Cine, Trump y racismo que nunca se fue Cine, Trump y racismo que nunca se fue
David Wark Griffith era una personalidad compleja. Nació en 1875 en el muy sureño estado de Kentucky –ahí, Donald Trump ganó, prácticamente, dos a... Cine, Trump y racismo que nunca se fue

David Wark Griffith era una personalidad compleja. Nació en 1875 en el muy sureño estado de Kentucky –ahí, Donald Trump ganó, prácticamente, dos a uno a Hillary Clinton-. Fue un director de cine ambicioso, tanto que podría catalogársele como el “padre” de las grandes producciones cinematográficas del siglo XX. El formato grandilocuente de sus películas anticipó una sólida tradición en el cine norteamericano: el oneroso gasto para producciones mastodónticas; rasgo, por cierto, que lo llevaría a la quiebra. Fue, aparte de todo, un racista incorregible.

En febrero de 1915, Griffith estrenó una de sus más famosas filmes,  El Nacimiento de una nación. De la producción sorprendieron los adelantos técnicos que el director implementó: la convergencia de planos, la toma dinámica, la presencia residual de los actores a cámara, entre muchas otras innovaciones que señalaron el camino de las producciones futuras.

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El argumento del filme es de corte histórico; se trata de una polémica interpretación de la Guerra Civil norteamericana, en la que la correlación de fuerzas resultante de la conflagración es acremente abordada.

Según deja ver Griffith en su filme, el sur norteamericano –esclavista y estamental- encarnaba los más acabados rasgos de la decencia y contención pública, dando por sentado que se trataba de una sociedad idílica, de normas justas y ciudadanos apacibles e industriosos. Sin embargo, tras el triunfo del ejército de la Unión –proveniente del norte- sobre el Confederado –del sur-, las dinámicas sociales se trastocan de tal forma, siempre según Griffith, que la vesania norteña se volca en la comunidad sureña, señaladamente contra las aristócratas y biempensantes damiselas del sur.

Con ese dramático contexto, Griffith teje y justifica la aparición del Ku Klux Klan, corporación conceptualizada, entonces, como una “gallarda” asociación de hombres furiosamente blancos  que enfrentan, valerosos, el libertinaje y anarquía en que devino, según su óptica, la sociedad  que sentían amenazada. Racismo puro e ignorancia supina.

La película, como era evidente –y necesario-, fue duramente criticada. El propio Griffith resintió de tal forma los numerosos reproches que provocaba su obra, que un año después del estreno de El nacimiento de una nación, llevó a las salas cinematográficas Intolerancia, un largo alegato contra el fanatismo religioso y sus infaustas consecuencias.

El tiempo, finalmente, atemperó los ánimos desbordados; de poco en poco, el escándalo que trajo consigo la proyección de El nacimiento… fue sustituida por una fría admiración entre profesionales y admiradores del cine, que vieron en el filme de Griffith un proyecto fundacional del cine moderno, e ignoraron conscientemente el contenido racista de la obra. No podría ser para menos.

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Tras la producción de una película como ese filme, rezumante de argumentos segregacionistas, el discurso contrario avanzó lentamente. El movimiento por los derechos civiles comenzó un arduo y largo camino por el reconocimiento de estos para los ciudadanos afroamericanos. Luego vendría Martin Luther King, Malcolm X, y una larga generación de activistas, políticos y personalidades públicas que respaldaron el discurso antisegregacionista y sentaron las condiciones, medianamente aceptables, para una convivencia exenta de racismo y discriminación. Circunstancias, principalmente, contenidas.

Muchas décadas después, el triunfo de Barack Obama –el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos-, pareció conculcar los oscuros y lacerantes años del racismo desbocado.

Fue, pues,  una victoria cultural. El racismo pasó a ser socialmente costoso, un territorio vedado. Se trataba de establecer un límite visible y extendido alrededor de él, que permitiera la reproducción de las relaciones sociales, y abonara a un pacto social sobre el que descansara la sociedad misma. Contenido y acechado por la vindicta pública, el racismo debería haberse extinguido por inanición, y ser visto, pasado el tiempo, como un capítulo vulgar y olvidable. Algo pasado.

Sin embargo, no ocurrió así.

Trump y las licencias al odio

El triunfo de Donald Trump fue visto por importantes y representativas franjas sociales, como una licencia, una suerte de patente de corso para dar rienda suelta a su pulsión más primitiva: el rechazo al “otro”. Así, pues, a lo largo de Estados Unidos, una moda febril se ha apoderado de sus ciudadanos; día tras día, con diferentes grados de magnitud o contundencia, agresiones de índole racial han desolado el panorama social, erosionando los antes sólidos valladares –al menos así lo parecían- contra el racismo.

De acuerdo con Southern Poverty Law Center (SPLC) –un centro de monitoreo de agresiones raciales y grupos de odio en Estados Unidos-, del 9 al 14 de noviembre se han registrado 437 reportes de agresiones inspiradas por motivos raciales o identitarios. La mayoría de éstas han sido contra inmigrantes, seguidas por ataques a la comunidad afroamericana y al colectivo LGBT.

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La mayoría de las agresiones, paradójicamente, han tenido lugar en centros de estudios de diferentes niveles. Del grueso de agresiones registradas, una abrumadora mayoría -99 casos-  han tenido lugar en escuelas primarias y secundarias; es decir, niños y jóvenes menores de 19 años, dedican a sus compañeros acciones o comentarios hostiles. El otro espacio donde se han registrado más agresiones, son las universidades, con 67 episodios de agresión racial.

En la página por internet de la SPLC (https://www.splcenter.org/hatewatch/2016/11/15/update-more-400-incidents-hateful-harassment-and-intimidation-election),  es posible leer el relato de los casos de odio registrados:

Desde Texas –estado que ganó Trump- ,una madre filipina narra la ofensa de la que fue objeto su hija, de 13 años:

Mi hija (…) fue abordada por un niño que no conocía, mientras esperaba el camión luego de la escuela. El joven le dijo: “Tú eres asiática, ¿verdad? Cuando ellos vean   tus ojos, serás deportada”, después se alejó”.

Desde Georgia –estado que ganó Trump-, una persona da cuenta de la nota que recibió una profesora musulmana:

“Una profesora, del condado de Gwinnett, dijo que le dejaron una nota en la clase del viernes, diciéndole que su pañuelo musulmán ‘ya no está permitido (…) ¿Por qué no se lo ata en el cuello y se ahorca con él?’. La nota, dijo la profesora, fue firmada por ‘América!’”.

Desde Oregón –estado que ganó Hillary Clinton- se cuenta el acoso que un grupo de adolescentes cometió contra una mujer musulmana:

Una mujer musulmana estaba en el (tren) Beaverton durante la tarde, y un grupo de adolescentes fue a la esquina del vagón, donde ella estaba sentada, para gritarle a la cara que ella era una terrorista, que nuestro nuevo presidente iba a deportarla, que no podría usar su hijab ­–el pañuelo que recubre la cabeza de las mujeres musulmanas- (…) Cuando salían por la puerta, trataron de escupirla”.

Desde Texas, nuevamente, una mujer latina relata la agresión que sufrió:

“Paseaba a mi bebé por el parque de mi  vecindario, y un camión, conducido por un hombre, acompañado por una mujer, pasó cerca de nosotros. La mujer gritó “poder blanco” (white power) –una frase clásica del supremasismo blanco-, mientras    pasaban. Luego se alejaron”.

En California –estado que ganó Hillary Clinton-, fue pintada una esvástica sobre un cartel que representaba una serie con protagonistas afroamericanos. Hasta el momento, 35 esvásticas han sido reportadas en todo Estados Unidos.

Cine, Trump y racismo que nunca se fue

Trump, con su inopinado discurso, retroalimentó el contenido componente racista de una robusta franja social. Las consecuencias están a la vista. El racismo, que nunca se fue, cabalga sin asideros por la sociedad norteamericana. Y, al menos en el corto plazo, el presidente electo no lo ha condenado con la energía necesaria. Quizá nunca lo haga con la energía necesaria.

Es probable que aquella película de Griffith deje de ser admirada con cautela, para ser vista, más que como un proyecto inaugural del cine moderno, como un feliz antecedente cultural  de los tiempos que se avecinan.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.