Calavera soy yo Calavera soy yo
Un hombre viene a visitarme cada noche. Se detiene en la esquina, oculto tras un árbol. Me observa llegar desde la editorial donde trabajo.... Calavera soy yo

Un hombre viene a visitarme cada noche. Se detiene en la esquina, oculto tras un árbol. Me observa llegar desde la editorial donde trabajo. Me mira guardar el auto, un mustang antiguo, en la cochera. Le comento a mi chica (que vive conmigo) que el hombre me pone nervioso porque en sus ojos, a pesar de la oscuridad, distingo una especie de súplica. No detecto amenaza en ellos, al menos; pero su presencia es perturbadora.

-Por si las dudas, ten cuidado –dice mi chica, muy seria.

No pienso que se acerque. No lo creo. Aunque lo hace. Una noche, al cerrar el portón, lo veo de pie, frente a mí, alto, robusto, luciendo un bigote anticuado, enfundado en un extraño traje de pantalones acampanados y un ridículo saco color rosa. Lo primero que pienso es que mi casa cuenta con un sistema de seguridad, por fortuna, y sólo puede ser abierta desde el interior en caso de una emergencia. Quiero decir, veo al sospechoso frente a mí, huraño, y pienso “ya me llevó la chingada”, más agradezco que mi novia se halle a salvo dentro de casa. El tipo no quiere atacarme. Eso queda claro cuando retrocedo un par de pasos mientras él se queda estático, imperturbable, frente a la cochera. Se limita a preguntar con una voz ronca que pretende ser amable:

-¿Eres escritor, compa?

Aparentando aplomo, como he visto hacer a los héroes y antihéroes de las películas hollywoodenses, me planto con firmeza, busco entre mis bolsillos, sin precipitación, una cajetilla de cigarros para extenderla al intruso:

-Sí. Soy novelista ¿Un cigarro?

-Gracias, compa –dice, mientras acerco, muerto de miedo, el encendedor a su rostro.

-Soy Calavera –confiesa; se apresura a explicar:

-En “cana” me decían así. Y así también me llama “la banda” en mi “barril”.

Se da cuenta de que no entiendo.

-En la cárcel, y en el barrio, compa.

Le calculo unos veinte años, cuando mucho veintitrés. Parece envejecido por los golpes de la vida, tal vez por su estancia en la cárcel, pero no deja de parecerme un niño ingenuo de alguna manera.

-Tanto gusto, Calavera –repito su apodo, sintiéndome imbécil -Soy Edgar, Edgar Carpinteiro. ¿En qué puedo ayudarte?

-Eres escritor, escribes historias…

-Eso creo.

-¿Tienes diez minutos? Puedo contarte una muy buena.

-Claro, ¿por qué no? –finjo frialdad.

Comienza una historia que me estremece, me deja impactado. Se trata de una historia donde él y un compañero suyo asaltan a un joven en un café, para robarle una tablet. Cuando ven que el chico se resiste, lo matan.

-El compa era duro, Edgar. Lo picamos una, dos, tres, cuatro veces…y seguía peleando. Le di un plomazo en el estómago para que se estuviera quieto. Caminó dos pasos, y luego, como si lo desconectaran, se fue sobre la banqueta.

-¿Murió?

Calavera guarda silencio. No hay necesidad de aclaraciones.

-¿Crees que estuvo mal?

-¿Qué?

-Lo que hice.

-Bien y mal son conceptos complejos. No sabría decirte.

-Pues ya tienes una historia –su tono es imperativo- Compártela.

Lo miro con asombro.

-Chido el cigarro, compa –agradece mientras comienza a andar para perderse en las sombras de la cuadra.

Confundido, entro a casa. No quiero preocupar a mi chica. La abrazo mientras dormimos. Me ataca el insomnio. En un impulso salvaje, me coloco las sandalias, voy al estudio, enciendo la lap top y escribo la historia que Calavera ha contado. Siento alivio, como si me quitaran piedras de la espalda, telarañas del interior de mi cabeza.

La noche siguiente vuelvo de la oficina, precavido. Echo una mirada a un costado y otro de la calle. No se ve un alma. Al abrir la cochera, casi grito. Calavera se halla frente a mí, iluminado por los faros de mi munstang, con su bigote absurdo, la misma calma angustiante y el traje rosáceo. Salto del auto, me asomo a casa pensando lo peor, implorando piedad. A través de la ventana puedo ver la sombra de mi chica, encendiendo el televisor. No hay tragedia, me tranquilizo.

-¿Cómo entraste? –mis palabras viajan solas.

-Esas preguntas no se hacen a los malosos –su risa es sincera.

Ofrezco otro cigarro intentando aliviar mi tensión.

-¿Pusiste la historia en un nuevo libro? –inicia.

-La escribí, sí.

-Tengo una mejor.

No espera a que profiera alguna palabra. Se suelta a contar una anécdota donde teniendo doce años se mete, junto con otros asaltantes, a la casa de un comerciante y su familia. Cuando el negociante niega la existencia de una gran cantidad de dinero que guarda en su clóset, el jefe de la banda, que está al tanto de la existencia de la plata le dispara a quemarropa, en plena frente y a sangre fría, al hijo del negociante, un niño de cinco años de edad.

-Se pusieron como locos –dice el tipo- tuvimos que “madrear” a la abuela para que se tranquilizara. Al final soltaron “el billete”.

Intento fumar un par de veces, pero el cigarro, por la impresión, casi se me resbala entre los dedos.

-¿Por qué me cuentas eso?

-Porque la gente debe saber. Sólo así podré descansar.

-¿Cómo me encontraste?

-Leí en el reclusorio tu novela sobre un asesino serial. Me pareció buena, aunque tiene muchos errores…Bueno, nos vemos mañana…

Lo veo desaparecer, de nuevo, entre los árboles que custodian la acera. Al entrar a casa pienso en llamar a una patrulla. Es inútil. A la  policía de este país no le gusta esforzarse, no le interesan los ciudadanos. Además, como dicta el cliché en las películas hollywoodenses, no creerían lo que les cuente.

Al día siguiente, ahí está el asesino. El mismo traje, la misma sonrisa. Una nueva memoria criminal.

-¿Qué historia vas a contarme hoy, Calavera?

Durante diecisiete noches me describe un nuevo crimen, cada uno más atroz que el otro. Asesinatos, torturas, mutilaciones. Cada episodio violento es descrito por mí en la pantalla de mi lap, a manera de cuento, mientras fumo (yo, que había dejado el vicio). Es inevitable darme cuenta, ante cada confesión, que una serie de tatuajes asoman entre la camisa del delincuente. No alcanzo a percibir la forma de dichos dibujos; son redondos en su parte superior, y no mayores de dos centímetros, por lo que puede adivinarse, pero me es imposible determinar con exactitud la figura que representan. El día que narra la historia de dos asesinatos, no puedo evitar preguntar, bajo un tono que pretende ser natural:

-¿Qué significado tienen tus tatuajes?

-No quieres saber eso, compa –argumenta, incómodo.

-Sí, quiero.

-Es mi secreto.

-Te he escuchado cada noche. Merezco tu confianza.

-Puedo mostrarte, pero…

-Como quieras.

-¿Quieres saber de qué se trata?

-¿Por qué no? –dije, imperturbable, imitando la impasibilidad de Clint Eastwood.

Desabotona su camisa. Aparece una gran cantidad de calaveras en medio de su pecho prieto, lleno de cicatrices. Las calaveras, alineadas, son idénticas, desconcertantes.

-Cada vez que asalto a un cabrón, debo matarlo. Cada calavera me la tatúo en memoria de su muertito.

Uno de los cráneos tatuados muestra ese tono rojizo-azulado que tiene un trabajo reciente. Decido no saber a qué muerto, a qué asesinato revelado corresponde.

-Por eso mi apodo, ¿captas? Y no me gusta hablar de esto. Mataría por conservar mi secreto.

Me quedo mudo. Él ríe, manotea en el aire indicando que está de broma; se aleja mientras me hundo en el estupor. Esa noche no escribo. No fumo. Me limito, a lo largo de la velada, a contemplar dormir a mi chica, en silencio ¿Cómo podemos convivir con esta incertidumbre diaria? ¿En quiénes nos hemos convertido en esta capital del miedo?

A la mañana siguiente, la vida continúa. La tarde en la oficina es una de las más bellas y apacibles que recuerdo. La carga de trabajo en la editorial es mínima. Regreso a casa escuchando rock de los noventas, silbando una que otra melodía que disfruté en mi juventud. Al bajar del auto, él está de pie, tras el árbol, como hace cada luna.

-¿Qué historia vas a contarme hoy?

-La de un hombre muerto en la oscuridad. Dos “plomazos” rápidos y bien puestos. Poco dolor.

-¿Dónde pasó eso?

-Muy cerca.

-¿Dónde?

-Tranquilo. No te hablo de un muerto que pasó, sino de un difunto que vendrá.

-¿Una vieja deuda?

-No –asegura-. Una indiscreción.

Tengo un mal presentimiento. Me cuesta trabajo argumentar algo.

-Te dije que no preguntaras por los tatuajes, Edgar. No hay que buscarle los ojos al diablo.

-Calavera…–susurro.

-Calavera soy yo, sí –dice, y ahora es la imagen misma del mal.

-No puedes matarme, la gente debe saber…

-Ayer te conté la última historia. Necesito más historias para contar.

Aparece de entre sus ropas el destello del arma. Suenan dos disparos. El resto es confuso. El atacante corre calle abajo mientras mi chica asoma por la ventana para alcanzar la vista de mi cuerpo, inerte y pálido sobre la acera. También puedo ver la escena, como si estuviera en una azotea o levitando. No sé si la vista me traiciona, si estoy soñando o se trata del mareo, pero juro que el cuerpo del delincuente se desvanece de manera gradual en el aire, como si atravesara los autos de la cuadra, los árboles de la acera, para internarse en la noche. Me puedo ver, tendido, sereno al reconocer que descansaré de la angustia de la muerte, de la inquietud de proteger a mi chica, de la desazón que se sobrelleva entre posibilidades urbanas de secuestros, atracos, homicidios. “Esta sociedad es la madriguera del terror”, me digo mientras aprieto los dientes. La luna brilla rojiza. Los vecinos encienden las luces. Mi cuerpo va quedando abajo, cada vez más lejos. No se necesita ser adivino para entender que una nueva calavera aparecerá, pronto, en el moreno brazo de mi asesino.

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).