Cantinas y bares de la Ciudad de México Cantinas y bares de la Ciudad de México
En la época colonial, los primeros negocios que ofrecían bebidas eran sitios de uso mixto. Se trataba de locales comerciales que lo mismo funcionaban... Cantinas y bares de la Ciudad de México

Las cantinas en nuestra ciudad no han existido siempre. En Tenochtitlan, por ejemplo, beber pulque era permitido para los adultos en celebraciones especiales, pero los jóvenes no debían acercarse a “la bebida de los dioses” bajo pena de castigos terribles. En la época colonial, los primeros negocios que ofrecían bebidas eran sitios de uso mixto. Se trataba de locales comerciales que lo mismo funcionaban como tiendas que como proveedores de licor. Dentro de las abarroterías y las fondas se vendía y bebía aguardiente y alcohol, éste último mezclado con otros líquidos.

Hoy en día, de las incipientes tabernas nacidas durante el siglo XVI nada queda. En su libro Lugares de gozo, retozo, ahogo y desahogo en la Ciudad de México, Armando Jiménez narra cómo en un acta del Cabildo, publicada en 1543, se dispone que “sólo se surtirá una pipa (barrica) de vino blanco y una de tinto a cada factoría”. Otra explica que el 18 de noviembre de 1546 le fue concedida licencia para abrir una taberna a un tal Juan Pablo, casi homónimo y contemporáneo del que trajo la primera imprenta.

Desde el virreinato existían en la capital vinaterías o “vinoterías”, que dieron paso a las cantinas propiamente dichas, que nacieron en 1879, denominadas, además, salones y bares, copiando a los “yanquis”. En 1931 desaparecieron las pocas tiendas-cantina que aún sobrevivían.

Con el tiempo, y principalmente con la llegada de la modernidad, las cantinas se transforman a la manera de los bares parisinos, o de los salones del oeste estadounidense, incluyendo puertas abatibles de madera como las que vemos en las películas de vaqueros. Más tarde, a la muerte de Maximiliano, los liberales sacaron a remate los vinos de la bodega imperial, provenientes de las mejores cosechas de Europa, los cuales enriquecieron el surtido de los primeros establecimientos. Al comprar candelabros, vajillas y cristalería con el escudo impuesto por el barbado emperador, los cantineros dieron a su establecimiento un toque de elegancia. Con el paso del tiempo este refinamiento decaería.

Un dato curioso al respecto indica que, hasta casi finales del siglo XX, la mujer no tenía derecho a ingresar a esos lugares, por considerarlos de “perdición y vicio”. Hasta 1982 se abolió la discriminación que prohibía al género femenino entrar a bares y cantinas, aunque alguna vez, como antecedente, en 1934 hubo ya algunos “lady bar”.

A partir de 1983 muchos establecimientos se convirtieron en restaurantes con aspecto de cantina, y al poco tiempo, otros en cantinas-cabaret y en cantinas prostíbulo, trayendo con ello el olvido de una práctica socio-cultural de fuerte concurrencia.

“La Reforma”, El “Salón Bach”, El “Salón Madrid”, El bar “La ametralladora”, “La castellana”, y  “El nivel”, son sólo algunos de los nombres más emblemáticos de cantinas, salones y bares establecidos en la capital mexicana. Pero si quieren saber más, no nos adelantemos, pues ya habrá ocasión de narrar anécdotas y leyendas acerca de ellos en la próxima entrega de esta columna.

Horizontum

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).