“Con la literatura, en todo caso, se puede jugar al rompimiento”: César Cortés Vega “Con la literatura, en todo caso, se puede jugar al rompimiento”: César Cortés Vega
César Cortés Vega logra atrapar cierto ambiente del arte contemporáneo en su literatura, donde recrea situaciones tan oscuras como increíbles que manifiestan “Con la literatura, en todo caso, se puede jugar al rompimiento”: César Cortés Vega

César Cortés Vega logra atrapar cierto ambiente del arte contemporáneo en su literatura, donde recrea situaciones tan oscuras como increíbles que manifiestan una crítica velada al concepto de integridad del pensamiento frente al continuo desvanecimiento de nuestra identidad. El escritor ahonda en la memoria personal y la existencia, en un intento por esclarecer sensaciones derivadas de la fragmentación y el desasosiego de personajes que con frecuencia se cruzan en nuestra cotidianidad.

Autor de Abandonar Silicia; Noche para armar; Reven y la colección de ensayos Periferias y mentiras, hoy nos habla de su última novela, Tanuki y las ranas.

-Eres productor audiovisual, artista plástico y escritor, ¿cómo influyen las artes visuales en tu literatura?

“Con la literatura, en todo caso, se puede jugar al rompimiento”: César Cortés Vega-Aunque me reconozco mayor apego por la escritura que por el trabajo visual, la producción de imágenes me explota la cabeza. Hay algo en su contundencia que me deja perplejo. Haciendo un paralelismo con la ‘imagen’ como figura retórica usada en literatura, se puede decir que aquello que se lee puede materializarse en la mente. Si yo digo ‘envuelta en vestiduras de fuego’, ya sabemos qué ocurre en la conciencia. Pero eso no es privativo de una única figura; pasa en toda la literatura en el acto de comprensión que permite producir deseo. Uno está ahí, buscando completar el sentido de un texto, cuando de repente las imágenes comienzan a elaborarse en la mente de ese yo que lee. Entonces quien apenas pasaba su vista por un texto con la intención de buscar sentido, termina convirtiéndose en lector verdadero: alguien con la capacidad para imaginar aquello que se está designando en una serie de palabras ordenadas en la página. Luego está que mediante lo escrito —pero más allá de ello—, puede manifestarse lo que Gaston Bachelard llamaba ‘poética de la ensoñación’, y que es incomunicable de manera directa, pero a la que se puede acceder a través de distintos medios.

En el caso de las artes visuales, en las que se construyen objetos que se ven, se puede lograr algo similar; un referente que si bien no es el retrato de aquello ensoñado, lo tantea por aproximación. Es como una especie de droga muy adictiva, porque su carácter fetichista señala más contrasentidos hechos de oscuridad, que caminos luminosos. ¡Y en eso radica su gracia! Así pues, aquello que se ve, nos devuelve algo de lo que somos. El filósofo Georges Didi-Huberman construye una bella idea al respecto, apoyado en el Ulises de Joyce, que creo lo explica de manera contundente: “Lo que vemos no vale —no vive— a nuestros ojos más que por lo que nos mira”.

-¿Cuál fue tu primer libro? ¿Cómo recuerdas esos inicios de tu carrera como escritor?

– Se llamaba ‘Noche para armar’; una especie de pastiche del libro más experimental de Cortázar 62 / Modelo para armar’, que no es el caos, pero se le parece mucho. Yo era muy joven, y colaboraba en revistas culturales escribiendo de todo un poco y a la vez ayudando con diseño y otras cosas —como el acompañar de manera estoica a los otros en sus borracheras. Y así era ese libro: una miscelánea más bien caótica de poemas, narraciones breves y dibujos. Ahora está prácticamente perdido, y es bueno que así sea. Porque claro: cuando Cortázar publicó 62 Modelo para armar’, era un escritor maduro y afamado que había viajado por todos lados y publicado mucho. Y yo apenas era un tipejo de 17 años que se había escapado de un hogar de moralina contradictoria y un poco absurda, para intentar adaptarse al mundo de ‘afuera’, igual de contradictorio y absurdo. Por mucho que quisiera aproximarme al estilo cortazariano, ni la vida, ni el estilo me alcanzaban.

“Pero no reniego del libro, pues se trataba de un primer intento por experimentar lo que yo imaginaba era ser escritor, y que en realidad fue una experiencia efímera y desabrida. Porque aquello que se supone ‘debe ser’, nunca ‘es’, en realidad. Quiero decir; uno puede hacerse escritor para lo social, en la medida en la que establezca relaciones con aquellos que forman parte del proceso. Pero la profesión —por así llamarla— sólo tiene sentido cuando uno pone el dolor de la carne del presente en ello. Digamos: cuando termina por entender que no es posible escapar de lo absurdo y lo contradictorio, y aún así desea seguir viviendo. Asumir, incluso, más allá de los deseos, que la escritura no va a salvar a nadie, ni siquiera —o menos aún— va a salvarle a uno mismo. El escritor juega con algo que ya sabe ridículo: la fijación del mundo en los nombres que le designan”.

-Se habla de una ruptura con lo clásico en tus personajes y en tu poesía… ¿De qué tratan tus relatos? 

-No sé si sea posible una ruptura total con lo clásico, pues la literatura es ya un fenómeno apegado a una tradición, con la que en todo caso se puede jugar al rompimiento. Y es que su fundamento está en la noción de producto literario, del cual es imposible desprenderse sin negarse a sí mismo. Sin embargo, con respecto a ciertos cánones, prefiero mantener una distancia considerable desde la experimentación. Por ejemplo, lo que más me interesa en los personajes que concibo es el desvanecimiento de su identidad. Es decir; su paulatina negación como personajes, lo cual implica una crítica al concepto de integridad del pensamiento.

“El arte, y particularmente la literatura, se hace de aquello que está velado. Justo ahí donde los conceptos no lo aclaran todo, porque chocan unos entre otros, puede nacer un personaje interesante. Si bien hay algo que la identidad narrativa ve, su avance en el relato depende de aquello que no es capaz de percibir. Y eso ocurre en el territorio de las ideas y la moral que las hace posibles. El paulatino desvelamiento de una realidad que no se concebía al principio de un relato, cambia las decisiones no sólo del personaje que se ha entregado al absurdo, sino del propio lector. Es cuando la identidad de ambos se disgrega. La cultura nos obliga a pensar que seguimos siendo la misma persona luego de haber experimentado algo, pero ¿no pasa que a veces, cuando esas mutaciones han ocurrido, nos sentimos como si fuéramos ‘otros’? Eso hace la literatura. En el libro ‘Sí mismo como otro’, Paul Ricoeur hace una distinción entre lo que él llama identidad-idem, o mismidad, e identidad-ipse. A muy grandes rasgos, esta última puede concebirse como una identidad narrativa, en la que es posible un desdoblamiento. Esta alteridad le permite al lector liberar la tensión de aquella mismidad social obligada, en la cual está implicado al aparato legal que nos exige ‘responsabilidad’ sobre nuestros actos. Ricoeur nos dice que en términos prácticos eso es imposible. Por eso es que lo ‘otro’, el ser ‘otro’ siempre formó parte de las culturas arcaicas. Y no es que nuestras sociedades contemporáneas rehuyan de ello, sino que lo han fetichizado e inhabilitado, convirtiéndolo en ‘mismidad’ mercantil. La literatura, sin embargo, puede realizar un guiño que diga: lo ‘otro’ no se ha ido del todo, sigue teniendo la fuerza de Eros”.

-Has escrito poesía, novela y ensayo, ¿cuál género prefieres y por qué? 

“Con la literatura, en todo caso, se puede jugar al rompimiento”: César Cortés Vega-Tiendo a hablar y a pensar en términos ensayísticos. Incluso en la narrativa que escribo, debo esforzarme por eliminar todas aquellas cosas que quieren ser aleccionadoras o meramente discursivas. Justo por eso prefiero el acto de narrar, pues implica un mayor esfuerzo para buscar fórmulas sutiles con las cuales decir algo, sin hacerlo de modo directo. La poesía, claro, es un escape, una fisura en el tiempo, que permite abandonar la intención de la voz narrativa —que también es social—, para hablar de aquello que uno percibe desde el ejercicio de la subjetividad. En ese sentido, se trata del género más soberano. Pero en el caso de la novela, por ejemplo, tanto el argumento como lo poético se filtran mediante cauces derivados de aquello que acontece, y de quienes hacen que dicho acontecimiento se ponga en marcha. Eso implica, a claras luces, una política de la adaptación. Si bien la poesía me permitió reconocer la naturaleza de mis propias imágenes, la narrativa hizo posible un orden alterno del mundo, sin el peligro del desbarrancamiento. Por otro lado, me encanta el ensayo, claro, pero reconozco que con él sigo estando del lado del racionalismo.

-Tu última novela publicada es Tanuki y las ranas. Cuéntanos sobre ella. 

-La escribí con notas producidas para la escritura de otra novela llamada ‘Abandona Silicia’. Estaban vinculadas a los actos y pensamientos de su personaje, que fue derivando a lo largo de la escritura en alguien para quien dichas notas ya no funcionaban. Entonces decidí hacer una versión más extrema en esta novela y en su personaje ’Kitsune’, que se desdobla en un hermano enloquecido: ‘Tanuki’. Todo es un pretexto basado en un hecho simple: al mapache —que también es designado como ‘oso lavador’ o ‘procyon’—, le gusta comer ranas. Y algunas de ellas tienen la particularidad de inflar su cuerpo y así segregar una sustancia venenosa para defenderse de sus depredadores y no ser ingeridas. Pero el mapache es astuto: antes de deglutir la rana, retira cuidadosamente la sustancia tóxica lamiéndola para disminuir el peligro. Eso es lo que guía las intenciones de Kitsune en el relato; retirar aquella violencia primera que recubre el cuerpo de sus interlocutores en entrevistas que graba en video, para enviarlas luego a muestras de arte.

“Acá hay otra constante en lo que hago: utilizar como modelo narrativo el ambiente del arte contemporáneo. En ‘Abandona Silicia’, había un contexto similar: eventos artísticos convocados en espacios decadentistas, un poco en el tono de los encuentros relatados por Boris Vian o Christopher Isherwood, en tiempos de la Segunda Guerra. Se trata de condiciones en las que se administra una frustración muy productiva, pero de nihilismo incierto. Pensando en aquellos espacios, recreo una versión derivada de nuestro desconcierto poscolonial; una mezcla con drogas y frivolidad discursiva que ocurre en muchas fiestas de arte mexicano e internacional. Aquel territorio relativamente autónomo, produce una subjetividad necesaria, aunque a veces monstruosa. Luego ese dispendio se convierte en un gasto similar al de los ritos arcaicos, que se opone desde su negatividad a la simulación de nuestras conformaciones nacionales”.

-¿Podrías recomendar a los lectores cinco libros que hayan contribuido a tu formación literaria?

-Difícil señalar prioridades, sin sentir que estoy excluyendo algo importante. Porque en mi caso, son preferencias que cambian según el momento, según la charla que se desarrolle. Puedo citar, de cualquier modo, cosas que me vienen más rápido a la mente. Nunca renegaría de Baudelaire, ni de las interpretaciones de Benjamin sobre su vida y su obra. Pero también ‘El capitán de quince años’ de Verne, que me regalara mi abuela justo a los quince años, es importantísimo para mí, al igual que toda la obra de Rimbaud: la real y la erróneamente atribuida. Por supuesto todo Kafka, y ya mencioné también a Cortázar. Juan García Ponce, Rulfo, Francisco Tario… Georges Bataille, por supuesto; un autor clave para vislumbrar no sólo los límites de la literatura, sino de todo aquello que en su exceso desborda el sentido de lo social. Pero si se me piden cinco tiros, los disparo con gusto, pensando sobre todo en lo que he dicho ahora. 1.- ‘El hombre sin atributos’ de Robert Musil; 2.- ‘Madame Bovary‘ de Gustave Flaubert; 3.- ‘Cumbres borrascosas’ Emilly Brönte; 4.- ‘El almuerzo desnudo’ de William Burroughs; y 5.- ‘Un fragmento de vida’ de Arthur Machen.

– ¿Qué otras cosas haces o escribes? Háblanos un poco de ti… Cómo eres, en el tono que desees o sientas que te caracteriza, que nos hable de ti y de tu personalidad, tus inquietudes literarias…

“Con la literatura, en todo caso, se puede jugar al rompimiento”: César Cortés Vega-Soy de naturaleza dispersa. Creo que aquella condición médica, todavía no usada en mi época escolar para designar a los que no terminan por adaptarse, y que llaman ‘Trastorno por déficit con hiperactividad’, le habría servido bien a algún prefecto para clasificarme. Si bien aquello he debido encaminarlo mediante una buena dosis de voluntad, no puedo sino defender su no-centralidad. Lo que pensado en términos de campo habría sido una estrategia para ganar más adeptos al elegir un sólo camino profesional, desde el punto de vista del disfrute del presente me ha dado la posibilidad de una interpretación múltiple de la realidad. Y de cualquier modo, el trabajo académico ha logrado llamar mi atención, debido a que en los enfoques interdisciplinarios es posible darle cauce a varias vías de pensamiento para analizar problemas complejos. Justo ahora estoy terminando una investigación que utiliza la literatura, las artes visuales y una metodología de análisis basada en la epistemología genética desarrollada por Piaget y trabajada en un grupo de estudios en la UNAM, en la cual reviso el problema de las identidades que ya he mencionado, pero en entornos electrónicos.

“Para ello desarrollo heterónimos, al estilo de Pessoa, que crean obra en la red. Un antecedente de esto es el libro de ensayos que se presenta este 31 de agosto en el Centro de Cultura Digital, llamado ‘Poetas esclavos, máquinas soberanas’ (para libre descarga en: http://editorial.centroculturadigital.mx/libro/poeetas-esclavos-maquinas-soberanas). Una de sus ideas base es que es necesario plantear en términos concretos la posibilidad de un post-humanismo disidente que no forme parte del racionalismo mercantilizado de la máquina. Máquinas diabólicas o intervenciones a las ‘máquinas deseantes’, como las concebían Deleuze y Guattari. Y para ello habría que poner en tela de juicio la representación romantizada del poeta, para pensar otros modos de asumir aquellas ensoñaciones de las que ya hablaba Bachelard, quizá para defenderlas, quizá para invisibilizarlas de la voracidad de la hiperclasificación algorítmica”.

Yeanny González

Yeanny González

Licenciada en Periodismo por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Redactora-reportera de temas políticos, económicos y sociales. Dominio de redes sociales y habilidades como fotorreportera. Actualmente culmina su maestría en Estudios Latinoamericanos en la UNAM.