El Cuervo El Cuervo
El llamado del cuervo resonó a lo largo y ancho de los bosques. Era un graznido fuerte, hiriente, filtrado entre los miles de pinos... El Cuervo

El llamado del cuervo resonó a lo largo y ancho de los bosques. Era un graznido fuerte, hiriente, filtrado entre los miles de pinos que se extendían hasta la suave línea montañosa del horizonte. Allí el sol anaranjado pronto se ocultaría. El cuervo volvió a graznar. Pensé que muy lejos. Ante mí estaba la senda, se internaba en el bosque, como una herida en la tierra. Otro graznido. Éste había sido muy cerca. Era raro que escuchara a un solo cuervo, y no a muchos como de costumbre. No podía ser ningún buen augurio. Pero ya era tarde para tales consideraciones. Debía llegar cuanto antes a la ermita de San Ciprián. El camino descendía. Allá abajo, entre las piedras grises, se empezaba a levantar una ligera bruma. Pronto se extendería por todo el bosque.

Empecé a caminar. La mochila pesaba sobre mis hombros, pero la contemplación de tanta belleza me dio ánimos. Llegaba el piar de los miles de pájaros que se preparaban para dormir. De cuando en cuando, a medida que descendía, brotaban rocas grises junto al camino. Parecían tener un alma de piedra dispuesta a hablar. Intuí seres ignotos y rostros arcaicos en ellas. Me hubiera quedado entre aquellos espíritus, pero el frío aumentaba.

Eran los últimos minutos del día. La bruma ascendía de la barranca, y mis ojos no podían ver más allá de un metro. Volvió a graznar el cuervo. Lo sentí muy cerca de mí. A un costado, pero no pude verlo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Imaginé un pico frío hurgando en mi cabeza. El graznido se repitió, pero ahora más lejano. El ave parecía revolotear lejos. Tropecé y caí. El peso de la mochila hizo que tardara bastante en incorporarme. Caminé unos pasos más en medio de la niebla. Estuve a punto de chocar contra un pequeño pórtico. Era obra humana. Seguramente pertenecía a la ermita de San Ciprián. La noche caía. Encendí una linterna. El haz de luz, traspasando la bruma, iluminó una construcción antigua, de piedras grises. Me acerqué. Era, en efecto, la ermita. Saqué la llave, abrí y entré.

Adentro todo era antiguo, pero confortable. Me hallaba en medio de las circunstancias austeras de los monjes de doscientos años atrás, pero con los adelantos de la modernidad. Luz eléctrica, un teléfono, internet y un refrigerador bien abastecido. Todo ello gracias a la beca Pluma Negra, la cual me permitiría vivir seis meses en absoluta soledad y escribir una novela de corte fantástico.

Abrí la pequeña ventana. Penetró el frío, el olor del bosque, los miles de sonidos: los ratones y los conejos ocultándose en sus madrigueras, un búho sobrevolando los árboles, el viento, las ramas crujiendo, un arroyo lejano… No tenía deseos de comenzar la escritura en esos momentos. Me desnudé, me tendí en la cama, me iba durmiendo arrullado por los ruidos del bosque. Creo que soñé con un gran túnel. Me despertó un golpeteo en la ventana. Abrí los ojos. Sólo contaba con la luz mortecina de una lámpara de noche, pero aun así me pareció ver una silueta. Era el cuerpo negro y el pico afilado de un cuervo. Sentí que me observaba. Me incorporé. El ave emprendió el vuelo. Entonces no estuve seguro de que fuera un cuervo, y volví a dormirme entre los olores de la noche.

Los días transcurrieron apacibles en la ermita de San Ciprián. Una vez a la semana un empleado de la fundación Pluma Negra me traía las provisiones. Era mi único contacto con la civilización. En las mañanas me sentaba en el jardín, y contemplaba el mar de árboles. Daba un paseo hasta un arroyo cercano, y luego empezaba mi labor de escritura. Conformaba una historia sobre un periodista que se perdía en sus propias pesadillas. No podía regresar a la vigilia. Allí, en el mundo onírico, era prisionero de una hechicera. ¿Cómo retornar? Eso era lo que debía resolver el héroe. Al atardecer dejaba mi trabajo como escritor, y daba una caminata exploratoria. Descubría nuevos senderos, nuevos rincones misteriosos, claros del bosque que parecían templos naturales a una deidad antigua y olvidada.

Durante un mes no volví a escuchar el graznido del cuervo. Ya no me acordaba de la extraña aparición de esta ave en mi ventana. Pero una tarde en que estaba sentado junto al arroyo sentí ruidos a mi espalda. No eran los característicos que hacían las ardillas, los pájaros, o las zorras; no, era el ruido de un cuerpo más pesado desplazándose en la maleza. ¿Sería un oso? Imposible. Hacía decenas de años que los plantígrados habían dejado de poblar la zona. ¿Un ser humano? ¿Un explorador extraviado?

–¡Hey! ¿Quién anda ahí?

Por toda respuesta volví a escuchar el graznido de un cuervo. Recordé que el animal me había acompañado durante el trayecto del primer día. Tuve miedo. Con pasos cautelosos empecé la retirada. El cuervo graznó una vez más. Apresuré mi paso. Como todos los días a esa hora, la bruma despertaba entre las barrancas, trepaba entre los troncos, comenzaba su lento ascenso, hasta cubrir todo el bosque. Debía llegar a la ermita antes que la oscuridad fuera total.

Corrí sendero arriba. El cuervo me sobrevoló varias veces graznando amenazadoramente. Ahora lo pude ver con claridad. Se posó en una rama frente a mí. Me pareció muy viejo. Sus ojos negros me escrutaban. Me detuve unos instantes, hechizado por su presencia. Volví a escuchar al cuerpo pesado desplazándose en el bosque. Muy próximo. Corrí nuevamente. Tropecé con una piedra y caí. Al levantar la mirada vi a un extraño sujeto en medio del sendero, a unos tres metros de mí. Vestía de negro. No pude ver su rostro, porque llevaba una máscara que terminaba en un largo y aguzado pico de cuervo. En su mano derecha blandía una hoz. Movió el instrumento, como si cortara cuellos invisibles, y luego desapareció en la espesura. El cuervo levantó una vez más el vuelo. Se hundió en la bruma creciente.

Yo corrí por el sendero. El miedo me hacía temblar. Cuando llegué a la ermita ya era de noche. Entré, y busqué entre mis libretas el número de la policía local. No lo tenía. Entonces hablé a la oficina central de la fundación Pluma Negra. Me tomó la llamada la secretaria del Director General. La mujer, Antonia, intentó calmarme. Dijo que avisaría a la policía inmediatamente. Colgué. En unos cinco minutos sonó el teléfono. Se trataba del oficial Echeverría. La secretaria había cumplido. El policía me dijo que cerrara todo muy bien. Que pusiera cerrojos y trancas, ellos vendrían en la mañana a investigar.

–¿No puede venir ahora? –pregunté.

–No, hubo una riña con varios muertos en un bar. No tengo personal disponible, pero enciérrese, y a primera hora estaré con usted.

El policía fue categórico. Decidí esperar. Revisé los cerrojos. Todo parecía muy seguro. Agucé el oído. Sólo se escuchaban los ruidos naturales del bosque. Miré a través de los barrotes de la pequeña ventana. No pude ver casi nada a causa de la espesa niebla. Cerré. Entré a facebook. Pensé en contar mi experiencia, pero al final no lo hice, no soy de los que andan confesando su vida en las redes sociales. Luego traté de leer para tranquilizarme. Tomé el libro Walden, donde Henry David Thoreau narra su vida en los bosques de Estados Unidos en el Siglo XIX. En realidad, el escritor americano había sido una de mis inspiraciones para concursar por la beca Pluma Negra.

A la mañana siguiente llegaron varios policías a caballo. Inspeccionaron el lugar donde vi al enmascarado. Sus perros intentaron seguir un rastro, pero al parecer el individuo se había metido en el arroyo, y perdieron la pista.

–¿Habían tenido reportes de un enmascarado en esta zona? –pregunté al teniente que comandaba la pequeña tropa.

–No, nada –dijo el hombre.

–¿Han visto un cuervo?

–No acostumbran a volar por aquí.

–Pero hay un cuervo que me vigila –insistí.

El policía me miró con expresión de incredulidad.

–No miento.

–Le dejaré un policía durante una semana para que lo custodie –contestó el teniente.

Y así fue. Dos policías se turnaban. Las veinticuatro horas del día hacían guardia. Hasta llegué a hacerme un poco amigo de ellos. Les brindaba café, le contaba sobre mi novela. El cuervo no sobrevoló la zona en esa semana. Tampoco vi ninguna presencia extraña. El miedo inicial desapareció. El día en que vi al enmascarado había pensado en huir del lugar, pero esta determinación ahora parecía muy lejana. Realmente me encantaba el inmenso bosque. Vivir allí era como estar sumergido en la armonía de las esferas cósmicas.

Al octavo día los policías se retiraron. Dejaron un número telefónico con la petición de que les llamara si veía algo raro.

No pasó nada extraño durante diez días, salvo que encontré un extraño folleto junto a un arbusto en el jardín. Supuse que se le habría extraviado a alguno de los policías. Era un plano de la ermita de San Ciprián. Con tinta roja habían marcado un rectángulo junto a la chimenea. Otro, con puntos discontinuos, estaba dibujado junto a mi cama. Me intrigaron aquellos rectángulos, pero pronto olvidé el asunto, y me entregué a la escritura. Narraba como mi personaje, el solitario periodista Mario Ribalta, se había internado en sus propias pesadillas. Allí encontró una bruja seductora y cruel. La mujer lo atrapó. Mario intentaba salir del laberinto onírico, pero no lo lograba. El problema real era que yo mismo no podía imaginar una forma de rescatar al periodista.

Decidí abandonar la escritura del libro por unos días y vagar por el bosque para ver si el contacto con el mundo salvaje ponía a funcionar nuevamente mi imaginación.

Justo a las cinco de la tarde abandonaba la escritura. A esa hora daba mi acostumbrado paseo por el bosque, antes de que la bruma inundara cada rincón.

En una de esas ocasiones volví a escuchar el graznido del cuervo. Algo parecido a un calambre recorrió mi cuerpo. El miedo. Miré a todas partes. Esperaba la aparición del hombre enmascarado. Emprendí la retirada hacia la ermita. El cuervo bajó en picada. Se interpuso en mi camino. Picoteó el suelo con furia. Le lancé varias piedras. El ave me dejó el paso libre. Corrí hasta la ermita y me encerré. Tomé el teléfono para llamar al número que me dieron los policías. Una grabación me anunció que el servicio había sido suspendido por falta de pago. ¿Cómo la fundación Pluma Negra incurría en este grave descuido? Miré a través de la pequeña ventana. El cuervo estaba en el jardín de la ermita. La bruma, silenciosa, empezaba a subir desde las barrancas. El ave parecía envuelta en una suave gasa. Di vueltas dentro, nervioso. Vi, sobre una mesa, el plano que se le había caído al policía. El rectángulo junto a la chimenea… ¿Qué sería? Tomé una pequeña pala que había en un rincón, y comencé a quitar los viejos adoquines del suelo. Para mi sorpresa, cedieron fácilmente, como si no estuvieran bien pegados. Ante mi sorpresa, surgió una lápida blanca con una argolla. Tiré de ella, y estuve frente a un cadáver. Aún tenía pedazos de piel y carne reseca. Estaba vestido con ropa casual.  ¡Una tumba en el lugar donde escribían los escritores de la beca Pluma Negra! Con repugnancia saqué el cadáver. Busqué entre sus ropas. Encontré su cartera. Vi la credencial de elector. Se trataba de Aníbal Serra. El hombre que hacía un año había ganado la beca. ¿Asesinaban allí a los escritores? ¿En medio de qué infernal pesadilla me encontraba? Me incorporé. Miré por la ventana. La niebla ya cubría casi todo el espacio. De su centro brotó amenazante el graznido del cuervo.

El Cuervo

Intenté, desesperado, otra llamada. El teléfono seguía sin funcionar. Mi celular no tenía señal. Tampoco había internet. ¿Debía intentar escapar a través del bosque? Estaba pensando con esta posibilidad, cuando alguien golpeo con violencia la puerta.

–¿Quién? –pregunté.

–El cuervo –respondió una voz de hombre, grave.

–¿Qué quiere? ¿Qué pretende?

Por toda respuesta el hombre recitó el inicio de El cuervo, de Edgar Allan Poe.

–Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary/Over many a quaint and curious volume of forgotten lore.

–No es medianoche. Váyase  –respondí, tratando de seguir el juego del poema.

El ave, el cuervo, se posó en mi ventana y graznó de manera espeluznante. Pensé que aquel animal tendría que estar amaestrado.

–He dado parte a la policía. Llegaran en pocos minutos –mentí.

Al otro lado el hombre río a carcajadas.

–Los policías que usted conoce son actores a mi servicio. ¡Abra!

El hombre comenzó a golpear la puerta con algo pesado, quizás un tronco. En la ventana el cuervo seguía graznando, como un mago oscuro que echa sus maldiciones. Tuve una idea desesperada. Me acerqué cautelosamente al ave. Le tendí una mano a través de los barrotes. El cuervo picoteó con furia mis dedos. Nunca pensé que el pico de un pájaro pudiera hacer tanto daño. Lo agarré por las patas y lo arrastré al interior de mi habitación. El ave se debatía entre mis manos lanzando graznidos y picotazos. Pero no lo solté.

–Tengo a su cuervo. Si no se aleja de la puerta, le cortaré la cabeza a su mascota con una navaja.

–¡Estúpido! ¡Suelta al cuervo¡ ¡Te haré pedazos con la hoz, si no lo liberas!

–Pero antes haré sufrir mucho a este animal, si usted no se aleja.

Golpee al animal ligeramente contra la puerta y comenzó a graznar de manera desesperada.

–¡Suéltelo! ¡No le haga daño, maldito! ¡El cuervo es mi alma!

–Mataré a su alma si usted no se sitúa en la ventana, donde yo pueda verlo.

Hubo un breve silencio. Luego escuché pasos sobre la hierba y la hojarasca. Del otro lado de la ventana apareció una sombra. Me acerqué. Era el hombre con la máscara de cuervo.

–Bien, ahora aléjese.

El hombre no se movió. Empecé a torcerle la cabeza al cuervo. El animal graznaba y se debatía entre mis manos.

–¡No! Por favor, ya me alejo.

Y en efecto, el hombre se alejó por lo menos unos treinta pasos. La luz de la luna dejó ver la silueta negra casi fundida con la masa de árboles. Intuí la máscara de cuervo, y el largo pico horadando la noche.

Salí de la ermita con el ave en mis manos. Esta no dejaba de agitarse, graznar, y picotear mis manos. Pero era mi único puente a la salvación.

–¡Si me ataca mato al cuervo! –grité.

Nadie me respondió. Miré hacia la silueta negra, pero ya no la vi. No tenía tiempo de comprobar a dónde se había ido. Corrí hacia el sendero en el bosque. Debía cruzar cinco kilómetros para llegar a la civilización. Pronto tuvela gran masa de pinos a ambos lados. La luz lunar le daba formas fantasmagóricas a las ramas. Oía bultos desplazándose. ¿Era el enmascarado? ¿O animales? Un búho revoloteó sobre mi. El cuervo se debatía desesperado. Intenté avanzar lo más rápido posible pese a lo accidentado del terreno. Entonces el bosque empezó a liberar la niebla. ¡No puede ser, no podré salir de aquí con niebla! Pero era un hecho. La bruma, saliendo de entre los árboles, naciendo en las profundas barrancas, inundó el sendero. No veía nada. Trataba de caminar a tientas. Resbalé en una piedra. Caí, y el cuervo se escapó de mis manos. Seguramente había volado hacia el bosque. Avancé, sudoroso, unos cinco minutos más. Sonó la voz del agresor.

–No creas que te salvarás. Ya no podrás atrapar otra vez al cuervo.

Lo sentí muy cerca. Busqué en el suelo. Me armé con dos piedras. Pero no sucedió nada. Seguí caminando entre la bruma. Pasaron unos minutos. Llegaban ruidos del bosque. Ninguno me pareció de un cuerpo humano desplazándose. Quizás el agresor renunciara a sus planes, pensé ingenuamente. Me recosté a una roca. En ese momento el cuervo graznó. De la niebla salió el hombre enmascarado y me hirió con su hoz en un brazo. Pero surgió en mí una temeridad inusitada. Lo ataqué con una roca. Logré derribarlo. En lugar de intentar tan sólo herirlo, lo golpeé con la piedra hasta matarlo. Mis manos estaban llenas de sangre. Me quedé sentado en el suelo. Allí me sorprendió el amanecer. El sol disipó la bruma. Quité la máscara de cuervo al cadáver. Ante mí apareció la faz del director general de la fundación Pluma Negra, Hugo Rodríguez. El cuervo, que revoloteaba arriba, descendió. Graznaba de manera dolorosa, como si lamentara la muerte de su amo. Picoteaba sus labios, sus ojos inmóviles, en un vano afán por regresarlo a la vida.


Roger Vilar

Roger Vilar

Roger Vilar nació en Cuba, en 1968. Es escritor y periodista. En México fue incluido en la antología “Martirologios del siglo: homenaje al Marqués de Sade”, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana en 2000. En México también ha publicado los libros “La era del dragón”, cuentos, Edamex, 1998; “Habitantes de la noche”, premio de novela de la Editorial de Otro Tipo, 2014; y “Agustina y los gatos”, novela, Casa Editorial Abismos, 2014. Su novela “Una oscura pasión por mamá”, salió editada por De Otro Tipo, el pasado mes de septiembre de 2016. “Reino de dragones” es su más reciente volumen de cuentos, y fue publicado en febrero de 2017 por “Ediciones periféricas”. Su carrera en el periodismo mexicano ya abarca 23 años, en medios como Periódico Reforma, y Milenio Diario, entre otros. Actualmente es Editor en Jefe de la revista “Horizontum”, impresa y digital.Roger Vilar was born in Cuba, in 1968. Since 1993 he lives in México City. He is a writer and journalist. In Cuba, he published the short story books “Horses on the meadow ", 1986; and “Night waters ", 1988. He also published “The Night of the Reporter” in Cuba in 2014. He was also included in two anthologies of the Cuban Literature: “The last will be the first", 1990, and "Narrative Yearbook ", 1993. In Mexico was included in the anthology “Homage to the Marquis de Sade", published by the Universidad Autónoma Metropolitana, in 2000. In Mexico has published the books "The Dragon Age", short stories, Edamex, 1998. Another of his books is “Witches” published in 1998 by Sediento Ediciones. His novel “Inhabitants of the Night” won the award granted by the Mexican publisher De Otro Tipo in 2014. Roger Vilar's latest novel "A Dark Passion for Mom" was released by De Otro Tipo in September 2016. “Kingdom of Dragons” is his most recent volume of stories published in February 2017 by Ediciones Periféricas. Roger Vilar is currently Editor-in-Chief of the Mexican magazine, printed and on the web, "Horizontum", which publishes articles on economics, arts and literature.writer68rogervilar@gmail.com / @RogerVilar7