El día que hasta el cielo lloró El día que hasta el cielo lloró
“¿Ya viene?”, pregunta por sexta ocasión un hombre maduro y sonriente, y por sexta ocasión le dicen que no. “Avisen cuando venga”, remata.... El día que hasta el cielo lloró

Crónica desde Bellas Artes

 “¿Ya viene?”, pregunta por sexta ocasión un hombre maduro y sonriente, y por sexta ocasión le dicen que no. “Avisen cuando venga”, remata. Casi al frente de la valla, una joven encaramada en los hombros de su novio hace de vigía, con tan malos resultados que a la tercera vez que anuncia la  inminente llegada del cortejo, todos la desautorizan con las risas propias del descreimiento. Llueve.

De poco en poco, la esquina de avenida Juárez y Eje Central se colma de celulares, paraguas y retratos. Juan Gabriel pasaría frente a todos. O al menos lo que de él quedaba: un discreto recipiente que daría final reposo a sus Cenizas. El faraónico séquito que le precedía, todo policías y sirenas, le abría paso desde el aeropuerto hasta el Palacio de Bellas Artes, un trayecto suicida para los no iniciados en la religión secreta de la ciudad. Hacia las 3 de la tarde se esperaba el arribo del cortejo. Son las 3:34 y aún no había noticias de Las Cenizas. En México, la muerte también se atrasa.

El día que hasta el cielo lloró

El helicóptero que seguía la evolución del séquito se detiene sobre las cabezas del auditorio. Señal incuestionable de la proximidad del cortejo. Un alud de celulares y brazos estirados se despeña por la valla; un anticlimático joven decide, contra las reglas no escritas del tumulto, exhibir la petulancia de un paraguas morado: una retahíla cruel de mentadas de madre recibe su ocurrencia. Ha vulnerado la norma principal de la masa congregada: el orgulloso y democrático pesar compartido por atravesar juntos las inclemencias. Lentamente, como disculpándose, el paraguas desaparece del paisaje.

Ruidos de motores, sirenas prendidas, el azul y el rojo que se alterna en la cara de todos. Ya llega el cortejo, ya llegaron Las Cenizas. Nada. Es una ambulancia más y tras ella, un hombre jala un diablito con un imposible paquete de cajas, viene sofocado, rojo el rostro y el cuello hinchado del esfuerzo. ¿Cómo llegó hasta ahí? Tiene mala suerte: debe dar la vuelta en 5 de mayo pero los policías se lo impiden. No hay paso. Habrá que caminar todavía más.

Frente a la valla, una larga fila de policías vigila el desarrollo del evento, y sobre ellos recaen, naturalmente, las antológicas vindictas a la autoridad. Con la segura impunidad que la masa brinda, las fuerzas del orden son ya objeto del escarnio: “¿A qué horas llegan Las Cenizas, tecoloti?, no vayas a cantar porque mi muero”.

El día que hasta el cielo lloró

Ahora sí. Un grito lo antecede, “!ahí viene!”. La imagen habitual: celulares en alto, y un grito que lo sintetiza todo: “!Juan-ga¡ !Juan-ga¡ !Juan-ga¡”. Pocas veces una carroza ha generado tantas expectativas. Ante los ojos de la concurrencia, el auto que transporta los restos de Juan Gabriel pasa por unos 15 segundos.  Muchos están aquí desde la mañana, en espera de esa carroza indiferente que se escurre sin mayor aspaviento, cubierta a medias por flores rojas, para pasar por otro auditorio que, como este, no sabe de contenciones o silencios.

La atención pues, se traslada de escenario. La concurrencia se mira, vuelve los ojos sobre sí misma y se descubre fantoche y divertida: una mujer en silla de ruedas ha desplegado un show donde los protagonistas son cualquiera que se atreva a cantar; otro más porta un traje de inmaculado blanco, el mismo color de sus lentes, lleva un clavel en la mano y una caja de chocolates, al cuello carga una como colcha afelpada, se mueve con presteza y su figura no pasa desapercibida: donde se para le llueven fotos.

A cada paso un remolino. Más allá un hombre explica su presencia: “Es lo más que puedo hacer por este cabrón”, al momento de decirlo ofrece las manos hacia al Palacio y utiliza una flor como micrófono. Baila y canta lo que le piden. Da vueltas y se desgarra las cuerdas vocales, ya de por sí maltrechas. La voz del fondo es la de Fernando de la Mora, el tenor mexicano que no intimada a los legendarios imitadores de Juanga, consecuencias  obvias de su peculiar estilo.

El día que hasta el cielo lloró

Sobre el pavimento, un hombre o varios, no se sabe, han desplegado la discografía completa de Juan Gabriel. Sólo un evento así justificaría la posesión de esos acetatos, a lo mejor inservibles, de portadas ocres y ajadas por el polvo y el tiempo. Un hombre, más allá, carga una imagen de cuerpo entero del cantante; cuando le pido me deje entrevistarlo, alza el pulgar y me pide que no.

Si al comienzo de la tarde, la oferta comercial de artículos conmemorativos se limitaba a un par de modelos de paliacates con las peores fotografías de Juan Gabriel impresas; más tarde, la competencia y el mercado complejizaron la producción: un hombre ofrecía un dibujo a mano libre; otro, caballitos con la efigie del cantante impresa. Escuché, a su debido tiempo, sobre la venta al menudeo de los “Cigarros Juan Grabiel”; no pude abundar más al respecto.

La explanada de Bellas Artes es un concurso de disfraces; también una competencia del dolor, otro tanto una válvula de escape; un escenario del improperio y la desfachatez, un exabrupto de cursilería, una concesión a la  rotunda pero contenida juerga de todos los días.

Un hombre impaciente mira a su esposa, reclama su legítimo derecho a sustraerse de la lluvia, pero no se mueve un centímetro. La mujer corresponde al gesto y lo abraza. De poco en poco, el cabello de ella se humedece. Juntos miran las imágenes deformadas, por los goterones que le cubren,  de la pantalla del celular que él sostiene en la mano. La mujer se cubre con la manos, y apunta al cielo: “¡Mira!, hoy hasta el cielo lloró!”. El hombre adivina la cursilada, y anticipa las consecuencias funestas de no responder el comentario. “Sí –acepta derrotado-, hoy hasta el cielo lloró”.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.