Donald, el débil Donald, el débil
A pesar del discurso artificiosamente implacable, o de las balandronadas habituales del flamante presidente de los Estados Unidos, Donald Trump no deja de... Donald, el débil

A pesar del discurso artificiosamente implacable, o de las balandronadas habituales  del flamante presidente de los Estados Unidos, Donald Trump no deja de ser un jefe de Estado vulnerable. Su debilidad se ha materializado de diversas maneras, pero, sin duda, la más elocuente de todas ellas estriba en el nivel de popularidad con el que franquea las puertas de la Casa Blanca. Con apenas el 40% de aprobación, 44 puntos porcentuales por debajo del nivel que registró Barack Obama a su llegada a la presidencia –según la encuesta realizada por la CNN:http://edition.cnn.com/2017/01/17/politics/trump-administration-approval-inauguration/index.html- , Trump es el presidente más impopular al comienzo de su administración, en la historia reciente de los Estados Unidos.

No podría ser diferente. Si bien Donald Trump cumplió con los requisitos legales para acceder a la primera magistratura de su país -con la ejecución de una delicada estrategia de alquimia e ingeniería electoral-, el voto popular nunca se decantó mayoritariamente a su favor. Hillary Clinton, su contrincante, obtuvo 65.3% de los sufragios -, en tanto Trump se hizo con el 62.7%, lo que representa, en términos concretos, una distancia de 2.5 millones de votos entre la demócrata y el republicano.

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Sin embargo, el deficitario respaldo popular a Trump tiene, ahora, nuevas y contundentes manifestaciones. Apenas un día después de que tomara posesión, cerca de 500 mil personas se hicieron presentes en la capital norteamericana, Washington D.C.,  respondiendo a la convocatoria de la “Marcha de las mujeres”, una movilización destinada a desagraviar a los muchos sectores sociales lastimados durante la campaña electoral por el beligerante discurso del magnate. La movilización, replicada con resultados similares en otras partes de Estados Unidos –como Chicago, Nueva York, Boston y Seattle, entre otras ciudades-, destaca por su inédita e inesperada participación, considerando, entre otras cosas, que la afluencia proyectada no rebasaría los 250 mil asistentes.

Mientras tanto, las imágenes de disturbios y protestas que acompañaron la toma de juramentación de Trump, forman una expresiva y útil composición para calibrar, con alguna exactitud, el alto grado de polarización que hace zozobrar a la sociedad estadounidense, y pone en entredicho la estabilidad del otrora granítico sistema político norteamericano.

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El comienzo de la nueva administración –con las protestas y baja popularidad que le distingue-, pone en perspectiva la viabilidad del agresivo arranque que Trump ha impuesto a su gobierno y el belicoso discurso de confrontación que, incluso antes de acceder formalmente al poder, había adelantado. En otras palabras, un programa político como el de Trump –para llamarle de alguna manera- requiere de un sólido soporte que trascienda los estratos estrictamente políticos del régimen estadounidense, para ubicarse en un vasto sector social e, incluso, económico.

Por principio de cuentas, el “animoso” –por decirlo de alguna manera- comienzo de la administración Trump, con prisa por desmantelar los signos más visibles del pasado gobierno –como el llamado “Obamacare”-, demanda de un necesario sostén popular, al menos para contrarrestar los muy probables conflictos que todo proceso similar acarrea.

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Por otro lado, un ambicioso plan de enfrentamiento, con visos a la modificación radical en la correlación de fuerzas con otras potencias mundiales, como el que Trump pretende ejecutar en China, presupone, de igual forma, un vigoroso arrastre en el plano mundial; circunstancia descartada, en vista  del antipático comportamiento internacional hasta ahora demostrado por el actual titular del ejecutivo estadounidense.

En un contexto como el de Trump, visiblemente debilitado por los adversos humores sociales -internos y externos-, la idea de un cambio radical es no sólo desaconsejable, sino peligrosa. En este, como en muchos otros expedientes, Trump desnuda su impericia política, tanto como para arriesgarse a caer en el difícil trance de la debilidad; trance aún más peligroso y severo si atendemos al novel carácter de su gobierno.

Así comienza la “era Trump”, entre la inminente debilidad de su destino político, si no rectifica su conducción, y la certidumbre de su fracaso, si refrenda el camino por el que ha decidido transitar.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.