El Monsiváis que hacía falta El Monsiváis que hacía falta
Carlos Monsiváis fue una de las figuras tutelares de la intelectualidad mexicana durante buena parte del siglo XX, y lo que vivió del XXI.... El Monsiváis que hacía falta

Entrevista a Braulio Peralta

Carlos Monsiváis fue una de las figuras tutelares de la intelectualidad mexicana durante buena parte del siglo XX, y lo que vivió del XXI. Escritor de registros varios, hizo de la observación cotidiana y profunda del quehacer nacional, la materia viva de su obra; a través de los ojos inquisitivos del cronista recalcitrante, en las páginas de sus libros o en su labor periodística, una sociedad peculiar, furiosamente contradictoria, destila sus conflictos más profundos y secretos.

La omnipresencia mediática de Monsiváis, y la compleja manufactura de su trabajo literario, consecuencia del abultado catálogo de  intereses intelectuales que cruza su obra, apuntaló su figura sobre modelos broncíneos, inalcanzables, entorpeciendo un límpido abordaje al hombre que tras los gruesos cristales de sus lentes, o los libros que se desbordaban en el estudio –consignan las fotografías al respecto-, sentía y respiraba. Vivía.

El Monsiváis que hacía faltaCon todo y la constante atención que la obra de Monsiváis despierta en distintos círculos académicos y literarios, un aspecto de su tumultuosa biografía ha quedado en penumbras, a despecho de la trascendencia que tuvo para su vida personal y la historia política del país: Carlos Monsiváis, a la luz del movimiento gay en México.

Para echar luz sobre el entresijo vedado, Braulio Peralta, periodista cultural,  escribió en su obra más reciente, El clóset de cristal –Ediciones B-, un acercamiento personal al perfil menos conocido del autor del compendio de ensayos sobre la diversidad sexual Que se abra esa puerta.

En El clóset, acudimos a los primeros atisbos de la organización en torno al movimiento de reivindicación homosexual,  a través del íntimo diálogo que el Peralta de estos días, establece con el lejano adolescente que, años atrás, discurría sus noches por los retraídos terrenos del mundo gay en la Ciudad de México.

Ahí, en el fragor de esos días que la crónica de Peralta recrea, Monsiváis aparece como en relámpagos, episódicamente, un día anima una reunión, el otro se manifiesta sudoroso, envuelto en los vapores de los “Baños Rocío”, pero en todo momento mantiene, para quien lo quiera ver, el tutelaje intelectual del movimiento gay. El cronista reafirmó su figura mediante la redacción de manifiestos o abordando a profundidad, con rigor y ojo crítico,  la obra y figura del transgresor de la vida social por excelencia, Salvador Novo, cediendo al ojo público la rupturista mirada del escritor contemporáneo sobre sí mismo y sobre la mojigata sociedad que le rodea, en La estatua de sal.

Ese es el Monsiváis de entonces, el que Peralta reconstruye con veloces pinceladas y descripciones entrañables, el Monsiváis que hacía falta, el de siempre: “(…) un morral en el brazo izquierdo, lentes cuadrados, enormes para el tamaño de sus ojos bajo unas cejas en desorden, chaqueta y pantalón vaquero. Pelo entrecano. Moreno”.

Su libro es una crónica necesaria, que arrebata al injusto silencio de la historia sobre la resistencia, la hora primera del movimiento gay; que retrata a los personajes –Juan Jacobo Hernández, Antonio Cué, José María Covarrubias junto a Jorge Fichtl, entre otros- bajo cuya férula el movimiento se articuló en grupos y colectivos diversos –el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, SexPol, Grupo Lambda, el Círculo Cultural Gay, o Cálamo, entre otras organizaciones- con caracteres y estrategias propias, pero que compartían un fin claro: construir un mundo donde todos los otros mundos cupieran e hicieran falta.

En una habitación luminosa, marcada por el desordenado trajín del trabajo cotidiano,  el rostro de un  Carlos Monsiváis de cartón  vigila con la mano en la barbilla -como antes, con un teléfono en la mano, como ahora, detrás de nosotros-.

Sostiene Peralta desde su silla: “Esta es la primera vez que hago un libro ex profeso, sin tener que trabajar como editor o periodista. Yo  me retiré del mundo editorial para escribir este libro”.

El clóset encuentra su origen  en otro texto homónimo, elaborado por Peralta hace tres años, en el que abordaba la homosexualidad de Monsiváis. En ese entonces, relata, “lo consulté con él desde luego, porque era muy especial. No es que Carlos ocultara su homosexualidad. Nunca la ocultó. Sí, es cierto que nunca dijo ‘soy gay’ a los medios de comunicación; pero en su petit-comité, en el mundo intelectual, entre el mundo de los escritores, todo mundo sabía que andaba con la pareja en turno”.

El Monsiváis que hacía falta

La recepción de El clóset se ha desplegado por caminos disímbolos, contradictorios. A unos espanta e indigna; otros celebran la iniciativa por procurar abarcar a un hombre inabarcable. No ha pasado, pues, desapercibido: “Me han dicho que si yo traiciono la amistad con Carlos, yo pienso que no, porque el permiso me lo dio él mismo cuando escribe Salvador Novo. Lo marginal en el centro. Carlos está escribiendo de un homosexual”.

Había también, sostiene Peralta, que vencer la idea de que la fundadora del movimiento gay era, únicamente, la actriz Nancy Cárdenas; para escribir esa historia, era necesario calibrar a Monsiváis: “la verdadera figura intelectual de peso, de ideales, del debate de ideas, de aportaciones, incluso económicas, fue Carlos Monsiváis”. A él se le debe, por ejemplo, “el primer manuscrito sobre el movimiento gay, en el 75, que firmaron Juan Rulfo, Poniatowska, Aguilar Camín, Krauze, Octavio Paz; figuras muy emblemáticas”.

¿Por qué, pues, si las aportaciones de Monsiváis tuvieron tal nivel de trascendencia, no se le reconoció anteriormente su papel? Peralta lo tiene claro, y es, además, contundente: “Nadie se atrevía (…) lo que no quiere decir que yo soy un valiente al hacerlo, al contrario, yo lo que creo que soy es un periodista, y tuve la fortuna como reportero, de estar en esos momentos, donde conozco a Carlos en 1971”.

Menos traidor

A Peralta le han llamado “traidor”; han dicho que su libro es un “libelo, una inmundicia”. Así habla el prejuicio.

“Yo soy cualquier cosa menos traidor –responde a sus críticos-. Estoy curtido, mi trabajo nunca ha sido sencillo, porque yo siempre he sido muy crítico de muchas cosas (…), yo siempre he sido crítico: soy crítico de teatro, tengo una columna crítica sobre el movimiento gay mismo (…) No creo en las mafias; a mí me pueden acusar de todo, menos que pertenezca a un grupo: ni a Nexos, ni a Letras Libres, ni nada”. Independiente, pues.

Por esa cualidad, sostiene Peralta, Carlos Monsiváis lo respetaba, “aunque suene mamón”. Esa era “la única razón por la que Carlos, no digo que me aceptaba, me toleraba; porque era el único que sí le podía decir ‘no estoy de acuerdo con esto’, o ‘creo yo, Carlos, que esto no es así’, ‘creo Carlos que sí el movimiento está tomando otro giro (…), que las marchas tienen que ser festivas, no todo tiene que ser un discurso político”. Cierta complicidad específica franqueaba, también, la posibilidad de discrepar con Monsiváis: la pertenencia a una misma comunidad, “Carlos era gay, yo soy gay, y llevábamos una amistad  donde muchos de sus amigos llegaron a estar en mi casa, se quedaban aquí en navidad o llegaban de vacaciones de Veracruz (…), y son amigos de él que se hicieron amigos míos con el tiempo”.

El Monsiváis que hacía falta

Para los lectores propiamente prejuiciosos,  su libro es un documento incómodo, morboso. Los riesgos de su empresa no eran desconocidos: “Es morboso, en el caso de los gais, porque es nuevo. Los gais no tenemos permiso ni derecho, ni posibilidad de escribir nuestros amores, nuestros deseos; de contar en literatura nuestra sexualidad. Acuérdate de La estatua de sal, del Vampiro de la colonia Roma –de Luis Zapata-, de “Ojos que da pánico soñar” – de José Joaquín Blanco-; tres textos emblemáticos, sin duda Novo es el rey en este caso. Y yo dije ‘me voy a atrever a contar una historia amorosa, y de amistad con Carlos”.

“Y me puse de pechito –sostiene Peralta-. Pero es a propósito; mi intención es sin hipocresía alguna, sin maquillaje alguno, sin vergüenza, con mucho amor a mi sexualidad, con mucho afecto a mi gremio, a mi comunidad. No pensé en los prejuiciosos, no pensé en la Iglesia, ni en el cardenal Rivera, ni en los panistas, ni en la hipocresía de la izquierda mexicana, ni en el priismo que se acopla según las circunstancias políticas y diplomáticas. Sólo pensé en un ser humano, común y corriente que sea capaz de apreciar la vida como la aprecia un niño; por eso siento que mi libro lo escribí de esa manera. Descarnadamente. Abiertamente. Sinceramente”.

La luz en el estudio de Peralta no ha declinado. El Monsiváis de cartón sigue en su sitio, la mano al mentón, y los ojos inmóviles, como divertidos.

Monsiváis, aunque parezca lo contrario, es un mito en construcción. Todavía son muchas las veredas intelectuales inexploradas por  las que discurrió su pensamiento y curiosidad; unas permanecen expuestas, otras siguen en penumbras. Braulio Peralta iluminó una de ellas, y nos mostró al Monsiváis que hacía falta; con ello, también hizo patente su ausencia:

“Si de algo sirviera la sinceridad –se despide Peralta en su libro-  de decir las cosas por su nombre (…), dirías:

Descansa en Paz, Carlos”.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.