“El hombre no ha cambiado nada en milenios” “El hombre no ha cambiado nada en milenios”
Nada como los lugares que te permiten disfrutar de una buena lectura. Sentir que estás en el hogar, en ese lugar confortable es lo... “El hombre no ha cambiado nada en milenios”

Horizontum. “El hombre no ha cambiado nada en milenios”Nada como los lugares que te permiten disfrutar de una buena lectura. Sentir que estás en el hogar,  ese lugar confortable es lo que más disfruta el autor de la semana, quien en esta ocasión es Daniel Espartaco, autor de Memorias de un hombre nuevo, Gasolina, La muerte del pelícano. Él nos explica su gusto por la literatura rusa, la cual mucha de ella no ha pasado de moda, el comportamiento humano no ha evolucionado tanto según su perspectiva.

–  ¿Podrías mencionarnos tus 5 libros favoritos y por qué lo son?

–  Me sé de memoria todos los personajes de Guerra y paz. En este momento podría hacer un esquema en una cartulina y eso que sólo lo he leído como dos veces, las demás de manera fragmentaria. Pero es un libro tan poderoso que las escenas se te quedan grabadas, porque cada una está llena de significados. Es un libro sobre la vida, sobre la búsqueda de un lugar en el mundo, nuestro papel en la historia. Si sabes leer bien y abres Guerra y paz no necesitarías libros de autoayuda. Y la respuesta es que no hay una respuesta, sino que hay que fluir en medio de los acontecimientos. Además cada pasaje está escrito de una manera magistral, con belleza y sencillez y honestidad. Si te encuentras a dos personas que han leído Guerra y paz verás que son capaces de hablar de los personajes como si éstos existieran en realidad, y como si los conocieran en persona. En fechas recientes Vida y destino de Grossman se convirtió en mi segundo libro favorito, aunque le sobran unas doscientas páginas al final, para mi gusto.

Podría decirse de él lo mismo que dije del libro anterior. Pensadores rusos de Isaiah Berlín lo descubrí hace unos años en la biblioteca en su versión en inglés. Fue gracias a este libro que comprendí la literatura rusa y todo lo que está detrás: la historia de Rusia en el siglo XIX, de sus artistas, pensadores e intelectuales, revolucionarios; es una gran novela fragmentaria y universal, en donde las ideas que nos definen como sociedad contemporánea se vivían en carne propia. En este sentido también tengo que mencionar Hacia la estación Finlandia de Edmund Wilson, una historia del pensamiento utópico que se puede leer como una novela, desde la revolución francesa hasta la revolución rusa, escrita de manera amena e inteligente, casi en la tradición épica. Esta lista no podría estar completa sin El caso Tuláyev de Víctor Serge, una novela injustamente relegada debido a que fue escrita por un apátrida, en lengua francesa, por un ruso que no era ruso.

Es superior a La oscuridad al mediodía o 1984 en su análisis de totalitarismo, los juicios de Moscú (se complementa muy bien con Vida y destino), desde sus protagonistas. Para mí estos temas son importantes porque son más que actuales. El hombre no ha cambiado nada en milenios y el siglo XX está a la vuelta de la esquina. Podemos volver a vivir todo eso de un día para otro.

Horizontum. “El hombre no ha cambiado nada en milenios”– ¿En qué momento de tu vida decidiste incorporar la lectura como un acto cotidiano?

–  No es algo que haya decidido. Comencé a leer para matar el aburrimiento. Era una manera muy efectiva ya que no existían los celulares. Tal vez ahora sí soy más consciente, si voy a viajar en autobús me llevo un libro sabiendo que tengo un celular en el bolsillo. Creo que ahora sí me tengo que obligar, la semana pasada quité la aplicación de Facebook de mi dispositivo.

–  ¿Siempre deseaste ser escritor o qué otro trabajo te hubiera gustado desempeñar?

–  De joven quería tener un trabajo, el que fuera, con tal que me alcanzara para comer, tener dónde dormir, comprar libros usados y tomarme unas cervezas cada fin de semana. Pensaba que también quería escribir, pero no sabía por qué. Donde crecí eso no está bien visto. Pero de niño me hubiera encantado ser titiritero, una vez escribí y monté una obra con otros niños y me divertí mucho. Me hubiera gustado ser también guionista de comedias de situaciones.

–  Si vivieras en otro país, que no sea tu tierra natal (o si lo estás haciendo) ¿qué otra profesión u oficio te interesaría realizar?

– Me hubiera gustado ser albañil: te pagan por hacer ejercicio y cada vez que paso por una construcción los veo y los oigo muy alegres. Albañil en Suecia no estaría mal. Un lugar con sueldos justos.

–  ¿Qué es lo que te hace dejar la lectura de un libro?

–  Principalmente es un estado de ánimo. A veces dejo un libro que años más tarde ya no puedo soltar. Es como con la comida, a veces se te antojan unas enchiladas otro día quieres chop suey. También como el apetito, dicen que se te antoja lo que tu cuerpo necesita. A veces tu mente o tu alma necesitan algo y otras veces no.

En lo que sí soy implacable es con los libros pretenciosos, con la prosa afectada y barroca, que busca hacerse la difícil para parecer profunda. Eso le encanta a ciertos académicos y a las personas que no leen para entretenerse sino para demostrar que son alguien en la vida. Me dan mucha pena esas personas. No me gusta que me tomen el pelo. Y tengo una alarma detectora de mierda, como diría Hemingway. Hay mucho autor contemporáneo que entra perfectamente en esa descripción, y también del pasado, pero esos afortunadamente ya están en el olvido.

–  ¿Qué lugares son tus preferidos para leer, ya sea en tu casa o fuera de ella?

–  En la mesa de la cocina, antes del amanecer, con una taza de té bien caliente y una rebanada de pan con mantequilla y mermelada. Creo que eso es lo que llaman el hogar, junto a la estufa y de preferencia si es invierno. Si tengo un chal mejor, al fin que nadie me ve.

–  ¿Tienes alguna bebida favorita mientras lees, cuál y por qué?

Horizontum. “El hombre no ha cambiado nada en milenios”–  El té negro. En México los snobs toman té. Yo comencé a tomarlo porque era ahorrativo y era más barato que el café. Costaba once pesos la caja de Lipton con 25 sobrecitos. Luego lo sacaron del mercado y ahora encuentras tés demasiado caros para lo que son. Es porque en México se considera un lujo, cuando tres cuartas partes de la humanidad lo toman como bebida de a diario. Pasé cuatro meses en Argentina hace un par de años y fui muy feliz porque era invierno, tenía una cocina con mesa y una marca de té local que era muy rica y barata.

No me gustan los tés con sabores frutales (son para gente que no toma té) ni excesivamente caros. El té me ayuda a concentrarme y me pone de buen humor, también es bueno para la creatividad. Ya no leo en cafés porque en la ciudad tenemos un problema, prácticamente no hay un lugar en donde no esté encendida una pantalla de televisión y lo odio. Es porque casi nadie lee. Es terrible llegar a un lugar y escuchar en la pantalla a Andrea Legarreta y Raúl Araiza y compañía decir estupideces al por mayor, ni escuchar la voz de los actores de doblaje en las películas de media tarde. Odio a los actores de doblaje, deberían de prohibir que doblaran las películas. Por otro lado en verano con una cerveza ligera y en un lugar fresco se lee de maravilla. O con un vaso de whisky por las noches, en la cama, antes de dormir.

–  Cuéntanos algún dato curioso de ti como lector.

–  Me gusta dejarme mensajes del pasado en los libros. Si estoy leyendo algo, uso lo que encuentro a la mano como separador. Cuando retomo algo años después encuentro uno de estos mensajes: un sobrecito de té, una postal, un ticket de compra, un volante, un portavasos de algún bar. Tengo además la manía de recordar las circunstancias en las que leí tal libro, a veces el lugar geográfico, aunque incluso se me olviden partes sustanciales del argumento. Digamos entonces que en mi librero cada libro a veces es como una cápsula del tiempo. Muchas veces escribo en la primera página la fecha en lo que lo terminé de leer. El más viejo que he encontrado es de 1999.


Diana López

Diana López

Comunicóloga y etnohistoriadora. Se ha desempeñado como promotora cultural independiente, RP para editoriales y eventos culturales. Fue coeditora web en la sección cultural del periódico Reforma y paleógrafa del Archivo General de la Nación. También ha sido asesora pedagógica de fomento a la lectura. Oficio que mejor la define: mochilera.