El nacimiento de la poesía potosina o el asesinato y la depravación como los motores de las bellas letras en el desierto / Parte II El nacimiento de la poesía potosina o el asesinato y la depravación como los motores de las bellas letras en el desierto / Parte II
Miguel de Becerril, uno de los primeros poetas de San Luis Potosí, fue desterrado en 1628. Padeció el mismo juicio que se incoaba a... El nacimiento de la poesía potosina o el asesinato y la depravación como los motores de las bellas letras en el desierto / Parte II

Miguel de Becerril, uno de los primeros poetas de San Luis Potosí, fue desterrado en 1628. Padeció el mismo juicio que se incoaba a los asesinos en aquel tiempo. Sin embargo, su crimen era otro. Se atrevió a exhibir su amor por una mujer en la vía pública, pero sobre todo lo había vivido secretamente en la propia Casa Real del alcalde mayor y teniente capitán general en las fronteras Chichimecas, Don Martín del Pozo.

Doña María del Castillo, a las órdenes del alcalde y quien —a decir del poeta— tenía tantas virtudes “como átomos hace el sol en el oriente”, fue la obsesión que a Becerril le costó salir humillado del Potosí, adonde había llegado de España.

Todos los días viajaba desde el Cerro de San Pedro para ver a la mujer a quien escribió once cartas y dos poemas, el segundo de ellos un acróstico algo curioso, compuesto por un soneto y una octava real. Al principio sólo por las noches violaba la seguridad de la Casa del alcalde para llegar a la habitación de María del Castillo y, junto a la alcoba de la máxima autoridad del poblado, demostrarle que ofrecía su vida con tal de compartir un poco de su cama:

Solos tus ojos me causaron muerte,
que no reina en mi pecho otra vida
—así tenga yo en todo buena suerte—

sino la tuya —sin que nadie impida
al alma el paso— que en mi pecho habita
y bien sé que, celosa de mi vida,

tu fe al alma la esperanza quita
de recibir un bien de aquesas manos
cuya blancura el cristal imita.

¿Cómo entraba en la Casa Real? Según las investigaciones el poeta se introducía por las caballerizas, aunque en los documentos de la Alcaldía Mayor, 1628 (legajo 34) también se plantea la posibilidad de que haya podido duplicar un juego de llaves y llegar hasta la habitación sin más necesidades que el de ser cuidadoso y pasar desapercibido como otro de los empleados o visitantes a la casa.

Claro que el amor era su principal objetivo para visitar aquella morada. Comprendía que se jugaba la vida al hacerlo y de todos es sabido que cuando la sangre se va a los genitales, el cerebro deja de realizar sus funciones al cien por ciento. Pero no hay que descartar tampoco que Becerril pensara en hacer negocios una vez corrido tantos riesgos y en una de las cartas le pide a Doña María “que haga una diligencia con el Señor General acerca de sacar licencia para poder llevar desde aquí a México, seiscientas pieles”.

Carente de alma capitalista parece que la respuesta de la mujer no fue del todo amable. En un primer momento, Becerril intentó disuadirla con una súplica poética:

Sólo a tu piedad le ruego quiera
dolerse de mí en término tan largo,
pues cuanto más inmediata fuera

en tránsito tan fuerte y tan amargo
socorro hallara entre enemigas gentes
y, habiendo ya quedado a tu cargo,

siquiera porque estamos tan ausentes,
merezca algún favor que alivie el fuego,
que el alma arroja por los ojos fuentes.

Luego y habiendo perdido terreno en los brazos de Doña María, el poeta le escribe ácidamente y sin ningún reparo: “Víbora fuiste que me emponzoñaste y, ya con el veneno, peno y rabio, y sólo siento no poder llorar; que, si pudiera, algún tanto me aliviara e hiciera que las corrientes de mis ojos llegaran a anegar a tus desvaríos. Mas ya que ser no pudo, muero triste, quédate al fin. Si mujer eres, ¿de qué me quejo? Mal haya quien fía de palabras y de lágrimas o cosa que no fuere fe constante y voluntad fuerte”.

Algo que no señala el padre Peñalosa (Letras Virreinales de San Luis Potosí, UASLP, 1988) es la posibilidad de que haya sido la propia María quien acusara ante las autoridades a Becerril tras sentir que el poeta la utilizaba para fines comerciales. Y como sucede hasta la fecha, las buenas conciencias potosinas se sintieron agraviadas por que el poeta demostrara su amor en plena calle.

Los días que no podía entrar a la habitación, Becerril se quedaba hablando con Doña María hasta la madrugada. La mujer en el balcón, el poeta en la calle, “dando mal ejemplo y qué decir a todos los vecinos que lo veían tan públicamente hablando con ella a deshoras de la noche y hasta en el día, promoviendo escándalo en la vía pública”, escribe el promotor fiscal, Lorenzo Velázquez, en la causa que se le inicia al poeta el 12 de abril de 1628.

Los delitos en su contra fueron allanamiento de morada y faltas a la moral. En la causa el fiscal le pedía al alcalde: “a Vuestra Merced suplico mande condenar y condene al dicho Miguel de Becerril en las más graves y establecidas penas en derecho para que le sea de castigo y a los demás de ejemplo”.

En consecuencia y muy ardido porque su hogar había sido ensuciado lascivamente por alguien que no era él, Don Martín del Pozo le aplicó una condena similar a la del poeta asesino Juan de Gabiria: destierro de San Luis Potosí por dos años; si incumplía, lo mandarían a Las Filipinas.

Luego de saber el fallo Becerril, dolido y humillado, le escribe a Doña María: “¿Para qué quiero la vida si la pierdo? Ay, dulce hermosa mía, yo quitaré el rumor de que te quejas acercándome a mi patria poco a poco, y bien sé que en el punto en que me parta, se ha de partir el alma de esta vida para la otra. Más siento tanto que de mí te quejes, que si supiera en no irme estaba mi salvación, dudo que fuera irremediable mi partida.

“Y así, dueña de mi vida y alma, sólo tu bendición pido quieras darme para que —ya que para morir y nunca verte me parto— vaya consolando con saber que llevo tu bendición llena de gracias… Con ánimo esforzado y varonil, daré entrada a mi dichosa muerte para que entienda el mundo que hubo un hombre que supo amar y menospreció su vida cual otro Príamo por su Tisbe hermosa.

“Quince días pienso estaré aquí o en el Cerro mientras dispongo mi partida y despido de mis amigos que aquí dejo. Si en este tiempo te puede servir algo mi condenada vida, podrás mandarme como esclavo tuyo; mas no pienso mirarte ni oírte por no acrecentar más mis tormentos, y luego pienso asistir en México hasta que la flota se parta a España…”

Y aún el poeta tiene la hombría de desearle el bien a la mujer por la que salió expulsado del Potosí: “Adiós, consuelo mío, mi regalo, vidita, adiós, imagen en quien mi alma tanto ha idolatrado, que no tengo remedio y te suplico —si acaso un condenado a muerte lo merece—, me des tu bendición y me encomiendes a Dios. Él te guarde felicísimos años para que dichosamente te goces con quien te mereciere y ten por última víctima del alma, a aquesta (mía). Un desdichado que se despide y a morir se parte”. Hasta el último momento hay que serle fiel a quien se ha amado.

La Redacción

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