Donald el iracundo Donald el iracundo
La segunda cualidad más importante en el oficio político –la primera es el ansia por el poder- es la impermeabilidad ante la crítica; cierta... Donald el iracundo

La segunda cualidad más importante en el oficio político –la primera es el ansia por el poder- es la impermeabilidad ante la crítica; cierta insensibilidad constitutiva para descartar la virulencia del ataque inopinado, o, en sentido inverso, los ditirambos de los aduladores habituales. En buena medida, la calidad, pero sobre todo la experiencia de un político, tiene  su rasero en la habilidad para evadirse del insulto o la lisonja.

En nuestros días, esta característica reviste una importancia capital. Las redes sociales han derribado los gruesos muros que guarecían a los hombres y mujeres del poder. Ahora, un comentario, bueno o malo, puede llegar sin muchas escalas a los ojos de su poderoso destinatario. Aunque el proceso de secularización del político habitual -aureolado con la parafernalia propia del poder- se fue desgastando en la medida que la “austeridad republicana” era una realidad gradual en diversos regímenes políticos, sobre todo los democráticos, las redes sociales apresuraron el fenómeno.

Así, pues, sketches en televisión o teatro se poblaron de interpretaciones satíricas de políticos varios. En Estados Unidos, por ejemplo, Saturday Night Live (SNL), el programa humorístico insignia de la cadena NBC, hizo de las imitaciones a los presidentes en turno toda una tradición que, incluso, antecedió por mucho a las redes sociales.

Saturday

De Richard Nixon y Jimmy Carter- interpretados por Dan Aykroyd-, a Bill Clinton –personificado por Darrell Hammond-, pasando por George Bush, hijo y padre, -Will Ferrel y Dana Carvey, respectivamente-, hasta Barack Obama – Jay Pharoah-, prácticamente todos los presidentes norteamericanos, desde la década de los setenta hasta nuestras fechas, han sido ácidamente satirizados en las pantallas norteamericanas. Las personificaciones han sido tan exitosas y entrañables que, al menos en el caso de Bill Clinton, mientras fue presidente cedió el micrófono a su imitador en SNL, en una de las clásicas cenas que la Casa Blanca ofrece a la Asociación de Corresponsales (https://www.youtube.com/watch?v=uNkIzvBJPW4&t=210s).

El amplio margen de tolerancia que los presidentes estadounidenses habían pactado implícitamente, aunado a la amplia aceptación que las personificaciones de SNL generaron en el público, lograron arrebatar a la solemnidad y el formalismo el atildado tratamiento que se le depararía al “líder del mundo libre”.

Luego llegó Donald Trump.

“The Donald”

Para la temporada 42 de SNL, el programa había preparado un material de alto contenido satírico: Alec Bladwin imitaría al entonces candidato presidencial republicano. Nadie quedó indiferente. Baldwin apareció a cuadro con el  ceño fruncido, los delgados labios apretados y el palimpsesto absurdamente amarillo por cabello. Era, en efecto, idéntico a Trump. Incluso las manos, regordetas y pequeñas, exhibían un alarmante parecido.

Las intervenciones del Trump de Baldwin no podían ser más precisas. El trabajo actoral fue soberbio. En las pantallas de la NBC Trump aparecía tal y como se había mostrado, sin falsas displicencias ante el electorado. Violento, vacuo e ignorante, el Trump de Baldwin develó la quintaesencia del Trump original.

Alec Baldwin

Alec Baldwin

 

Luego de cada uno de los tres debates presidenciales, en la introducción de SNL se parodiaban los encuentros entre Trump y Hillary Clinton. Los excesos verbales, la limitada experiencia del republicano, sus perturbadoras expresiones corporales, pero, sobre todo, la precisión con las que eran ejecutadas por el actor, hicieron de su personificación un complemento necesario para el largo y desgastante camino de la campaña electoral.

Sin embargo, como no podría ser de otra manera en el impredecible escenario político estadounidense, el inverosímil presidente electo expectoró, desde su cuenta en Twitter –con cerca de 16 millones de seguidores-, la salida de tono que maceró en la intemperancia: “Acabo de intentar ver Saturday Night Live. ¡No se puede ver! Es totalmente parcial, nada divertido y las parodias de Baldwin no pueden ser peores. Triste”. Por su parte, Baldwin, desde su cuenta, respondió: “Publica tu declaración de impuestos y me detendré”, esto último en relación a la secrecía con la que el magnate ha abordado el espinoso tema de sus declaraciones de impuestos.

Pocos presidentes –commander in chief, gusta llamarles el patrioterismo bélico- podrían presumir que sus primeros escarceos políticos se cebaron sobre un programa sabatino, y que sus primeras batallas, como presidente electo, fueron con un actor. Vaya vaticinio.

Como fuera, el incidente pinta de cuerpo entero a Donald Trump: pueril e irascible. Condiciones, por cierto, que comparte con una parte importante de la sociedad que le rodea,  con la importante salvedad de que sólo él es el presidente electo de los Estados Unidos. Y un presidente “pueril e irascible”, no puede ser un buen presidente.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.