Corpus, la belleza de lo imperfecto Corpus, la belleza de lo imperfecto
No hay nada gratuito en el quehacer del artista plástico, nacido en 1962, en Uruapan, Michoacán. Le observo sus manos. Muy distintas a lo... Corpus, la belleza de lo imperfecto

Un recorrido por la obra escultórica de Javier Marín

Javier Marín habita en el planeta de la raza fantástica que ha creado con agua y tierra. Ahí vive desde hace 30 años, cuando descubrió que podía moldear un mundo a su imagen y semejanza. “No hay nada más que no sea yo”, asegura, mientras invita a conocer la piel de sus esculturas en el Antiguo Colegio de San Ildefonso.

Para él “todo tiene un sentido”. No hay nada gratuito en el quehacer del artista plástico, nacido en 1962, en Uruapan, Michoacán. Le observo sus manos. Muy distintas a lo que me imaginaba. Las enseña convencido de que no tienen nada extraordinario. “No lo parecen, pero son fuertes”.

No hay nada gratuito en el quehacer del artista plástico, nacido en 1962, en Uruapan, Michoacán. Le observo sus manos. Muy distintas a lo que me imaginaba.

“Han tenido mucho trabajo”, le comento, luego de recorrer la muestra Corpus. La belleza de lo Imperfecto, la cual reúne unas 48 obras, producidas entre 1998 y 2015. Esculturas e instalaciones que van de lo diminuto a lo monumental.

Allí podrían estar los significados del artista y del hombre. “Estoy intentado saber quién soy desde hace 53 años y todavía no he llegado a ninguna conclusión. Quizás por eso me metí en estos vericuetos de ser artista plástico y hacer esculturas”.

Obsesionado con la figura humana, expone al ser humano desde adentro. Habla de lo invisible mediante torsos, brazos, cabezas, cuerpos que cuentan lo que solo a él se le revela, cuando moldea el barro o funde el bronce.

No hay nada gratuito en el quehacer del artista plástico, nacido en 1962, en Uruapan, Michoacán. Le observo sus manos. Muy distintas a lo que me imaginaba.

Igual encuentra en sus caballos y alas mutiladas de ángeles los pretextos figurativos para alabar la capacidad de dominar a la naturaleza. “Estamos trepados sobre nuestros instintos y nos sentimos dueños del entorno”, refiere. “Es como un gesto de apropiarnos de un estatus que no nos pertenece, de exponer los sentimientos y la necesidad de superioridad que tenemos”.

Quizás esa sea también la razón de concebir a la creación como un acto privado: “una batalla cuerpo a cuerpo” con el material durante horas y días. Nadie lo ayuda en ese momento. El modelado se hace en absoluta soledad, aunque al construir la pieza, sobre todo las monumentales, otros brazos se suman, incluidos los de un robot.

Trabaja todos los días, pero no sabe si realmente lo que hace es trabajar. “Yo lo haría, aunque no viviera de esto. Es mi forma de transitar, de entender, de saber quién soy y dónde estoy parado. Algo con lo que voy a morir”.

Pero tampoco suele ser ese tipo de artista ensimismado, encerrado. “Creo que me volvería loco”, apunta. “Eso es demasiado intenso. También hace falta un poco de ligereza”. Por ello disfruta del cine, los amigos, las fiestas, hacer ejercicios…

Corpus, la belleza de lo imperfecto

También le gustaría tomar clases para aprender a bailar como un profesional. “No sé nada, pero bailo de todo: salsa, merengue, paso doble, cha cha chá, cumbia. Mi vida podría desarrollarse en un salón de baile”.

Igual le gusta tener sus momentos de soledad, de no hacer nada. “Hay momentos en que estoy tan cansado, que disfruto mucho cuando suelto la cabeza. Tengo un lugar. Un estudio que construí en Yucatán, en medio de la selva. No hay vecinos, ni servicios, ni gente. Me encanta estar ahí y disfrutar el amanecer o el anochecer sin pensar en nada”.

La vida, o como bien dice “mucho coco, mucha autoterapia, mucho tiempo”, lo hizo comprender que a sus piezas les llega el momento de la independencia. No puede ser aprehensivo. “Mi trabajo no está completo si no se va”.

Corpus, la belleza de lo imperfecto

Tampoco se preocupa porque sus esculturas se parezcan a alguien. No usa modelo alguno. Todo fluye de su imaginación. Muchas veces solo le interesan fragmentos. Con pedazos humanos pueden decir lo que siente o ve. Nariz, cabeza, brazos, manos, pies… así se le ocurre la mutante humanidad.

Hay quienes afirman que conoce profundamente la anatomía humana, como si fuera cirujano. En la escuela de artes plástica se hizo de las técnicas esenciales. “Solo estudié un poquito. Mis esculturas parecen clásicas, pero no lo son. Parecen anatómicas, pero tampoco lo son. No hay nadie. Sería refeo”.

En ese afán de escarbar sentimientos a través del cuerpo humano, el barro le resulta el material ideal. “Es tierra y agua, solamente”, pero “en el momento que le imprimes un poco de creatividad y le pones tus manos, se transforma, vive, dice cosas, dialoga con quien lo ve”.

Igual no deja de experimentar otras mezclas increíbles con materiales orgánicos, sin importarle cuán efímeras podrían ser. “Yo no puedo asegurar nada, pero no dejo de hacer experimentos. Esperemos que perduren. Vamos a darle trabajo a los conservadores”.

Corpus, la belleza de lo imperfecto

“Lo que no he hecho es porque todavía no es el momento”, especifica. Aunque ya tiene claro lo que hará en el 2016. “Otras exposiciones en Europa y en México. Voy hacer una nueva curaduría de esta misma muestra para que pueda viajar. Voy a seguir trabajando en mi taller. Siempre estoy ideando cosas”.

“La verdad trabajo para mí. No pido casi opiniones, ni le enseño mi trabajo a mucha gente. Cuando tengo la idea, voy a hacerla”, comenta. “Tiene que ver con algo más personal y profundo. Yo digo que es una especie de trance. Me vuelvo todo herramienta, y sólo estoy en lo que debo hacer.

“El trabajo monumental es lo más difícil en lo físico. Son muchísimos días de sube y baja de los andamios. En lo pequeño tienes el control. Lo pones en una base giratoria, lo puedes ver por todos lados. Pero las dos formas tienen exigencias parecidas”.

Tampoco suele cavilar si sus piezas serán compradas. Es de los convencidos de que “el trabajo artístico tiene que ser libre, desprejuiciado”. “Es personalísimo, súper íntimo. Las ventas, el dinero, el reconocimiento, la fama serán consecuencia del trabajo honesto. Yo soy creyente del trabajo como sistema. Trabajas y las cosas suceden, simplemente”.

Corpus, la belleza de lo imperfecto

Durante 30 años ha realizado más de 90 exposiciones, además de ser incluido en más de 200 muestras colectivas en México, Estados Unidos y Canadá. También en varios países de América Latina, Asia y Europa.  Sus piezas forman parte de múltiples colecciones públicas y privadas, como las del Museo de Arte Moderno, de la Ciudad de México; el Museum of Fine Arts, de Boston; el Santa Bárbara Museum of Art; la Blake-Purnell Collection; la Malba-Fundación Constantini, en Buenos Aires, Argentina, entre otros.

Sin embargo, no apuesta por la trascendencia. “Especular en ese sentido me pone nervioso”, revela. “Estoy creando objetos que van a trascender mi vida, pero me parece pretencioso decir lo que pasará”.

Entre sus miedos destaca la locura colectiva. “Cuando ves a la humanidad que se autodestruye, que se pierde, que está fuera de control, sin equilibrio, híjole…”

Javier Marín

Javier Marín

Para Javier Marín su obra no necesita sombreros charros, ni alcatraces, ni nopales para que se sienta genuinamente mexicana. A su entender habrá que leer más allá de la típica iconografía nacional.

Sin embargo, su obra es tan mexicana como la que más. “Yo me he hecho en México. Amo profundamente a mi país, mi ciudad, la gente con la que me tocó compartir. Parezca lo que parezca mi obra, como medio clásica u oriental, será lo clásico u oriental que me toca. La verdad vivimos en un mundo global, donde la mitad de nuestra cultura es heredada de otra. Si no fuera artista plástico, sería cantante de rancheras”, dice, mientras retorna al planeta donde habita la raza fantástica que ha creado con agua y tierra.

Katia Monteagudo

Katia Monteagudo

Licenciada en Periodismo, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Especializada en temas políticos, globales, económicos y sociales, y en el uso de técnicas narrativas, investigativas, manejo de las nuevas herramientas digitales para la búsqueda, procesamiento, publicación y distribución online de información, junto a la capacidad de articular comunidades a partir de estrategias comunicativas 2.0. Dominio de procesos de edición de medios impresos, digitales y en el fotoperiodismo.