Cuando el cadáver del pasado nos acecha Cuando el cadáver del pasado nos acecha
Cuántas veces habremos escuchado que nuestra generación está perdida, que no hay futuro en esta época acuciada por la tecnología, la revolución industrial, el... Cuando el cadáver del pasado nos acecha

a Roger Vilar

 

“El miedo no es más que un deseo al revés”

AMADO NERVO

Cuántas veces habremos escuchado que nuestra generación está perdida, que no hay futuro en esta época acuciada por la tecnología, la revolución industrial, el libre pensamiento, la gran guerra, su posguerra, la muerte de los valores, el alcoholismo, las leyes secas que lo custodiaron, las matanzas, el declive social de las religiones, el triunfo de lo burgués, las fábricas, los estatutos, los compromisos morales y políticos, la decadencia de lo humano… y sin embargo, toda edad ha dado sus frutos y somos hijos del tiempo. Somos tiempo. Una cantidad exacta de segundos, minutos, horas y días sobre la faz de la tierra. Somos los momentos que hemos vivido, para bien y para mal.

A Cándido le gustaba pensar, incluso llegaba a creer, que era hijo predilecto de su tiempo. Analizaba con cuidado las corrientes filosóficas y artísticas de cada etapa de la historia, recogía el legado de sus antepasados y trataba de conectar su experiencia y su sabiduría con las coordenadas espaciotemporales, sociales, políticas y culturales del siglo XXI. Después escribía esos pensamientos en forma de ensayo, cuento, poema o novela, artículo periodístico cuando surgía la ocasión. Llegó a filmar una serie de documentales con debate incluido para los viernes en la 2, la cadena española más intelectual, un espacio deliberadamente inteligente, aunque a veces resultara soporífero.

Era un tipo con suerte. Al contrario de lo que sus compañeros esperaban de él y contraviniendo los pronósticos de toda su familia —la abuela Matilde también se equivocó a pesar de afirmarse pitonisa infalible—, Cándido era un triunfador. Había llegado a serlo a pesar de crecer como un friki de leyenda, un insalvable. ¿Un modelo a imitar? Lo es, no cabe duda. Lo es con su larga lista de premios internacionales a la espalda, su periodismo de investigación siempre arriesgado, su estilo personalísimo y sus hijos editoriales que le hacen estar presente en las estanterías de las librerías de los cinco continentes. Cándido es tan importante, tan rico, tan poderoso en su círculo de perímetro amplio, tan atractivo con esa erótica cerebral que es la erótica supina, que no existe a su alrededor ser humano que no sienta frío si Cándido le abandona por otro ser.

Como muchos personajes magnánimos, de vez en cuando deja su Olimpo para unirse en rebeldía o en comunión carnal con otros individuos que levantan el cuello como avestruces sólo por mirarlo a los ojos mientras abren la boca liberando su admiración de aliento mentolado, complaciendo a Cándido en todos sus caprichos.

Por mucho que pasen los siglos, la sociedad a los ídolos los venerará siempre más que a los dioses. El verano de 2017 Cándido quiso ir de picnic; así era él, imprevisible.

Cansado de reunirse siempre en la azotea del Círculo de Bellas Artes o en otros restaurantes madrileños de alma chic y tarifa salvaje, convocó a sus antiguos amigos de instituto a un picnic en el campo, en un rincón apartado de alguna sierra lejana; tan lejana que no sale en Google ni buscándola por satélite. Una mancha oscura en un mapa inacabado. Allí podrían encontrarse y quemar un nuevo atardecer.

Condujo su jeep destartalado hasta el lugar sin nombre, un lugar con un solo camino estrecho y enmarañado, una senda olvidada del último pastor. Una pradera verde y desvaída, con su toque silvestre a mejorana, matorrales y coordenadas que sólo responden al poder de las brújulas mejor adiestradas.

Llegó una hora antes de lo previsto para preparar el picnic conforme a sus deseos. Al fin volvería a verlos. Tres chicas y tres chicos, ¿para qué más? Sus peores amigos, sus mejores enemigos en una época en la que sus gafas eran las más cómicas de Madrid, su acné el más virulento, su instinto el más avezado y su soledad la más devastadora. Nadie amaba a Cándido entonces, pero eso no era lo peor. Nadie le respetaba. Era el típico empollón cuasimodo, un poco odioso y repulsivo, demasiado interesante para enamorar, demasiado intelectual y brillante para seducir en un mundo adolescente de vespas y espinillas mal curadas.

Le acompañó Patricia, su última adquisición en el catálogo de novias impresionantes e impresionables. Todo triunfador debe exhibir una Patricia en su vida. Un metro ochenta de líneas depuradas, piel de bronce, ojos azules, cabello canela, labios en flor. Además, Patricia, habla cinco idiomas y ha leído a Heidegger, a Proust y a Joyce, a Kant y a Schopenhauer al menos cinco veces. No desconoce las poéticas de Horacio y Aristóteles y es una experta comentando “Las Confesiones” de San Agustín. También le encanta Faulkner. Su única rareza es una extraña pasión por Walt Whitman. El caso es que Patricia había sabido combinar afición y necesidad y había hecho del hidromasaje y sus sesiones de spa, auténticos masters de lectura rápida.

Cándido la miraba de vez en cuando para comprobar que era real, levantando de un soplido su complicado flequillo rubio, hasta que el invento volvía a desmayarse sobre sus gafas de pasta azul cobalto y se complacía en sus ojos.

Poco a poco los invitados iban llegando y el ágape —un catering de lujo que haría las delicias de cualquier gourmet— estaba dispuesto sobre una mesa de madera que Cándido y Patricia habían trasladado en su portaequipaje, decorándola después con un mantel inmenso más propio de una celebración de la corte que de un picnic improvisado.

Sofía, Elena, Pilar, Alfonso, Diego y Mateo, habían acudido solos, sin sus respetivas parejas (si es que las tenían) y al lado de Cándido parecían cincuentones fracasados, con su incipiente calvicie ellos, sus mechas de aficionadas ellas, sus cuerpos deteriorados por la crisis, las ruinas, los naufragios amorosos, el estrés… El tiempo suele cambiar de inquilinos infiernos y pedestales. Mirar atrás entonces, es algo así como un suicidio rutinario y colectivo.

—Cándido, déjame que te diga que tu última novela me entusiasmó. El modo en que describes a su protagonista, ese joven soñador en un mundo enfermo que lucha por su propia libertad… es fascinante—le decía Sofía.

—Gracias, amiga.

—Necesitamos héroes, no cabe duda. Héroes en un mundo insensible y mucho menos civilizado de lo que aparenta ser—resolvió Diego.

—¡Caramba, Diego! ¿La has leído? Nunca lo hubiera imaginado… —exclamó Cándido orgulloso, henchido como un pavo al borde del abismo.

—Todos leemos tus libros, Cándido. Finalmente, de todos nosotros, tú, el chico tímido y retraído del instituto Ramiro de Maeztu, has sido el único en asombrar al mundo. Y nos alegramos—añadía Pilar.

—El mundo se asombra fácilmente, sólo es cuestión de talento abrir sus ojos—sentenció el escritor.

—Tal vez, pero el talento es como un milagro, un maná que reciben cuatro elegidos en pequeñas dosis y que sólo fructifica en condiciones idóneas a fuerza de trabajo. No creo en la inspiración, al menos no creo que sea gratuita—opinaba Mateo.

Así, haciendo un balance de sus vidas, desequilibradas y anodinas todas ellas si se comparaban con la de Cándido, terminaron con todo, incluso con los postres de nombres imposibles: ‘helado de grosellas estacionales sobre canoa de galleta francesa’, una versión sublime de un biscuit glacé. Y el frío del helado parecía enfriar también sus almas dejando morir la curiosidad en una conversación apagada como un fuego nocturno.

Cuando el cadáver del pasado nos acecha

—¿Qué os parece si jugamos a algo? —propuso el escritor para animar la velada.

—Perfecto. Empieza a anochecer y hay luna llena. Me recuerda a aquellas reuniones en las que uno de nosotros contaba historias de miedo en el Parque del Oeste, junto al abuelo, el árbol centenario…

—Casi siempre las contaba yo, era el único modo de que te abrazases a mí, Elena—recordaba Cándido.

—Es que era muy tímida y muy tonta entonces. Ahora te abrazaría sin dudarlo.

Se hizo un silencio incómodo y estridente, como el silbido insomne de una tetera triste.

—¡Hagamos una sesión de espiritismo! ¿Os acordáis de la última? —preguntó el anfitrión.

—¡Oh, sí! ¿Cómo olvidarlo? Mateo se marchó corriendo desnudo desde mi casa hasta la suya, muerto de miedo —confesaba Sofía.

Las mujeres aceptaron pronto la propuesta. Los hombres a regañadientes. Hubiesen preferido dar un paseo por los alrededores del pantano, que a aquellas horas de la tarde se mostraba conmovedor, como una boca negra de ballena austral.

Vaciaron la mesa de víveres y encendieron dos candelabros con velas blancas, tratando de invocar a algún espíritu que vagase errante por aquel lugar sin nombre cuya atmósfera comenzaba a resultar incómoda, desasosegante.

Se tomaron de las manos y cerraron los ojos. Algún listillo los abría de vez en cuando. Cándido permanecía serio, como en trance febril. El silencio era absoluto y sólo se interponía entre ellos y el grito el canto tenaz de las cigarras.

—Almas que penáis, a nosotros llegad. ¡Almas que penáis, a nosotros llegad! ¡ALMAS QUE PENAÍS A NOSOTROS LLEGAD! —coreaban al unísono con volumen creciente.

—¿Estáis seguros de querer recibirme? —dijo de pronto una voz femenina. Grave y etérea, perdida en el aire como un guante ante un diluvio.

Los siete abrieron los ojos asustados. Nadie quería creer en seres de ultratumba, pero aquella voz resultaba muy real.

—¿Quién eres? —preguntó Alfonso temblando. Dirigía sus ojos a todas partes por si descubriese alguna cámara oculta, pero nada puede esconderse de lo inhóspito.

—Soy Frida. Sí, vuestra compañera de clase. Uno de vosotros me mató y me enterró en este pantano. ¿Os acordáis de mí? Yo os recuerdo a todos. Recuerdo todas y cada una de las veces que os burlabais de mi aspecto, de mi voz, de mi forma de andar. Sois unos buitres. Sólo Cándido me respetaba. Él sí porque él era como yo, un inadaptado. Un incomprendido que ha terminado merendándose a la metamorfosis. Yo sigo aquí. No pienso irme.

Ni siquiera la brisa fresca de la noche lograba despertarlos de su arrobamiento. Frida. La niña mártir. La chica que un día desapareció de su barrio. Su cuerpo jamás fue encontrado. Se miraron a los ojos. Sentían deseos de huir, pero una fuerza sobrehumana les mantenía perplejos, pegados al asiento, sobrecogidos en aquel campo estéril e infernal.

—Frida, ¿qué quieres de nosotros? ¿En qué podemos ayudarte? —preguntó Cándido suavemente, tratando de no alterar su espíritu.

—¡Maldita cabrona! Siempre fuiste una resentida. Tenías envidia de tus compañeras porque eran más guapas, más divertidas y más complacientes que tú. Déjanos en paz. Yo me largo —exclamó Diego enfurecido, tenía los ojos inyectados en sangre.

—¡Tú te quedas ahí quieto, miserable! ¡Ni te muevas! ¿Me has oído? Tú me despreciabas en público y me violabas en privado. Eres un niño pijo cobarde y abusivo, eres lo peor y me asesinaste. ¡Sofía, mátalo! —ordenó Frida—. Coge el cuchillo que está en la bolsa y rebánale el pescuezo, que sepa ese malnacido lo que duele el engaño. Nos engañó a las dos.

—¡No puedo, Frida! ¡No quiero!

—¡Mátalo te digo! Si no lo haces le ordeno a él que te mate a ti, verás cómo él no duda.

Sofía cogió el cuchillo y degolló a Diego sin titubear, con los ojos bien abiertos, enloquecida, sin migajas de piedad. La sangre se escurría como un reguero sobre la tierra seca del páramo. No había grietas para el asombro.

—Ya está. ¿Ahora qué quieres, Frida? —preguntó Sofía sin pestañear, hipnotizada.

—Ahora quiero que Elena y tú bailéis con Mateo una canción—empezó a sonar “Take this waltz” de Leonard Cohen, como un mantra espectral y onírico. Nadie podría decir de donde surgía la melodía, era como si naciese del fondo de la tierra—. Mateo, coge esa cuerda que está a los pies del árbol y pásasela alrededor del cuello a las chicas. Mi buen Mateo, seguro que lo harás por mí—pidió Frida con su voz magnética y poderosa.

Mateo se levantó sin rechistar. Siempre había sido un tipo dócil, de esos que acuden a las llamas en pleno incendio para rescatar a una viuda, sumiso a un padre que sólo le dio órdenes, jamás opciones. Rodeó el cuello de sus amigas con la soga y con lágrimas en los ojos esperó. Esperó hasta escuchar la voz.

—Mateo, te voy a contar una historia. Vais a bailar los tres, pero no sueltes la cuerda, mantenla apretada entre las manos. Girad como si fueseis animales. Y tú, Alfonso, coge esos chalecos que hay en la orilla llenos de piedras y pon uno sobre cada pecho. Odio verte temblar.

Los cuatro se sometían a sus órdenes como malditos, con la voz rota y la memoria hundida. Del picnic y sus conversaciones amables no quedaba ni rastro y el bucolismo del paisaje olvidado se había transformado en una tragedia atmosférica.

—Mateo, átate a Alfonso. Pasad la cuerda alrededor de vuestros cuellos también. La soga debe pasar de mano en mano por turnos. Cuando suene el estribillo, el que la tenga entre sus dedos debe tirar fuerte, hasta el fin, hasta que se acabe esta música infinita. Vais a morir con los ojos cerrados. Será una muerte dulce y deseante.

Los cuatro lloraban y temblaban. Miraban a Cándido que permanecía inmóvil en su silla como si fuese un árbol ajeno en aquel jardín tan lleno de trampas. Admiraba el espectáculo impasible como si él fuera el Tiempo.

Comenzaron a danzar en un círculo obsesivo que levantaba una polvareda macabra. La música y su obstinato rítmico les ayudaba a controlar la desesperación. Era más fuerte la vergüenza, también lo eran el cansancio, la melancolía, la culpa y sus tormentas.

Cuando el cadáver del pasado nos acecha

—Éramos jóvenes. Vivíamos entregados al amor y la pasión, lo que ocurre es que nadie es dueño de su voluntad. Mateo estaba enamorado de Sofía. Sofía amaba a Elena. Elena amaba a Alfonso y Alfonso a Pilar. Pilar amaba al padre de Elena. Es la historia de un amor como no hay otro igual, ¿verdad? ¡Qué caprichoso el azar! Las canciones saben regalar títulos a cada momento de la vida. Pilar, únete a ellos. Ya no tiene sentido que te quedes atrás. Yo amaba a Cándido, pero él no se fijaría jamás en alguien como yo.

El escritor se echó a llorar entonces, como si no pudiese perdonarse a sí mismo no haber amado a Frida, la chica con nombre de pintora que miraba al mundo como si lo odiase de tanto amarlo.

Los cuatro amigos se alejaron bailando en la lejanía. En cada estribillo uno estrangulaba al siguiente, hasta que se sumergieron en las aguas frías del gélido y fatal pantano y Pilar, amargada y rendida, se ató la cuerda a la cintura y se dejó arrastrar por el peso de los cuerpos que iban hundiéndose lentamente en una fina película de agua.

Patricia salió de su escondite mientras Cándido tarareaba agónicamente el estribillo de “Take this waltz”.

—Parece mentira que nadie haya sido capaz de mirar bajo la mesa—le dijo.

—El miedo es muy poderoso, querida. Más que la razón, incluso.

—Bien, asunto concluido. Ya tienes material para tu nuevo cuento…

—Desde luego. Volvamos a casa.

La noche dormía sobre el pantano. Recogieron el escenario sin mediar palabra. Se cobijaron en el jeep. Encendió la radio y un pitillo. Sentía la ansiedad y el pasado en la garganta. Leonard Cohen cantaba como una mantra oscuro y ciego al unísono del limpiaparabrisas. Justo unos kilómetros antes de llegar a la autovía, unas siluetas se abrieron paso desde el arcén. Sofía, Mateo, Alfonso, Pilar, Diego y Elena caminaban cogidos de la mano, medio desnudos y ensangrentados.

Cándido sintió un escalofrío que lo sacudió de pies a cabeza. Trató de pisar el freno, pero el nerviosismo le hizo apretar el acelerador.

—Cándido, ¿no creerás que…? —intentó decirle Patricia.

El coche se empotró contra un árbol centenario. Fueron sus últimas palabras. En la radio seguía sonando “Take this waltz”.

Marta Muñiz Rueda

Marta Muñiz Rueda

Nace en Gijón, Asturias, en 1970. Licenciada en Filología Hispánica y titulada en Música. Ganadora del Premio de Poesía Esencia de Mujer (Astorga, 2015), del II Certamen de Poesía Lord Byron (Avilés, 2016), Primer Premio del VI Certamen de Relatos Río Órbigo, (León, 2016). Ha publicado el libro de poemas “El otoño es nuestro” (Tres voces, tres mundos II, Ed. Csed-Poesía, 2015), la colección de relatos “13 cuentos dementes para mentes insomnes y un relato para supersticiosos” (Ed. Piediciones, 2016) y la novela “Tiempo de cerezas”, (Ed. Camelot, 2017). Colabora asiduamente en eventos literarios y ha participado en numerosas publicaciones colectivas, tanto en revistas (La Curuja, FAKE-España, Espacio Luke) como en antologías o misceláneas (“Poemas por vidas”, “15 autores, 24 horas”, “Sagrado Invierno”). El próximo día 1 de julio de 2017 participará en el VIII ENCUENTRO POÉTICO de San Miguel de Escalada.