Atlantis y las húngaras Atlantis y las húngaras
La lucha libre sólo se entiende, al igual que el boxeo, en entornos urbanos y marginales. Allí se construyen historias extraordinarias Atlantis y las húngaras

La lucha libre sólo se entiende, al igual que el boxeo, en entornos urbanos y marginales. Allí se construyen historias extraordinarias, respaldadas únicamente por una máscara, que se convierte en el portal para dejar atrás una sucia cotidianidad. Un luchador llega en camión a la arena de combate. En su maleta trae el disfraz, que él mismo confeccionó, deslavado y zurcido, pero al colocarse su máscara, se convierte en un ente venido del infierno o del espacio exterior. Se descubre en una mitología verídica, que nada tiene ver con el humano detrás de esa máscara rutilante y estrafalaria.

Aunque no hay nada hoy que disfrute más que jugar, hablar, leer, escribir y ver fútbol (en ese orden), la lucha libre fue mi primera pasión en la vida. Pasé la mayoría de las tardes de sábado de mi infancia, comiendo galletas con forma de luchador mientras veía a las figuras del CMLL y la AAA.

Atlantis y las húngaras

Cuando asistía al jardín de niños tuve que ser intervenido del apéndice. Para que cooperara me dijeron que el cirujano sería nada menos que Tinieblas, quien en sus tiempos libres se dedicaba a la pediatría. No detecté ningún error al pensar que, sin su máscara, el único dueño legítimo de un aluxe podía ser mi médico. Hasta la fecha esa idea guarda cierta lógica.

Aunque el tiempo me ha hecho desarraigarme un tanto de esa pasión primaria, nunca acabé por separarme del todo de la lucha libre. Hace algunos años, decidí consagrar una de mis noches a ese deporte. La ocasión lo ameritaba. Era el cumpleaños 81 del CMLL. Se pactó un enfrentamiento de los que ya no se hacen. Uno de mis primeros ídolos, Atlantis, se jugaba su máscara contra un rival de época: Último Guerrero.

Al final, Último Guerrero fue quien se vio obligado a cumplir con el gesto de mayor solemnidad al que un luchador se puede someter: mostrar su verdadera identidad, dejar atrás su vida alterna. Las lágrimas que comenzaron a correr por el borde de su máscara, después de ser vencido, anticiparon que había comenzado un duro proceso para convertirse en un humano común.

Atlantis y las húngaras

Esa noche pude ver algo más. Vislumbré un rostro vetusto tras la máscara de Atlantis. Recordé el tiempo transcurrido. Ya poco quedaba del luchador que, 14 años atrás, venció a Villano III. El anciano, por puro orgullo, acababa de derrotar a un contrincante que lo superaba en todo.

A los cuatro años, un día jugaba con mi abuelo en la Alameda de San Luis Potosí y para convencerme de que era momento de regresar a casa,  me dijo que debíamos irnos porque las húngaras andaban rondando. Sentí un miedo indecible.

En el camino, sobre el puente de la Avenida Universidad, mientras contemplaba el paso de los trenes, le pregunté a mi abuelo quiénes eran las húngaras y qué hacían.  Me contó que se robaban a los niños, pero que además adivinaban el futuro. Tenían la virtud de ver lo que todo vendría. En ese instante, quise volver a buscarlas. -Vamos a preguntarles si voy a ser luchador, -le dije. Pero mi abuelo me respondió que por sus predicciones cobraban (muy caro). No volvimos.

Atlantis arrodillado frente al invencible tiempo, pero aplicando su llave favorita a Último Guerrero para vencerlo, para vencer al destino, aniquilar a la obviedad, me devolvió la felicidad de ser un niño de la colonia San Luis que vivía con sus abuelos. Regresé al recuerdo de mi abuelo y yo paseando por el centro. Volví a sentir la expectativa de que una húngara pudiera decirme que mi destino era ser como él. Ser como Atlantis.


Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores es un periodistas mexicano, entusiasta de la comida callejera, fanático del rocanrol, los perros, la literatura de la onda, Donnie Darko, las Chivas y el Athletic de Bilbao. Actualmente reside en San Luis Potosí y es subdirector editorial del periódico La Orquesta.mx. luismorenoflores@gmail.com /@LuisMorenoF_