De cegueras De cegueras
Luces estaban iluminando fuerte la noche oscura que amenazaba morir en tormenta. En la calle vieja y fea se movían personas con sus alegrías De cegueras

Luces estaban iluminando fuerte la noche oscura que amenazaba morir en tormenta. En la calle vieja y fea se movían personas con sus alegrías, mariachis y canciones fuertes, todo era de un color intenso. Juan no sabe de eso, pues para él siempre será noche, su alma habrá de mirar siempre una ventana de oscuridad, por eso no ve a las personas que cantan y hablan alto, “Pinche cabrón”, “No mamen”, “Chin”. No lo ves, pero los escuchas, los sientes, cada persona es de un color, amarillo los más platicadores, blanco los que hablan de vez cuando pero siempre con una frase que sintetiza todo, café los enojados, rojo los de pasión intensa, negro los que exhalan fuerza. Tu  imaginación, Juan, es mucho más colorida que la calle, mucho más emocionante y divertida.

Juan es ciego de ojos pero  “ves con tu espíritu”, decía la vieja bruja, su abuela. Le gustaba la vieja que se murió hace años. Sin embargo, su voz aún vivía en él, su aliento, sí, sí, tú sentías esa dulzura de voz anaranjada, pues era el color, el olor de su abuela, cítrica pero dulce. Ella era la única que cuidaba de ti, no Juanito, no tengas miedo, mira dentro de mí, pues sé que puedes, sé que puedes!

Las nubes se movían perezosamente. El blanco fuerte e intenso se mezclaba con el negro húmedo. El sonido de su encuentro llegaba a nuestros corazones. La tormenta inundaba la ciudad, ella gritaba para ser escuchada, pero las personas se mezclaban en los bares hablando para sí mismas, pensando conversar entre sí.

El niño escuchaba la lluvia, escuchaba las personas, amaba escuchar, el verde los amores de aquellas colectivas jugaban en su corazón ¿Cómo podemos saber si el niño ve colores? Sólo ve negro y dice que eso es color. No, no seamos tan estrechos, quien sabe escuchar la lluvia, sabe sentir los colores, puede ser que ellos no sean tal como veamos nosotros, pero son colores mágicos así decía la abuela.

La abuela se fue en un verano, hace 4 años, el día era del color del desierto sin sol ni arena. Una mujer de 90 años merece descansar. Días en la cama y el niño dormía con ella escondido, pues su mamá no quería. Sentía que se iba, escuchaba su espíritu huyendo, pero veía a su abuela ahora totalmente. Un día no fue a dormir con ella y en los sueños se despidieron. Su mamá con lágrimas vino a hablarle. Ya lo sé mamá, abuelita se fue volando.

– No te voy a llevar – Grita la mujer.

-Abuela iba conmigo a la calle.

– No, tú eres ciego, no puedes salir. Te vas a quedar acá descansando, eres un niño enfermo y defectuoso – dice la Madre cerrando la puerta en la cara del Niño.

Ahora vivían solos, él y su Mamá y esas conversas se volvieran parte de su cotidiano, hasta que el Niño se ha callado con su tristeza de nunca haber podido aprender en una escuela, ni comprar productos especiales, ni ser enseñado a andar y a vivir con su ceguera. ¡Pues podrías explorar tu magia! Sólo la abuela lo hacía y ahora ella se fue.

No llores, escucha las voces que suenan en el mundo de la Ciudad como siempre lo haces. Escucha las gotas y el arcoíris de la música que vienen a traerte la vida que pulsa allá afuera. El prisma de esa gente que no ve a los que no son como ellos y quieren hacer una urbe del color solitario y asesino del acero. Tú sabes reconstruirla en el encanto del churro café con chocolate que tu abuela te traía, pues el sabor de su sonrisa aún está contigo.

El niño no nos escucha y llora, pues está solo y siente frío, pues la lluvia trae un viento que borra el calor anterior. Él quiere abrazar a alguien, pero no hay nadie. Tú te sientes un nadie, un niño ya de 18 años que no sabe leer, que no sabe caminar por la calle, que no sabe ser como los otros ciegos, que no tiene cariño.

Lágrimas arden en los ojos, es una lluvia triste de nuestros sentimientos, se siente un vacío en el cuerpo entero y un cansancio. El niño duerme y llora. Las voces allá afuera intentan alentarle. La música y las palabras brincan como un morado intenso de un cielo de piña con caldo de chocolate que va aplacando la rabia y el dolor. Escuches el viento que entran con los gritos de la felicidad, hace tiempo que vives cada sentimiento de los de afuera como tuyo.

La puerta rompe fuerte, el olor de alcohol se impregna en el aire. El enojo se mezcla con el color de la torpeza de una mujer de pasos mal sincronizados. Peleó con su novio. Hay mucho odio, rencor y rabia. Otra vez ella fue rechazada. Trabajaba en un bar y luego se quedaba toda la noche intentando conquistar a su novio, pero aquel sólo quería cuando estaba solitario. En las noches que lograba estar con su macho, le preguntaba, “nos vamos a casar”, “no puedo, tú tienes un hijo que no es mío”. Maldito niño, no, no puede ser, es este niño que te dejas así solitaria, que sólo te da trabajo, te chinga y te chinga. ¡Tú mereces más, no tuviste la culpa!

– Estorbo de niño ciego – entra gritando la señora

– ¡Estorbo! – dice la mujer con un puñetazo. El niño sentado cerca de la ventana, cierra los ojos involuntariamente, no quería sentir el odio de la vieja, de la mujer inmunda a quien considera su madre.

Que ganas de gritar contra esas mujeres que no son nuestras madres. El egoísmo vive en una noche donde las luces se apagan y el pequeño está solo y quiere un abrazo, mira a la calle e intenta adivinar en las voces de las mujeres, la misma de su madre. Que ganas de deshacerse de cualquier autoridad que nos imponen en querer personas que no nos respetan, nos humillan con una indiferencia ante una canción hecha para ella, con versos tristes y confusos, pero dicho del corazón, “eres lo único que tengo y quiero abrazarte”. Maldita madre que le golpea y huele a mierda.

Calma pequeño, esos golpes no pueden ser de tu madre. Pues tienes una verdadera madre que está entre los dioses.  Tu verdadera madre era tu abuela, pues las madres son las que cuidan de uno, tú sólo saliste de ese monstruo y no tienes culpa de eso. ¿Cómo puedes ser hijo de esa mujer que golpea a ti, pues quiere golpear a sí mismo? Esa mujer, con los cabellos revoltosos de un rubio mal pintado y de pantalones blancos bien sucios que se pone por encima de alguien frágil, no puede ser tú madre, pues tu verdadera madre te estaría abrazando y contando historias.

Le duele el estomago al pequeño, un dolor fuerte, una picada en el alma. Tiene náuseas. Dolor y miedo y tensión, todo se vuelve odio, siento odio y odio, porque me trae esos hombres que gritan y estornudan maldita la odio mucho de corazón no es mi mamá monstruo soy ciego pero no soy pendejo maldita no me deja vivir maldita salvaje hija de la gran maldición me duele te odio te tengo miedo por eso te odio.

El niño aparece con ojos de sangre, la mamá se asusta, se aparta un tanto, él se acerca a ella, la mira con toda su alma y dice:

– veo tu alma sucia y sin esperanza, te odio, pero odio más tu cobardía, nunca más me vas a golpear, me vas a llevar a la plaza como mi abuela hacía.

El niño ciego se cae ante los brazos de la mujer que en lágrimas lo abraza. Intenta estrechar a su hijo con mucha fuerza. Pues ahora lo ve de verdad y  no quiere perderlo. El pequeño que ya debería ser un hombre desarrollado, se evidencia en toda su ternura y potencia ante una mujer débil. Ella le pide perdón. Pero no te escuchas, señora, pues ahora está en otro mundo.

¡Sí pequeño mago! Pues ahora tú estás con la abuelita en medio de los arboles. Duermas pequeño, pues el día ensolerado que se avecina vas a despertar y ustedes van a estar en un parque en la esa ciudad que niega a los suyos, solo que mañana vas a enfrentarla con esa nueva mujer. Tú magia va a empezar a realizarse, pues tú lograste derrotar el monstro que no dejaba nacer tu verdadera madre.

Sí, tú eres singular, pequeño, no eres defectuoso, tienes poderes que nadie ve, pues son más ciegos que tú. Ahora, los dos, abuela y niño bailan en medio a la lluvia de una floresta de verde vibrante, las gotas juegan con sus sonrisas, él corre, y el agua entra por sus ojos iluminados.


Venancio Oliveira