El hombre que amaba los libros y tomaba café El hombre que amaba los libros y tomaba café
Salvatore nunca estaba en casa. Ni en la mesa, ni en la cama, ni en los rincones más escondidos del jardín. Él sólo visitaba... El hombre que amaba los libros y tomaba café

A Iván Paradelo

Salvatore nunca estaba en casa. Ni en la mesa, ni en la cama, ni en los rincones más escondidos del jardín. Él sólo visitaba de cuando en cuando a Sofía.  Ella vivía sola, entre gatos y estatuas que parecían decir: Ave María.

Siete imágenes de piedra vigilaban aquel mausoleo colosal de mármol de Carrara que la escoltaba, como si ella fuera un rehén eterno. El número 73 de la Vía Sant ’Anna, en el corazón fragante de la historia de Bassano di Grappa, hija de la soledad y el desamor.

Sofía escuchaba música desde el mismísimo instante en que abría los ojos. Y aquella mañana su corazón italiano ambicionaba lo de siempre: una taza de chocolate y dos tostadas de pan caliente, con mantequilla casera traída expresamente para ella desde los Alpes. “Casta Diva” sonaba en el salón, al fondo, como un mantra acosador que persigue y desanima.

Había cumplido treinta y seis frágiles inviernos pero aquel día descubrió, por fin, la primavera. El tímido sol que alumbra el Véneto había traspasado el castillo y los puentes del Río Brenta y ahora se posaba en su ventana, haciendo florecer las azaleas desvaídas. La vida retomaba su color, aunque a ella eso le pareciese el amago de un suspiro.

Salvatore era, sin duda, un hombre guapo. Moreno, atlético, alto y fornido, con su bigote negro de galán de novela y su coche Ferrari, sus trajes de Armani, su aroma de narciso embriagador. Heredero de la destilería más importante de Bassano, empresario capaz de venderle orujo a un abstemio y hacérselo tragar de un lengüetazo duro y seco. Pero tenía un defecto Salvatore: le perdía el amor. Y es que una destilería como la Padanni propiciaba suficientes ganancias como para mantener a seis amantes, con sus respectivos pisos, sus vestidos de noche y su paz interior.

El hombre que amaba los libros y tomaba café

Sofía procedía de una familia mucho más humilde. Fue  su belleza natural, el prestigio militar de sus antepasados y su moral puritana, lo que conquistó a los Padanni. El resto de las mujeres que Salvatore elegía como candidatas al altar, lucían escotes demasiado prominentes, exceso de rímel en los ojos, medias del todo transparentes o faldas palabra de honor (palabra de honor que me la podrás quitar en el primer banco del parque al llegar la noche). Y así ni Giulia, ni Cosima, ni Valeria. Demasiada sensualidad para hacer frente a una destilería de casta. Doña Catarina dijo “no”. Y cuando la señora Padanni decía “no” hasta el viento temblaba. No había posibilidades, ni marcha atrás, propósitos de enmienda o mera absolución.

Sofía parecía ser la única muchacha virgen y bella que pisaba la Plaza Garibaldi y Salvatore no tuvo elección. Trató de amarla en vano, pero su corazón volaba hasta un Palazzo di Venezia y encontraba refugio en el pecho de Renata, soprano de opereta. Y de este modo, el delfín heredero del imperio de la Grappa consiguió huir de su propia vida, de una mansión oscura, de una madre insolente, de un pueblo puritano y de un futuro atroz.

Dirigía sus negocios desde otras ciudades de la comarca y visitaba a su esposa dos veces al mes. La rodeaba de lujos innecesarios e insultantes mientras él, en Venezia, se dejaba querer. “Eres una santa, Sofía—le decía mientras la besaba en la frente—, dime ¿qué cosa buena habré hecho yo en este mundo para merecerte?”

Y con esta sentencia lacrimógena e indigente abandonaba a Sofía y volvía a la felicidad, es decir, al pecho de Renata y guardaba en él su corazón viajero.

Sofía se aburría más que una adolescente en un retiro espiritual. Había esperado de Salvatore algún verano en Sicilia, un viaje a París en medio del otoño, un hijo… pero ni siquiera tenía amigas que le ayudasen a sobrellevar el infierno. No había madonnas de alma pura en Bassano y todas sus vecinas e incluso las mujeres del extrarradio la llamaban “la casta”; sí, así, con retintín, husmeando en su intimidad y jugando con sus piezas favoritas, como si con Puccini se pudiese jugar. Sofía se martirizaba aria por aria.

Se encerró en casa y se dedicó a leer. Regaba y leía. Cocinaba y leía. Paseaba y leía. Cincelaba su soledad y leía. Tuvo que ser el viejo buzón quien rompiera el olvido y rasgara el silencio de aquellas siete recamaras sin balcón.

Un pequeño pasquín anunciaba la invitación que ella esperaba sin saberlo:

“Il Caffé dei libri ‘Vicolo Gamba’ ha il piacere di invitare lei al suo nuovo club di lettura che sará diretto dal giovane poeta Ennio Magnamaro di Verona. Ci piacerebbe vedervi lí. Tutti i giorni dal lunedi a venerdí, alle sette della sera.iniziamo oggi,

Grazie tante.”

Un club de lectura era la excusa perfecta para abandonar el hastío y curar el desamor.

El hombre que amaba los libros y tomaba café

Aquella misma tarde se arregló como si fuera otra mujer y caminó a través de las intrincadas calles del casco histórico de la villa hasta llegar a la librería ‘Vicolo Gamba’, donde habitualmente encargaba sus lecturas. Pero esta vez fue en persona, nada de intermediarios ni caprichos online. Moño bajo y ondulado, vestido florido, labios rosas y un aroma a madreselva que era un desafío al equinoccio.

Empujó la pesada puerta de cristal, ávida de atrapar miradas clandestinas sin intuir que sería la suya la primera en ser cazada. Sofía fue la aparición, el brote de primavera que nadie esperaba.

Allí estaba Ennio, Ennio Magnamaro, con su cara de ángel, su flequillo omnipotente y asustado, sus ojos azules de rompeolas isleño, su alma aturdida de acantilados múltiples.

Enmudeció de pronto. Ella. Él le sonreía en panavisión. El grupo estaba formado por cinco mujeres y cuatro hombres. Todos clavaron en ellos sus miradas como si hablasen pero no hacía falta porque los secretos de aquellos ojos encontrándose ya se comprendían o, al menos, se adivinaban. Ennio bebía café de una taza grande, blanca y humeante, y hablaba, tras los pequeños y sensuales sorbos, de autores italianos clásicos y emergentes: Chiara Gamberale, Erri de Luca, Roberto Calasso, Michela Murgia… Su voz grave, yacente, como el susurro de un vampiro perturbador, los mantuvo a los nueve expectantes y embrujados, apenas se atrevían a exponer sus inocentes opiniones. Ennio parecía un experto y sus contertulios, unos pupilos dóciles y advenedizos, párvulos de emociones, mendigos intelectuales suplicando poesía y pasión.

Debatieron durante una hora y media que a Sofía le pareció un instante. Cuando él pronunció su tradicional: “esto ha sido todo por hoy, nos vemos mañana…”, ella sintió como si tocaran todas las campanas del Duomo de Santa María, era como estar desenchufada, como el timbre molesto que rompe el hechizo de una clase magistral al salir del aula magna. Entonces se levantó de la silla, ruborizada, sudorosa, como si una pasión intensa e inexplicable le ardiera en las venas y no pudiera apagar ese fuego involuntario. Sofía era un volcán a punto de erupción.

Aquella reacción la desazonaba y le pareció insólita y absurda. Ella estaba acostumbrada a mantener a raya sus instintos. Sabía qué latigazo debía acometer contra todas y cada una de sus emociones. Pero aquella cara de ángel masculino  la obligó a abdicar de su razón. Ma ché cosa… ¿come puó essere? Si sembra un piccolo angelo…

Todos se dispersaron rápidamente y Sofía salió de la librería sin despedirse, apurando el paso en dirección al castillo. Por primera vez en mucho tiempo, creía que necesitaba ver a su confesor. El Duomo estaba oscuro —como sus pensamientos— y el sacerdote no aparecía. No había clérigos en el templo y asumía un transitorio abandono de la mano de Dios. Tan sólo cuatro ancianas rezando letanías como zombis neuróticas apostadas en los primeros bancos.

Presa todavía de un sudor insoportable y febril, un sudor digno de vergüenza ajena, salió al claustro por una puerta lateral, siempre hacía aire fresco y podría calmarla. Imploró una lluvia que la purificara. Pero el aguacero jamás llegó.

Apoyó su espalda en el muro frío, sereno, anestésico. Comenzaba a rondarla un sueño placentero e hipnótico hasta que sintió los labios de Ennio Magnamaro mordiendo los suyos. Sus manos acariciando sus pechos, su boca viajando lentamente por su vientre, ileso de luces y  sombras. Los botones del vestido se sobresaltaban a cada pulsión del tacto.

Él bajó las yemas de sus dedos hasta el pubis de ella y lo acarició con delicadeza; avanzó hacia su interior, cada vez más húmedo y boscoso, más rendido y dispuesto. Magnamaro sintió que era inevitable poseerla de inmediato. Siguió recorriendo su cuerpo con la lengua. El chico que amaba los libros y tomaba café, besaba a Sofía con devoción divina, regalándole un placer que suspendía todos sus sentidos en cataratas orgásmicas imparables y gloriosas mientras entraba en su cuerpo rítmica y sabiamente una y otra vez.

Ella no pudo abrir los ojos hasta el final, el éxtasis la tenía subyugada, pero aquel aroma era inconfundible, como lo era la voz al filo de su oído pronunciando su nombre erótica y dulcemente, al borde del abismo, saboreando lóbulos, labios, comisuras. Le ardían las entrañas y se sentía extenuada, en un trance que la mantenía alejada del mundo y le costaba volver a él. Por fin tuvo el valor de mirarlo a los ojos.

El hombre que amaba los libros y tomaba café

Aún sentía su aliento a dos centímetros y a pesar del cansancio, la excitación no cedía, por lo que Ennio no tuvo más remedio que acompañarla a casa y hacerle el amor con calma en su cama de matrimonio extra grande, producto de una soledad devastadora. Aquel tálamo mullido, tan poco acostumbrado a clímax y gemidos, creyó que una fuerza diabólica y peregrina se había apoderado de él. Era tal el deseo de Sofía que Ennio permaneció durante horas desnudo tendido sobre ella, liberándola. Su espalda, sus caderas… buceando en sus entrañas sin descanso para saciar sus ansias y esa sed de la mujer que nunca ha probado el paraíso y cuando lo descubre se hace esclava de él.

Incluso a pesar de esa mezcla de placer y dolor, Sofía atrapaba entre sus piernas el cuerpo de Ennio y lo aprisionaba. La simple idea de una inminente desconexión le arrancaba la vida. Tomaba sus manos y las guiaba lentamente de norte a sur entre lágrimas tambaleantes. Aquellas manos que erizaban su piel, aquellas manos que sabían arder sin consumirse.

A partir de aquella noche, Ennio comenzó a visitar a Sofía a diario. Se marchaba al amanecer, nunca supo ella dónde vivía, si es que tenía un hogar en alguna parte. Se encontraban en el club de lectura y disfrutaban buscándose bajo la mesa burlando las miradas espías. Aquel intento de disimular la excitación, de contenerla ante otros ojos, hacía que el camino a casa fuese aún más perverso y mordiente, sexualmente letal.

Los dos amantes se entregaban al fuego pero ese fuego ejercía en ambos efectos muy distintos. Mientras ella se extinguía en él hasta la extenuación —ojeras cadavéricas, huesos a flor de piel, cabellos tristes—, él reforzaba su vigor como si el deseo le inyectara en cada dosis puras vitaminas.

Ennio cada día se sentía más joven, se inundaba de nervio y de belleza y Sofía parecía morir en aquel intento de abrazarse al placer sin cortapisas como una segadora de estreno en primavera. Pese al sacrificio mortal que para Sofía suponía mantener a raya tal nivel de sobredosis de deleite al cabo del día y de la noche, elegía seguir alimentando su libido. Quizás no lo elegía, era su única opción.

Mientras, Salvatore seguía visitando a su esposa dos veces al mes pero su presencia no sólo no indispuso a Ennio ni le instó a abandonar la casa. Observaba desde la puerta el cuerpo de Salvatore tomando el de Sofía que lo recibía con desgana. Le procuraba un morbo extraordinario contemplar la escena de aquel pobre diablo ejerciendo su papel de esposo como si cumpliera con sus deberes de colegio. Magnamaro esperaba a que ambos cayesen en un profundo sueño y cuando eso ocurría, entraba en el cuerpo de ella y la poseía en un exquisito ritual sórdido y devorador. Nada parecía impedir que siguiera alimentándose de aquel cuerpo de mujer rendido a sus pies. Ennio, el sensual, era el poseedor en exclusiva de un corazón impío.

Doce meses después —nuevo sol sobre el Véneto, equinoccio a estrenar— Sofía albergaba en su vientre a un hijo. Apenas podía sostenerse en pie, no tenía fuerzas ni para acudir a un hospital. Vivió en silencio un embarazo extraño y secreto.

Llegado el momento del alumbramiento —un amanecer rojo coronado de tinieblas— Ennio tomó un cuchillo y abrió el vientre de Sofía de arriba abajo realizando un corte sísmico, profundo, vertical, íncubamente cruel. Sin temblores anodinos, sin nubes amnióticas entorpeciendo aquel cielo velum templi.

Alzó en sus brazos al hijo, rubio como el trigo lo es en la meseta. Miró sus ojos fríos, azules como el cielo que almidona los Alpes y sus nieves perpetuas anticipando una satisfacción diabólica. Mientras la criatura exhalaba suspiros de aire gélido que nutrían su espíritu, el chico que amaba los libros y tomaba café, cubrió el cuerpo asolado e inerte de Sofía con una sábana blanca y se esfumó en el viento danzando entre cipreses y caminos en ese mismo instante en el que sobre el Véneto y su grana radiante se desangra de luz el amanecer.


Marta Muñiz Rueda

Marta Muñiz Rueda

Nace en Gijón, Asturias, en 1970. Licenciada en Filología Hispánica y titulada en Música. Ganadora del Premio de Poesía Esencia de Mujer (Astorga, 2015), del II Certamen de Poesía Lord Byron (Avilés, 2016), Primer Premio del VI Certamen de Relatos Río Órbigo, (León, 2016). Ha publicado el libro de poemas “El otoño es nuestro” (Tres voces, tres mundos II, Ed. Csed-Poesía, 2015), la colección de relatos “13 cuentos dementes para mentes insomnes y un relato para supersticiosos” (Ed. Piediciones, 2016) y la novela “Tiempo de cerezas”, (Ed. Camelot, 2017). Colabora asiduamente en eventos literarios y ha participado en numerosas publicaciones colectivas, tanto en revistas (La Curuja, FAKE-España, Espacio Luke) como en antologías o misceláneas (“Poemas por vidas”, “15 autores, 24 horas”, “Sagrado Invierno”). El próximo día 1 de julio de 2017 participará en el VIII ENCUENTRO POÉTICO de San Miguel de Escalada.