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La idea se había posado tímida en su cabeza. Al principio no era más que una broma de su desesperación. Uno de esos fugaces... Disciplina

La idea se había posado tímida en su cabeza. Al principio no era más que una broma de su desesperación. Uno de esos fugaces pensamientos que lo distraían del tráfico apocalíptico, cuando regresaba de dar clases. Pero de tanto pensarla, comenzó a inquietarlo. Mejor aún, lo convencía.

“¡Pinches escuincles!, son el demonio”, era el mantra que se repetía cada vez que enfrentaba a esas máquinas de hormonas y gritos. “Ya les dije que si quieren hablar, levanten la mano”, ordenaba sin mucho éxito. Frente a él, una jungla de adolescentes.  Se tiraban pedos, se golpeaban, se acicalaban unos con otros. Un manicomio.

Indomables, a quienes ingenuamente pensaba trasmitirles algo de sus saberes, lo llevaban al resquicio de la locura. Ante su grupo de secundaria, el brillante recién egresado se veía inseguro pero, sobre todo, inepto. Sus 9.5 de promedio final eran poco menos que una piltrafa, ante esa fuerza sobrenatural, descomunal, que escucha a Lady Gaga y es fan de Acapulco shore, el escaparate que muestra la vida miserable de ocho imbéciles.

Fue durante la exposición de una anticlimática alumna que afirmó con solemnidad que Venustiano Carranza había tomado parte en la Independencia de México, cuando aquella insistente idea comenzó a materializarse. Y puso manos a la obra.

Compró uno de esos chalecos negros, llenos de bolsas y ligas elásticas, que algunos policías pretenciosos utilizan para ocultar su inmensa barriga y aparentar alguna profesionalidad. Luego desenrolló con franciscana paciencia diez rollos de papel hasta dejar el tubo de cartón desnudo y listo para ser pintado con aerosol rojo. Colocó uno por uno los tubitos en su chaleco, y todos los unió por medio de un mecate negro que terminaba en su mano izquierda. Se miró al espejo y dijo: “perfecto”.

Al día siguiente, el desesperado maestro -otrora brillante egresado-  llegó hasta al salón, donde un niño saltaba desde una banca y caía inmisericorde sobre un gordo tendido en el suelo. Con calma se colocó frente a ellos, abrió su saco y dijo con buena voz: “Tengo una bomba. Si no se sientan y se callan, jalaré de éste mecate y juntos vol…”. La detonación fue horrible y trepidante.  Nada quedó en pie. Todo quedó en silencio.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.