AMLO, honestidad y la clase política AMLO, honestidad y la clase política
No existe otro político mexicano para el que el tópico de la honestidad o, por el contrario, de la corrupción, sea tan importante como... AMLO, honestidad y la clase política

No existe otro político mexicano para el que el tópico de la honestidad o, por el contrario, de la corrupción, sea tan importante como para Andrés Manuel López Obrador. El político tabasqueño ha forjado su popularidad construyéndose una imagen de hombre honesto e impecable en su actuar público: es el autoproclamado paladín de la moral política, que señala y acusa a la “mafia del poder”, alter ego de la clase política, de vastas tropelías.

En buena medida, su inédita y larga carrera pública la debe a su habilidad para desmarcarse de esa clase política, a la que acusa de corrupta –y que, en ciertos casos, no le falta razón-, y de presentarse como un personaje impoluto, ajeno a las desviaciones del poder. Por eso, cuando ponen en duda su figura de hombre intachable, lesionan su más sensible activo en la carrera por la presidencia de la República.

En el breve reportaje “López Obrador omitió activos en su declaración”, publicado por el Wall Street Journal (WSJ) del martes 27 de septiembre, se consigna una discrepancia entre la declaración que presentó en la plataforma 3de3, y lo que el reportero del medio estadounidense encontró en el Registro Público de la Propiedad. Mientras el político afirmó no tener bienes inmuebles, tampoco tarjeta de crédito o automóvil –una “declaración de la pobreza”, le llaman en el diario-, el periodista consignó que dos departamentos, adquiridos en el 2002 por el ex jefe de Gobierno, continuaban a su nombre.

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La respuesta no tardó en llegar. Y fue fulminante, como no podría ser de otra forma de acuerdo a los usos y costumbres del dirigente de Morena. Por medio de un video, pidió al WSJ “no calumniar”, y anunció en un mensaje en Twitter –desde su cuenta @lopezobrador_- que demandaría judicialmente al diario: “El Wall Street Journal me calumnió y favoreció a la mafia del poder en México, léase Salinas-Calderón. Demandaré judicialmente al periódico”. El departamento en cuestión, explicó el tabasqueño y su vocero, César Yáñez, sigue apareciendo a nombre de López Obrador por un asunto meramente burocrático; las escrituras, pues, están a nombre de uno de los hijos del ex jefe de gobierno, “sólo falta el trámite –dijo Yáñez a El Universal– ante el Registro Público de la Propiedad” para que el nombre sea modificado. No se conoce, hasta el momento, respuesta alguna del rotativo neoyorquino.

López Obrador debe de ser el político más auditado y fiscalizado en todo México. Durante el 2006 fue blanco de una muy intensa campaña de desprestigio, el lema de “un peligro para México”, ariete discursivo en ese entonces, tiene cierta actualidad para un sector del público mexicano; en el 2012 la situación fue similar, aunque sin llegar a los visos dramáticos que presentó su primera postulación a la presidencia. Sin embargo, dirían sus enemigos a la manera del legendario microcuento de Augusto Monterroso, El Dinosaurio, “Cuando despertaron, López Obrador todavía estaba allí”.

El dirigente de Morena encabeza un buen número de encuestas rumbo a las elecciones  presidenciales. En otras, se encuentra a dos o tres puntos de Margarita Zavala, la esposa del ex presidente Felipe Calderón, y posible candidata del Partido Acción Nacional. Lo que parece seguro, al menos por ahora, es que López Obrador aparecerá en las boletas del 2018, y, según se ve, tendrá altas posibilidades de triunfo.

De acuerdo a las experiencias previas, y a intentos recientes –como el episodio del WSJ– los actos de corrupción no son un flanco vulnerable para el tabasqueño. Miguel Barbosa, líder de los senadores perredistas, conocido detractor de su figura y opositor habitual a sus aspiraciones presidenciales, declaró desde Twitter que “lo del @WSJ es una vacilada, mejor no le busquen, por el lado de la deshonestidad no van a agarrar a @lopezobrador_”.

andres02López Obrador, pues, no es un hombre corrupto. No será la deshonestidad la que interrumpa su camino hacia Los Pinos. Por el contrario, otros son los obstáculos que se avizoran próximos en esa carrera, y buena parte de ellos son de orden eminentemente interno, sin contar, desde luego, los ataques y estrategias que sus enemigos desplieguen, como lo han hecho antes, en su propósito por descarrilar su proyecto presidencial.

Uno de los problemas más acuciantes que presenta,  es su tendencia a la verticalidad. La organización que preside, Morena, está sólidamente supeditada a sus personalísimas decisiones, dejando un pobre margen de maniobra a los liderazgos locales emergentes. Tan nociva característica ya ha hecho mella en estados como Tabasco –recientemente renunciaron dos diputados a la bancada de Morena en la legislatura estatal- o Tlaxcala – donde desplazaron a dirigentes locales para favorecer a antiguos líderes obradoristas-, entre otros casos que han hecho plausible la ausencia de una vida democrática medianamente vigente en esa institución política.

La característica descrita no es, propiamente, privativa de López Obrador. Tiene su origen en una arraigada cultura política que adolece, históricamente, de rasgos democráticos sólidos, y que ve el debate político como un recurso secundario, accesorio; donde la discrepancia no es detonante del diálogo o el intercambio de ideas, si no síntoma de desinformación o, peor aún, inequívoco preludio de enemistad política.

En ese sentido, y en lo que toca a su apetencia por el control político y la verticalidad, Andrés Manuel López Obrador no es distinto de sus otros pares. Aunque se empeñe en parecer ajeno y desvinculado a la clase política,  su formación y trayectoria dictan lo contrario: ha sido dirigente estatal y nacional de tres partidos políticos distintos, fue Jefe de Gobierno del Distrito Federal -con una actuación bien recordada por la ciudadanía-, candidato a gobernador de su estado en dos ocasiones y otras tantas candidato presidencial; sus años en la política suman ya cuatro décadas. Es un conspicuo miembro de la clase política –en el sentido más clásico del concepto-, en efecto, con una característica peculiar: no se le ha comprobado un solo episodio de corrupción en donde él haya sido el principal responsable. Y eso lo ha mantenido vigente en la truculenta e impredecible política mexicana.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.