Donald Trump, presidente en campaña Donald Trump, presidente en campaña
Además de la incapacidad evidente de Donald Trump para asumir a plenitud las condicionantes personales del cargo que ahora ostenta –prudencia y contención Donald Trump, presidente en campaña

Además de la incapacidad evidente de Donald Trump para asumir a plenitud las condicionantes personales del cargo que ahora ostenta –prudencia y contención-, su indolencia al gobernar y expresarse tiene los visos de una táctica destinada a resguardar la base electoral que lo llevó a la Casa Blanca. En todo caso, al presidente de los Estados Unidos la disciplina que toda estrategia entraña le está, como se ha visto, absolutamente vedada.

El pasado 18 de febrero, desde Florida –estado que votó mayoritariamente por su causa-, Trump encabezó un mitin en el que profundizó las líneas generales de su novel administración. Ráfagas retóricas contra los medios de comunicación, señaladamente los opositores a su mandato, y la enfermiza insistencia por diagnosticar el fenómeno migratorio como explicación única de la presunta “debacle” norteamericana, fueron los lugares comunes, medulares, tanto de la intervención de entonces como de muchas otras.

“Los medios –soltó el presidente en Florida- son en gran parte culpables de la corrupción del sistema”.

Donald Trump, presidente en campaña

Con el Air Force One como paisaje, y con la primera dama, Melania Trump, al costado, Trump no pudo encontrar un mejor escenario para masajear su  ego desbordante y agredido, en vista de las numerosas críticas que su administración despierta. Nada mejor, pues, que un vigoroso y cuidadosamente troquelado mitin para rehabilitar, en alguna medida, la alicaída popularidad presidencial.

Sin embargo, más allá de la estética soliviantada del mitin abarrotado, Trump despliega una descarada campaña por mantener contenta a la franja de simpatizantes que respalda su gobierno –que los hay-, aún a costa de la credibilidad institucional de los Estados Unidos.

En efecto, durante el mitin –un acto de campaña desfasado- Trump volvió sobre el rubro que produjo su primer gran conflicto con el régimen jurídico estadounidense: la cancelación, por parte del poder judicial norteamericano, de la orden ejecutiva que prohíbe la entrada a Estados Unidos de personas provenientes de siete países mayoritariamente islámicos. A los jueces, autores de la resolución, les acusó de tener menos formación académica que un bachiller.

Así, pues, apelando a su furiosa política de gobierno, en buena medida aupada por la necesidad de mantener satisfechas las expectativas de la fracción social que le sustenta, Trump ha decidido seguir adelante en su delirio persecutor contra la migración.

Las líneas generales de un nuevo plan de acción antiinmigrante, conocido por las numerosas filtraciones que acosan su gobierno -consignadas por el Washington Post, entre otros medios-, contempla el aumento de las deportaciones y su aceleramiento, la deportación inmediata de los connacionales detectados en la frontera, la persecución penal de los padres que lleven a sus hijos a Estados Unidos, así como el reclutamiento de hasta 15 mil agentes para fortalecer la vigilancia fronteriza.

Donald Trump, presidente en campaña

La medida materializaría una de las promesas más caras de su campaña: la deportación masiva de los cerca de 11 millones de migrantes indocumentados que viven actualmente en Estados Unidos, en su mayoría, desde luego, mexicanos. Con tal planteamiento, Donald Trump ratifica su conocida vocación nativista y refuerza las sensibles contradicciones raciales que su discurso ha agudizado.

Es de esperarse, por el volumen de la deportación –en caso de que dicho plan se ejecute a plenitud-, que las consecuencias económicas, políticas y sociales profundizarán aún más el desgaste de la administración de Trump. En cualquier otra circunstancia, la avalancha de críticas tanto internas como externas que, con seguridad, la medida provocará, serían suficientes para cancelar un proyecto tan oneroso políticamente; no obstante, si algo ha dejado en claro el presidente de los Estados Unidos, titular de una mente tortuosa y furiosamente autorreferencial, es que las consideraciones políticas no tienen mayor trascendencia cuando de demostrar agresividad y superioridad se trata.

De nueva cuenta, y en muy breve tiempo, los Estados Unidos serán escenario de otro oscuro capítulo en la larga trama inaugurada por la llegada de un vacuo magnate a la presidencia. Un presidente más preocupado por el coyuntural espaldarazo de sus seguidores, que por las devastadoras consecuencias de la xenofobia exacerbada. Un presidente, pues, en campaña.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.