El diablillo en la cerradura El diablillo en la cerradura
Giles Corey se enjugó el sudor justo cuando su buey se detuvo. El sol le cegaba. Miró abajo, hacia el surco. El arado se... El diablillo en la cerradura

I

Giles Corey se enjugó el sudor justo cuando su buey se detuvo. El sol le cegaba. Miró abajo, hacia el surco. El arado se había atorado en una gran piedra plana y había dejado, sobre su superficie, una larga marca de arrastre. Sonrió. Echó una rápida mirada alrededor, luego pasó varias horas recorriendo el terreno. Al atardecer había contado ocho piedras rectangulares, enterradas profundamente, dispuestas en octágono y había caminado, a lo largo y a lo ancho, por el interior de la figura, trazando una cruz con un palo. En el centro de la cruz se arrodilló. Comenzó a cavar con ayuda de un cuchillo. Ahí la encontró. Parecía una almendra enorme, ocupaba toda la palma de la mano y palpitaba. Corey la sostuvo entre los dedos, contra el sol moribundo, y notó las venas y arterias que la recorrían. También vio el embrión latiendo adentro, a contraluz. Eso casi lo disuadió de llevársela. Decidido, guardó la semilla en el bolsillo de su sucio pantalón. Cobró ánimo y se fue a su granja, guiando al buey a latigazo limpio, sonriendo y dándose golpecitos satisfechos en el bolsillo. En la granja hizo entrar al buey al establo y se dirigió al pozo. Contó tres pasos a partir del brocal, hacia el norte, es decir, en dirección contraria a la puerta de la casa y hacia la cortina de árboles del bosque, y ahí enterró la semilla, bajo un montoncito de tierra. A partir de entonces, por la medianoche, dio en regar la tierra con sangre de gallinas negras que desangraba en una cubeta de madera, mezclada con leche recién ordeñada a su vaca Clarissa. Lo hizo así por el lapso de siete lunas llenas.

Una noche escuchó que algo rascaba cerca del pozo. Encendió la lámpara de aceite y abrió la puerta. Ahí estaba, detrás del brocal, escondiéndose, sacando medio cuerpo y media cabeza, cubierto todavía de tierra. Corey se acuclilló en la entrada y lo llamó suavemente.

-¡Ven aquí, no tengas miedo!… ¡Yo soy tu padre! –dijo.

La criatura tenía la piel de un color pálido, enfermizo, casi exangüe; la carne sobre la cabeza, demasiado grande para sus hombros, emaciada, cadavérica; en profundas cuencas oscuras por ojeras moradas miraban con odio, pero también con recelo, un par de ojillos negros, brillantísimos como azabache lunar, como pepitas de sandía cultivada en un panteón etrusco; no tenía orejas y apenas nariz; carecía absolutamente de pelo o de vello; sus extremidades eran largas y esqueléticas y en medio de sus piernas destacaba el desproporcionado órgano masculino que sobresalía de una abertura vaginal dentada.

-¡Acércate, no temas! –Susurró Corey.

La criatura abandonó el brocal, echando a andar con las piernas abiertas, torpemente, con pasos de mono, como si no le sostuvieran los huesos que se marcaban en las rodillas, el calcañar y los tobillos. A medio camino del pozo y la casa se detuvo, ladeó la cabeza y miró a Corey.

Corey dejó la lámpara en el suelo, entró en la casa, cogió una pata de pollo hervido y volvió junto a la lámpara. Esta vez se arrodilló, sostuvo la luz por encima de su cabeza con la mano derecha y la pata de pollo en la izquierda, agitándola hacia la criatura que empezó a moverse otra vez, más lentamente que antes. Antes de que Corey reaccionara la criatura ya le había arrebatado la pata con una mano de cinco dedos huesudos con uñas larguísimas y blancuzcas a la vez que saltaba a su cuello. Corey sonrió. La cosa se aferraba con una mano detrás de su espalda y chupaba la pata sostenida con la otra mano, succionando hasta el hueso.

Llevó a la cosa al lecho preparado con cobijas y telas al lado de su cama y ahí le depósito, como quien acuesta a un bebé humano. La criatura lo dejó hacer, sin dejar de mirarlo y sin dejar de comer de manera obscena, cuando Corey le arropó y se fue luego a dormir.

II

Corey revisó el lecho maloliente de la criatura y otra vez descubrió restos humanos. Esta vez se encontraban, diseminados entre las cobijas, unos dedos cortados, con las uñas ensangrentadas, de aquellos que se defendieron hasta sangrar, antes de ser devorados vivos, también la mitad de la palma de una mano tatuada y un ojo nublado por cataratas que parecían, en cambio, muertos desde hacía mucho. Pero la criatura no estaba ahí y una de las sábanas que usaba para arroparla pendía, enganchada en una astilla de madera, de la ventana.

Salió y siguió el rastro de la cosa, ayudándose con la lámpara de aceite. Fue sencillo ir tras esos jirones de carne putrefacta, dejados aquí y allá, en un camino muy irregular y tuvo una sospecha de adónde podía haberse dirigido la criatura. Llegó al cementerio. La cosa estaba sentada como una rana, mostrando los órganos sexuales impúdicamente entre las piernas, mientras sorbía los sesos de una cabeza podrida, detrás de la tumba que había abierto con las manos; la cruz estaba tirada a un lado y la lápida en el otro y la tierra, húmeda, grumosa, parecía haber sido excavada como por un perro.

-¡No, no, niño malo! –Gritó Corey, acercándose, leyó el nombre en la lápida- ¡Has desenterrado y te has comido a la buena señora Morrison!

Corey arrebató la cabeza de las garras de la cosa y la tiró dentro del hueco dónde asomaban los pedazos de madera quebrada del ataúd, la mortaja deshilachada y el cuerpo desmembrado. La cosa ya había dado cuenta de buena parte del cuerpo. Corey le dio un golpe en la mano que la criatura le había tendido, ansiosa, como pidiéndole más.

El ser retiró la mano de golpe, la protegió contra su pecho con la otra mano y miró a Corey con odio. Poco a poco el odio fue cediendo y sus ojos se llenaron de lágrimas. La cosa chilló como una banshee en medio de las sepulturas y Corey la levantó en vilo cuando extendió los brazos hacia él, como hace un niño pequeño que pide que le carguen. En el rostro de muerto del ser se marcaron líneas húmedas que se abrían paso sobre el polvo y los fluidos cadavéricos que la enmugraban de una forma asquerosa.

-¡Ya, ya, no llores, yo te llevaré donde puedas alimentarte sin contratiempos y sin que faltes el respeto a los muertos! –dijo Corey. La cosa pareció entender y dejó de llorar.

Partieron y, desde detrás de las lápidas o asomándose de entre las grietas en los sepulcros y la tierra, otras innumerables cabezas de carnes emaciadas asomaron para verlos alejarse, con recelo.

Caminaron durante media hora bajo la luna y los árboles que susurraban, entre cantos de búhos y el roce de las hojas muertas. Por fin llegaron al gran roble que crecía delante de la casa de Joseph Whitley y dónde tenía morada una colonia de murciélagos vampiro que ora se desprendían de entre las ramas, ora regresaban, oscuros y funestos.

-¡Ahí…! -dijo Corey, bajando al suelo a su criatura y repitió-: ¡Ahí! –Señalando con el dedo- ¡Ve, él ahora duerme! ¡Es todo tuyo, ve… ve…!

El ser se fue dando saltitos, escondiéndose detrás de las rocas y los arbustos, brincó el vallado y atravesó el terreno delante de la casa y entró como un gato por la ventana, mientras Corey aguardaba detrás del roble.

En la noche sólo se escucharon los quejidos de los pequeños animales muriendo entre las garras y las fauces de los depredadores nocturnos. También, y Corey fue testigo, el grito moribundo de un hombre, allá, en su cabaña y en su cama, y el quebrarse de sus huesos y el chorrear interminable de la sangre humana inundando el suelo de madera pulida, filtrándose hasta la tierra de abajo.

Era una noche de depredadores y, como cualquier noche de esas muy, pero muy salvaje. Y, desde detrás del roble, Corey sonreía, esperando el regreso de la criatura.

III

Se levantó hacia el mediodía. Miró las cobijas que subían y bajaban con la respiración agitada del ser, que no despertaría sino hasta muy entrada la noche, y se puso a trabajar hasta el atardecer. Ordeñó a Clarissa e hirvió la leche. Trabajó en la huerta y en el establo. Sembró y cosechó. Degolló una gallina y la cocinó. Esperó, leyendo su viejo libro de arcanos, a que despertara la cosa y preparó a Mitch, su caballo, cuando la criatura se apartó de golpe las cobijas y se incorporó en el lecho, a un lado de su cama.

La noche era cerrada cuando cabalgaron hacia la otra granja vecina. Los árboles tendían sus ramas hacia Corey al compás de un viento helado, como queriéndolo alcanzar o empujarlo hacia su destino.

Cuando llegó, se detuvo sobre el vallado.

-¡Allá –señaló con el dedo-, es la casa de los Morton! ¡Sólo debes respetar a la mujer joven, a ella no debes tocarla!

La cosa saltó al suelo. Corrió directamente a la ventana de la casa y trepó a la cuna del bebé. Su muerte fue rápida. Un mordisco en el cuello y apenas lloró, ahogado en su propia sangre. Luego fue por el padre. A este lo mordió en plena cara, arrancándole la nariz y enseguida en el cuello, abriéndole un pozo rojo y profundo. Una vez muertos comenzó a devorarlos al mismo tiempo que la hermosa mujer de Morton salía de la casa, gritando y desgarrándose la ropa y arrancándose los rojos cabellos. Semidesnuda, Corey la detuvo en plena carrera, atajándola como a una gallina que huye enloquecida. Ella, al principio, no lo reconoció. Después gritó, se tranquilizó, lo abrazó y soltó un río de incoherencias de entre las cuales Corey entendió las frases “bebé castrado”, “marido destripado” y “sangre a chorros”, todo en un fluir continuo de palabras y en santiamén de acciones febriles, que daban cuenta de su estado mental.

Corey la levantó en sus brazos, la montó en Mitch, delante de él, y le fue murmurando al oído, todo el camino de regreso, palabras de aliento y de consuelo.

IV

Al paso de los días ella se mostraba ausente. Se sentaba largas horas delante de la puerta y miraba sin ver la cortina de árboles del bosque. Corey había ordenado a la cosa que se mantuviera escondida en el establo aun cuando Clarissa y Mitch se pusieran nerviosos con su presencia. Un día, en los labios temblorosos de ella se formó una palabra y Corey se inclinó para escuchar. Con un llanto incontenible soltó bruscamente la palabra “bebé”, luego cayó de rodillas, abrazando las piernas de Corey quien la levantó, la cargó en sus brazos y le fue besando los labios hasta depositarla suavemente sobre su cama.

Cuando Corey iba a incorporarse ella le echó los brazos al cuello y lo jaló hacia sí. Olió su aroma caliente, su sudor y su húmedo aliento. Percibió su ansia. Se desnudaron aprisa, entre gemidos. En un acto que pretendía ser de olvido se entregó a Corey que gozó de su hermoso cuerpo, que la fue besando y lamiendo en cada pliegue íntimo y le fue despertando la piel y la carne con un nuevo ardor, hasta entonces desconocido. Ella lloró, quebrándose, arqueando su cuerpo hacia atrás, cuando alcanzó un éxtasis liberador para quedarse dormida después, acurrucada como un gatito.

Cuando despertó, Corey calentó agua al fogón con la que llenó el barreño grande y bañó a la mujer de Morton lentamente, gozando otra vez de ese cuerpo blanco y fresco y sudoroso, frotando con suavidad la piel con una esponja marina, lavándole el cabello, y ella sonreía y reía, más allá del barreño y de la casa de Corey y de los bosques que murmuran. Diríase que volvía a ser una niña. Una niña tonta. O una niña loca simplemente, que golpeaba el agua con las manos abiertas, salpicándolo todo y él, empapado, reía y le frotaba la espalda y no pudiéndose contener más la cogió por las axilas, la puso de pie, la abrazó y la estrechó muy junto a su cuerpo, mientras se iba quitando la ropa. Ella no podía dejar de reír y Corey la levantó en brazos, con el pantalón a medio bajar y, dando traspiés, la llevó a la cama. Se echó encima de ella cuando la risa desquiciada y alegre de ella se volvió en un grito de horror absoluto.

La puerta se entornó. Corey miró atrás. La criatura asomaba la cabeza y miraba, celosa. Primero metió una pierna huesuda en la habitación, luego un brazo, finalmente la cabeza y el resto del cuerpo y echó a andar hacia la cama.

-¡No, no, por favor! –imploró Corey a su mujer- ¡No temas, no le temas! –Se volvió hacia la cosa-: ¡Tú quédate ahí, no te acerques más! ¿No ves que la asustas?

La criatura se quedó inmóvil, y ladeó la cabeza, tratando de entender.

-Es un niño –explicó Corey-. Es un niño… ¡Tu hijo… tu hijo y mío! –Ella lo miró, había un dejo de comprensión en sus ojos- ¡Tu hijo resucitado! ¿Lo ves? ¡Lleva todavía la tierra de la tumba encima! –Se volvió hacia la cosa- Ven, no le hagas daño. Jamás te atrevas a hacerle daño. Es tu madre ¿entiendes? Tu madre…

La criatura trepó a la cama. Corey terminó por quitarse la ropa, hizo un lugar en medio de ella y de él a la cosa y cuando esta se recostó en medio de ellos, los arropó con la sábana.

-¡Es tu madre! –Ella miraba horrorizada a la cosa y, lentamente, venciendo el asco, sacó una mano de debajo de la sábana y acarició la pelada cabeza.

En los ojos de la criatura apareció algo parecido a la dulzura y empezó a emitir sonidos bajos, como gruñidos o, mejor dicho, como ronroneos de placer. Corey acercó la asquerosa boca de la criatura al pecho núbil de la mujer robada a Morton.

-Ella es tu madre –explicó una vez más.

La cosa comenzó a succionar del rosado pezón. Cerró los ojos. Ella, a la vez, cerró los ojos.

-Tu madre… sí… -repitió.

Corey cerró los ojos. Se acomodó entre las sábanas. Dormitó por varios minutos y escuchó el seductor gemido de los árboles. Le hablaban. Le atraían. Le pedían que fuera hacia ellos. Las ramas se estiraban como manos, como dedos anhelantes.

Entonces ella gritó. Él se volvió y cogió por el cuello a la criatura. Por un momento quiso ahorcarlo pero aflojó los dedos. La cosa abrió la boca y enseñó la lengua entre los dientes afilados. Corey miró aquello. Parecía una cereza. Comprendió, cegado por la ira. Miró el pecho de ella que manaba ríos de sangre, mojándola cuerpo abajo, hasta el vientre plano, el ombligo, el pubis, el sexo perlado de humedad clara, enrojeciéndose. Se levantó de un salto, con el ser entre las manos apretadas alrededor de su cuello. Lo levantó sobre su cabeza y lo estrelló sobre el suelo. La cosa se quedó inmóvil. Corey le arreó dos patadas. Buscó el garrote con el cual mataba a las ratas y dejó caer tres golpes secos en su cráneo.

Con la punta del pie fue llevando el cuerpo de la criatura hasta la puerta y lo echó fuera, después cerró. Volvió a la cama. Miró a la muchacha. Rebuscó en las cajas dónde guardaba aguja e hilo de sutura y volvió al lado de ella, para curarla y cerrarle la herida y llenarla de besos a la vez que la abrazaba desesperadamente.

V

Sopla el viento. Afuera se escucha el relincho de un caballo. Corey abre la puerta. Un hombre lo saluda con el sombrero, desde el vallado. Corey cierra la puerta tras él y se acerca.

-¡Buenos días Giles Corey! –saluda el recién llegado, sin apearse del caballo.

-¡Buenos días, Jeremiah Binner! ¿Qué te trae por acá?

-Vengo a ver si todo está bien en tu granja… Han estado pasando cosas horribles en los alrededores.

-¿Qué cosas horribles han estado pasando? –pregunta Corey.

-Supuse que no lo sabrías –señala el visitante, irónico-, apenas se ha enterado el bueno del reverendo Johnson que hacía una visita a Joseph Whitley.

-¿Y qué ha pasado con Whitley? –pregunta Corey.

Binner mira la cortina de árboles y la señala con la mano que sostiene la fusta del caballo.

-Mira cómo sopla el viento en los árboles… Los hace ondear como a una cortina de tul. Susurran ¿Has visto cómo se inclinan por las noches? Enterraron las cenizas de varios de los enjuiciados por brujería en el terreno sobre el que crecen… Pero eso ya lo sabes… Sembraron encima las semillas de muchos árboles para que sus espíritus no pudieran huir y quedaran atrapados en la red de raíces… ¡Ah, Whitley! ¿Qué ha pasado con él? Que lo han asesinado. Lo han despedazado y han esparcido sus pedazos por toda su casa pero no se han llevado nada de entre sus pertenencias…. No se sabe quién o quiénes lo hicieron. Al principio sospecharon un ataque de los indios, pero la última tribu de algonquinos se desplazó al norte hace ya varios años y de inmediato quedaron descartados.

-Pues no se me ocurre sospechar de alguien… Pero Whitley se había ido echando encima una mala reputación… Varios granjeros le odiaban… ¡Tú no ignoras eso! Deslealtad en el comercio de pieles y deslealtad en la venta de granos, allá en su tienda de comestibles y generales. No pagaba bien a los tramperos y a mí me debía un dinero que nunca le cobré…. Y, bueno, hace mucho tiempo discutimos por una mujer… ¡Pero no fui el único que tuvo altercados con él debido a líos de faldas!

-¡Así es y no hizo nada que le mereciera tal manera de morir! Aunque nunca se sabe el tamaño del odio que albergan algunas personas… Pero eso no es todo… Déjame contarte que, además están las otras cosas

-¿Qué otras cosas?

-Sacrilegios en el cementerio… Desentierran los cadáveres y esparcen los restos por todo el camposanto. Los animales han estado mordisqueando algunos cuerpos o royéndolos. Deben ser ratas gigantes o lobos o… ¡Qué sé yo qué criatura infernal será capaz de trepanar las cabezas y sorber los sesos de los muertos!

-¿Sorber los sesos de los muertos?

-¡Eso es! ¡Algo sorbe los sesos de los muertos y roe los huesos! Te digo que deben ser ratas enormes… Como esas sobre las que se cuenta que cabalga el diablo. Y esto no viene a cuento… ¿Recuerdas las piedras aquellas que enterraron hace un siglo, las que intentaron destruir por fuego y ducha, agrietarlas, quebrarlas, pero no pudieron, en tiempo de los juicios y que habían trasladado, ayudados por los indios, los miembros de, por lo menos, siete familias de enjuiciados a un lugar del campo? Se decía que ahí realizaban ceremoniales secretos…

-El octágono de piedra, sí.

-Bien, pues alguien se puso a limpiarlo por encima y desenterraron algo… Mejor dicho, soltaron algo de entre ese octágono y eso debe andar por ahí –Binner señala con la barbilla hacia delante-, y es lo que anda haciendo travesuras y diabluras. Las piedras le mantendrían encerrado, durmiendo, como las marmotas en invierno, hasta que alguien lo desenterrara. Pues ya lo han hecho. Liberaron al diablillo.

-¿Un diablillo?

-Un gul al parecer.

-¿Un gul?

-¡Tal como lo oyes! ¡Un gul!

-Hace un momento decías que ratas y diablos… ¡Ahora dices que un gul!

-¡Un gul que cabalga sobre ratas gigantes! –Binner se inclina hacia Corey, como en una confesión-: Encontraron una de esas cosas en la cunita de la bebé recién nacida de los Whalton.

Corey se interesa pero no deja que Binner lo note.

-¿Cómo? –Binner mira otra vez la cortina reptante del bosque.

-¡Esos malditos árboles que susurran! Mira su oscuridad. Está atrapada entre sus ramas. Gotea. Parecen tramar algo… Sí… la mujer de Whalton, esa pobre niña recién parida, había ido a amamantar a su hijita cuando descubre que en la cuna no hay ningún bebé sino una criatura… ¡Un monstruo!

-¿Un monstruo?

-¡Un gul!

-¿Cómo lo sabes… cómo sabes que se trataba de un gul?

-Es lo que todos dicen. La noticia corrió como reguero de pólvora y una vez que Whalton intentó matar a la cosa esa y recuperar a su bebé ya se sabía que era un gul. Alguien había leído esos viejos libros de brujería… tú entiendes… Todavía hay varios de esos tomos prohibidos por ahí, con páginas gruesas de grabados extraños y sucios… tú sabes… con dibujos obscenos… con coordenadas en clave y que están encuadernados en piel. Esas coordenadas le dicen, al que sepa leerlas o interpretarlas, dónde se localizan todos los círculos y octágonos y pentáculos de piedra que las siete familias de enjuiciados construyeron por todo Salem. A propósito… ¿No tenías tú uno de esos libros, heredado por tu abuelo, el bueno de Giles Corey, que fue acusado de brujería y ejecutado bajo el peso de varias piedras, sometido a la tortura de peine forte et dure?

-Lo tenía… pero ese libro se perdió hace varios años… no sé dónde habrá quedado –Se apresura a explicar Corey.

-Es una lástima… El caso es que esa criatura quería reemplazar al bebé de los Whalton pero él le ha echado a golpes y patadas… Lo más raro de todo eso es que Whalton afirma que la cosa huyó por la ventana emitiendo chillidos como si se tratara del llanto de niño… Un sollozo de bebé asustado.

-Un gul en busca de madre y de padre –opina Corey, la vista baja, la voz baja.

-¿Lo sabías, eh? ¿A que sabías de eso? Que los gules reemplazan a los bebés humanos. Debiste leerlo en el libro de arcanos del abuelo ¿eh? ¡No lo niegues!

-¡No lo niego! –Corey levanta la voz- Sólo no recuerdo todo lo que leí alguna vez.

-¿Y sabes cómo se multiplican esas cosas?

-No… no sé… no recuerdo haber leído nada de eso… -Dice Corey en voz baja y la vista al suelo.

-El libro de los arcanos explica que los gules se fecundan a sí mismos pero también pueden engendrar por medio de una mujer. Si hay mujeres cerca, ellos preferirán ese medio para tener descendencia pero si las condiciones son desfavorables, bueno… ¡Pues se fecundan a sí mismos y ya está!

-¿Y cómo sabes todo eso?

-Porque yo también tenía un libro de los arcanos como el que heredaste tú. Por eso creo que es un gul eso que anda por ahí, haciendo de las suyas… -Se inclina hacia Corey otra vez-: Y te diré una cosa muy importante, Giles Corey, ten mucho cuidado de hacer tratos con gules… “pues un gul es un gul aún en el mejor de los casos…”

Binner se vuelve hacia su caballo, coge las riendas y saluda con el sombrero.

-¡Hasta pronto, Giles Corey!… ¡Cuídate mucho y sobre todo de los diablillos de las cerraduras!

-¿Qué? ¿A qué te refieres? ¿De qué estás hablando?

-Cuando uno se apasiona por una mujer ajena… bueno, ellos llegan… llegan después de que uno les ha cobijado y arrojado luego… ¿Entiendes? ¡Hasta los gules son capaces de tener celos!

-¿Qué insinúas, Jeremiah Binner?

Binner mira la ventana de la casa de Corey. La mujer de Morton apenas se asoma ya se oculta otra vez.

-¡Nada si no te desvías de la buena senda, Giles Corey, nada si no te desvías de la buena senda! ¡Hasta pronto! –Vuelve a saludar con el sombrero y espolea los flancos del animal. El caballo sale al galope. Corey lo ve alejarse hasta perderse de vista.

Regresa a su casa. Antes de cerrar la puerta echa una mirada hacia los bosques, busca y rebusca, pero no ve nada raro o sospechoso y termina por entrar. Cerca, el bosque ondea como una cortina al viento y sigue moviéndose aun cuando ya no haya viento que sople.

VI

-No –dice Corey-, aquí no podrá entrar.

Está sentado a un lado de la ventana cerrada, con el rifle sobre las piernas, vigilando. Sabe que habrá escapado hacia el cementerio. Sabe que estará morando ahí, alimentándose ahí, odiándole ahí. Planeando su ataque desde ahí.

Fuma la pipa de maíz y vigila. Se levanta. Calienta café. Vuelve a la ventana. Vigila un poco más. Afuera cae la tarde y trae un viento que levanta el polvo del camino. Va a ver a su mujer, al cuarto cerrado. La encuentra despierta, tranquila, sobre la cama. Ella lo reconoce. Le sonríe. Él le besa la frente y los labios. Le acaricia el cabello. Le dice que la protegerá hasta el final. Regresa a su silla. Mira hacia fuera.

Lo ve. Ve cómo se esconde detrás de la cubeta de madera que dejara cerca del pozo. Lo ve acercarse furtivo hacia el brocal del pozo. Recuerda la primera vez que lo encontró ahí. Dijérase como cuando nació. Afuera casi anochece. Se prepara. Abre apenas la ventana y apunta con el rifle. Cuando la criatura asoma desde detrás del pozo le dispara. La cosa cae con la cabeza hecha pedazos. Pedazos que salpican pedazos. Se sorprende. Ve ahora a los otros. Descubre a los otros. Ahí y allá, detrás de un arbusto, de una roca, uno más que se acerca al cubo, que cae sobre la cabeza del compañero, despedazada por el balazo, y se pone a comer ahí mismo. ¡Un ejército de gules llegados desde el cementerio!

Corey dispara. El otro gul cae sobre el cuerpo del anterior. Pero hay más. Muchos más. Dispara, una, dos veces. Surgen como si brotaran de la tierra. Dispara tres veces, cuatro. Se acercan. Carga. Continúa disparando. Avanzan, se esconden. Se esconden detrás de las cosas, las rocas, el cubo, los arbustos, el pozo y los cuerpos de los caídos y avanzan otra vez.

Uno tras otro van cayendo pero son muchos. Muchos. Continúan acercándose. Todos son muy parecidos pero él logra ver, notar las diferencias entre ellos. Algunos tienen pelo sobre la cabeza, como una ligera telaraña, o pedúnculos diminutos a modo de orejas o una barba rala o verrugas en el cuerpo o moretones y tiña.

Pero ¿dónde está Él? ¿Dónde se esconde? ¿Dónde puede estar?

En esas dudas se encuentra cuando asaltan la casa. La madera de la puerta cede, se quiebra hacia dentro. Ceden los vidrios en las ventanas, se rompen hacia dentro. Entran. Ellos entran. Corey carga y dispara. Carga y dispara siempre. Se acaba las balas. La emprende a culatazos contra ellos pero son demasiados. Le caen encima como un manto pálido y helado, como la luz de la luna que cubre a los muertos. Lo cubren. Lo muerden. Lo abren. Lo desgarran. Le arrancan trozos. Le arrancan la ropa. Lo desnudan. Lo despedazan. Caen encima de él como una vieja maldición proferida por labios muertos.

Pelean por su carne, por sus miembros separados. Él puede verlo y sentirlo. Ve cómo se arrebatan sus manos tasajeadas a dentelladas, ve cómo le destripan y lo descoyunturan y lo castran de un mordisco y sus testículos se vacían sobre el suelo y luego ya no puede ver porque le arrancan los ojos con los dedos, metiéndolos muy adentro, hasta hurgar en sus sesos. Tampoco puede sentir porque ya está muerto o a punto de morir y la misericordia es tal que ya es ajeno a lo que fuera su cuerpo y a su dolor y a su altísimo grado de desarticulación.

Todo es carne en jirones y ríos de sangre en casa de Corey. Los gules se dan un banquete. En su frenesí carnívoro derriban la mesa, las sillas, la alacena, los utensilios de cocina y todas las demás cosas.

Él aparece en la entrada. Mira los filamentos de carne, los hilachos de las ropas, los manojos de cabello de Corey, que es lo único que queda de quien fuera su padre. Va ahora por ella. Directamente. Se pega a la puerta. Mira por la cerradura.

En un atisbo de lucidez ella tira del picaporte de la puerta. Está cerrada. Mete con furia la llave en la cerradura, picándole el ojo a la criatura que aúlla de dolor. Se vuelve hacia la cama. Se echa sobre el colchón. Recoge las piernas. Se acurruca en el rincón que forma la unión de las paredes. Mira. Se lleva las manos a los oídos. No puede dejar de mirar la puerta. No puede evitar escuchar la violencia carnicera de más allá de la puerta ni los dedos que rascan en la madera.

Abre los ojos. En un instante valiente o curioso o valiente y curioso a la vez, ella abre los ojos y mira la puerta otra vez. Ve la cerradura. La llave está tirada en el suelo. Observa un brillo en la cerradura. Ve perfectamente un ojo que la mira. El ojo parpadea. Negro pero brillante, como azabache lunar, la mira. El ojo se cierra o desaparece. El ojo ya no está. El ruido cesa. El horrendo sonido de succión y del quebrarse y astillarse de huesos ha cesado. Ella se levanta. La ligera bata abierta por delante, como alas abiertas, como una flor abierta, con el sexo abierto. Va hacia la puerta. Va, con un seno núbil de romo pezón y el otro redondo, sin pezón alguno, como una naranja herida. Pega la cara en la puerta. No oye nada, no oye absolutamente nada. Se agacha. Mira por la cerradura. Detrás no hay nadie. Nadie ni nada vivo.

Temblando, sin atreverse a abrir, se vuelve a la cama, le da la espalda a la puerta. Escucha un sonido. Es un claro rechinar de dientes. Voltea, aterrada. La criatura le cae encima. Le salta en medio de los senos, la cubre. Ambos caen sobre la cama. Su bata se abre. A ella la abren. La separan. Sus piernas se abren al máximo. En medio de las piernas de la cosa la vagina retrae los dientes y el pene se erecta. En el glande se abre una boca diminuta y dentada que se abre paso en medio de ella, en medio de sus piernas, en medio del tupido vello pelirrojo y que le abre los labios vaginales a dentelladas rojas, lacerándole los bordes y entra en ella, helado como carámbanos de un feroz invierno, y descarga una cantidad inmensa de un semen amarillo y pestífero que quema adentro como el acero líquido, y la inunda y la desborda y pierde ella el conocimiento en un acto piadoso de cerrazón de conciencia.

VIII

Despierta. Adolorida, lacerada, recorre la casa como una sonámbula. Apenas repara en los coágulos o los minúsculos pedazos de hueso o la carne picada que todo lo han salpicado. Busca. Lo recuerda leyendo aquél libro. Y recuerda la conversación que tuviera con Binner mientras ella espiaba por la ventana. Sabía que Binner la había visto. Sabía que Binner le hablaba a ella y no a él. No a Corey necesariamente sino necesariamente a ella. Busca el libro. Busca el libro y lee, habríale dicho Binner.

Eso había entendido. Eso había comprendido. Y, debajo de las duelas bajo la mesa volcada, lo encuentra. El libro está envuelto en un pedazo de seda roja, un pedazo de tela rojo. Pero su rojo es ajeno al rojo de la sangre. Es un rojo exótico a ese entorno maldito. Un rojo de seda. Un pedazo de otro mundo que envuelve un libro de otro mundo y de otro orden de cosas. Acerca una silla a la entrada, y a la luz de la mañana recién nacida, se pone a leer.

El dolor en el sexo disminuye, de manera sobrenatural. De entre las piernas percibe el olor a tierra podrida del cementerio. Después prepara todo. Saca de debajo de las duelas la bolsita de cuero con los polvos. Hierve agua. Calienta un cuchillo sobre las llamas y lo sumerge en el cazo con agua hervida. Se pone un pedazo de madera entre los dientes y procede. Se desnuda. Se sienta sobre la silla en la entrada. Separa las piernas. Muerde el pedazo de madera. Corta hacia arriba, desde el clítoris, hundiendo el cuchillo apenas y metiendo dos dedos. Grita hacia adentro, a punto de desmayarse.

Hurga dentro de sí misma. El dolor es atroz. Con los dedos bañados en sangre extrae la semilla. Saca la almendra que palpita y que suelta en el suelo. Con la otra mano coge con dedos temblorosos los polvos y los esparce sobre la herida. Cae desmayada sobre el suelo, a un lado de la almendra recorrida por esas venas y arteriolas que permiten ver la circulación de su sangre anormal.

IX

Mueve la cabeza para quitarse de encima dolor y torpeza. Está bañada en sudor. El viento sopla sobre la cortina del bosque, lo hace ondear y susurrar como un mar verde que repta. Se echa encima la bata. La abotona. El viento hace ondear su bata, distiende su cabello como una flama en medio de una bandada de cuervos. Y, arriba, ve los cuervos. Va al establo. Libera a Mitch, el caballo, suelta a Clarissa, la vaca y al buey pesado y dócil. Vuelve a la puerta de entrada. Coge con dos dedos la almendra del suelo y la empuña antes de echar a andar por el sendero. La tarde está cayendo. Se apura. Arriba vuelan los cuervos que ya huelen los fluidos orgánicos y están prontos, también, a caer.

Llega al octágono de piedra. La cruz que Corey hiciera sobre la tierra le muestra el sitio exacto donde debe enterrar la semilla. Se arrodilla. Hace un agujero en la tierra con el cuchillo. Echa la almendra adentro. La cubre con tierra.

-¡Quédate aquí, diablillo, quédate aquí, en el centro de este sol de piedra, quédate encerrado, que la noche no te alcance, que la tierra no te alimente, que no puedas comer carne ni de muertos ni de vivos…! ¡Que por las cerraduras no alcances a engendrar, a sembrar tu semilla, a cultivar tu almendra viva y muerta que palpita y se agita, viva y muerta a la vez!

Vuelve sobre sus pasos. Entra en la casa de Corey. Coge el rifle y una sola bala que encuentra y recoge de entre las duelas del piso. Se sienta a la entrada. Mira una sola vez el bosque, que escucha, que llama, mete el cañón en su boca y se dispara contra la encía, haciéndose volar la cabeza.

X

-Así que supo de mi establecimiento y de mi catálogo por Internet.

El hombre vestido de negro asiente. Su cara está ensombrecida por un sombrero de ala ancha. Echa una mirada a través de los estantes que se elevan muy alto. Mira la mesa delante, mira las mesas que tiene a la espalda. Va y viene entre los espacios que se abren entre las mesas y los libreros, revisando, tocando, hojeando los libros.

-Mis hijos se han encargado de subir varios de los títulos y las fotografías de los libros más raros –El librero le sigue, pegado a sus talones.

-¡Aquí está! ¡Es cierto!… ¿Cuál es el precio de este tomo? –Pregunta por fin, maravillado, inclinándose sobre la mesa donde se exponen los libros más antiguos, al lado de clepsidras, relojes de sol y de arena, máscaras de porcelana y frascos de lágrimas.

-Ese es un libro muy viejo… Está en muy buenas condiciones.

-¿Cuánto? –El del sombrero se impacienta.

-Deme usted… ¿Qué le parece cincuenta mil?

El hombre del sombrero firma un cheque, que le entrega al anticuario, sin regatear. Sale de la librería con el libro envuelto en seda roja, bajo el brazo. Se detiene en la entrada. Echa una mirada a ambos lados de la calle. Hay poca gente pasando por ahí. Aborda su Jeep. Antes de encender el vehículo, se pone a revisar el libro contra el volante. Sobre el grabado del octágono de piedra coloca un receptor de GPS. Lee las anotaciones de una hoja de papel que extrae de un bolsillo de su gabardina y observa el grabado del libro. Compara. Lee e interpreta los símbolos que se alinean en dos columnas laterales al grabado del octágono. Alimenta con los datos el aparato y emprende la marcha.

Cuando la tarde se ensombrece en el cielo, él ya está arrodillado justo en medio del octágono de piedra. Cava con las manos. Extrae la almendra de la tierra. La limpia con los dedos. La mira a contraluz. Ve el embrión dentro, vivo y palpitante. Sonríe.

Alrededor, las cortinas del bosque susurran pero no hay viento que sople y las ramas se inclinan, como queriéndolo alcanzar o acariciar o darle ánimos.

Pedro Paunero

Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz, México en 1973. Como biólogo terrestre ha ejercido el activismo en el área de la ecología (director de una asociación civil ambientalista y por breve tiempo como blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Ha colaborado con la revista Hontanar en Español de Australia, Axxón y Próxima de Argentina, Alfa Eridiani y Tiempos Oscuros de España, OjOs del Museo Arte Erótico Americano de Colombia y El Café Latino de Francia. Ha hecho crítica de cine para la Revista Digital de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma. Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas. Parte de su obra narrativa y ensayística ha sido traducida al inglés, francés y catalán. Algunas de sus novelas y antologías en que figura su obra son: Labellum (Novela, Minimalia Erótica/Ediciones del Ermitaño, México, 2008), Cuentos de Barrio (Editorial Lectórum, 2012), Tecknochtitlán: 30 visiones de la Ciencia Ficción Mexicana, antología de Federico Schaffler, Edo. de Tamaulipas, 2014; Dos Amantes Furtivos, Cine y Teatro Mexicanos, libro coordinado por el investigador cinematográfico Hugo Lara (Editorial Paralelo 21, año 2015). Ha recibido dos veces el premio Tirant lo Blanc del Orfeó Catalá de la Cd. de México y el premio Miguel Barnet por la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.