El Divo ha muerto, la leyenda sigue El Divo ha muerto, la leyenda sigue
Juan Gabriel ha muerto. Uno de los más conspicuos escultores de la educación sentimental mexicana, falleció de un paro cardiaco en la ciudad de... El Divo ha muerto, la leyenda sigue

 “…que te vas, te vas

Que ha llegado la hora

De decirnos adiós…”

Fragmento de la canción Ya lo sé que tú te vas, de Juan Gabriel

Juan Gabriel ha muerto. Uno de los más conspicuos escultores de la educación sentimental mexicana, falleció de un paro cardiaco en la ciudad de Santa Mónica, California. Murió en medio de una gira, “MéXXico es todo”; dos días antes de su muerte cantó frente a 17 mil 500 asistentes. Tenía 66 años, y 45 los dedicó a la música como compositor y cantante: escribió cerca de mil 800 canciones, tuvo cerca de 15 mil presentaciones, participó en 53 producciones y vendió, al menos, 100 millones de discos. También cantó en japonés. Sí, en japonés.

Mucho más mundano que el artístico, su nombre terrenal fue Alberto Aguilera Valadez; nació en Parácuaro, Michoacán, el 7 de enero de 1950, pero vivió buena parte de su vida en Ciudad Juárez, Chihuahua. Grabó, también, una versión propia de la popular melodía “Have you ever seen the rain”, del grupo estadounidense Creedence Clearwater Revival. Se sabe que al vocalista de esa banda, John Fogerty, la canción le gustaba. Sí, le encantaba.

El Divo ha muerto, la leyenda sigue

El periplo de su carrera estuvo transido de las condicionantes más características del culebrón nacional: la tragedia y la reivindicación. La tragedia de sus primeros años como músico marginal de la frontera, cantante de planta, pero mal pagado, en un bar ahora histórico: el “Noa noa”; luego la visita a la Gran Ciudad, sitial del mito de la esperanza y las oportunidades, que le recibió con una visita de año y medio al siniestro “Palacio negro” de Lecumberri. Después la reivindicación, a cargo de seres legendarios: Lucha Villa, Angélica María, Enriqueta Jiménez “La prieta linda”, las protagonistas del imaginario erótico masculino que  lo catapultaron al terreno restringido de las “celebridades”.

Agente reivindicador de la debilidad popular por el regusto dulzón del romanticismo almibarado, la carrera de Juan Gabriel le franqueó, en dos ocasiones -1990 y 1997-, las puertas del Palacio de Bellas Artes, reducto del clasismo mexicano rendido a los pies de un charro surrealista, todo lentejuelas y cadencia en las caderas. Esa fue, quizá, una de sus más trascendentales funciones sociales para la vida pública mexicana: la transgresión.

Fue un transgresor nato, desafiante. Aquí, donde la virilidad es directamente proporcional al baile austero y sobrio, Juan Gabriel triunfó en medio de volteretas y manos enfáticas; donde la monotonía  de la vestimenta es apabullante, Juan Gabriel se amarró una  mascada multicolor al cuello. Hizo del mariachi, figura fundacional de la hombría mexicana, un compañero habitual del desgarrador sufrimiento que le acometía  en cada presentación. Sus apariciones en el escenario eran un argumento explosivo contra la ortodoxia del machismo.

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Junto a Salvador Novo, Juan Gabriel protagonizó una revolución tan secreta como irreversible para normalizar la disidencia sexual en la vida pública. A diferencia del escritor, que no tuvo empacho en hacer públicos sus devaneos sexuales –sus memorias son prueba de ello-, Juan Gabriel nunca aclaró su orientación sexual porque, así lo dijo, “lo que se ve no se pregunta”. Como fuera, Novo y Juan Gabriel secularizaron la homosexualidad y resquebrajaron la marginalidad de la diversidad sexual, para hacer de su condición, aunque fuera indirectamente, tema de primera importancia en la coyuntura pública.

Ídolo irrepetible, músico de registros varios, hombre del escenario, Juan Gabriel forma parte, junto con José Alfredo Jiménez y Pedro Infante, de una tríada legendaria que puso en negro sobre blanco las caracterizaciones profundas de algo que, pomposamente, dan en llamar “alma popular”, y que no es otra cosa que la facultad, eso sí poco común, de aprehender en un lenguaje sencillo la tragedia habitual de la miseria –“…no tengo dinero, ni nada que dar…”-, el desamor – “…que quizás no volverás, que muy tristes hoy serán, mis mañanas si te vas”-,  y la vida que fue, es y será – “… no hay como la libertad de ser, de estar, de ir…”-.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.