Esto tiene que ver con su esencia: el rock es una fractura del molde cuyo desparpajo es su santo y seña, pero esto termina por confinarla. Quien intenta una contribución de mayor pesaje debe saltar las ataduras e instalarse en una geografía más auténtica, ya que el rock suele tener una intención moral uniformizante y aleccionadora y su centro de fermento natural es la adolescencia, que cada mañana se pelea contra el espejo y al hacerlo imagina que lucha contra la sociedad injusta que le dota del espejo y el pañuelo para limpiarse la sangre que le brota de la nariz, luego del enfrentamiento.

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Según avancen los días se olvidará la premiación a Dylan. El calendario es poco generoso con la memoria. Llegará octubre de 2017 y se pedirá nueva sangre para leer en las páginas del premiado otra forma del presente. A diferencia de otras premiaciones, en las que nada más anunciado el premio las librerías se llenaban con títulos del autor, en este caso se saltó con impunidad del escándalo al olvido. El placebo elegido fue desempolvar alguno de sus discos (o peor aún: un compilatorio de “éxitos”) para confirmar que su música no suena mal y acaso la academia sueca no haya errado el tiro. El análisis literario de sus posibles virtudes no se hará o se hará de mala gana y a destiempo, pues ya nadie se detiene más de lo necesario en el resultado de los premios. A la siguiente semana se dará otro y así sucesivamente, hasta emborronar el nombre de los premiados.

Por mi parte, contrario a lo descrito, encuentro su música irritante y bobalicona. Mi idea del rock es una ráfaga en medio de una noche negra y no repeticiones dulzonas para lamentar que se terminó el bourbon, nos abandonó una mujer y un policía más ocioso que preocupado por el bien común nos detiene para saber cómo nos ganamos la vida. Leo las canciones, las crónicas, los retazos sueltos de su escritura. Eso es literatura, no hay más. Miente quien sugiera lo contrario, además de que exhibe falta de sensibilidad o entendimiento. Nunca pecará de enfático quien celebre la premiación. Se coronó una modalidad de intervención cultural, antes que a una persona con buena voz y que sabe hacer música con la armónica. Después de este hito, lo viejos conservadurismos amplían su perspectiva, lo que nadie esperaba, y se retiran velos que impiden una mirada más clara.

Las implicaciones de un acto semejante tienen consecuencias globales. Pienso: un estudiante de letras ya podrá hacer una tesis de grado sobre la lírica de algún cantautor y nadie podría ponerle trabas, ya que si Suecia premió a Dylan todo está permitido. Esto no debe leerse como una queja: nada más lejos de mi intención. Cada una de sus canciones, en lo sucesivo, serán piezas para ambientar la caída de un muro y luego otro y otro más. Cayeron por tierra porciones de inopia, la tiesura que impide a la cultura andar hacia un futuro que desconoce aunque sabe que está ahí, expectante y tembloroso. El resto es un mensaje para las nuevas generaciones. Lo único que importa es abonar la tierra del sueño y esperar a que el tiempo haga su tarea. Eso hizo Bob Dylan.


Luis Bugarini