Dos veces la muerte Dos veces la muerte
Escribo esto antes de morir. Mis piernas se paralizaron primero. Después, sentí mi garganta entumecida, espantada por el dolor. Dos veces la muerte

Para Erin.

“Escribo esto antes de morir. Mis piernas se paralizaron primero. Después, sentí mi garganta entumecida, espantada por el dolor. Poco a poco me di cuenta —hará una hora de esto— que mis extremidades no responden ante mis llamados y que —maldito destino— solamente los dedos me funcionan. Mi respiración ha comenzado a desvanecerse. Siento, íntimamente, los estertores de una vida desaprovechada. Si escribo esto antes de morir es porque mi padre lo hubiera recomendado. ¿Cómo empezó todo esto? Diré, primero, aprovechado lector, que me vi envuelto en esta situación porque soy un cobarde y que muero precisamente por eso. Siempre lo he sido. Mis padres, amorosos, intentaron quitarme esta sarna terrible del miedo a través de distintas prácticas que desde mi niñez consideré funestas, acaso malditas. De niño me privaban de comida para que sintiera el hambre de los olvidados; me ponían arañas en la cama para aprender a convivir con ellas; la última prueba fue fingir que habían muerto en un accidente de coche. ¿Habrá crueldad más infinita que atormentar a un niño con estos retorcidos castigos? De los padres siempre se ha dicho que cometen muchos errores; de los hijos nunca se dice que los propiciaron. Si me victimizo, siendo víctima, es porque también llevo parte de la culpa. Y es que yo les había hecho creer a mis padres, por una especie de pudor infantil, que mi cobardía era en realidad un hecho cuando, en verdad, era solamente una manera de llamar la atención. Eso yo lo sabía pero nunca lo había logrado articular con la madurez que el lenguaje de los adultos permite, hasta ahora. No, yo no era cobarde, nunca lo había sido, pero me había convencido de ello. ¿No hay verdad más profunda que la mentira que se cree porque es nuestra? Los astros, a los que a veces admiro, me lo dirán cuando parta. Mi nombre, por supuesto, no importa. Acaso sí mi profesión: era contador. Sumas y restas que tenían que cuadrar como engranajes de una máquina bien aceitada para no meternos en problemas con las autoridades. Mi jefe, un psicólogo de apellido Ramírez —nunca supe su nombre y trabajé ahí durante cinco años— atildado como realeza empresarial y siempre puntual, me llevaba de la mano porque yo así lo quería. Mi trabajo siempre lo revisaba con él y siempre él le daba el visto bueno. Acaso por esto conseguí un ascenso y un mejor salario. Mientras que los demás contadores de la empresa enviaban su trabajo directamente al piso de arriba sin la intermediación del psicólogo Ramírez, yo siempre lo pasaba por él. Aprovechaba para contarle algún chiste verde —la secretaria Fabiola siempre llevaba faldas demasiado cortas— y congraciarme con él. Por eso, cuando llegaron la hora de los ascensos no me sorprendió que el psicólogo Ramírez me hiciese su mano derecha y que yo ahora pasara a supervisar el trabajo de los demás. Esto no impidió, por supuesto, que yo siguiera pasándole el trabajo al psicólogo Ramírez. Esto, a él, no le molestó. Al contrario. Que alguien dependiera de él era algo que lo hacía sentirse superior. Siempre he confiado mi habilidad para entregarles a las personas lo que necesitan. Soy —o no soy—un cobarde y, por ello, también buen observador. El mundo se presenta peligroso y se me aparece como un lugar hostil y solitario pero no por ello menos interesante. Así que, durante años, especialmente después de los castigos soberanos de mis padres, comencé a observar. Así conseguí ser admitido a una buena universidad y a tener un éxito relativo con las mujeres. De alguna manera yo sabía lo que ellas querían y, en general, lo que las personas esperaban de un tipo como yo: mediocre, algo interesante, bien vestido aunque renuente a la moda, apacible sin llegar a ser aburrido, generoso sin llegar a parecer sospechoso. Después de ese ascenso las cosas fueron bien. Me mudé a un nuevo piso de apartamentos —yo siempre había dicho que me quedaría donde estaba en parte porque las mudanzas me aterraban— que consideré un signo de buena fortuna. ¿Qué me hacía falta en mi vida mundana además de la certeza que moriría viejo, satisfecho, innombrado y genérico? No lo sabía y ese malestar —ahora, al momento de mi muerte, tendré treinta y cinco años—fue creciendo en mí hasta desembocar en una noche de confidencias con el psicólogo Ramírez —corbata de seda anaranjada, mocasines café, cinturón color almíbar— y su corte celestial de argumentos abrumadores. Permítanme explicarme. El único defecto visible de mi jefe era que daba demasiados consejos y opiniones. Si osaba preguntarle acerca del clima me daba una perorata interminable sobre el cambio climático y su importancia para la humanidad. Si le pedía consejo respecto a los colores que debía llevar el día de mañana se afanaba en enseñarme la historia de la moda y la preponderancia de ciertos colores en los hombres en determinadas épocas del año. Eso limitó mis encuentros personales con él, aunque no los acabó por completo. La prueba fue que aquella funesta noche el psicólogo Ramírez me dijo que lo que yo necesitaba en la vida era una mujer y una noche de copas. Ese mismo día —era viernes— me llevó a una taberna cercana y me dijo que todo lo que necesitaba estaba aquí mismo, en este lugar, y recuerdo que su dedo flamígero y acusatorio se posó sobre mi taburete y fue subiendo hasta mis ojos y después se desvió hasta señalar a una mujer a unos cuantos metros de mí. Estaba borracha. El psicólogo Ramírez abrió los ojos y paralizó sus cejas hasta que yo, derrotado, le prometí que le hablaría a la mujer —no recuerdo su nombre aunque era prostituta y había nacido, recuerdo, en Los Toros, allá por Río Jesuita— en cuanto la noche avanzara más y yo estuviese un poco más animado.

Lo que recuerdo de aquella noche fue que la mujer me dijo que si quería pasar la noche con ella —le dije que no podía pagarle con dinero pero tal vez con algo más— tenía que pasar un reto. Yo, borracho, acepté.  Inmediatamente señaló a un grupo de hombre apiñados en una esquina, escandalosos, zafios y envalentonados por las risotadas de uno —me pareció el líder— que llevaba una chamarra de cuero negra con signos turbulentos que preferí no descifrar. La mujer me dijo que eran una banda de ladrones y homicidas que estaban buscando nuevos miembros. No digas nada, me dijo, y tampoco les digas que yo te dije. Me le quedé mirando y me respondió que ella ganaba una comisión por cada nuevo recluta que les mandara. No sé qué pensé en ese momento. Yo, el cobarde, enfrentando una situación nueva e inesperada. El psicólogo Ramírez me miraba con una devoción que no le he vuelto a ver y que ya no veré —muero lentamente con la certeza de las cosas que se dejan atrás para siempre—. Volví a ver a la mujer y voltee a ver a la banda de homicidas y ladrones y no sé cuántas cosas más. No era una buena idea. Ella me tocó la mano y la bajó. Con la mirada y los labios hizo alguna señal antiquísima que a mí me sedujo. Alguien siempre paga, pensé, antes de pararme, decidido, e ir con ellos.”

II

SUPERIORIDAD DEL DISTRITO CINCO ADMINISTRATIVO. CON FECHA VEINTIDÓS DE ENERO DEL AÑO DOS MIL TREINTA. AÑO ADMINISTRATIVO NÚMERO DOS.

INSPECTOR DE POLICIA ALBERTO PASAPERA CON NÚMERO DE PLACA 01938471.

DIGNÍSIMA AUTORIDAD CORONEL ZUBIETA:

“Redacto este memorándum con las pocas pruebas e hipótesis que he logrado reunir hasta el momento. Sé que la presión pública, en este caso, es suficiente para intentar darle una solución rápida y eficiente. Aun así, insisto, con el respeto que su superioridad se merece, que más vale una justicia verdadera a una justicia falsa pero expedita. Prosigo a mi informe. El cuerpo no presentaba signos de lucha y la cerradura no había sido forzada. Todas las ventanas estaban cerradas. Me presenté con carácter urgente pues se trataba de Miguel Magdaleno Cueto, dueño general de la extinta empresa Petróleos de Derúm que hizo una considerable fortuna por los contratos que recibió del gobierno derumita, especialmente durante la dictadura de Lorenzo Ramos Onofre. Un preocupado vecino, Justo Serratos, se apersonó en cuanto llegué. Informó el susodicho que a eso de las once de la noche escuchó unas voces y una detonación —terrible, apuntó— que lo despertó de la cama y lo llevó a examinar el departamento del vecino. Al preguntársele sobre los hábitos del occiso dijo que sabía que había sido un importante hombre de negocios y que ignoraba el hecho de que viviera en un edificio de apartamentos tan clase mediero como en el que vivía. El ya mentado Serratos también dijo que había vencido su cobardía —repetidamente dijo que no era un hombre valiente— y que entró al departamento del hombre para ver cómo estaba. Que al entrar olió a pólvora y que encontró al hombre tirado en medio de la sala. Que no se le acercó demasiado pues sabía que estaba muerto. Al preguntársele al mencionado Serratos que cómo pudo saber esto dijo que vio un charco de sangre alrededor del cuerpo y que se estremeció —esas fueron sus palabras— y que inmediatamente dio parte a la policía. Después de la entrevista el preocupado vecino y ciudadano me presentó una nota del muerto —que adjunto como foja número tres a su superioridad— en la que se podía intuir que el estado mental del vecino no era el de una persona sana. Debido a la entrada de la bala y a esta nota este inspector no descarta un posible suicidio. Aunado a que esta policía investigadora ha descartado un posible robo —todo se encontraba en orden— informo a esta superioridad que todo apunta a un suicidio como posible causa de muerte. Esperaremos, por supuesto, el resultado de la autopsia para determinar e informar al público derumita el trágico fin de este antaño insigne hombre de negocios”.

III

“Ahora que estoy muriendo —la parálisis se extiende rápidamente y ya siento la sangre desfallecer— no puedo dejar de recordar que aquella noche fue una de las mejores de mi vida. Desperté al día siguiente con una resaca que me paralizó durante buena parte del día. La noche fue estupenda aunque no recuerde mucho. Sí, me les acerqué a esos maleantes. Sí, les caí bien. Sí, me admitirían, dijeron, pero tenía que pasar una prueba. Me dieron un sobre lacrado y me dijeron que no lo perdiera y que lo abriera al día siguiente. Obedecí. Inmediatamente me dirigí a la mujer y ella me ofreció su noche. No la he vuelto a ver. Ahora, que muero, no puedo dejar de pensar que fui utilizado para perpetrar un crimen terrible del que ahora me arrepiento y que estoy pagando con creces. La justicia no será la de una cárcel sino la de una noche eterna. Esto ya lo he aceptado, por eso escribo a velocidad relámpago. ¿Qué podían tener contra aquel hombre, mi vecino, un apacible viejito que apenas hablaba y que apenas comía? Lo ignoro. Cuál sería mi sorpresa al día siguiente cuando abrí el sobre y me encontré con unas minuciosas instrucciones sobre cómo cometer el crimen. Temblaba. Mis ojos, enrojecidos, apenas podían leer las palabras —malditas, autosuficientes, reales— que me obligaban a ir a un bote de basura cerca de donde vivía, hurgar entre la basura, sacar un objeto pesado y negro que admití con incredulidad como una pistola, levantar una coladera a tres cuadras de ahí y encontrar entre lodo y colillas de cigarrillos una caja de balas que, no sin sorpresa, metí en el arma. Mi destino estaba sellado. Detrás del papel con instrucciones se encontraban las amenazas. Sabían dónde vivía —yo mismo se los había dicho con la ingenuidad de los borrachos— y juraban encontrarme y matarme si no lo hacía. Si cumplía con lo que se me ordenaba me admitirían en su clan con todos los beneficios que aquello traería. Supuse que dinero fácil, una vida sin la cobardía que me pesaba todos los días, drogas y mujeres. No sé cuánto tiempo estuve en medio de la calle mirando la caja de balas. Un vago se me acercó —harapiento, manos como martillos, cariacontecido, negro de suciedad— y le di una. Me sonrió y se la llevó a la boca. Salí de mi estupor y corrí a mi apartamento. Entendí que tenía que hacerlo en ese momento, con la adrenalina a tope y las ideas cegadas por la trágica vuelta de mi destino. Esperé a que anocheciera y respiré una y otra vez intentando dominar mis miedos, llegando a conclusiones insensatas, admirando y repeliendo las consecuencias de mis actos. Pensé en el psicólogo Ramírez y lo odié. Voltee hacia afuera y descubrí, con pavor, que la oscuridad había llegado. Lo único que tenía que hacer era acercarme a la puerta del vecino —pobre viejo— y descerrajarle un tiro y encerrarme en mi habitación. Me puse unos guantes de látex y llamé a la puerta, a unos metros de la mía. Nadie abrió. Nervioso, intenté otra vez. No podía esperar mucho más con una pistola en la mano. Entonces, escuché unos pasos que resonaron por la escalera y unas voces. Me metí la pistola a la barriga y vi a un grupo de muchachos, visiblemente borrachos, que subían a trompicones y con la seguridad del que vive sin darse cuenta. Me ignoraron. Se fueron. Entonces traté de empujar la puerta. Para mi sorpresa, se abrió. Avancé a tientas y prendí la luz. El viejo se encontraba tirado en medio de la sala. Me acerqué. Lo toqué. Estaba muerto. Esto, de una forma macabra, me alegró, pero segundos después lo consideré un problema. La banda de malhechores tenía que enterarse, por medio de la policía o los periódicos, que había muerto de un balazo y no, pensaba en ese momento, de un aburrido infarto. Esta era mi oportunidad, de otra manera me enviarían otra vez a matar a otro desaprovechado e infeliz ser humano. No pude dejar de pensar en las coincidencias. Matar a mi vecino, un ex empresario favorecido por el régimen. ¿Sería esto un asesinato político? ¿Estaría yo envuelto en una trama de conspiraciones y secretos del poder? Intenté calmarme. Me dije que la realidad es más sencilla y que la imaginación es solamente un molesto aparato evolutivo. Las sombras, allá afuera, coronaban la ciudad. Aquí adentro la luz mostraba a un hombre viejo tirado y muerto. Entonces decidí hacerlo. Decidí matarlo o, al menos, fingir que lo hacía. Me puse frente a él y le disparé un solo tiro en donde creí que tenía el corazón. Me estremecí al instante y salí del apartamento y me encerré en el mío. Esperé dos minutos y le marqué a la policía. Escondí la pistola, me di un baño y me bebí un whisky. A las once y diez de la noche se presentó a mi puerta el inspector Alberto Pasapera que me trató con deferencia y amabilidad. Le dije todo lo que sabía. Yo estaba nervioso y esto ayudó a confirmar mi historia. Al día siguiente los periódicos publicaron que Miguel Magdaleno Cueto había muerto de una bala en el corazón. El teléfono sonó y una voz masculina, pesada y mineral me confirmaba mi admisión al clan. Colgué desesperado. El presidente de la Cámara de Comercio declaró un luto generalizado y la muerte pasó a segundo plano cuando, días después, un robo en pleno centro de la ciudad dejó a dos niños muertos y varias decenas de heridos. Todo ocurrió como un sueño y durante unos días, justo cuando pensé que todo había sido un sueño, pasó algo inesperado que, debido a mi cobardía, no quise ya descifrar.”

IV

SUPERIORIDAD DEL DISTRITO CINCO ADMINISTRATIVO. CON FECHA VEINTIDÓS DE ENERO DEL AÑO DOS MIL TREINTA. AÑO ADMINISTRATIVO NÚMERO DOS.

INSPECTOR DE POLICIA ALBERTO PASAPERA CON NÚMERO DE PLACA 01938471. SEGUNDO INFORME RESPECTO AL CASO CUETO.

DIGNÍSIMA AUTORIDAD CORONEL ZUBIETA:

“Los resultados de la autopsia han llegado. La verdad es que no esperaba lo que descubrimos. Mi hipótesis inicial fue que Cueto se había suicidado de un tiro pero ahora resulta que la autopsia reveló veneno en la sangre del fallecido. No puede ser, pues, que haya muerto de un disparo que los peritos dictaminaron sucedió a las once con cinco minutos. El veneno llevaba en la sangre del muerto al menos un par de horas. Eso quiere decir que alguien hizo pasar el suicidio de Cueto como un homicidio. Las razones las ignoro hasta el momento. Otra hipótesis, por supuesto, es que a Cueto lo hayan querido matar dos personas al mismo tiempo. O que alguien quería asegurarse que realmente estaba muerto. Quizá la misma persona que le metió un tiro en el pecho fue la misma que le puso el veneno. O quizá fueron dos personas trabajando juntas o tal vez fueron dos personas que decidieron matarlo el mismo día. Aquí, mi coronel, las posibilidades se extienden. Tendré que revisar otra vez las hipótesis y comenzar a trabajar con mi equipo sobre los posibles enemigos que el señor Cueto tenía en vida. Lo sé: pueden ser demasiados. Ahora la hipótesis que este cuerpo policial tiene es el de un asesinato político y un grupo de homicidas bien organizado que entró y salió del edificio de departamentos sin ser visto. También es posible que tuvieran a alguien allí adentro desde hace tiempo visitando al anciano Cueto. Lo que no logro entender es para qué matarlo si ya era viejo y decrépito. Es cierto que Cueto tenía fama de hombre de acero —había sobrevivido a tres infartos y un intento de asesinato— pero a los noventa y dos años su peor enemigo era el tiempo. No sé porque llamar la atención de esta forma. Quizá su cuerpo sea un mensaje y otros homicidios vendrán. Aquí mi informe”.

V

“Tecleo lo más rápido que pueda. Informo. Vino el inspector Pasapera a interrogarme otra vez sobre el muerto. Le dije que todavía estaba impresionado por lo sucedido. Me dijo, casi inmediatamente, que yo no era considerado sospechoso y que cualquier cosa que le pudiera decir sería de gran ayuda. Le repetí la misma historia. Se fue. Inmediatamente después sucedió algo extraordinario. Impresionado por mi hazaña tuve que pedirle al psicólogo Ramírez unos días de descanso. Me los concedió sin chistar. Logré sacarme de la manga un chiste verde para no levantar sospechas y colgué. Una hora después de que el inspector Pasapera había cerrado mi puerta y me había deseado buenas noches, una pequeña nota, similar a la que había recibido días antes del señor Cueto, se deslizó por debajo de mi puerta. Sentí un escalofrío al leer exactamente las mismas palabras que había escrito el muerto. No supe qué hacer de la nota y pensé que se trataba de una broma. El problema es que la nota original solamente la había leído yo y nadie más. Busqué, desenfrenado, la nota original del señor Cueto y la comparé con esta. Decían exactamente lo mismo y parecían escritas de modo similar. No quise averiguar lo que pasaba y esa noche me encerré en mi cuarto y lloré. Esa misma noche se me ocurrió que, en lugar de ir al departamento del muerto —mi cobardía me había envuelto en un manto de noche— yo debía escribirle una invitando a quien fuera que había escrito aquella segunda nota para arreglar las cosas o confrontar un aciago destino. En ese momento estaba seguro que se trataba de un elaborado chantaje, ¿pero de quién? El señor Cueto era un excéntrico millonario que por alguna razón había decidido mudarse a este piso de apartamentos. Hasta donde yo podía recordar, el hombre rara vez salía y era amable conmigo. ¿Por qué Cueto habría de fingir su propia muerte o chantajearme con ella? ¿Quién más estaba enterado o había visto lo que había sucedido aquella noche? Yo estaba seguro de que nadie —excepto los adolescentes borrachos— me había visto. Quizá estaba equivocado.

Desperté al día siguiente y escribí, apresurado, la nota. La deslicé, cautelosamente, debajo de la puerta del señor Cueto. Le pedí, quien sea que fuera, que se presentara en mi puerta a la una de la tarde y que tocara tres veces. Esperé con la impaciencia de los que se saben muertos. Nunca en mi vida había estado tan ansioso. Me sentí, sin embargo, protegido por la pistola que tenía guardada en el cajón. La había cargado y, aunque la había usado solo una vez, eso bastaba para sentirme seguro. A la una de la tarde tocaron. Abrí y no pude creer lo que veía: el señor Cueto estaba frente a mí. Con una rapidez que consideré inusual abrió la puerta y se sentó frente a mí. Me faltaron las palabras en ese momento. Caí a mi sillón desfallecido. No entendí lo que sucedía. Pero tuve que haberlo visto en ese momento cuando fue a la cocina y me dijo que me iba a servir un té y que me contaría todo lo que había pasado. Fueron los detalles que pasé por alto pero que ahora se me presentan reveladores ante mí —un pequeño tic que le hacía saltar la mejilla derecha; un olor penetrante a madera; movimientos más rápidos; una elección de palabras acaso más vulgares e incoherentes— los que me llevaron a pensar que ese no podía ser el señor Cueto. Cuando bebí el té supe que todo iba a terminar pronto y que aquel señor Cueto doble no podía ser otro que su gemelo. Había escuchado algo alguna vez y ahora esa presencia me pareció siniestra e inmediata. Primero fue un sabor dulzón en la lengua que dio paso a una sensación de tener ceniza en la boca que dio paso a un ruido monocorde como de abejas zumbando a mí alrededor lo que provocó que me diera cuenta que el mundo acabaría para mí. Poco a poco la cabeza se me fue relajando y los pies entumeciendo y la garganta secando y los ruidos del mundo se hicieron pequeñísimos. Hace una hora y media que muero y moriré como el señor Cueto lo hizo. Tirado en mi sala, con las ganas vivas de mentarle la madre al psicólogo Ramírez y su estúpida invitación a divertirnos…”

VI

SUPERIORIDAD DEL DISTRITO CINCO ADMINISTRATIVO. CON FECHA VEINTIDÓS DE ENERO DEL AÑO DOS MIL TREINTA. AÑO ADMINISTRATIVO NÚMERO DOS.

INSPECTOR DE POLICIA ALBERTO PASAPERA CON NÚMERO DE PLACA 01938471.

MEMORÁNDUM PERSONAL CON COPIA EXCLUSIVA PARA EL CORONEL ZUBIETA.

“El cuerpo del preocupado vecino Justo Serratos apareció con un balazo en el pecho. Lo vi en cuanto forcé la cerradura días después de que un tal psicólogo Ramírez me habló directamente a mi oficina, preocupado porque su compinche no regresaba a trabajar. El primer día le cubrió las espaldas, el segundo mintió por él y el tercero no pudo más y me habló. El ciudadano Serratos tenía un orificio de bala en el pecho. Al principio no sabía qué hacer con todo lo que tenía frente a mí. Dos homicidios —ahora lo sabía— exactamente iguales. No tenía que acudir a un forense para que me dijera que encontraría veneno en el cuerpo del preocupado Serratos. Tampoco que la bala que mi equipo revisó pertenecía a la misma pistola con la que se había matado al señor Cueto. Tres eventos sucedieron que me ayudaron a resolver el caso y llevarle justicia, aunque sea una justicia parcial y caprichosa. Primero, la noticia de que Raúl Gregorio Cueto —gemelo de Miguel Magdaleno Cueto y único pariente vivo— había heredado millones de dólares de su hermano. Raúl había vivido gran parte de su vida en un psiquiátrico. El caso lo recuerdo bien. Y es que cuando murió el padre —Don Jesús Cueto— la empresa familiar había pasado a manos de los dos hermanos. Como suele suceder en estos casos los problemas empezaron especialmente después de que los hermanos no se pusieran de acuerdo en qué hacer con la empresa. Mientras que Raúl quería vender su parte, Miguel insistía en que venderla traería a la empresa a desconocidos que, finalmente, destruirían el legado del padre. Raúl: fiestero, flexible, ligero. Miguel: adusto, recompuesto, serio. Dos estilos. Dos vidas. Raúl quiso proseguir con lo que le había prometido a su hermano. Meses antes de que pusiera a la venta su parte de la empresa, Raúl fue declarado mentalmente incompetente por un consejo de siete psiquiatras e internado en un hospital. De esto hace cuarenta años. Cuando la empresa dejó de operar y Miguel Magdaleno se hizo más viejo —esbozo una hipótesis que esconde la cara— el temor a que su hermano saliera del hospital fue creciendo. De nada le sirvió, primero, la seguridad que tenía a su alrededor y que fue aumentando con los años. Tampoco los millones que donó al hospital para que mantuvieran por más tiempo a su hermano ahí. No quería irse a otro país. Tampoco a otra ciudad. Su paranoia comenzó a incrementar al grado de que vendió todo lo que tenía, lo puso en el banco, y se fue a vivir a un edificio de apartamentos de clase media con la esperanza de que el mundo se olvidara de él. Y así fue, al menos durante un tiempo. Cuando su hermano Raúl por fin descubre su paradero —solamente así se explica la nota que alcanzó a componer para el vecino Serratos— Miguel Magdaleno está demasiado viejo para siquiera pedir ayuda, excepto ese tímido suspiro en forma de palabras que el desafortunado Serratos encontró en su puerta. Cuando Serratos va y abre la puerta del departamento y ve a Cueto tirado no puede sino hablarle a la policía.

En segundo lugar, gracias a una mujer que me había ayudado antes en algunos casos—no diré su nombre por temor a poner en un espiral esta bola de estambre— descubrí que una banda de ladrones y homicidas habían obligado a Serratos a matar a Miguel Magdaleno por órdenes del gemelo. Éste, cruel y perverso y por fin ejecutando su venganza aplazada, quería asegurarse doblemente de la muerte de su gemelo y ve al pobre Serratos dispararle al corazón. Las coincidencias son apabullantes, cuando menos: una mujer que convence a un pobre tipo para que pase una prueba terrible y todo por un revolcón nocturno y efímero. Mucho me temo que al ciudadano Serratos le ilusionó tanto aquel encuentro que hizo todo por repetirlo. No lo sé.

No dudo que el propio gemelo haya secuestrado al señor Miguel Magdaleno durante varios días. La nota que Miguel Magdaleno Cueto le escribe a Serratos —todavía es un misterio cómo pudo dársela si Raúl Gregorio lo tenía bien custodiado— desvió nuestra atención hacia el suicidio.

Entonces, satisfecho, Raúl Gregorio se va del departamento y no regresa hasta después para jugarle una broma de muerte al cobarde Serratos que, en lugar de averiguar de qué se trataba y de dar parte a la policía, decide callar. Finalmente, gracias a los garabatos finales de éste —que dejó como una suerte de evidencia— y a las dos notas escritas exactamente igual supe que Raúl Gregorio Cueto era culpable de doble homicidio. La bala en el pecho de Serratos fue una estrategia de Raúl para desviar la atención de la policía y confundirnos más. No contó con que el cobarde Serratos escondería entre sus ropas, con las fuerzas que le quedaban, las notas que encontré. Informo a esta superioridad que debido a la pobre evidencia con la que cuento —una frágil hipótesis que ningún juez admitiría; dos notas exactamente iguales con una caligrafía de diferencias tenues que de nada servirían ante un jurado y una historia de venganzas familiares que más bien atizaría a la opinión pública— le informo, reitero, a esta superioridad, que he girado instrucciones a la banda de malvivientes y a su líder para que se deshagan de Raúl Gregorio Cueto bajo pena de iniciarles una investigación por conspiración, posesión ilegal de un arma y encubrimiento. Esta es, me temo, la única forma de justicia que tengo a la mano. La nota que recibió Justo Serratos con sus instrucciones la encontré, a buen recaudo, en el escote de la mujer que aseguró que Serratos había sido un tigre en la cama aquella noche. ¿Cómo es que aquellas instrucciones habían ido a parar ahí? Pido a la superioridad no averiguarlo. Demasiadas volutas de humo, demasiados laberintos, demasiadas coincidencias han sido necesarias para llevar este caso a un final más o menos digno. El cuerpo de Raúl Gregorio Cueto será encontrado el día de mañana en el desagüe Cristo de Fuego. Pido a la superioridad quemar este memorándum en cuanto se reciba. La causa de muerte de Raúl Gregorio Cueto, por supuesto, será doble”.


Guillermo Fajardo

Guillermo Fajardo

México, 1989. Es escritor. Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Wisconsin-Madison. Cuenta con tres novelas publicadas, un libro de cuentos de terror y fue incluido en la antología Te guardé una bala (Casa Editorial Abismos, 2015). En 2016 ganó el segundo lugar en el concurso anual convocado por Editorial de Otro Tipo con su novela Los discursos presidenciales. Estudiante de doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Minnesota- Twin Cities.