El hombre hecho patraña o la patraña hecha hombre El hombre hecho patraña o la patraña hecha hombre
El último bastión de la llamada ‘Escuela del Patetismo’, Alejo P., tuvo la amabilidad de conceder la que desafortunadamente sería su última entrevista El hombre hecho patraña o la patraña hecha hombre

Alejo P. fue un destacado erudito y estudioso de lo absurdo, de lo palurdo y de lo obtuso, patetista, ensayista y patrañero de pro, -debido a este último oficio, fue asesor en semántica política de varios funcionarios del ámbito nacional e internacional-. Durante más de treinta años fue catedrático en el Colegio de Patafísica, donde más tarde se hizo cargo del Irreal Instituto de Epifanía, una de las instituciones cuyo discurso “contiene más de 75% de transgresión intelectoespiritual, 5% de azúcar negra, 8% sentido incomún y 12% de ilusiones perdidas”, según palabras del señor P.

La Academia Sueca de las Artes consideró alguna vez incluirle en su agenda, pero el patrañero se negó amablemente arguyendo gripe cerebral e incapacidad de levantar la mirada hacia el cielo. Durante sus últimos años de vida, Alejo P. vivió en el número 87 de la Rue Broca, en París; “Me vine a vivir y a maldormir acá como homenaje personal a uno de los más grandes fabricantes de patrañas del siglo XX: Pierre Gripari”. Tuve la fortuna de entrevistarle hace un año, durante el mes de febrero. A continuación reproduzco la charla que a mi ver, es una verdadera cátedra de lo absurdo:

Alejandro Barrón (en adelante AB) —Espero no quitarle mucho tiempo, señor P. Comenzaré con la entrevista. Pondré la grabadora aquí. Por favor no se sienta cohibido. Y bien, ya… Buenas tardes, señor Alejo P., dígame por favor ¿Qué es esa cosa a la que usted ha dedicado toda su vida, esa cosa llamada patraña?

Alejo P. (en adelante AP) —La patraña es el arte de la palabra ingeniosa, creadora de realidades paralelas, calculada de forma milimétrica en cuestión de segundos e inmortalizada por filósofos, filólogos, comediólogos, comunicólogos, falaciólogos y dramaturgos. Sin embargo este arte se ha venido vulgarizando en los últimos años por culpa de tanto mediocre que le hace uso indiscriminado… No no, la patraña es ingenio espontáneo. La patraña, a diferencia de la pendejada, requiere de inteligencia aguda. La pendejada —que es harina de otro costal dentro de la metaantropología lingüística—, ha sido siempre y erróneamente equiparada a la patraña. Situemos las diferencias básicas entre una y otra: las pendejadas son emitidas, por lo regular, en cabarets, recintos políticos, templos de ciertas confesiones religiosas y en teatros de malamuerte de boca de comediantes de malamuerte, y bueno, por los pendejos en general, que son un grupo muy extendido por todo el globo terráqueo. En cambio, la patraña es algo que se escucha con mucha frecuencia en reuniones de personas que maniobran y navegan en campos semánticos a distintos niveles y dimensiones. La pendejada lleva el caos al pensamiento, y la patraña lleva bellas mujeres a nuestras camas.

AB —Maestro, por favor, ayúdeme a definir algunos conceptos que entran en el vasto mundo de las patrañas y demás absurdos dentro de la filología falaz…

AP —Adelante…

AB —La patraña en concreto es…

AP —Es una verdad o serie de verdades absolutas e irrefutables dentro de un universo paralelo.

AB — ¿Las mentiras?

AP — Son la suplantación exitosa de la verdad. La mentira es el arte del discurso camaleónico; hay que ser un genio para dominarla, un paso en falso produciría desastres de proporciones catastróficas. Las mentiras son pólvora.

AB — ¿Las estupideces?

AP —Son intentos malogrados de la mentira con resultados mediocres. Quienes dicen estupideces a menudo son personas con una creatividad pobre, almas grises, corazones mezquinos y espíritus caricompungidos.

AB — ¿Las mamadas?

AP —La mamada es la suplantación cínica de la verdad. Quien emite una mamada quiere de manera intencional que el receptor del mensaje sepa que el absurdo se da desde las primeras cuatro palabras de la oración falaz. Hace años planteé que el término culto para la mamada fuera Felacia, un híbrido entre fallacia y fellatio. No recuerdo si fue aceptada tal propuesta.

AB —Maestro, ¿Qué opinión le merecen las puñetas?

AP —Oh, la puñeta: corona de laureles, beso de tres ángeles al mismo tiempo, dios tocándote las bolas. La puñeta es la madre del mayor número de pequeñas gloriosas muertes que el ser humano experimenta a través de su vida. La puñeta es una droga fuerte, un sólo chute va cargado con todos los besos de todas las mujeres que se han cruzado en nuestro camino desde la infancia hasta nuestros días postreros. Cualquier artista, patetista, patrañero o mentiroso que se enganche con la puñeta corre el riesgo de volverse un puñetero farsante. Los farsantes, junto con los charlatanes, los patanes, los cabrones, los hijosputa, no son más que producto del abuso de tal maniobra solitaria. La puñeta es cosa bella, pero hay que saber controlarla; si se nos va de las manos, uno puede tornarse desquiciado o, peor aún, poeta.

En una pared con el tapiz pelado en girones pende un pergamino de los que se entregaban en ceremonias de protocolo. Si uno aguzaba un poco la mirada, podía leer lo siguiente: “EADEM MUTATA RESURGO. El Colegio de Patafísica Y las Subcomisiones de Soluciones Imaginarias, Epifanías y Etifanías, Anonfalias, Ciencias Inexactas y Flores en el ano, otorgaN al ente de mente ciudadano Alejo P., natural de una ciudad lejana y vecino de una más cercana, el Título de Doctor Horroris Causa, por su incansable labor a través de todos estos años en el arte de pensar mucho y hacer poco”. Imagen de la espiral logarítmica. Rúbricas.

Justo debajo del pergamino, se aprecia la foto de la ceremonia: Alejo P. con birrete y banda distintiva, recibiendo del Gran Sátrapa del Colegio de Patafísica el susodicho Doctorado. ‘Dos veces han llevado las urnas con los huesos de tres colegas para recibir el Doctorado a manera POSTVITA IN SOMNUS –Después de la vida, en sueños-‘, el resto de la pared está plagada de daguerrotipos decimonónicos donde se muestran mujeres desnudas y sonrientes. En la mesita hay un florero vacío y una abeja –tal vez extraviada-, rondando.

AB —¿Qué es lo peor con que usted se ha encontrado en el oficio de patrañero?

AP —Los monosílabos, son balas, son cuchillo. Cualquier espíritu cae fulminado ante ellos y peor si el espíritu es romántico. Los monosilabantes son los terroristas del discurso.

AB —Por último maestro, esperando no cansarle con esta entrevista, dígame ¿Qué opina del sarcasmo?

AP —El sarcasmo, mi estimado, es la puñeta del alma, adoro el sarcasmo…

AB —¿Entonces se considera usted un sarcástico de closet?

AP —No qué va, soy sarcástico declarado. En las habitaciones contiguas a esta sala podrás encontrar mi colección de sarcasmos, una de las más grandes del mundo…

AB —¿En verdad?

AP —Claro que sí. Si te apetece echarle un vistazo a mi colección, al salir habrás de  comentarle a mi asistente Guarda-sarcasmos que yo te he dado autorización para entrar en los recintos. No confundas a mi asistente Guarda-sarcasmos con el asistente Manda-a-la-mierda, porque entonces te quedarás con las ganas de conocer el acervo.

El letrado entonces me dio la mano con tremenda sencillez, se cubrió con algunas mantas y se retiró a sus habitaciones. Yo, extasiado, tomé mis cosas y al salir le hice saber a uno de los asistentes –me dirigí con el que poseía la mirada más recalcitrante, puesto que el que lucía una sonrisa despreocupada no me inspiraba confianza-, las instrucciones del Señor Alejo P., tal parece que había dado con el sujeto correcto.

Me hizo seguirle por un largo pasillo y se detuvo frente a una larga puerta de madera algo astillada pero maciza donde se la viera. Sacó un manojo herrumbroso de llaves y, con alguna guerra logró hacer ceder el ojal. Una vez entreabierto el broncudo portal, el asistente se retiró como si pateara un bote por la calle de la amargura.

Abrí de par en par y me encontré con una habitación que estaba a punto de caerse a pedazos, las plantas silvestres y trepadoras ya dominaban parte del techo; las mariposas y abejorros revoloteaban, zumbando por todo el lugar. En el piso estaban con el culo bien plantado, hileras y más hileras de botellas vacías, sin etiquetas que me hablaran de su denominación de origen; algunas recibiendo el agua de las goteras, cientos de ojos vacíos mirándome. De pronto recordé a las mujeres de los retratos en la salita de Alejo P. y sentí que tal vez me observaban de entre el enramado, escondidas, desnudas, viejas y desencarnadas. Los olores a madera vieja, musgo y nostalgia me provocaron melancolía. Toda triste sinfonía, carita lavada en lágrimas, toda risa estridente de la niñez, la última flor blanca que caía sobre el féretro de un niño muerto, vino de golpe a mi mente atribulada. Vaya escena.

Saqué mi grabadora. Y pulsé el botón rojo:

Nota: en definitiva, he sido víctima no de un patrañero, ni de un sarcástico, ni siquiera de un puñetero farsante, sino de un poeta… Y uno muy borracho…

(Cuento publicado en la antología “Cuentos del sótano V”, de Endora Ediciones, bajo el título ‘La patraña hecha hombre’. Enero de 2015. Ciudad de México).

 


Alejandro Barrón