Claude Simon: algo cercano a la pulsión, como un intento desesperado por luchar contra la muerte que lo asediaba Claude Simon: algo cercano a la pulsión, como un intento desesperado por luchar contra la muerte que lo asediaba
En 1985, el premio Nobel de Literatura otorgado a Claude Simon sorprendió a más de uno: periodistas, intelectuales, escritores no entendieron cómo alguien Claude Simon: algo cercano a la pulsión, como un intento desesperado por luchar contra la muerte que lo asediaba

En 1985, el premio Nobel de Literatura otorgado a Claude Simon sorprendió a más de uno: periodistas, intelectuales, escritores no entendieron cómo alguien tan poco mediático como él podía recibir tal reconocimiento. Los periodistas en particular se enfrentaron a un serio problema: ¿qué decir de un autor cuya obra desconocían completamente y que, para colmo, tenía fama de ser incomprensible?

La decisión de la Academia sueca de entonces –que dista mucho de la actual que al premiar a alguien como Bob Dylan cede al encanto de lo mediático– dio legitimidad a una obra solitaria, empecinada, lúcida, pero ante todo comprometida con la escritura, con la invención de una nueva narrativa que pudiera dar cuenta del desorden de nuestro mundo. Claude Simon se opuso con firmeza a seguir abordando la novela como se hacía en el siglo XIX, es decir, a partir de la ilusión de una linearidad, de una continuidad del relato, que a su parecer no podían seguir considerándose como “naturales”. Porque para entender su tiempo, para entender el tiempo, Claude Simon se dio cuenta de que había que reinventar no solo el tiempo del relato sino ante todo el de la frase. “No tenemos otro tiempo sino el de nuestra sintaxis”, afirma con acierto Julia Kristeva.

Claude Simon: algo cercano a la pulsión, como un intento desesperado por luchar contra la muerte que lo asediabaAsí, una empresa de deslinearización se encuentra al centro del trabajo de Claude Simon que se confrontó sin cesar a la aporía que enfrenta toda experiencia de escritura, es decir, adoptar una expresión lineal para nombrar una realidad que no lo es. “La escritura no puede sino presentar las cosas sucesivamente y siguiendo cierto orden”, constataba el autor[1].

Un ejemplo concreto de esto, que encuentra todo lector de la obra de Simon, es la manera en que su escritura explora todas las posibilidades de los paréntesis y guiones, multiplicándolos, insertándolos unos en otros –guiones entre paréntesis y paréntesis entre guiones– cortes, fracturas que otorgan al texto una extensión inédita y que lo dislocan de manera radical al colocarlos incluso en lugares que les son a priori hostiles, como entre sujeto y verbo. La frase de Claude Simon se extiende como un mar quieto sin puntos de referencia al horizonte pues incluso el punto mismo se ha perdido definitivamente, dejando el tiempo en suspenso.

De ahí tal vez la supuesta dificultad de lectura que presentan sus novelas y la estupefacción de los periodistas que tuvieron que cubrir la noticia al momento del Nobel.

Sin embargo, la obra de Claude Simon no puede reducirse –como suele hacerse– a una mera experimentación formalista o a una deriva más de la llamada “Nueva Novela” francesa –de cuyas simplicaciones habría mucho que aclarar también. Si bien su labor coincidió en puntos determinantes con el análisis que la Nueva Novela hacía del estancamiento de la narrativa de la posguerra –dominada aún por los principios de la novela comprometida sartriana y un regreso al naturalismo–, su escritura cuestionó desde sus inicios (alrededor de finales de los años 40) una visión grandilocuente de la escritura, la de aquella que pensaba poder cambiar el mundo o formar parte de grandes causas o hablar en nombre de todos. Por el contrario, Simon siempre trató de apegarse a su experiencia. Se concebía como un explorador que se esfuerza por alcanzar “mediante una profundización obsesiva de lo particular ese fondo común en el que cada uno podría reconocer un poco –o mucho– de sí mismo.”

Hay algo vital en la escritura de Claude Simon, algo cercano a la pulsión, como un intento desesperado por luchar contra la muerte que lo asediaba. Sobreviviente de los suyos (huérfano de ambos padres a temprana edad); único sobreviviente de su regimiento durante la ofensiva alemana de 1940, en la ruta de Flandes, a solo unos kilómetros de donde murió su padre, militar de carrera, durante la hecatombe de la Primera Guerra mundial; sobreviviente del campo de trabajo que lo hubiera podido conducir a la muerte de no ser por su evasión, después de varios meses de internamiento. De un libro a otro, Claude Simon no cesó de interrogar esta repetición sin sentido de la Historia, que la geografía de las dos grandes guerras mundiales hizo sensible.

El caballo es el primer hito de la historia del jinete del desastre militar francés que dio lugar a la ocupación nazi, el que atravesó los acontecimientos sin comprender, sumergido, casi abatido por sus sensaciones. A partir de este libro, la historia se hará carne, carne de cañón, como lo fueron los soldados o el caballo del que seguimos la agonía a lo largo del relato. Pero también carne de mujer, lechosa como la de la joven cuya aparición obsesiona al narrador o marchita, como la de la vieja durante la escena de la partida de juego. Esta relación sensorial, casi sensual con la Historia se concretizará en ese gran libro que es La ruta de Flandes, al que seguirán libros tan entrañables y, cabe decir, tan audaces formalmente, como lo son La acacia, Las geórgicas, El jardín botánico y su último libro El tranvía. Claude Simon escribirá una y otra vez este no-acontecimiento, esta muerte que casi ocurre y se mantendrá fiel a la memoria y a la herencia de los que no lograron sobrevivir. Y cuestionará sin cesar el principio que impone la guerra: el deber de morir, por la Patria, el Honor, la Libertad.

[1] Entretien de Claude Simon avec Philippe Sollers à l’occasion de la sortie de son avant-dernier livre, Le Jardin des Plantes (Le Monde des livres, 19 septembre 1997).


Melina Baltazar Moreno