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En turbulencias políticas es poco lo que se puede hacer para aminorar los escándalos. Sobre todo en una época que despierta a la confrontación... Confusión

En turbulencias políticas es poco lo que se puede hacer para aminorar los escándalos. Sobre todo en una época que despierta a la confrontación del poder político después de años de una sana interlocución que, para muchos, se parecía a la verdadera Pax Americana, signo de autosuficiencia global por la primacía casi absoluta de un capitalismo y una globalización sin límites, que se expandían con un cinismo impropio, dejando atrás a millones de personas fuera de la órbita del progreso. Esta elección fue, precisamente, el movimiento pendular de una política financiera global que se enriquecía con el talento de los mejores, auspiciada por el pacto global de la inversión acelerada y de instituciones posnacionales, inscritas en los Estados por medio de reglamentos y técnicas cada vez más especializadas.

La elección norteamericana no trató sobre una forma de hacer política sino de formar élites y de las formas en las que se accede al poder económico o político. Los blancos poco educados, dejados atrás por una caterva de expertos, dicen ellos, vieron en Donald Trump no solo la oportunidad histórica de una redención que perciben como perentoria sino también como una salida de emergencia para dejar atrás la insignificancia, la grisura, la mediocridad. No fue, pues, una elección de ideologías contrapuestas sino de tipos de aceleración políticos. Mientras que Hillary Clinton le permitiría a la globalización y al capitalismo avanzar el statu quo en un impulso histórico que se hubiera percibido como inevitable, Donald Trump ha decidido ponerle el freno, al menos en apariencia, a un pacto global de las élites que buscaban desnacionalizar los conflictos para presentarlos como problemas económicos, de talento, de ideas, de información, de leyes. Es decir: el pacto global que comenzó con el primer Bush y que se extendió hasta Obama le sugería a los Estados Unidos abrir su influencia al mundo, invadirlo con la cosmovisión norteamericana del progreso, la inversión, la deuda, la crisis como forma de contención ideológica. La crisis del 2008 comenzó a fragmentar el aparato norteamericano (que aún sigue en pie aunque amenazado en ciertas áreas por la administración Trump) el cual ahora quiere mirar hacia adentro quizá, solo quizá, para después volver a mirar hacia afuera. Es decir: después de medio siglo de fracasos militares (Vietnam, Afganistán, Irak) y de miles de millones de dólares vertidos en esas guerras; del rescate financiero a los bancos del 2008, de salarios estancados y demandas de hiperconsumo y crédito fácil que no redituaron en una mejor calidad de vida, una gran parte del electorado estadounidense comenzó a buscar culpables. No los encontraron, por supuesto, en la desregularización económica con la que los bancos especularon en 2008; ni tampoco en la emergencia de una forma de capitalismo siniestra que culpa al económicamente precario; ni tampoco en la desigualdad monetaria global que coloca a pocos individuos con más capital que miles de millones de personas, ni tampoco lo encontraron en el pacto liberal -disfrazado de izquierda- que proponía la expansión de la desindustrialización, el libre comercio y el multiculturalismo. En una nación como la norteamericana se visibilizan los chivos expiatorios cuando los resortes del sistema no alcanzan a protegerlos más. Se trata de las minorías, por supuesto, pero también, en este caso, de países como China o México. La globalización ha permitido expandir la mirada de los gobiernos nacionales y trazar formas de rastreo económicas que explican la desigualdad y la precariedad de sus sociedades.

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Los blancos perciben en la clase profesional (abogados, académicos, médicos, políticos) a un enemigo a vencer. Según Joan C. Williams, la clase blanca trabajadora resiente a los profesionales, pero no a los ricos . Este fue un primer punto de conflicto simbolizado, irónicamente, por Barack Obama, el cual, pensativo y callado; profesoral e intelectualmente confianzudo, es lo contrario del estilo de Donald Trump, un político lenguaraz, arrogante y obsesivamente enfocado en decir la “verdad”, sea cual sea. David Axelrod, en un artículo publicado en el New York Times , tiene una teoría: el electorado estadounidense no cambia de partido, sino de estilo. Eso es lo que saco del artículo de Axelrod, el cual parece decirnos que los estilos de los presidentes son más determinantes que los nombres que aparecen en la boleta electoral.
Un segundo punto de conflicto vino de los fondos de los problemas a debatir. Mientras que los demócratas se enfocaron en cuestiones culturales específicas de identidad sexual, por ejemplo, los republicanos enfocaron su discurso en lo económico:

A un nivel más profundo, ambas partes necesitan un programa económico que pueda ofrecerle puestos de trabajo a la clase media. Los republicanos tienen uno: impulsar los negocios estadounidenses. ¿Los demócratas? Siguen obsesionados con problemas culturales. Entiendo perfectamente por qué son importantes los baños transgénero, pero también entiendo por qué la obsesión de los progresistas por priorizar asuntos culturales enfurece a muchos estadounidenses cuyas principales preocupaciones son económicas.

 

Y no es que los demócratas se enfocaran exclusivamente en estos problemas sino que el electorado blanco así lo percibió, especialmente después de ocho años de políticas progresistas. La continua expansión de derechos a las minorías no es, por supuesto, una mala política para convertir a una sociedad multiétnica en una comunidad más libre e igual. Lo es, sin embargo, cuando una clase social percibe como punta de lanza de una determinada agenda política el impulso de derechos que ellos creen irrelevantes, especialmente cuando se carece de dinero, seguro médico o educación. Es decir: para una parte del electorado estadounidense esta elección fue también una manera de reenfocar los temas centrales de la administración. Un estudio, bastante revelador aunque incompleto dada la complejidad del tema, apareció en un artículo del New York Times en el que se aseguraba que la tasa de mortalidad de los blancos no educados creció, más que en ningún otro grupo racial, debido al abuso en alcohol y drogas . ¿Es esto un síntoma de depresión generacional debido al estancamiento de salarios, trabajo precario, faltas de oportunidades? ¿Es esta mayoría silenciosa la que salió a votar por Donald Trump el 8 de noviembre? ¿Constituyó, para estos blancos, la oportunidad de verter en la arena pública sus fobias más racistas o fue una elección centrada en lo económico que, debido a la flexibilidad con la que es posible usar los números, se desvió a temas raciales y globales por la necesidad última de tener chivos expiatorios? De lo que es seguro es que la educación fue una de las razones principales por las que el mercado decidió absorber a ese tipo de perfiles en lugar de blancos poco educados, sobre todo después de la crisis del 2008:

Al hablar de la economía, el presidente Obama recurrirá a menudo a la táctica elitista de citar hechos y cifras para avanzar el argumento de que sus políticas han generado recuperación económica. El mercado de valores se ha duplicado desde que asumió el cargo, pero lo más importante es que el desempleo ha disminuido drásticamente, los salarios han aumentado y Estados Unidos ha disfrutado del período más largo de crecimiento de empleo. El problema, según un estudio de la Universidad de Georgetown, es que el 95 por ciento de los trabajos post recesión se han ido a los solicitantes con al menos alguna educación universitaria.

Un tercer punto de conflicto hacia el futuro viene inscrito por el espíritu autoritario de Trump. Tiene todas las características de un dictador aunque erigido y auxiliado por toda una esfera mediática que se debate entre la seriedad de sus impulsos y la certeza de estar ante un fenómeno mediático al que no se le puede tomar en serio. Trump es la culminación, también, de una manera de ver el mundo: a través de los prismas del chistorete, la risa fácil. No es un cómico pero viene de un universo construido a partir de la risa y la levedad. Nuestras sociedades han olvidado, a martillazos de risa, el peligro que significa un viraje profundo hacia zonas retóricas y políticas más oscuras, racistas e institucionalizadas. Las generaciones más jóvenes también tienen mucha culpa. Recientemente, en la Universidad de Berkeley, estudiantes impidieron que Milo Yiannopoulos, un provocador de derecha, hablara en la universidad. Inmediatamente, Donald Trump amenazó con quitarle a Berkeley fondos federales. Los ríos profundos del antiintelectualismo norteamericano parecen verse replicados, en su forma light y aséptica, en la izquierda y en la generación de jóvenes que buscan el “safe space” como símbolo último de rebelión contra formas tradicionales de pensamiento, cuando se trata, en realidad, de otro retroceso, sólo que disfrazado de progreso. Es precisamente esta forma de política contra la que se rebeló parte del electorado estadounidense: al dejar de hablar de los conflictos estos crecen sin control.

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Lo que tenemos ahora es un Presidente que improvisa su racismo con órdenes ejecutivas que sus seguidores ven como una forma de paliar sus propios defectos generacionales y su fracaso como clase social. Si los demócratas y la izquierda americana se vieron secuestrados por Clinton y una plutocracia de intereses que representaban a bien pocos, la derecha está encadenada por un Presidente que únicamente sabe hablar un lenguaje binario y maniqueo que seguramente energizará las bases conservadoras y a un tramo bastante amplio de la población blanca marginada, pero también a una coalición última de grupos de izquierda supeditados a los intereses del electorado y no a los de la élite financiera que atrae inversión pero al costo sacrificial de obtener durante cuatro años una política populista, racista, misógina, xenófoba y anti globalizadora.

Este es el precio que la izquierda y el mundo tuvieron que pagar para darse cuenta que la retórica del progreso, dominada por un capitalismo virulento y necromonetizado pero presentado como meritocracia es una farsa para millones de personas incluso en el país más rico del mundo. Ha llegado el momento de acabar con la distinción entre países de Tercer Mundo y de Primer Mundo y de comenzar a hablar de zonas nacionales de dominación capitalista y zonas de retroceso nacionales. El trauma que Donald Trump representa para la izquierda tendrá que convertirse en operatividad y pragmatismo. Esta derecha republicana será una pesadilla recurrente para los que despiertan con la amenaza de ser deportados, clasificados, señalados.

En México, la sociedad parecía organizarse en contra de Trump y de cualquier forma de norte americanismo. Entonces llegó el Superbowl. Como apuntó Luis Bugarini:

“Tras airados pronunciamientos para reforzar la identidad nacional, nuestra “intelligentsia” se extasía con la ceremonia televisada más elemental de la nación vecina. Este país se merece a Trump.”

La NFL no representa la administración de Trump pero sí una forma de ser norteamericano. México sigue añorando la vida del norte. Dinámica, poderosa, global, inteligente, rica. Nos espantamos ante el muro y las ofensas del bravucón pero seguimos consumiendo sus productos. Es decir: seguimos pensando en sus términos. Qué difícil es relacionar un evento deportivo con los desplantes autoritarios de un tipo sin el mínimo de decoro. Hacer psicología social de toda una sociedad únicamente por lo que ven sentados en el sillón se antoja imposible. Quizá así sea, sin embargo, la manera en cómo funciona la dominación y el poder: silenciosos, con los ropajes del entretenimiento. En otra era la dominación y el poder funcionaban bajo los signos invisibles de Dios y el pecado. La funcionalidad de los lenguajes sagrados radica en su poder de convencimiento. ¿Será la publicidad el signo ubicuo de nuestro tiempo?

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Lo volveré a decir: la falta de una élite intelectual, verdaderamente comprometida con un proyecto nacional, de hacer una literatura inmune al mercado y sus productos, que narre la nación como un objeto que hay que llenar con la palabra y el discurso, nos orilla a la trampa de la circularidad política, que se indigna y se infla en los perfiles electrónicos para después vestirse con los jerséis del súper evento deportivo. Estamos ante un horizonte de incertidumbre sobre cómo reconstruir el país desde la lengua. ¿Cómo pensar literariamente a México desde el entramado global sin perder especificidad local? ¿Qué formas tiene que adoptar la lengua para desplegar una resistencia que ya no se piense a sí misma en términos de mexicanidad sino de articulación global? ¿Cómo pensar una literatura que salte de lo local a lo mundial y de regreso para narrar la flexibilidad líquida con la que el mundo muta?

Las nuevas formas de resistencia no pueden estar inscritas en lo local sino en diseños subjetivos y literarios más flexibles, multidisciplinarios, atravesados por los ejes de la crisis global y los conflictos que, aunque parecen nacionales, ya han dejado de serlo: estamos ante un tiempo de trances en el que las clasificaciones de los individuos se multiplican y se vuelven más complejas al igual que los eventos que suceden a nuestro alrededor. ¿Podrá nuestra literatura narrar esta serie de fenómenos que parecen cada vez más abstractos y que recurren a estrategias que muchas veces aparecen como naturales? ¿Seremos capaces de ver cómo las construcciones culturales individuales se vuelven más complejas, cimentadas en microlocalidades y microlenguajes que vienen desde la red, los productos comerciales pero también de las frustraciones sociales y ansiedades globales?

El tiempo lo dirá.

Guillermo Fajardo

Guillermo Fajardo

México, 1989. Es escritor. Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Wisconsin-Madison. Cuenta con tres novelas publicadas, un libro de cuentos de terror y fue incluido en la antología Te guardé una bala (Casa Editorial Abismos, 2015). En 2016 ganó el segundo lugar en el concurso anual convocado por Editorial de Otro Tipo con su novela Los discursos presidenciales. Estudiante de doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Minnesota- Twin Cities.