“Saber leer fue la primera libertad individual de la que tuve conciencia” “Saber leer fue la primera libertad individual de la que tuve conciencia”
Descubrir que tienes el mundo en tus manos cuando comprendes que la lectura te abre puertas, impulsa a muchos seres humanos a seguir con... “Saber leer fue la primera libertad individual de la que tuve conciencia”

El mundo infiel de Julián HerbertDescubrir que tienes el mundo en tus manos cuando comprendes que la lectura te abre puertas, impulsa a muchos seres humanos a seguir con los libros como el camino que les brinda libertad en su mente y espíritu. El autor de la semana lo descubrió desde niño y a partir de entonces vislumbró cuál era su camino, él es Julián Herbert creador de La casa del dolor ajeno, Álbum Iscariote, Un mundo infiel.

– ¿Podrías mencionarnos tus cinco libros favoritos y por qué lo son?

– No tengo cinco libros favoritos porque no siempre soy yo. Hace dos décadas habría mencionado a García Márquez, ahora en cambio ni de chiste, y eso que Crónica de una muerte anunciada sigue pareciéndome perfecta. Ahora me interesa más El Cristo de la rue Jacob de Severo Sarduy, por ejemplo. Es lo bello de leer: no tienes que ser la misma persona para siempre. Estos últimos meses releo a e. e. cummings porque tiene poemas que quiero regalarle a mi novia. Volví a David Foster Wallace gracias a la aparición de Portátil. Volví a Fogwill porque estaba recomendándoselo a un camarada escritor y rapero. Volví a mi edición italiana de Dante –una joya erudita de la que sólo puedo leer una página cada dos horas- por culpa de un amigo de Facebook que acaba de comprar la Divina comedia en la versión de Ángel Crespo. Hoy re-empecé La isla del tesoro porque mi hijo de siete años está leyendo su primera novela de letritas (una de Minecraft) y yo lo que quiero es que lea a Stevenson.  Y hay tres escritores del siglo XX, uno del XIX, otro del barroco y otro de la antigüedad clásica a quienes siempre estoy leyendo: James Joyce, T. S. Eliot, Thomas Mann, Stendhal, Shakespeare y Ovidio.

–  ¿En qué momento de tu vida decidiste incorporar la lectura como un acto cotidiano?

–  No creo que haya sido una decisión. Creo que fue más bien una experiencia: de pronto estaba ahí, tenía cinco años, descubrí que por primera vez podía leer solo (mi madre me leía a diario desde antes de que yo tenga memoria) y lloré. Saber leer fue la primera libertad individual de la que tuve conciencia. No recuerdo cuándo aprendí a hablar o a caminar, pero recuerdo que cuando descubrí que podía leer me sentí por primera vez dueño del mundo.

El mundo infiel de Julián Herbert– ¿Siempre deseaste ser escritor(a) o qué otro trabajo te hubiera gustado desempeñar?

– Decía mi madre que la primera vez que dije que quería ser escritor fue cuando estaba en el kínder y traje a casa una hoja llena de rayones ininteligibles, pero seguramente exageraba. Escribí mi primer cuento (un guión para el cómic pulp Sensacional Policiaca que publicaba Novaro) cuando estaba en tercero de primaria; se los mandé por correo, claro que nunca me contestaron. A partir de quinto año, empezaron a descalificarme de todos los concursos de composición escolar en los que participé: los profes me acusaban de plagio, decían que era imposible que un niño de mi edad escribiera esas cosas. Así que entre los 10 y los 17 años escribía en secreto por miedo a los adultos.

Recuerdo que en primer año de primaria dije que quería ser profesor (en parte porque estaba enamorado de mi maestra Diana), y no me arrepiento: de un modo u otro, he practicado ese oficio durante los últimos 27 años. Me encanta dar clases. También deseé ser científico o doctor, pero para eso nunca tuve talento. Fui socorrista voluntario entre los 14 y los 16 años y resulté también malísimo: soy empático pero torpe para el restañamiento de heridas. A los 18 años me topé con un oficio cuya existencia ignoraba: la promoción cultural. Me enamoré febrilmente de ese espejismo y le obsequié mi juventud: si no escribí mucho antes de los 30 años fue porque estaba ocupado diseñando y operando proyectos culturales, primero de manera independiente y luego –durante catorce años: de 1994 a 2007- como servidor público; mi época de esclavo. Cuando me di cuenta de que cada nuevo gobernante (municipal o estatal: nunca fui un alto funcionario) pasaba por encima de mi trabajo con sus carritos de juguete y después me contrataba para que recogiera yo mismo la basura en la que él había convertido mis proyectos, y cuando me di cuenta que la opinión pública me trataba con desprecio, como si fuera yo un privilegiado siendo que apenas me alcanzaba el sueldo para comer, y cuando noté que los jóvenes más imbéciles y corruptos con los que trabajé se convertían en mis jefes, decidí abandonar a esa primera novia mía que fue la promoción cultural y dedicarme de lleno a la literatura.

Existe otra profesión a la que me hubiera encantado dedicarme, sólo que no tengo ni el talento ni la disciplina que ella requiere: me refiero a la música. He sido músico amateur desde los 15 años, y desde los 29 he militado en varias bandas de rock. Se trata de un oficio que no domino, aunque procuro practicarlo de la manera más profesional y decente posible.

El mundo infiel de Julián Herbert–  Si vivieras en otro país, que no sea tu tierra natal (o si lo estás haciendo) ¿a qué otra profesión u oficio te gustaría dedicarte?

Me gustaría dedicarme a lo que me dedico y que me pagaran de manera más justa. O me gustaría volver a hacer promoción cultural, claro, pero ahí sí con un poco más de certeza (no económica: cultural y estratégica; me refiero a depender más de las ideas y los procesos y menos de los caprichos políticos y el resentimiento burocrático). También me gustaría escribir guiones de ficción.

– Cuéntanos algún dato curioso de ti como lector.

– Soy lentísimo: no puedo leer un párrafo una sola vez (salvo quizá si estoy leyendo a Rafael Bernal o Dashiell Hammett, dos autores que adoro); por lo regular leo entre dos y cuatro veces cada pasaje o poema, y si el autor es taimado a la manera de Revueltas, pues peor. A cada rato vuelvo a los mismos autores, por eso he leído tan poquitos libros.

Diana López

Diana López

Comunicóloga y etnohistoriadora. Se ha desempeñado como promotora cultural independiente, RP para editoriales y eventos culturales. Fue coeditora web en la sección cultural del periódico Reforma y paleógrafa del Archivo General de la Nación. También ha sido asesora pedagógica de fomento a la lectura. Oficio que mejor la define: mochilera.