El hombre que lloraba en Culiacán El hombre que lloraba en Culiacán
Úrsula, estos últimos tres meses han sido muy bellos. Quería agradecerte tu cariño y lo bien que me has tratado durante El hombre que lloraba en Culiacán

A Rómulo y Guadalupe

 —Úrsula, estos últimos tres meses han sido muy bellos. Quería agradecerte tu cariño y lo bien que me has tratado durante este hermoso tiempo en que hemos sido novios.

Estas palabras y otras aún menos consideradas y convenientes le decía Aureliano Solís a Úrsula Osorio el 22 de abril de 1970 en la terraza del céntrico Café Macondo, en la ciudad de Puebla.

Tras pronunciarlas, Aureliano sintió cierto alivio en su espalda y en su corazón. Llevaba días sintiendo un peso lastrante en mitad del esternón y no sabía cómo quitárselo de encima. Ahora se daba cuenta de que era el peso de las palabras que tenía que decirle a Úrsula porque ya sin ellas dentro, empezó a respirar más libre, más ligero. Sentía que podía volar.

Sin embargo, esa pesadumbre que portaban las palabras de Aureliano y sus significados, saltaron de un cuerpo a otro, ejerciendo una angustiosa presión en el pecho de Úrsula, presión que se transformó en copiosas lágrimas salinas que comenzaron a rodarle por la cara a borbotones, como una palmera que se desploma en pleno verano.

— “Este hermoso tiempo que hemos sido…”, pasado, pretérito perfecto, compuesto, además, para más inri, que conste en acta el aspecto acabado de la idea… ¡Qué sinvergüenza! ¿Desde cuándo tenías decidido dejarme, pedazo de animal? ¿Cuál es el motivo, ojos verdes serenos como un lago? ¿Me vas a decir su nombre al menos? ¿Su estatura, su peso, su perfume? —argüía Úrsula enfadada y lacrimosa como un Stabat Mater (que nunca nos falte Pergolesi).

—No, Ursulita, cómo crees… no tiene nombre, al menos no de mujer, tal vez lo tenga de ciudad. (Sonaba “Toda una vida” y el bolero hacía aún más cruel la despedida. Son crueles los boleros. Tienen algo en sus letras de verdad definitiva).

—¿Qué sucede entonces? —preguntó la dama.

—Me han destinado a Culiacán, querida Ursulita. El periódico. Dicen que allá hay muchas plazas vacantes y que precisan cubrirlas con personal experto que ya lleve trabajando en “El Sol” unos años, para hacer arrancar la sede con cierto prestigio y experiencia.

“-¿Te pagarán bien, verdad? -quiso saber ella mientras su mente en realidad lo único que se preguntaba era :” ¿Por qué no me llevas contigo? Claro… “( sigue)”

—Pues sí, es una gran oportunidad en muchos aspectos. No puedo negarme, sería una locura dejar pasar este tren—. Tuvo el valor de mirarla a los ojos mientras confesaba. Incluso trató de tomar su mano en un arrebato de nostalgia, un arrebato de esos que parecen significar: “regálame este último momento.” Pero en este punto Aureliano se topó con pared. Literalmente. Úrsula no soportó tan altas dosis de sinceridad y le arreó una cachetada guajolotera que resonó en el aire como el zumbido de un verso. Tan enérgica fue que la cara del periodista llegó a estamparse contra el muro del local en un estruendo duro y seco. Tras el estrépito, una llena-de-lágrimas Úrsula se levantó de golpe llevándose con ella la última brisa de la tarde presente en la terraza y con ello consagró la primavera, (que tampoco nos falte Stravinsky, sería imperdonable).

Aureliano no entendió su reacción, le pareció demasiado grave. “No me ha dado ni tiempo a invitarla a Culiacán, ni a decirle que he sentido por ella un gran afecto pero que llegados a este punto tal vez darnos un tiempo sea lo más sensato, lo mejor… Vaya, ¡qué geniecito se gasta la damisela! ¡Y parecía mansa en la oficina cuando me traía el café…!” Y se levantó él también de la mesa porque todos los clientes del Macondo lo miraban con cara de pocos amigos en aquella ciudad custodiada por ángeles, al menos eso dice la leyenda. Además, le castañeteaban los dientes a causa de la agresión y le parecía estar ofreciendo una imagen ridícula.

Llegó a casa y metió en una vieja maleta de piel que había pertenecido a su abuelito Arcadio lo necesario para iniciar su vida en Sinaloa: media docena de camisas de algodón, cinco pantalones de loneta en colores claros y calcetines, muchos calcetines. Su madre le compraba cinco pares cada semana, decía que los pies siempre debían caminar limpios porque nunca se sabe cuándo nos verá sin zapatos un doctor. Lo mismo opinaba la anciana Bertita de la ropa interior, así que le regaló a su hijo diez calzoncillos blancos de algodón; todo lo compró de algodón y lino para que Aureliano no se acalorase de más en Sinaloa. Y se despidió de él como todas las madres, envuelta en una atmósfera de tragedia, como si la vida fuese injusta en todos los caminos a los que nos avienta el destino.

—¡Apúrese, hijo! Ya márchese de casa y diríjase a la estación, no vaya a llegar tarde al aeropuerto, que los aviones no esperan ni por los presidentes, necesitan mucho ímpetu esos pajarracos para poder volar. Y no se preocupe más de esa novia que deja acá, pronto encontrará otro amor, se lo aseguro… y usted encontrará su querer en Culiacán, una tierra fértil que lo está esperando con los brazos abiertos. Y si así no fuera se regresa conmigo, se vuelve usted derechito a esta casa que siempre será la suya. ¡Corra, hijo! Agarre la maleta y eche a volar, pero eche a volar literalmente, no se me retrase. ¡Mira qué calma arrastra consigo, mira nomás!…

Y con estas palabras tomó un pañuelo y empezó a plañir un llanto que duraría hasta el amanecer, porque si no fuera así no podría llevarse el dolor de tantos años. Todas las madres necesitan llorar por sus hijos al menos una noche en la vida. Y sólo una noche puede resultar insuficiente.

Aureliano por fin tomó el avión que habría de llevarlo a Sinaloa, un avión poderoso e imponente, como eran los aviones americanos en los años 70.

Tras llevar varias horas volando se dio cuenta de que “Caramba, no, pues Culiacán sí que está lejos… Ha de ser muy distinta la vida por allá. Ursulita no se hubiera adaptado.” Entonces cerró los ojos y trató de imaginar su futuro. Un futuro de palmeras verdes, de verano eterno, con sus pulques refrescantes al lado de una hamaca, un futuro arena blanca mar azul, qué bien si me sonríes tú. Y de ese modo, idealizando lo que él creía que allá lo esperaba, logró dormir unas horas y siguió soltando lastre. Cada vez era un Aureliano más ligero, más amnésico, más leve. El aroma a sal y las palmeras son un poderoso alegato contra la melancolía. Ursulita y su mamá Bertita, que al comienzo del vuelo lo perseguían a mano alzada y reprimenda al viento, se transformaron en una imagen que se desvanecía más y más en su mente, como una pesadilla de película, como una sentencia de conciencia muda.

El hombre que lloraba en Culiacán

Y como todo llega en la vida —al menos todo lo que esperamos porque nos ha sido anunciado y está bien que así sea, en el fondo lo necesitamos— llegó Culiacán, con sus sesenta kilómetros cuadrados, sus veinticuatro grados de latitud oeste, su viento geométrico a diez kilómetros por hora, sus treinta y seis grados centígrados de calor soporífero, su diecisiete por ciento de humedad.

Un taxi lo dejó ante una casita antigua de dos pisos cerca de la Plazuela Álvaro Obregón. Su jefe ya le había reservado habitación en una fonda de confianza, donde sabía que Aureliano sería tratado a cuerpo de rey por una generosa viuda del lugar. Allí se alojaban también —en régimen de pensión completa, aunque desconocemos con definitiva certeza el alcance de tal demarcación— algunos conocidos suyos, (conocidos del jefe, no de Aureliano), que decían sentirse muy mimados, como conquistadores en tierra extraña. Eso decían ellos, no sabemos por qué ni si es mucho decir. Prohibido vivir en Sinaloa y no ser apasionado.

Pronto trabó una amistad cíclica y sagrada con Tomás, un joven procedente del distrito federal que, como él, trabajaba en “El Sol” de Culiacán a las órdenes del mismo hombre que había destinado a nuestro protagonista. La amistad se volvió cíclica porque no era constante, sin que eso pueda ofrecer dudas acerca de la lealtad. Fueron amigos por turnos. Turnos de trabajo, de borrachera y llanto, de noche loca y confesiones, de crudas terribles, de mira no más… Y sagrada porque se encontraban siempre en el interior de la catedral, unos metros más allá del zaguán de la casa de la viuda. Uno de los pocos sitios donde el calor no te inundaba el pescuezo haciéndote sudar como a un reo maldito. Tercer banco a la derecha contando desde atrás, no tiene pérdida. Si estuviese ocupado, cinco confesonarios adelante, al pie del via crucis sin final.

Los primeros meses fueron inolvidables. Al menos es lo que suele decirse y así lo afirmó Aureliano. Inolvidable es tal vez lo que queremos decir, lo que necesitamos pronunciar para que el resto del mundo sepa que hemos vivido carpe diem, (ese tópico renacentista que ha vuelto a ponerse tan de moda a través de la poesía juvenil y los estados del whatsapp), aprovechando el tiempo, viviendo cada minuto como si tuviésemos millones de últimos latidos bajo el sol. Otra cerveza más, que no se diga. Y pozole y Marlboro y una botella de tequila Cuervo tradicional. Y después a bailar. La orquesta Maracaibo sale al escenario y nos regala bandas sonoras con las que decorar esos presentes que hoy ya son recuerdos tras el telón rojo fuego que estrenó nuestra vida.

Debería haberse sentido como profeta en tierra extraña. Debería estar seguro de haber acertado, de haber dado en la diana y sin embargo, aquella levedad que había sentido los primeros días, al bajarse del avión, al llegar a la oficina, al sentir los primeros mimos nocturnos de aquella viuda de buen ver, todo ternura y pasión libidinosa al mismo tiempo, iban dejando de hacer efecto en su organismo como una medicina que ya no consigue reducir el malestar de un enfermo crónico.

—Aureliano, te veo triste… ¿Qué pasó, hombre? ¿No te gusta Sinaloa?

—¡Ah, no te preocupes, Tomás! No, sí. Si este lugar me gusta un rato, compadre. Es que no consigo olvidar a Ursulita, mi novia de Puebla, hasta he dejado de dormir bien. Tengo reconcomio, me trepa por la espalda, algo así como un azogue desasosegante. Y es molesto, me descompone.

El hombre que lloraba en Culiacán

—Pero compañero, tú decías al llegar que esa historia era agua pasada, que la distancia haría el olvido. ¿Qué pasó, hermano?

—Ninguna mujer me gusta como Ursulita. Ella era muy positiva. Me traía todas las mañanas el aperitivo y no veas cómo me cuidaba. “Aureliano, tómate esta infusión de savia, que te dejará la garganta como nueva. O éntrale a estos rabanitos, son anticancerígenos. Y no me dejes ahí abandonadas esas patatas, son puro carbohidrato y necesitas energía. El té negro es buen antioxidante…” Es una mujer extraordinaria, a todo le encuentra propiedades…

—No, pues sí, pero me parece un argumento bastante idiota para no poder olvidarla. ¿Qué te puede importar ahora si un alimento tiene más o menos vitaminas? No estás de muerte…

—¡Ya lo sé, imbécil! Es que la echo de menos. No me hacen falta argumentos ni razones, es algo que siento y me carcome como termita. No la puedo olvidar y basta—reconoce Aureliano sacando la foto de la chica de su billetera, conteniendo un suspiro.

—¡No, amigo…! Esta mujer te ha hecho un trabajo. Estoy seguro. Por eso no te la quitas de la cabeza. No es cuestión de propiedades ni de vitaminas.

—¿En serio? ¿De veras lo crees así?

—¡Seguro! Si sabe tantas cosas sobre salud y alimentación seguro sabe también de conjuros, pero vamos a ir con una santera amiga mía y va a deshacer el embrujo. Ya no la recuerdas más, vas a ver. A partir de mañana podrás vivir tranquilo, volverás a buscar otro amor.

Aureliano confió en las palabras de su amigo y acudió a la consulta de la maga.

Una señora mayor, setenta primaveras. La piel oscura como el chocolate y un turbante verde ensoñación. Vestuario de bruja vocacional: largo, ruidoso, cascabelero; con su plumero colgante y su atrapa sueños en cada puerta de la casa. Un loro afónico gritando mantras insensatos en una jaula histérica, sucia, llena de plumas y alpiste caducado.

Se llamaba (la dama, el loro no sabemos) Aketzali y tenía los ojos azules como el agua. Les confirmó sus sospechas: una mujer de un pueblo lejano había hechizado a ojos verdes. Debía romper una fotografía suya (de Úrsula) en diez pedazos, acudir a la playa más cercana y tirar allí los recortes. Mirar al horizonte, expirar muy hondo, inspirar profundamente y decir: “Ahhh…”

Le pagaron su tarifa base, unos doscientos pesos que hirieron de muerte su agonizante sueldo pero dieron por buena la faena si con eso Aureliano conseguía olvidar.

No perdieron el tiempo y de la casa de la bruja corrieron raudos y veloces a la primera playa que salió a su encuentro, resbalando como demonios en un destartalado beetle rojo alquilado hasta las arenas de Altata.

Anochecía en cada palmera y un viento suave les acariciaba la piel. Tomás simplemente puso cara de testigo y dio un par de palmadas en la espalda a su amigo mientras rompía la fotografía de cartera de su amada para infundir en él el valor que necesitaba.

—¿En diez trozos dijo la hechicera? —preguntó Aureliano con cara de agonía y misticismo.

—En diez, compadre. Así que empiece, pa’ luego es tarde

Ojos verdes hizo trizas la cartulina con la imagen de Ursulita y arrojó los pedazos al mar. Las olas no tardaron en llevarse muy lejos el rostro de la mujer que amaba.

Cuando Aureliano comprobó que su querer se ahogaba entre bocanadas de espuma se tiró en la arena envuelto en un llanto atronador, como un náufrago de amor inconsolable.Moqueaba y tosía con desesperación. Hiperventilaba.

Tomás se asustó y corrió a por unas cervezas. Si el amor tenía que ahogarse que se ahogaran los dos, y de paso él también, pero en otra espuma.

—Pero entonces, amigo, ¿no te sientes mejor?

—¡Salió peor, hermano! Me quiero morir… ¡Salió peor! —exclamaba Aureliano desde su espasmódica agonía.

Al cabo de unas horas agarró sus maletas y dos días y medio después estaba sentado de nuevo en el Café Macondo, dispuesto a esperar. A esperar el perdón o la muerte.

Úrsula pidió un té con leche. Una bebida sana, con ricas propiedades.

Se miraron rendidos.

Mis hijos son sus nietos hoy.


Marta Muñiz Rueda

Marta Muñiz Rueda

Nace en Gijón, Asturias, en 1970. Licenciada en Filología Hispánica y titulada en Música. Ganadora del Premio de Poesía Esencia de Mujer (Astorga, 2015), del II Certamen de Poesía Lord Byron (Avilés, 2016), Primer Premio del VI Certamen de Relatos Río Órbigo, (León, 2016). Ha publicado el libro de poemas “El otoño es nuestro” (Tres voces, tres mundos II, Ed. Csed-Poesía, 2015), la colección de relatos “13 cuentos dementes para mentes insomnes y un relato para supersticiosos” (Ed. Piediciones, 2016) y la novela “Tiempo de cerezas”, (Ed. Camelot, 2017). Colabora asiduamente en eventos literarios y ha participado en numerosas publicaciones colectivas, tanto en revistas (La Curuja, FAKE-España, Espacio Luke) como en antologías o misceláneas (“Poemas por vidas”, “15 autores, 24 horas”, “Sagrado Invierno”). El próximo día 1 de julio de 2017 participará en el VIII ENCUENTRO POÉTICO de San Miguel de Escalada.