“Crepuscular”, un cuento del escritor mexicano Isaí Moreno “Crepuscular”, un cuento del escritor mexicano Isaí Moreno
Ante el riesgo de una bala perdida, o intencional, Ivo se acomodó cerca de la ventana del autobús para proteger a Hanna. A través... “Crepuscular”, un cuento del escritor mexicano Isaí Moreno

Ante el riesgo de una bala perdida, o intencional, Ivo se acomodó cerca de la ventana del autobús para proteger a Hanna. A través del cristal miró el territorio desolado, grisáceo, antes de posar la vista en la gente sujeta al pasamanos cromado del pasillo. Atrajo a su novia para besarle el cuello, gozó el aroma a fresco hasta que el regocijo se expandió y hubo que atesorarlo bien adentro de los latidos. En el hombro percibió el calor de la cabeza de Hanna mientras ella señalaba los retoños verdes en los árboles chamuscados. Con el tono ingenuo que él amó al conocerla, ella dijo a su oído que el manzano de su casa continuaba en pie. Verde y exuberante. Para siempre verde. Sopesando el acecho de los peligros en las esquinas, el conductor del autobús recogía gente con precaución: hombres o mujeres que levantaban garrafones de agua vacíos, como ofreciéndolos a la tarde. Ivo no los miraba, su atención residía en Hanna y sólo hasta entonces pensó que ella debió quedarse.

Ningún pasajero sabía si encontrarían agua para llenar sus garrafones. Llegaron a la orilla de la ciudad y el conductor aumentó las precauciones. Cambió la velocidad. Apaciguó el motor. Ahí el silencio era igual de espeso que en las calles, donde numerosas casas en ruina cortaban al fondo el horizonte: un cielo áureo a causa del atardecer avanzado, recorrido por cirros teñidos de naranja solar. Qué suerte la nuestra para encontrar este carro con gasolina, dijo Hanna e Ivo asintió. Continuaron subiendo a conocidos y los conocidos de éstos en su viaje accidentado. Los ocupantes eran conscientes del riesgo de encontrar hombres armados, listos para apuntar y, por odio o diversión, iniciar el fuego. Pero tenían sed.

De improviso, Hanna estuvo a punto de lanzar un grito que ahogó en el hombro de Ivo. Quizá el conductor del autobús miró lo mismo que ella y frenó con brusquedad. Debían pasar al lado de un edificio derruido a la derecha del camino, uno en cuyas paredes, a fuerza de impactos de mortero se habían abierto enormes boquetes. Inquietos, los viajeros espiaron por las ventanillas sin distinguir el motivo de la agitación. A la vez que aguzaba la mirada, Hanna se tomó con firmeza del brazo de Ivo. El chofer apagó el motor del vehículo y la radio que llevaba encendida.

¿Qué hay ahí?, preguntaron con ansiedad los pasajeros. Otros se llevaron el índice a la boca para pedir silencio. Ivo asomó atento por la ventanilla y supo el motive de inquietud de su novia. Al fijar la vista vio que dentro del edificio, adyacente a una pared agujereada, había una silueta recortada por la penumbra. Aunque el conductor encendió el bus para retroceder unos metros, obedeció a la inmovilidad instintiva de los animales en peligro. Selva o desierto exigen inmovilidad. Ivo notó que la silueta se había aproximado más hacia la orilla, aún dentro de la construcción, al lado del rectángulo hueco que antes debió ocupar una cortina de metal. Casi emitió un grito al distinguir la redondez en la cabeza del individuo, como la de un casco. Se trataba de alguien con un objeto alargado en los brazos. Debía ser un chetnik de asedio inspeccionando la zona, a la espera de los otros. ¡Y miraba hacia el autobús! ¿Estaría dispuesto a usar el artefacto contra ellos? Más grueso que un rifle, lo sujeto en sus brazos parecía un lanzamisiles. Los pasajeros se rindieron a la impotencia y confusión. Con brusquedad, Ivo tomó a Hanna del brazo y la hizo levantarse hacia el pasillo del carro. ¡Basta con que ese perro apunte el lanzamisiles hacia nosotros y saldremos volando!, exclamó en voz alta acrecentando el pánico de los otros. Haberse aventurado en la búsqueda de agua les pareció la cosa más estúpida de sus vidas. Maldita sea la sed que nos orilla a la muerte… Ahí estaba él, adivinando los pensamientos de la gente presa de su miedo. Afuera, la silueta no se movía. Entre la penumbra era posible notar que el interior del edificio no estaba del todo oscuro, parte de la luz del crepúsculo entraba por el lado opuesto de la mole, cuya pared correspondiente debía estar también derruida. La figura permaneció en una quietud total, mirando hacia el autobús durante segundos congelados en el tiempo.

Algunos intentaron bajar por las ventanillas contrarias a la posición del espía. Desesperados, sus vecinos los detuvieron con el brazo para evitar la tragedia. Cuando la fatalidad te persigue, se dijo Ivo, de nada sirve correr, va detrás de ti como depredador hasta darte alcance y hundir sus fauces en la blandura de tu carne. Temblando de miedo, e imitando a los más viejos, varios ocupantes del vehículo se tomaron de las manos o entrelazaron mutuamente sus brazos. La figura se acercó más hacia la orilla, con mucho sigilo. Rayos de sol infiltrados por los agujeros en las paredes recortaron la silueta. Ante la luz naranja de la tarde, que luego debía tornarse rojiza al acercarse el astro a su ocaso, Ivo se lamentó. Esas puestas de sol eran como las cosas sagradas, frente a tal visión no debería existir más que el goce de esa maravilla esparcida por el horizonte.

El individuo continuó de pie y pegado a la pared, sin duda al acecho. Después de observarlo con atención, Ivo concluyó que se encontraba solo. No halló explicación alguna, salvo la confirmación de que debía tratarse de un patrulla solitario. Luego se le ocurrió la idea de que, al hallarse el hombre en aquella posición, con respecto a la pared opuesta, agujereada, tenía la espalda descubierta. A poco, sin que Ivo lo percibiera, el sabor pegajoso en su boca fluyó hacia su garganta al mismo tiempo que su saliva. Ese imbécil está desprotegido, se dijo. Retumbaron en sus sienes las palabras que pensó. El de su interior ya no fue el sonido que causa el arroyo de las aguas amargas, sino uno más atronador, que identificó al instante con el caudal de la ira incontenible. No tardó en notar que un pasajero lo estaba mirando, ambos habían imaginado lo mismo: el hombre tras la pared desecha se encontraba solo y nadie lo cubría.

Dos pasajeros discutían mientras un viejo intentaba calmarlos: Hijos, guarden la compostura, el Dios del que todos somos hijos debe estar protegiéndonos. Ivo pensó en todos los muertos del exterminio, quiso manifestar con furia su opinión, gritarles: Estúpidos, buscan a Dios sólo cuando se están muriendo de miedo. Pero de su boca no surgió palabra alguna, la ira se le concentró en la silueta del exterior que se acomodaba el lanzamisiles en los brazos. Nadie se movió. Él miró hacia el hombre con toda la intensidad de que fue capaz, ansió que su cuerpo miserable estallase en fragmentos, tantos como las estrellas o las partículas del sol que se desplazaba con lentitud hacia el poniente. Tragó saliva y lanzó una risa nerviosa, irónica. Una mujer rezaba en voz baja como si quisiese que la cara de lo divino apareciera para dar calma a todos. Entonces Ivo tomó aire para callar esa risa incomprensible y su mano se dirigió hacia el interior de su suéter. Tocó el mango del cuchillo de cocina que tomó antes de salir en busca de agua, para protegerse él y a Hanna. Devolvió la mirada al pasajero que lo observaba, se escrutaron hasta que el otro asintió despacio.

¡No vayas!, rogó Hanna al adivinar sus intenciones. Ivo se estaba transformado en alguien, o algo, que no era Ivo. Apartó despacio pero con decisión a Hanna. Echó un vistazo a los demás viajeros antes de acercarse a las ventanillas de la izquierda del autobús. Fue seguido por quien lo había mirado, un tipo grueso, decidido, cuyo cuerpo semejaba el de un practicante de lucha grecorromana. Otro más, un muchacho de trece años y movimientos ágiles, se unió a ellos. Descendieron por la ventana más oculta a la visión del militar. Hanna hizo un esfuerzo más por detener a Ivo. Su mirada, su desconocimiento, la asustaron.

A ras del suelo, los tres que salieron se desplazaron cautelosos. Mientras avanzaban, ocultos por el vehículo, el hombre robusto le dijo a Ivo con los labios entreabiertos: Mi mejor amiga murió por culpa de ellos… no terminó la frase. Los otros endurecieron la mirada. Se arrastraron para acercarse a la pared, cubriéndose entre los escombros como un trío de espías surgido de la ceniza. El muchacho se movía con gran agilidad. Sus motivos debían ser más dolorosos que el de ellos, en su ausencia de palabras notaron un veneno concentrado regándose por el suelo.

Ivo no lo percibió, pero de sus comisuras bucales brotaba saliva parecida a la espuma de un animal con rabia.

Continuaron arrastrándose sobre el concreto y luego entre desechos de plástico. Observaron la luz vespertina, aún intensa, viajando por sí misma: rasgaba oscuridades insondables hasta reflejarse en el aire vítreo en su trayectoria inacabable. Ivo pensó en la dureza de la mirada dirigida a su novia y se arrepintió. Le pediré perdón, se prometió. Habría querido estar a su lado tomándola entre los brazos, arrullándola hasta desaparecerle por completo el temor. A la mente de Ivo regresó el individuo tras la pared: un hombre confiado, por eso iban a matarlo, porque a los enemigos solos no se les perdona. Llegaron los tres a la pared y con gran cuidado se pegaron a ella. Rodearon el resto del edificio hasta encontrarse en la parte trasera. Nadie más había alrededor. Hasta ese momento se le ocurrió la posibilidad de que otros más estuviesen dentro de la construcción. Asomaron sigilosos por uno de los boquetes. El lugar consistía en un establecimiento abandonado, con el techo alto a modo de almacén. Rayos evanescentes de sol entraban impidiendo ver con claridad. Se había formado una cascada luminiscente, como niebla de luz, que ocultaba en parte los objetos del extremo opuesto. La hora cero, la llamaban algunos. Instante en que la claridad luminosa, auxiliada por la horizontal del suelo, suele cegar en la carretera a los conductores. Tenue como soplo, frágil pero firme, la luz interior produjo en Ivo un cosquilleo en sus ojos. Él y sus acompañantes contemplaron la silueta solitaria, apenas definida, muy pegada al concreto y con el objeto en los brazos. Les daba la espalda. Ivo decidió que no debían esperar más. Se levantaría aprisa del suelo. Con el otro hombre de retaguardia correría apuntando el cuchillo a la espalda del vigilante para encajarlo profundo. Indicaron al muchacho que rodeara otra vez el edificio, con la espalda al roce de la pared. Debía acercarse lo más posible donde el militar, tomar algunos guijarros y lanzarlos para distraerlo. El chico obedeció. Ivo asomó la cabeza por el edificio y divisó una vez más al otro lado. La cortina de luz ante él, con plena facultad para ocultar los objetos, le ayudaría en el ataque haciéndolo invisible.

Sus músculos se tensaron. Pronto él y su compañero se percataron de que el hombre movía la cabeza hacia los lados. Ivo no lo pensó más, impulsado por el instinto de la barbarie entró por el hueco mayor en la pared, corrió con vigor hacia la silueta sujetando firmemente su cuchillo. Ante él se abría el espacio igual a una boca que se lo tragara. Y antes de llegar a la espalda del hombre vio cómo un haz luminoso fue definiendo los contornos. Creyó comprender los misterios de la luz. El rostro de la divinidad, le dijo una vez su madre, está hecho de luz, mi Ivo, nadie sería capaz de ver su propio resplandor: te quedarías ciego, enloquecerías si lo miraras. Luz, ondas de luz que viajaban creándose y aniquilándose hasta perderse en lo recóndito de los quicios. Luz. Principio que consolidaba pero también desfiguraba al mundo. Ivo notó en su trayecto de furia cómo las formas de lo creado se configuran y juegan a las mutaciones. La silueta del militar, sus ropas, se tornaron en las de un hombre común. Lo que parecía la redondez de un casco era la de una cabeza calva, gruesa, resplandeciente por el sudor. Eso que aparentaba ser su arma, el lanzamisiles (¿y estaba seguro él de que conocía un lanzamisiles?), no era tampoco tal. Sin embargo el impulso que llevaba era inevitable. Hubo un instante de sobresalto y reacción en que el individuo giró hacia él. E Ivo, en medio de un relámpago, presintió lo estúpido de la existencia.

Pensó en él mismo y en Hanna, ella, la chica a la que tanto amaba y que momentos antes le hablara con inocencia de su árbol que seguía en pie. Evocó los crepúsculos que siempre lo habían cautivado… El cuchillo se hundió con un sonido seco, de cuerdas que se revientan. Ambos hombres se desplomaron. Sus cuerpos cayeron, no dentro del edificio sino fuera, a la vista de los pasajeros del autobús. Después Ivo respiró dificultosamente encima del hombre. Miró con pánico y perplejidad.

Con los dedos fracturados, deslumbrado y aturdido, percibió la presencia de los pasajeros que descendieron del autobús y se acercaron a él, aún encima del cuerpo sangrante. Contempló su cuchillo hundido en el costado del hombre, entre las láminas de caja acústica de la bağlama cuyas cuerdas reventaron. Ya en pleno crepúsculo, antes de extinguirse el sol y ceder el paso a los primeros aleteos de oscuridad, la luminiscencia débil alrededor de Ivo se le figuró más intensa que nunca. Todo resplandecía ante él. Le dolió la atención de Hanna en sus manos teñidas, abriendo con espanto los ojos. Para no dejar escapar su grito, Hanna se llevó las manos a la boca. Retrocedió. Su mirada incrédula era la de una jovencita estupefacta, presa de la parálisis al descubrir cierta mañana a su querido padre degollando a un animalito tierno. El vacío revoloteó en el estómago de Ivo cuando advirtió, justo en el borde de un paisaje de vergüenza y terror, que a partir de entonces aquella pequeña le temería, huiría de él cada vez que lo encontrara.

o0o

Espero que hayas disfrutado de este relato. Visita mi portal web en www.isaimoreno.com, donde hallarás materiales de interés, descargas, recursos para novelistas y talleres virtuales.

Visítame también en Twitter, ahí soy el usuario @isaimoreno. En Facebook puedes hallarme como Isaí Moreno. © Isaí Moreno. Libro de libre reproducción y distribución, con crédito al autor. Texto con licencia Creative Commons


Isaí Moreno