El diario de un hombre El diario de un hombre
Me encanta el sexo con las mujeres. Verlas estremecer de placer. Agitar su respiración con un beso y acariciarlas por debajo de sus faldas.... El diario de un hombre

“Me encanta el sexo con las mujeres. Verlas estremecer de placer. Agitar su respiración con un beso y acariciarlas por debajo de sus faldas. Me fascina verlas caminar por la habitación desnudas con los senos firmes y los pezones erectos. Observar sus sonrisas coquetas después de una faena amorosa.”

< Con este párrafo encontré la primera página, cerré la libreta por un momento, pero la curiosidad me hizo seguir leyendo >

Ella se llevó todo. Mi felicidad y mi tranquilidad:

Brenda ocupaba un lugar especial en mi vida. Estaba completamente enamorado de ella. Un día así sin más explicación corto conmigo en la cafetería de la escuela. La vi alejarse de mi vida. La busqué y la llamé por teléfono mil veces. Jamás hubo respuesta. Por algunos meses me sentí vacío y con una desesperanza infinita. Había días en que me hundía en una profunda tristeza. Sentía que me arrancaban la vida y el alma. Constantemente tenía sueños con ella y grandes deseos de buscarla, pero no sabía dónde.  Así como llegó se fue de mi vida. Sin dejar huella. Solo un profundo dolor por su abandono.

Desde la huida de Brenda había permanecido leyendo por largas horas en la biblioteca todos días. Siempre estudiando y jugando futbol. El equipo deportivo y las juergas por las noches me había mantenido vivo todo este tiempo. En esa época los exámenes eran extremadamente pesados. Todos los había exentado. Me mantenía ocupado en los deberes de la universidad para no pensar en ella. Procuraba llegar cansado por las noches para dormir sin pensarla.

La depresión me duró más o menos seis meses. Había hecho el amor con unas tantas mujeres, pero nada importante. Hacía lo posible por enamorarme de ellas, pero siempre terminaban por fastidiarme. Unas demasiado celosas y controladoras otras con miles de problemas interminables. Finalmente me hice a la idea de que lo único que disfrutaba de ellas era el sexo. Ninguna me llenaba al cien. Y ya no estaba dispuesto a gastar mi tiempo y mi dinero en ellas, si sólo quería sexo. Supongo que mi actitud era demasiado obvia y algunas terminaban por alejarse, otras se postraban en un completo drama y me daban aún más pereza.

Poco a poco me fui haciendo indolente para cortejarlas. Me parecía una pérdida de tiempo. Todas pedían un amor que yo no podía darles. Iba a su nido para sanar mis heridas y ellas no estaban dispuestas a ello. Ninguna me hacía feliz como Brenda.

Los días pasaron lentamente y un día conocí a Fátima en una fiesta de la Universidad. Era un evento donde los odiosos y petulantes poetas de la escuela daban rosas a las mujeres, bebían vino y uno que otro tocaba la guitarra. Ahí estaba ella en el auditorio cantando una canción que ya no recuerdo bien. Mis amigos y yo ya nos íbamos del lugar, cuando de pronto escuché su dulce voz. Me volví para ver quién cantaba y la vi ahí parada en el enorme escenario. Solita con su voz imperial y su guitarra.

Les dije a mis camaradas que siguieran, que yo los alcanzaría después.  Ellos salieron sin preguntar nada. Al terminar las presentaciones de los insufribles poetas me acerque a ella. La felicité por su magnífica actuación sobre el escenario. Ella sonrió y me preguntó mi nombre. La invité a tomar una copa y ella acepto. Esa noche platicamos por horas. Se hizo tarde y la llevé a su casa.

Desde ese día la vi por todo el verano. La pasábamos juntos a toda hora. El recuerdo de Brenda se desvanecía poco a poco. Ya casi no pensaba en ella y si lo hacía no le daba importancia. Así comenzó el nuevo semestre en la universidad.

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Fátima y yo pasamos juntos casi toda la carrera en la Facultad de diseño gráfico. Haciendo el amor aquí y allá. No teníamos ningún reparo en demostrar nuestro cariño y lujuria. Sentíamos la liviandad por doquier. Me gustaban mucho sus piernas, verla caminar moviendo las caderas de un lado a otro. Tenía una especial fijación por el color de su piel. Sus piernas y su color canela terminaron por volverme loco. La sentía inmensamente mía.  Todos los días hacíamos el amor sin importarnos el lugar.

Sin embargo, me daba cuenta que tenía algunas similitudes con Brenda. No sabía muy bien qué cosa era, pero tenía detalles que me hacía recordarla al estar con ella. Eso trajo algunos problemas a nuestra relación, pero aun así seguimos adelante nuestro noviazgo.

Un día nos cacharon haciendo el amor en uno de los salones de la Facultad:

Recuerdo que mi respiración era entrecortada. Poco a poco le fui desabrochando los botones de su blusa para poder acariciarla. Sentir su piel, sus pechos junto al mío me encantaba.  La tomé con fuerza de la cintura y la recosté en el escritorio del salón. No me preocupaba que nos vieran. De hecho, era excitante pensar que alguien nos pudiera ver por la rejilla de la ventana. Ese día se nos cumplió el deseo frenético de sabernos observados.

Era otra pareja de novios que subió hasta el tercer piso donde se encontraba el salón de dibujo. Se nos quedaron viendo un momento, pero la chica cerró la puerta. Me dio mucha risa. Apetecía que se metieran al salón y comenzarán coger con nosotros.  Fátima no tuvo el menor bochorno en que la vieran desnuda con la pelvis con dirección a la puerta.

Un día entre todas esas locuras que hacíamos, tuvimos sexo sobre el sillón de cuero donde se recostaban los modelos desnudos para dibujarlos. La sensación era verdaderamente exquisita. Podía hasta oler otras pieles.

La siguiente semana fui a casa de Fátima no estaban sus padres en casa así que aprovechamos la ocasión. Recuerdo que esa vez ella tuvo unos orgasmos deliciosos. Me fascinaba sentir como se contraía su vagina. ¡Se sacudía tan rico! Me aguanté lo más que pude para no venirme, porque yo también estaba gozando muchísimo al verla disfrutar.

De pronto no sé porque sus papás regresaron a la casa. Nos vestimos como pudimos. No lograron vernos desnudos, pero era evidente su sospecha. Ella despeinada, la cama un poco deshecha. Yo en el baño vistiéndome. En ese momento sentía que no podía quitar mi cara de cachondo.  Su mamá se enojó muchísimo. Me mandó a la chingada y me corrió de su casa.

No supe qué decir y me fui.  Tampoco era algo que me preocupara en demasía. Fátima y yo ya teníamos muchos problemas porque me recordaba a Brenda en muchas cosas. Fue así que salí de esa casa importándome un carajo lo que pensarán de mí. No tenía intenciones de dar explicación alguna, ni de suavizar las cosas.

Comencé a caminar y en el trayecto empecé a sentirme mal. Sentía mucho calor, aunque la temperatura del lugar era más bien fresca, no podía mantenerme de pie. Me senté. Descansé un poco y caminé de nuevo. Sentía una excitación tan fuerte que tenía que culminar. Sentía un dolor horrible en los testículos, casi como espasmos. Pensé en echarme agua en la cara, pero no había donde. Caminé unas dos cuadras y encontré una tienda.

De pronto veo que va entrando al comercio una chica frondosa. Senos grandes, cinturita y de cabello muy largo. Me sonrió y comenzamos a platicar tonterías. Salimos de la tienda y nos fuimos a sentar a una banca que estaba por ahí.

Al platicar con ella me doy cuenta que de fábrica no era una mujer. Le pregunté de inmediato si antes había sido hombre. Ya sabía la respuesta. Me contó que con los años se hizo una transformación. Se había operado hace cinco años y que sólo le falta ajustar algunas cosas para ser completamente una mujer.

Al principio me saqué de onda. No supe qué decir. De repente siento otro dolor intenso. Ella me preguntó que si estaba bien. Le conté a grandes rasgos lo sucedido con Fátima. Seguía excitado a pesar de que ya había pasado tiempo. Me sentí vulnerable.

Entonces ella me dijo:

  • Oye me agradas, ¿Por qué no vamos a mi camioneta y te ayudo a terminar lo que empezaste con aquella chica?

Me reí un poco por los nervios. No pensé que me lo dijera en serio.

Ella notó mi nerviosismo y me dijo:

-Si quieres te ayudo a terminar o puedas mastúrbarte en mi camioneta. Nadie te verá. Déjame ofrecerte el espacio. Yo sé lo que se siente. Estás muy excitado.

La mire con las pupilas dilatadas. Subimos a su camioneta. Nos acomodamos, me abrazo, recosté mi cabeza en el asiento y me dejé llevar por completo. Ella se puso casi encima de mí, nos comenzamos a besar.

En ese momento algo dentro de mí me decía: ¿Qué estás haciendo? No puedes estar con un hombre, aunque parezca mujer. Es un hombre como tú.

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Pero a la vez disfrutaba de sus besos y sus caricias. Así que ya no me importó nada. Sólo quería que me hiciera sentir rico. Era la primera vez que tocaba unos senos artificiales, era una sensación curiosa. No me atreví a sentir su vagina. Ella tampoco dio pauta a querer hacer eso. Me desabrocho el pantalón y me comenzó a masturbar. Me hizo sexo oral. Era tanta mi excitación en ese momento que lo disfruté mucho. Finalizamos el acto. Nos volvimos a besar. Y a pesar de la relajación, sentí un poco de vergüenza. Nos vestimos y salimos de la camioneta. Me dio su teléfono y yo el mío. Ella nunca me llamó. Pasaron los días y pensaba en marcarle cuando recordaba en lo que hicimos. Nunca pude llamarla perdí su número de teléfono.

No fui por unas semanas a la escuela. Sentía que todo el mundo se había enterado de mi proeza. Sólo eran figuraciones mías, nadie sabía nada. Al entrar al salón de dibujo me di cuenta que nadie notó mi ausencia.  Caminé por los pasillos de la universidad me encontré con Fátima. Me dijo que teníamos que hablar de lo ocurrido con sus padres. Nos sentamos para hablar. Me dijo que ese día había tenido consecuencias. Me reí y ella hizo un gesto de molestia.

A los pocos meses me casé con ella, estaba embarazada y no había dudas de que yo era padre. Más que por convencimiento y amor fue por un acto de valor civil que hice mi vida con ella. Después de todo soy un hombre. No soy un cobarde.

 

 < Así finaliza el diario que encontré, jamás imaginé que así había sido la vida de mi padre. Mis papás siempre cuentan del gran amor que se tienen desde que se conocieron en la universidad. Ahora entiendo por qué mi padre se aferró a que me llamará Brenda. Es un nombre que nunca me ha gustado >

(Las siguientes dos páginas están en blanco. Y en medio un dibujo a lápiz de una mujer desnuda abrazada de un árbol.)

Cierro el diario, alguien viene…

Gabriela Santamaría Santiago

Gabriela Santamaría Santiago

Gabriela Santamaria Santiago. (México) Licenciada en Educación Secundaria con Especialidad en Literatura egresada de la Escuela Normal Superior de México. Profesora de Educación Básica en la SEP. Siempre interesada en la promoción de la lectura y en los movimientos contraculturales de los jóvenes, en la música y en el aprendizaje de los niños y adolescentes.