El cofre de Momo: origen de los chistes y las bromas en Occidente El cofre de Momo: origen de los chistes y las bromas en Occidente
La humanidad ha reído, y se ha entretenido, sin necesidad de ninguna explicación biológica o antropológica, a lo largo de los tiempos. El cofre de Momo: origen de los chistes y las bromas en Occidente

Para Juan Heladio Ríos Ortega

La humanidad ha reído, y se ha entretenido, sin necesidad de ninguna explicación biológica o antropológica, a lo largo de los tiempos. Primero fue la risa, luego el chiste y los dioses de la risa. Momo era el dios de la risa entre los griegos, no dejaba títere con cabeza ni aún al padre de los dioses. Su poder curativo, y destructivo a la vez, se abre paso en el Philogelos, la colección más antigua de chistes que se conoce. El título se traduce como El amante de la risa. Se atribuye a dos autores, Hierocles y Filagrio, quienes vivirían en el Siglo IV d. C. y de quienes sólo sabemos que habrían gozado coleccionando una serie de chistes, en ocasiones muy pesados, cuyo personaje principal siempre es un idiota o alguno de los habitantes de Abdera, ciudad de Tracia, quienes, al igual que los irlandeses en los chistes ingleses, eran las víctimas de la mala leche de estos griegos. Se ha publicado varias veces, incluyendo una versión en historieta en idioma inglés. A continuación, transcribiremos algunos de sus chistes.

“Un idiota quería dormir, pero no tenía un cojín para reposar la cabeza, de modo que le dijo a su esclavo que le pusiera una vasija bajo la cabeza.

—Pero es muy dura… —replicó el esclavo.

—Pues rellénala con plumas —contestó el idiota.”

“Un abderita vio a un eunuco hablando con una mujer y le preguntó si era su esposa.

—Los eunucos no podemos tener esposa—. Contestó el eunuco, molesto.

—¿Entonces es tu hija? — volvió a inquirir el abderita.”

“Un idiota fue a comprar una ventana con el carpintero. Le preguntó si tenía alguna que diera al sur.”

El poeta latino Marcial (40-106) vivió dos siglos antes de la creación del Philogelos y fue amigo del autor satírico Juvenal (que vivió entre los años 60-128 y creó la máxima panem et circenses, es decir, pan y circo), cobró celebridad por sus epigramas. Recordemos uno, dedicado a una vieja llamada Elia:

 

Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:

Expulit una duos tussis et una duos.

Iam secura potes totis tussire diebus:

Nil istic quod agat tertia tussis habet.

Se traduce:

Si recuerdo bien, Elia, tú tenías cuatro dientes.

Una tos se llevó dos, y otros dos una segunda.

Ya puedes toser tranquila el resto de tus días:

Nada tiene ya que hacer ahí una tercera tos.

Marcial tenía fundadas razones para ser feliz. Aunque había perdido el favor de los Césares, una admiradora le había obsequiado con una casa en el campo donde pudo entregarse a escribir el resto de sus días.

El cofre de Momo: origen de los chistes y las bromas en OccidenteLuciano de Samosata (125-181) es recordado no sólo por haber escrito una de las ficciones pioneras de esa ramificación de la Ciencia Ficción que se llama Space Opera, con su relato Historia Verdadera, sino por ser uno de los primeros humoristas a través de sus Diálogos en los que arremete contra toda clase de charlatanes y fanáticos religiosos, incluyendo filósofos y el mismísimo Jesucristo. En Alejandro o el falso profeta narra sus encuentros y desencuentros con un tal Alejandro de Abonótico, creador de uno de los dioses más extraños y ridículos jamás adorados por la humanidad, Glicón, una serpiente con peluca, cuya fama y culto alcanzaron a la Roma imperial. Con la llegada del cristianismo como religión oficial la ciudad eterna se recubrió de leyendas, sentencias, frases ingeniosas y acertijos, algunos de los cuales aparecían en forma de grafitis en sus muros, obscenidades incluidas, desde tiempos del imperio. Si el chiste no recurre a un gran intelecto para ser comprendido, hay ciertos juegos de palabras que apelan a una participación mayor de parte del lector. Veremos algunos ejemplos.

Un palíndromo es una palabra o frase que puede leerse de izquierda a derecha o viceversa de igual manera. El siguiente palíndromo, en latín por supuesto, está compuesto por dos frases palíndromas a la vez:

SIGNA TE, SIGNA, TEMERE ME TANGIS ET ANGIS / ROMA TIBI SUBITO MOTIBUS IBIT AMOR

Según la leyenda el diablo mismo expresó esta frase cuando San Martín lo convirtió en burro y lo montó para que lo condujera a Roma. Su traducción se da a continuación:

Persígnate, persígnate. ¿Con imprudencia me tocas y me angustias? / Roma, tu amor se hundirá de pronto por los disturbios.

El que sigue es un palíndromo equívoco: IN GIRUM IMUS NOCTE ET CONSUMIMUR IGNI. Se trata de un ejemplo célebre por contener un enigma en sí mismo; un doble juego, un enigma en forma de palíndromo. Su traducción es esta:

In girum imus nocte: Vamos dando vueltas en la noche; Et consumimur igni: Y somos devorados por el fuego.

O también: Entramos en el círculo en la noche y somos consumidos por el fuego.

Se han propuesto dos soluciones al enigma: la giratoria rueda del mes o las pequeñas moscas cachipollas, también conocidas como “efímeras” y, por extensión, cualquier insecto que es atraído hacia las llamas donde muere quemado.

El palíndromo Plaza de Sator está inscrito en una tablilla de piedra que fue encontrada a las afueras de Roma; su variante Plaza Rotas, fue descubierta en las ruinas de la ciudad sepulcro de Pompeya. Se puede traducir como El sembrador Arepo trabaja con ayuda de ruedas. Desde entonces se ha copiado y se ha colocado en diversas plazas públicas del mundo, como la que se encuentra en la plaza de Óppede en Francia:

SATOR AREPO TENET OPERA ROTAS

Los parónimos son palabras o frases que se parecen en la forma de escribirse y de pronunciase, dando lugar a divertidos trabalenguas, como los que a continuación se transcriben:

Cane decane, canis? Sed ne cane, cane decane, de cane; de canis, cane decane, cane.

            ¿Usted canta, viejo canoso? Por favor, no cante sobre su perro, ¡Oh, venerable anciano! Cante sobre sus canas.

Persevera, per severa, per se vera.

            Persistir a través de las dificultades a pesar de que sea difícil.

El término metagrama o doblete fue creado por el clérigo y matemático Lewis Carroll (1832-1898), el ingenioso autor de Alicia en el país de las maravillas (1865). Sus metagramas aparecieron en su libro Doublets, a word-puzzle publicado en 1879.          ¿Cómo se pasa de las lágrimas (Tears) a la sonrisa (Smile)? Carroll nos propone el siguiente doblete, que es, al mismo tiempo, una solución a la tristeza:

TEARS

Sears

Stars

Stare

Stale

Stile

SMILE

A pesar de su agudeza, Carroll no fue el primero en crear esta clase de juegos de palabras, que consiste en unir vocablos encadenados cambiando una sola letra, pues los latinos ya tenían sus propios metagramas. Veamos algunos de estos:

 

IACET. TACET. PLACET.

          Que se traduce como:

Ella miente. Ella calla. Nos gusta.

 

Ahora un trabalenguas en latín:

 

In mari meri miri mori muri necesse est

Traducido dice:

En un mar de delicioso vino sólo un ratón podría morir.

La siguiente frase se escribe igual en latín y en italiano, pero no significa lo mismo. Este es un buen ejemplo de cómo el latín no sólo sufrió una transformación en otras lenguas, sino que, en el caso de conservarse, la frase también cambió su significado a través de los siglos.

CANE NERO MAGNA BELLA PERSICA!Traducción del latín: ¡Canta, oh, Nerón, las grandes guerras persas!
Traducción al Italiano: ¡El perro negro se come un buen melocotón!

El cofre de Momo: origen de los chistes y las bromas en OccidenteLa Saturnalia, de Macrobio (autor del siglo IV), es una obra compuesta entre los años 384 a 440 y retrata un simposio (una reunión donde se bebía alegremente, se charlaba y bien podía terminar en orgía) celebrado durante tres días, en las Saturnales del 384, en las casas de los senadores Vetio Agorio Pretextato, Virio Nicómaco Flaviano y Quinto Aurelio Símaco. Los señores, entre estos Servio el gramático, célebre por ser el hombre más culto de su tiempo, disertaron sobre el poeta Virgilio (de quien nos ocuparemos más adelante) y otras cuestiones profundas, como pasaría siglos antes en los simposios griegos de los que da cuenta Platón. Pero también hablaron de cosas menos serias, en una palabra, aquella fue una fiesta alegre y nostálgica a la vez. El cristianismo se apoderaba de todo y el viejo mundo pagano e imperial cedía, caía y retrocedía pero la risa aún tenía lugar, digna y honesta, como corresponde a los pueblos orgullosos. En esta obra podemos leer el siguiente chiste:

Puer: Cur hi homines, pater, currunt?

Pater: Certant de argénteo calice

Puer: Et quis accipiet?

Pater: Primus

Puer: Cur igitur Ceteri currunt

 

El muchacho: ¿Por qué van corriendo esos hombres?

El padre: Compiten para ganar una copa.

El muchacho: ¿Y quién ganará la copa?

El padre: El primero de ellos.

El muchacho: Entonces ¿para qué corren los otros?

Por cierto, en El banquete (o simposio) de Jenofonte (431 a. C. – 354 a. C.), aparece Sócrates, quien se opone a Filipo, un bufón que asiste como gorrón a la comida. Jenofonte retrata a un Sócrates más dado a los placeres que el solemne personaje platónico. Al principio de la obra, es Jenofonte quien nos advierte con estas palabras: En mi opinión, no sólo son dignas de recuerdo las acciones serias de los hombres de bien, sino también lo que hacían cuando estaban de broma.        Y así su Sócrates se torna, por mérito propio, en el alma de la fiesta.

No podemos olvidar a los comediógrafos latinos Plauto (254 a. C.-184 a. C.) y Terencio (194 a. C.?-159 a. C.), cuyos trabajos influyeron sobre esa obra maestra que es el Satiricón de Petronio (c.14/27-66), pionera de la novela picaresca que impregnaría el Siglo de Oro español. El primero cayó en la desgracia al punto que tuvo que empujar una rueda de molino para ganarse la vida. Cuando comenzó a escribir comedias, adaptadas de obras griegas, se volvió inmensamente rico. El segundo comenzó su vida como esclavo y terminó como liberto y afamado, al grado que sus comedias, basadas e inspiradas, como las de Plauto, en comedias griegas anteriores, se siguieron leyendo los próximos mil años, y entre sus lectoras más fieles se contaban las monjas benedictinas de la Baja Sajonia, durante la Edad Media, al grado que la canonesa Hroswitha de Gandersheim (ca. 935 – ca. 1002) alegaba que había escrito su obra para rescatar a sus monjas de las lecturas de Terencio. El autor del género denominado Fábulas milesias, cuyo erotismo y desparpajo atraviesa así mismo la obra de Petronio, es Arístides de Mileto (100 a.C.), que introduce el arquetipo del personaje que se conocería posteriormente como el pícaro que sobrevive, y evade los peligros y la muerte, engañando y robando a los incautos, pero de una forma tan entretenida que los convierte en seres entrañables a pesar de sus malas acciones.

Hablemos ahora de El epitafio de Seikilos y de un viejo consejo. Cuando una mujer llamada Euterpe murió, su esposo, Seikilos, mandó grabar como epitafio una canción en una columna, sobre su tumba. Se trata de una reflexión sobre la vida y su brevedad. También es la única canción griega antigua que ha llegado hasta nuestros días, un Skolion, o canción para ser interpretada mientras se bebe en compañía, consolándose con los amigos. Fue descubierta en 1883 en Aydın (la antigua ciudad de Trales), a unos 30 kilómetros de la ciudad costera de Éfeso en la actual Turquía y data de los años 200 al 100 a. C. Durante la guerra, en 1922, no se supo más de este. Cuando reapareció lo hizo bajo la forma de una base para maceta, y que su dueña lo había conservado, pero ya sin su base, lo cual, si parece un acto bárbaro perpetrado por una mujer ignorante, también podemos verlo como un hecho poético. La canción está escrita en una octava (frigia y diatónica) que sostenía la melodía de la cual se ignora el tempo y que dice así:

ὅσον ζῇς, φαίνου, μηδὲν ὅλως σὺ λύπου•πρὸς ὀλίγον ἐστὶ τὸ ζῆν, τὸ τέλος ὁ χρόνος ἀπαιτεῖ.

Hoson zēs, pheinou, mēden holōs sy lypou;pros oligon esti to zēn, to telos ho chronos apeitei.

 

Mientras estés vivo, alégrate, no dejes que nada te entristezca más allá de la medida porque corta es la vida por cierto, y su retribución el tiempo exige.

La muerte, siempre lo hemos sabido, reafirma a la vida. Seikilos se entrega a la tristeza, se entrega a la embriaguez existencial. Seikilos se embriaga, se ríe. Trasciende él, y con él su esposa: sólo el amor resignifica la muerte, sólo el amor le da sentido a la vida de los hombres.

Y ya que estamos tratando el tema, la misteriosa, oscura y enigmática inscripción latina, conocida como Aelia Laelia Crispis, se descubrió en el siglo XVI, en una lápida romana cerca de Bolonia. Algunos autores y estudiosos han propuesto, como respuesta, a cosas o a personajes que van desde la lluvia, un hijo no nacido, hasta la esposa del bíblico Lot o el alma misma pero sin ser, ninguna de estas, una respuesta satisfactoria como solución. Ha sido el quebradero de cabeza de los amantes de los acertijos por más de cuatro siglos, sin miras a ser resuelto.

D. M.

AELIA LAELIA CRISPIS

 

NEC VIR NEC MULIER

NEC ANDROGYNA

NEC PUELLA NEC JUVENIS

NEC ANUS NEC CASTA

NEC MERETRIX NEC PUDICA

SED OMNIA

SUBLATA

NEQUE FAME NEQUE FERRO

NEQUE VENENO

SED OMNIBUS

NEC COELO NEC AQUIS

NEC TERRIS

SED UBIQUE JACET

 

LUCIUS AGATHO PRISCUS

 

NEC MARITUS NEC AMATOR

NEC NECESSARIUS

NEQUE MOERENS

NEQUE GAUDENS

NEQUE FLENS

HANC NEQUE MOLEM

NEC PYRAMIDEM

NEC SEPULCHRUM

SCIT ET NESCIT

CUI POSUERIT

 

HOC EST SEPULCHRUM

INTUS CADAVER NON HABENS

HOC EST CADAVER SEPULCHRUM

EXTRA NON HABENS

SED CADAVER IDEM EST

ET SEPULCHRUM SIBI

[A LOS DIOSES DE LOS MUERTOS]

D. M.

Aelia Laelia Crispis

 

Ni hombre, ni mujer, ni andrógina,

ni virgen, ni joven, ni vieja,

ni casta, ni puta, ni púdica,

sino todo esto a la vez. Perdió su vida,

no por hambre, no por espada, no por veneno,

sino por todo esto a la vez.

Ni en el cielo, ni en el agua, ni en la tierra,

sino en todas partes yace.

 

Lucius Agatho Priscius

 

Ni marido, ni amante, ni amigo,

ni triste, ni alegre, ni lloroso,

esto no es un túmulo, no es una pirámide, no es un sepulcro,

sino todo esto a la vez.

Sabe y no sabe lo que posee.

 

He aquí una tumba

que no contiene cadáver alguno,

he aquí un cadáver que no contiene tumba alguna,

sino que el cadáver es lo que el sepulcro sea.

El poeta Virgilio (70 a.C.-19 a.C.), amigo de Augusto, el primer emperador romano, y de quien recibió el encargo de escribir el mito fundacional de Roma a imitación de los poemas homéricos, la Eneida, una de las obras cumbres del Canon Literario Occidental y a cuyo autor Dante lo hace su guía en el infierno y el purgatorio en La Divina Comedia, protagonizó una estrafalaria y farsesca puesta en escena que consistió en sepultar con altos honores a una mosca. Así, como se lee. Supuestamente el insecto habría sido una mascota muy amada para él. Ordenó que se levantara un riquísimo mausoleo, se leyeran poemas en su memoria y un grupo de plañideras llorara a lágrima viva en su recuerdo. Tan extravagante suceso se comprende si acudimos a las fuentes históricas. El emperador amenazaba con expropiar tierras, a excepción de aquellos terrenos destinados a los muertos o considerados como sagrados. Virgilio hizo así una jugada, no sólo maestra, sino muy divertida, que pasó a la posteridad.

El cofre de Momo: origen de los chistes y las bromas en Occidente

Mucho antes del Philogelos, el legendario, casi mítico Homero (c. S. VIII a. C.), ya trataría de la risa en el Canto II de la Ilíada, en cuyos versos Odiseo, incitado por la diosa Atenea, somete a una humillación al deforme y cobarde Tersites, que opina que deben volverse a casa, y a quien golpea y hace caer por el suelo, provocando las risas y las burlas de los guerreros. En el Canto XVIII de la Odisea, tocaría el turno a Odiseo de ser humillado, esta vez por Iro o Arneo, un bruto recadero que va por el palacio, comiendo lo que los pretendientes le ofrecen y que reta a una pelea a Odiseo, envejecido por las artes de la diosa.

Sería Aristófanes (444 a. C.-385 a. C.), con sus desternillantes comedias, quien, imbuido por el espíritu de Momo, se ocuparía de parodiar, humillar y burlarse de filósofos como Sócrates (dándonos la referencia más antigua sobre el padre de la Mayéutica), en Las nubes, y de dioses como Dionisos (que no es sino el dios fundador del teatro, para darnos una idea del atrevimiento de Aristofanes) en Las ranas. Con Los acarnienses, Aristófanes se hizo del primer premio en el concurso al cual Atenas convocaba, las Leneas. Diceópolis, el protagonista, es un ciudadano cansado de la guerra que se propone firmar la paz con los espartanos, invasores de su tierra, Acarnas, situada en el Ática, para él y su familia solamente. El valiente, pero solitario protagonista, pronuncia un monólogo sobre la Colina del Pnyx, mientras espera entrar en la asamblea, a que lleguen los pritaneos (funcionarios) y convencer a sus conciudadanos. Cualquier parecido con la conducta obscena de los políticos actuales hacia la situación ciudadana, así como la corrupción, tiene sus orígenes en la democracia griega.

Yo, como siempre, vengo el primero a la asamblea, espero sentado; y, en cuanto estoy aquí, solo, gimo, bostezo, me desperezo, pedorreo, no sé qué hacer, hago dibujos en el suelo, me arranco los pelos (…) Pero hoy estoy decidido del todo a gritar, a interrumpir ruidosamente, a insultar a los oradores si alguno habla de otra cosa que no sea la paz. Pero, justamente, ya llegan los pritaneos; son las doce. Y ¿no os dije? Es exactamente como os lo dije: todo el mundo se precipita para atrapar los primeros bancos.

Durante la asamblea aparece un supuesto embajador, vestido a la usanza persa, enviado ante el Gran Rey, para ponerlo de su parte y recibir apoyos económicos. El embajador se ha saciado, comiendo y bebiendo a costa de los contribuyentes:

El embajador. —Adonde quiera que llegábamos nos obligaban a beber vino puro o azucarado en copas de oro y de cristal.

Diceópolis. —¡Oh, ciudad de Cranao! ¿No comprendes que tus embajadores se burlan de ti?

El embajador. —Es que los bárbaros sólo tienen por hombres de verdad a los que son capaces de comer y beber más.

Diceópolis. —Pues nosotros los tenemos por mamones y maricones.

En otro pasaje de la obra, el gran comediógrafo se burla de los intentos de entablar relaciones con los persas para que les financien la guerra:

“El embajador. —Vamos, lo que el Gran Rey te envió a que dijeras a los atenienses, explícalo ¡Oh, Pseudartabas!

Pseutartabas. —I artamane Xarxas apiona satra.

El embajador. —¿Habéis entendido lo que dice?

Diceópolis. —Por Apolo, yo no.

El embajador. —-Dice que el Rey va a enviaros un poquito de oro. (A Pseudartabas): Di más alto y claro lo del oro.

Pseudartabas. —No se os dará oro, griegos mariconazos.

Diceópolis. —¡Desdichado de mí, eso sí que lo ha dicho claro!”

Más adelante encontramos otra escena, que oscila entre la risa más descacharrante y la obscenidad, en la cual un comerciante de Megara, que pasa hambre en su país, intenta vender a sus hijitas en el mercado que ha montado Diceópolis, disfrazadas y haciéndolas pasar por cerdas.

Diceópolis. —¿Qué traes, pues?

El megarense. —Traigo estos cerditos, para los sacrificios.

Diceópolis. —¡Ah, muy bien! ¿A verlos?

El megaense. —¡Mira éste qué hermoso! Tómalo a peso si quieres. ¡Qué gordo y hermoso es este!

Diceópolis. —Y éste ¿qué es?

El megarense. —¿No lo ves? Otro gorrino.

Diceópolis. —¿Qué dices ahí? ¿De dónde?

El megarense. —¿No es un hermoso cerdito?

Diceópolis. —A mí no me lo parece.

El megarense. —¿Qué no? ¡Tu incredulidad es asombrosa! ¡Decir que no es un cerdito! Apostemos, si quieres, un celemín de sal mezclada con tomillo a que esto es lo que los griegos llaman un cerdito.

Diceópolis. —Si; un cerdito de los que pertenecen a la especie humana.

El megarense. —Si, por Diócles, puesto que me pertenecen ¿A quién crees tú que pertenecen? ¿Quieres oír cómo gruñen?

Diceópolis. —Bueno; no hay inconveniente.

El megarense. —Gruñe pronto, cochinillo. ¿A qué te callas, desdichado? Te volveré a casa, por Hermes.

Una muchacha. —Crrr… Crrr…

El megarense. —¿ES o no un cerdito?

Diceópolis. —Ahora lo parece; pero bien alimentado estará mejor.

El megarense. —Dentro de cinco años, te lo aseguro, será como su madre.

Diceópolis. —Pero tal como está no sirve para el sacrificio.

El megarense. —¿Y por qué?

Diceópolis. —Porque no tiene cola.

El megarense. —Aún es muy joven; cuando crezca tendrá una cola grande, gorda y colorada. Pero si es para criarlo aquí tienes al otro, que es muy hermoso.

Diceópolis. —Se parecen como hermanos o, mejor dicho, como hermanas.

El megarense. —Las dos son hijas del mismo padre y de la misma madre. Cuando se engorde y se cubra de pelos será la mejor víctima que pueda ofrecerse a Afrodita.

Diceópolis. —A Afrodita no se le sacrifican cerditos.

El megarense. —¿Que no se le sacrifican cerditos o cerditas a Afrodita? Precisamente es la única diosa a quien le agradan. La carne de estos animales es riquísima, sobre todo cuando se la clava en el asador.

Diceópolis. —¿Ya no necesitan mamar de la madre?

El megarense. —Ni del padre, por Poseidón.

Diceópolis. —¿Qué come ésta de preferencia?

El megarense. —Lo que le des. Puedes preguntárselo a ella misma.

Diceópolis. —iGorrin! ¡Gorrin!

Las muchachas. —Crrr… Crrr…

Diceópolis. —¿Os gustarán los garbanzos?

Las muchachas. —Crrr… Crrr…

Diceópolis. —¿Y los higos? ¿Te gustan los higos de Fibalis?

La primera muchacha. —Crrr… Crrr…

Diceópolis. —¿Y tú, también comerás higos?

La segunda muchacha. —Crrr… Crrr…

Diceópolis. —iCómo ha gruñido por los higos! Traedle algunos y vamos a ver si los come. ¡Sopla! ¡Con qué afán los devoran, Heracles venerado! Parece que son de Tracia. Pero es imposible que se hayan comido todos los higos.

El megarense. —Todos, menos uno que he cogido yo.

Diceópolis. —A fe mía que es una bonita pareja. ¿Por cuánto me la vendes?

El megarense. —Este, por una ristra de ajos, y el otro, si te gusta, por un quénice de sal.

Diceópolis. —Trato hecho. Espérame aquí.

El megarense. —¡La cosa marcha! ¡Hermes, protector del comercio: concédeme que pueda vender lo mismo a mi mujer y a mi madre!

Aristófanes, un autor conservador y pacifista, critica en esta obra los intentos bélicos de la facción democrática, así como se oye, que pretendían una continuación de la guerra entre Atenas y la Liga del Peloponeso, encabezada por Esparta. Atrás quedaba la Liga Panhelénica que había derrotado a los persas. Política es política, entonces como ahora, y todos los implicados cambian de bando.

Y hablando de política… aquello comenzó con una disputa conyugal, como suele pasar entre muchas parejas. La diferencia es que esta pareja era divina: Zeus y Hera, los reyes y padres de todos los dioses. El trasfondo: la guerra de Troya, la tensión entre los olímpicos que han tomado bando, han elegido ya a griegos, ya a troyanos y se han puesto de uno u otro lado. Hera le pregunta a Zeus qué hará, qué planes tiene. Él se enoja. Ella es una metiche. No le contará sus planes, no le dirá qué bando elegirá. El ambiente se caldea. Los olímpicos se aprestan a comer pero ¿qué banquete puede disfrutarse con la pareja anfitriona enfadada? El padre Zeus está enojado, la madre Hera callada y triste, incluso asustada ante la cólera de su marido. El resto se sienta deprimido y silencioso ante sus platos. Entonces he aquí que se levanta Hefesto, el dios herrero, feo y cojo y (¡Oh, jugarretas del destino, aun mayor que lo divino!) esposo de la más graciosa beldad divina, la rubia Afrodita. Coge una copa de ambrosía y se la sirve a Hera. Siempre hacia la derecha -señala Homero y, con esto da una lección de buenos modales a la mesa-va sirviendo y charlando y riendo, sin dejar de cojear y diciendo chascarrillos y… ¡Miren ustedes, los que saben leer: los dioses se relajan, comienzan a reír, a charlar entre ellos y, por primera vez en la historia humana, de la literatura y de las religiones, sabemos de un “cielo” alegre donde los dioses ríen y departen en alegre armonía! Homero lo cuenta así:

E inextinguible nació entre los dioses la risa cuando vieron en la sala a Hefesto afanándose tanto.

Los griegos, a partir de Homero y la Ilíada (y de estas luminosas palabras que se localizan en el Canto I, versos 509-600), concibieron el Olimpo (su “cielo”), como un sitio festivo. A esto se le denomina “la carcajada de Homero”. El hombre puede desde entonces creer en otros cielos, incluyendo el cristiano, pero jamás volverá a aparecer un banquete celeste donde se tejen y destejen los destinos humanos al calor de las copas. Y eso, señores, es único en las letras pues nos habla de un algo inherente a los seres divinos: ellos pueden reír mientras fraguan la destrucción o salvación de la humanidad.

Lawrence Durrell (1912-1990) nos recuerda, en su libro Las islas griegas (1978), que constituye tanto un repaso geográfico como un homenaje profundamente sentido a la nación helénica, algunas de las cualidades que hacían de Afrodita una diosa en constante afecto por parte del corazón humano, pero, añade, en ocasiones podía mostrar su aspecto más perverso, como cuando se le ocurrió encender una mecha (mágica, por supuesto) debajo del trono del padre Zeus. El poderoso soberano del Olimpo fue presa de la más devastadora calentura amorosa de la que él, gran amante de diosas, semidiosas y mortales, tenía ya conocimiento. Pero no en ese grado. Podemos imaginarlo (si tal cosa es posible para un dios) sudando, enrojecido, con la respiración entrecortada, encarando a Afrodita, que se ve muy divertida y apenas disimulando la risa. Acaso, escribe Durrell, Zeus le preguntaría Para ti ¿no hay nada sagrado? A lo que Afrodita, recomponiéndose un poco, le respondería: Por supuesto, padre, todo es sagrado, sin distinción, incluso la risa. Especialmente la risa.

Y Durrell, como Afrodita, como todos los comediógrafos, comediantes, satíricos y humoristas de entonces y ahora, tiene razón.  

Pedro Paunero

Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz, México en 1973. Como biólogo terrestre ha ejercido el activismo en el área de la ecología (director de una asociación civil ambientalista y por breve tiempo como blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Ha colaborado con la revista Hontanar en Español de Australia, Axxón y Próxima de Argentina, Alfa Eridiani y Tiempos Oscuros de España, OjOs del Museo Arte Erótico Americano de Colombia y El Café Latino de Francia. Ha hecho crítica de cine para la Revista Digital de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma. Ha trabajado como "freelance" para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas. Parte de su obra narrativa y ensayística ha sido traducida al inglés, francés y catalán. Algunas de sus novelas y antologías en que figura su obra son: Labellum (Novela, Minimalia Erótica/Ediciones del Ermitaño, México, 2008), Cuentos de Barrio (Editorial Lectórum, 2012), Tecknochtitlán: 30 visiones de la Ciencia Ficción Mexicana, antología de Federico Schaffler, Edo. de Tamaulipas, 2014; Dos Amantes Furtivos, Cine y Teatro Mexicanos, libro coordinado por el investigador cinematográfico Hugo Lara (Editorial Paralelo 21, año 2015). Ha recibido dos veces el premio Tirant lo Blanc del Orfeó Catalá de la Cd. de México y el premio Miguel Barnet por la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.