Con la boca en la mano Con la boca en la mano
...y le creció ahí, entre extranjeros, una boca en la mano. Entonces la suya, la que habita la cara, dejó de ser la única... Con la boca en la mano

Para Valérie Montané

Texto tomado del libro “Los insomnios. Antología de cuento fantástico” (Ediciones Navarra)

…y le creció ahí, entre extranjeros, una boca en la mano. Entonces la suya, la que habita la cara, dejó de ser la única boca de su vida. Pero ¿Cómo le nació a E esa boca? Sólo recuerda una mancha producto de una quemadura. Quemadura que E intuyó casual. Quemadura creciente y naciente, pues parió una boca.

Al principio era diminuta. Estaba ahí sobre el dorso de su mano despistada. Gestándose en silencio. Todo iba bien. Hasta que una noche escuchó un: Bonsoir, en perfecto francés. Se sentó en la cama de golpe para después escuchar con un asombro aterrado: Qu`est qui se passe? Atribuyó el hecho a un sueño en abismo, de esos en los que sueñas que despiertas pero en realidad nunca has despertado. Sin embargo, y para no confiarse demasiado, E se levantó y fue al baño. Un poco de agua en la cara y de nuevo en la realidad.  Mientras las manos mojaban el rostro, ¿qué ven los ojos de E reflejada en el espejo? Una boca en la mano. En la mano derecha, sí, sonriente, feliz, disfrutando el agua que escurría por los dedos y le humedecía los labios: C`est bon, hien?

Entonces E pensó que había enloquecido en ese empeño suyo de hablar otra lengua que ahora le daba…otra lengua, otros labios, otros dientes, otra voz, eso se decía mientras observaba como aquella boca le sonreía. E cerró los ojos muy fuerte para atraer de nuevo ese abismo de sueños. Y a ciegas se dirigió de nuevo a la cama para caer entre las sábanas, para volver a dormir. Pero tropezó con la mesita de noche, Attention, tu t`es fais mal. Cuando E la oyó, ya no pudo ni lamentarse, aquella boca era real, ahí en el dorso de la mano derecha. Sacando fuerzas de su perturbación le dirigió la palabra

—¿Qué haces, ahí?

—Je ne te comprends pas. Qu´est-ce que tu dis?

Al observar cómo esa boca movía los labios y articulaba aquellas palabras le vino a E un mareo pesado, muy pesado, se desmayó. Al día siguiente, al tocar sus pies el suelo frío, recordó la pesadilla, pasó su mano derecha por las cejas y no se atrevió a mirarla. Lo que pasó anoche fue un mal sueño, se decía E, sólo eso debe ser. Corrió las cortinas y

—¡Qué sol! -se dijo.

—Il fait bon!!! -oyó decir.

E palideció y quiso tirarse por la ventana, porque temió ver el dorso de su mano derecha, porque temió ser como aquella mujer a la cual le dijeron: “por nada del mundo veas hacia atrás o te convertirás en estatua de sal”. Pero lo hizo y, sí, maldición, ahí estaba esa boca en su mano.

-Voy a ignorarla, eso haré.

Porque ignorarla era mejor que tirarse por la ventana. E inició sus actividades cotidianas sin prestar atención a los comentarios, porque cómo habla esa boca en la mano, cómo dice cosas con un vértigo desenfrenado, cosas que a veces ella no comprende porque habla rápido, sin darle tiempo a comprender bien. Y se cansó de ir de un lado para otro tratando de callar esa voz que invadía la casa con sonidos extraños, venidos de ese idioma, que musical y todo, ya comenzaba a cansarla.

Horizontum. Con la boca en la mano

Esa segunda boca hacía comentarios sobre la casa: Pourquoi toutes les couleurs des pièces sont différent? Sobre su ropa, Pourquoi tu ne t´habilles pas de noir? Sobre por qué comía esto y no aquello, Tu manges trop gras. Pourquoi tu n´essaies a les salades? Sobre sus libros, Tu ne connais pas la nouvelle vague française? Sobre su yo, Tu es très compliqué. Pourquoi tu n´es pas responsable? Harta, buscó en el botiquín una gasa y la tapó. Después puso mucha cinta adhesiva para que no pudiera arrancársela. Los labios, de esa segunda boca, se agitaban, parecían dos pequeñas momias embalsamadas. Al poco rato dejaron de moverse por la fatiga, pero volvieron a retorcerse frenéticos.

Cuando E se dio cuenta de la hora ya llevaba un retraso de cuarenta minutos para llegar al trabajo. Con premura tomó sus cosas y salió corriendo rumbo a la oficina. Mientras conducía, su segunda boca hacía esfuerzos desesperados por librarse de la gasa pero era inútil. E había tomado un curso de primeros auxilios y por fin, ese curso inmundo de su juventud daba algún fruto, esa boca estaba perfectamente amortajada. Ya en el trabajo y desempeñando las labores de siempre, olvidando por completo a la intrusa en su mano, se entregó a la rutina. Sin embargo, E es una persona noble y tuvo la debilidad de preocuparse por esa segunda boca que de pronto ya no se movía.

—Y ¿si la he matado?

Su intención no era matarla, sólo callarla y después erradicarla de la mano. Con cuidado desprendió la cinta adhesiva y luego retiró la gasa. La boca no se movía. Estaba tan quieta que se estremeció. Tocó los labios amoratados y fríos. Pasó el dedo por encima de ellos intentando darles masaje para reanimarlos. Nada.

—Soy una asesina.

E se acercó a ella y comenzó a darle respiración de boca a boca. Con la desesperación prendida a su aliento y con el corazón más allá de la garganta, logró sacarle a aquella segunda boca las fuerzas necesarias para revivir. Por fin la oyó toser y, los labios amoratados aún comenzaron a estirarse. Ambas bocas sonrieron brevemente. Estaba a punto de intentar hablarle en francés (porque era un hecho que el español no lo entendía o no quería entenderlo), para preguntarle por su estado, cuando repentinamente entraron dos compañeros de trabajo. E escondió la mano. Ellos notaron aquel gesto y con curiosidad le preguntaron:

—¿Qué escondes, E?

—Nada.

—Estás escondiendo algo.

Y se lanzaron encima de E para descubrir lo que estaba ocultando. Se puso en pie. Ellos la atajaron de un lado y del otro.

—Muéstranos.

E con las fuerzas vencidas y, con las bocas agitadas por los bruscos movimientos, les enseñó su mano.

—¿Eso es todo?

—¿Cómo que es todo? Esto es una rareza. Una mutación, una… no sé como llamarlo…

Pero ellos, sin escucharla, se acercaron para observar aquella segunda boca con detenimiento.

—Pues se ve muy normal.

—Además, es muy guapa, podría decir que es idéntica a la tuya.

Dijo el otro mientras con su dedo acariciaba sus labios.

—¿Cómo que guapa? ¿Cómo que se parece a la mía?

—¿Qué idioma habla?

Preguntó uno de ellos mientras encendía un cigarro.

—Francés.

Contestó E consternada de seguir una conversación absurda.

—¿Tiene tu mismo tono de voz? ¿Es tímida o extrovertida? ¿Es pretenciosa o relajada? ¿Segura o no? Ya me dirás. Mira, yo tengo dos.

Comentó el que fumaba.

—¿Dos?

—Sí—. Y agregó feliz—. Una habla ruso y la otra alemán.

Se comenzó a desabrochar la camisa y le mostró sus bocas. Una, la rusa, la tenía entre las costillas y a la alemana cerca del hombro. Ambas la saludaron en sus respectivos idiomas y luego guardaron silencio. El otro compañero, el que no fumaba, comenzó a quitarse un zapato.

—Yo sólo tengo una, está por salirme otra.

Y le mostró una enorme boca en el dorso de su pie.

—Ella habla inglés. Pero la nueva boca promete mucho, déjame enseñártela.

Abrió su camisa y le señaló cómo una pequeña quemadura se estaba gestando cerca de su corazón.

—Ésta, estoy seguro, va hablar Náhuatl—.Concluyó orgulloso.

E quedó muda y fuera de sí. Tomó asiento y sintió como el aire se volvía pesado, muy pesado. Ellos la observaban contrariados. Hasta que el que fumaba le preguntó:

—Tienes una bonita boca en la mano E ¿Por qué no la quieres?

Entonces E miró esa segunda boca en su mano. En verdad era muy bonita, sobre todo cuando sonreía. Pensó que quizá podrían aprender mucho la una de la otra. Hasta estéticamente aquella segunda boca le daba un toque de excentricidad a su persona. Y comenzó a imaginar que tal vez si le pintara los labios de un rojo profundo resaltarían más sus rasgos, resultaría más atractiva. Y si E la ayudaba a ser menos egocéntrica a lo mejor hasta lograban ser una sola en dos. En realidad aquella boca era una buena aparición. Mientras E la miraba en su mano, e inspeccionaba sus pensamientos de vigilia, un ligero golpe de cansancio se coló entre sus huesos. De pronto se sintió muy cansada. Cerró los ojos, mientras sus compañeros del trabajo le decían cosas que no alcanzó a comprender…

E despertó y, como si saliera de un laberinto de sábanas se incorporó con dificultad. Puso los pies en el suelo tibio, estiró los brazos y al hacerlo recordó. Asustada miró rápidamente su mano derecha. Nada anormal, salvo esa pequeña quemadura en su dorso. Suspiró con alivio mientras observaba como por la ventana de la habitación entraban los rayos de un sol enorme. Entonces dijo:

—Il fait bon!

Asombrada E con su mano derecha se tapó la boca…

Cecilia Eudave

Cecilia Eudave