De cuando el presidente Calles visitó al curandero De cuando el presidente Calles visitó al curandero
El tren el Olivo, entre durmientes y silbatazos, llegó a la estación de Espinazo el 8 de febrero de 1928. Era un día caluroso... De cuando el presidente Calles visitó al curandero

El tren el Olivo, entre durmientes y silbatazos, llegó a la estación de Espinazo el 8 de febrero de 1928. Era un día caluroso y diáfano, sin nubes, perfecto para recibir la visita del entonces presidente de México, el general Plutarco Elías Calles, junto con su familia y comitiva.

Al presidente lo aquejaba un herpes en el cuerpo y la guerra cristera en el país. De alguna forma debía terminar con ese par de malestares, que seguramente no le permitían conciliar el sueño. Cual estratega militar que era, pensó matar dos pájaros de un tiro con aquella visita.

De cuando el presidente Calles visitó al curanderoEspinazo, hacienda surgida en medio del desierto norestense mexicano, era el centro de operaciones de un curandero que ya para 1928 tenía fama nacional: José de Jesús Fidencio Síntora Constantino, mejor conocido como el Niño Fidencio por su voz atiplada, su cuerpo lampiño y sus juguetonas formas de curar.

El Niño recibió su gracia sanadora de la mismísima Virgen de Guadalupe, quien se le materializó bajo un árbol de Pirul, otorgándole aquella virtud con la única condición de no cobrar un sólo peso a los desventurados que llegaran frente a él con algún mal. Se cuentan en miles, entre leprosos, amputados, tuberculosos y dolientes de viruelas, los que llegaron a la estación Espinazo hasta 1938, año en que murió Fidencio.

Fue el propio curandero quien recibió al mandatario una vez que éste descendió del tren presidencial. La tradición oral cuenta que lo saludó de mano y le dio un abrazo para después desaparecer de la gran multitud. A los pocos minutos, reapareció el Niño Fidencio junto al Jefe Máximo de la Revolución, mote otorgado a Plutarco Elías Calles, quien ataviado en una de las túnicas blancas que el taumaturgo usaba en su diario acontecer, se presentó en el improvisado tinglado para recibir los vítores de la concurrencia que no se perdía detalle.

Para cuando Calles visitó al Niño Fidencio, la revolución mexicana ya había cesado. Plutarco era el segundo presidente elegido en un país que había dejado atrás el porfiriato e iniciaba su camino hacia la restauración de la Ley y las garantías individuales. Sin embargo, como resultado de darle vida a la Constitución de 1917, la cual en algunos de sus artículos restringía el poder de la Iglesia, en 1926, estalla la llamada Guerra Cristera.

De cuando el presidente Calles visitó al curandero

Reyerta sin cuartel entre el gobierno mexicano y fieles de la iglesia, quienes al grito de ¡Viva Cristo Rey! cual su santiago y azuzados por sacerdotes de estados como Guanajuato y Jalisco, se libró con graves bajas civiles para los feligreses de un catolicismo nacional que, entre otras cosas, ya había puesto el grito en el cielo y había desacreditado al Niño Fidencio desde sus púlpitos, teniendo como arma sus homilías.

Y es que Fidencio aparecía en fotomontajes de la época simulando ser él la Virgen de Guadalupe, daba misa en Espinazo, incluso bautizaba, otorgaba los santos óleos, la primera comunión y casaba a las parejas que se lo pidieran y lo hacía todo en nombre de Dios y la Iglesia. Así, usurpaba símbolos y acciones del catolicismo, que hasta nuestros días nunca han sido bien visto por la jerarquía católica.

De cuando el presidente Calles visitó al curandero

Por tanto, y como en política la forma es fondo, el hecho de que el Presidente de México, no sólo apoyara al Niño Fidencio sino que además confiara en sus dotes curativas y le solidificara la fama y su leyenda, poniendo de por medio su propio cuerpo y la salud del representante del poder ejecutivo mexicano, fue un duro golpe para la Iglesia y su cruzada.

Esta acción no fue la ofensiva que decidió el conflicto, pero sin lugar a dudas, fue una acometida valiosa en contra de una Iglesia renuente a dejar las canonjías ganadas con su apoyo al porfiriato. Además que, con esta visita puntualmente se puso en práctica la máxima popular aquella que nos dice que en la guerra y en el amor, todo se vale.

Eric Lara