Alfonso VIII de Castilla: el monarca español que hirió de muerte al Islam en Europa Alfonso VIII de Castilla: el monarca español que hirió de muerte al Islam en Europa
4
El proceso histórico conocido como “La Reconquista” fue una larga suma de batallas, enfrentamientos y contiendas que se produjeron en la Península Ibérica desde... Alfonso VIII de Castilla: el monarca español que hirió de muerte al Islam en Europa

“Tanta lanza allí veríais hundir, y bien pronto alzar;

tanta adarga en aquel caso romper y agujerear;

tanta loriga desecha de parte a parte pasar,

y tanto blanco pendón rojo de sangre quedar;

y tantos caballos buenos sin sus dueños allí andar.”

POEMA DEL MÍO CID, Cantar del Destierro.

 

El proceso histórico conocido como “La Reconquista” fue una larga suma de batallas, enfrentamientos y contiendas que se produjeron en la Península Ibérica desde el siglo VIII hasta el XV; es decir, supone un período que constituye en sí mismo el eje central de la Historia de España durante la Edad Media.

Los musulmanes habían tomado el territorio español casi por completo y su primera derrota tuvo lugar en la famosa Batalla de Covadonga (Asturias), con el Rey Pelayo al frente, el 28 de mayo del año 722. Tras duros y sangrientos enfrentamientos podemos dar el proceso por concluido el 2 de enero de 1492, cuando los Reyes Católicos reciben de manos de Boabdil “el Chico” las llaves del Reino nazarí de Granada.

Alfonso VIII de Castilla

Alfonso VIII de Castilla

Siete siglos de ocupación que han dejado su testimonio en la arquitectura, las costumbres, la gastronomía, la medicina, la literatura y el arte. No obstante, no sería correcto hablar de una “España musulmana”, pues España entendida como reino surgirá precisamente durante esta etapa. Sería más exacto hablar de al-Ándalus para referirnos al territorio de la Península Ibérica y la Septimania (Galia Narbonense para los romanos que se corresponde con la región francesa moderna de Languedoc-Rosellón) ocupadas por el poder musulmán durante la Edad Media (722-1492). Esta “provincia” perteneció en primer lugar al Califato Omeya. En el año 756 se convirtió en el Emirato de Córdoba y en el 929 Califato de Córdoba. Posteriormente, en el año 1031 se disuelve el Califato en los denominados Reinos de Taifas.

Hubo muchas batallas que supusieron avances y retrocesos para ambos pueblos, pero sin duda, la más célebre y definitiva, porque supuso la agonía del dominio musulmán en territorio español, es la conocida como Batalla de “Las Navas de Tolosa”, también citada en fuentes árabes como la “Batalla de Al-Uqab” y en fuentes cristianas como “Batalla de Úbeda”. Tuvo lugar en Santa Elena (Jaén) el 16 de julio de 1212.

El Califa Muhammad Al-Nasir, conocido en Iberia como Miramamolín (adaptación fonética de los nativos de Hispania), tenía la intención de derribar por completo los cimientos cristianos en toda la península. Su padre ya había combatido por esta causa derrotando al Rey Fernando VIII en la Batalla de Alarcos (1195).

En 1211 tomaron también el Castillo de Calatrava y el dominio del ejército almohade se acercaba a los Montes de Toledo y avanzaba por la ribera del Tajo. Será el Rey Alfonso VIII de Castilla quien inicie los planes de estrategia ofensiva y contraataque al ver que los musulmanes se aproximaban de nuevo a los territorios del norte peligrosamente.

El problema de los cristianos era su división interna. Constantes disputas fronterizas mantenían enfrentados a varios reinos y esa falta de unidad, les debilitaba mucho frente a los árabes, que aprovechaban estos conflictos intestinos para progresar en su conquista.

Los cinco reinos cristianos de aquella época eran:

  • El Reino de Castilla con Alfonso VIII al frente.
  • El Reino de Aragón, con Pedro II a la cabeza.
  • El Reino de Navarra, presidido por Sancho VII el Fuerte.
  • El Reino de León, en su trono Alfonso IX.
  • El Reino de Portugal, independiente desde 1140.
Pedro II de Aragón

Pedro II de Aragón

Será precisamente el Rey Alfonso VIII de Castilla quien comience a gestar y planificar la ofensiva contra los árabes al comprobar que toda Europa vivía en estado de alarma tras la toma musulmana del Castillo de Salvatierra (sede de la Orden de los Caballeros de Calatrava). Esta pérdida había minado la moral del ejército cristiano y su rendición era una derrota en toda regla. El Rey de Castilla y el Papa Inocencio III llegan a la conclusión de que sin la unión de todos los reinos la victoria es imposible. El Papa convoca a los hombres a realizar una Santa Cruzada e insta a los reyes de los cinco territorios a olvidar sus rencillas bajo pena de excomunión. La fe les dio la fuerza y los motivos para la alianza.

El arzobispo de Toledo, Don Rodrigo Jiménez de la Rada, colaboró en esta toma de conciencia por parte de los futuros combatientes y predicó la orden papal por toda Europa siendo especialmente intensa su labor en Francia, Alemania e Italia, acudiendo a la llamada voluntarios de los tres países y los obispos de Nantes, Burdeos y Narbona.

¿Por qué la población estaba tan motivada para acudir a la que se presagiaba una lid en desigualdad de condiciones? ¿Por qué decidieron alistarse enfrentándose a una muerte casi segura? (Hay que tener en cuenta que lucharon 70.000 cristianos contra 120.000 musulmanes). La respuesta más aceptada es la fe. También la repulsa a ser dominados, es decir, la dignidad. Llegados a este punto, los cristianos preferían morir a sucumbir, preferían la muerte a la derrota y el posterior dominio árabe.

Otra vía que supo enardecer el espíritu de la población fueron los Cantares de Gesta. El siglo XIII es el Siglo de los Juglares. El escritor Enrique de Diego, en su novela “Las Navas de Tolosa”, entiende el “Cantar de Mío Cid” como una obra propagandística para incitar a la población y lograr la sublevación contra las tropas de Al-Nasir. Situación que obtendría además el apoyo de la Reina Leonor de Plantagenet, esposa de Alfonso VIII, amante de la épica, la música, la poesía, promoviendo desde la corte la transmisión oral de la literatura de su época.

Era frecuente en la Edad Media escuchar a los juglares y nadie mejor que un héroe como Rodrigo Díaz de Vivar para insuflar esperanza en los corazones de los cristianos, deseosos de recuperar su identidad y su tierra, su horizonte y su casa.

La tesis es bastante aceptable, pues el manuscrito redactado por Per Abbat data de 1207, tan sólo vio la luz cinco años antes de iniciarse la batalla de las Navas de Tolosa, tiempo más que suficiente para propagarse como la pólvora a través del cantar de los trovadores.

La comitiva cristiana, que incluye soldados extranjeros como voluntarios, partirá de la ciudad de Toledo el 20 de julio de 1212, abanderados por Don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya. Eran unos 85.000 hombres cuando llegaron a Malagón, pues a los voluntarios de los reinos citados, hay que sumar también a los provenientes de León y Portugal y a las milicias de Ávila, Segovia y Medina del Campo, así como caballeros de las órdenes militares de Santiago, los Templarios, Calatrava y Hospitalarios. En Malagón lograron la primera rendición almohade, pero los extranjeros, no contentos con el botín y la posible huida, degollaron a los musulmanes vencidos, gesto que no gustó a Alfonso VIII pero que pasó por alto porque no podía permitirse ahondar en más conflictos.

En Calatrava los soldados musulmanes se rinden y devuelven al rey cristiano el castillo que habían perdido los Templarios. Los extranjeros no se conforman con esta solución y contrariados, abandonan al batallón. Los cristianos peninsulares se quedan solos en su propia cruzada.

El momento más duro para las huestes llegaba ahora, al tener que atravesar Sierra Morena.

Al-Nasir permanece al otro lado del puerto de Despeñaperros tejiendo posibles emboscadas que acaben con el ataque cristiano.

Era difícil entonces sortear Despeñaperros y cruzar Sierra Morena si tenemos en cuenta lo agreste y escarpado del terreno y las pocas opciones de atravesarlo a pie y con artillería. Los pocos pasos francos ya eran conocidos por los almohades que permanecían escondidos al acecho.

Sancho VII de Navarra, apodado "EL Fuerte"

Sancho VII de Navarra, apodado “EL Fuerte”

Entonces ocurrió el “Milagro del Pastor” o el “Milagro de San Isidro Labrador”. Cuenta una antigua leyenda que un pastor cuya imagen recuerda a la de San Isidro se apareció a los cristianos para mostrarles un camino seguro desconocido por los musulmanes. Don Diego López de Haro, que actuaba como avanzadilla, comprobó que era fiable y estableció el campamento base en un lugar hoy llamado Mesa del Rey.

Al conocer Al-Nasir que habían traspasado con éxito, sus enemigos, los límites de Sierra Morena, organizó a su ejército.

El 15 de julio comenzaron a batirse en pequeñas contiendas. La madrugada del día 16, la batalla más cruenta de la Reconquista, se hizo realidad y sangre con todas sus fuerzas.

El ejército cristiano contaba con 70.000 hombres divididos en 3 cuerpos. En el centro la avanzadilla Don Diego López de Haro, abanderado de Castilla, seguido por el Alférez Mayor Don Álvaro Núñez de Lara. Detrás el Rey Alfonso VIII acompañado por el arzobispo de Toledo, Don Rodrigo Jiménez de Rada. El ala derecha la ocupa Sancho VII “el fuerte”, Rey de Navarra, con sus 200 caballeros y peones. Y el ala izquierda Pedro II de Aragón, gran amigo del rey castellano, junto a sus huestes.

En la retaguardia las milicias urbanas de Ávila, Segovia y Medina del Campo junto a hombres de las órdenes de Calatrava, Santiago y Templarios.

La disposición de los 120.000 soldados del ejército almohade era tradicional, con la infantería al frente en tres líneas de batalla y la caballería bereber en los laterales. Las tropas habían reclutado a soldados del Magreb y del territorio andalusí.

En el Cerro de los Olivares, la ostentosa y llamativa tienda del Califa Al-Nasir. Una carpa de color rojo fuertemente custodiada por una orden de defensa especial, la llamada “guardia negra” o “ejército negro”, tropas de guerreros muy bravos conocidos como los “Im-esebelen”. Esta élite de soldados de raza negra, vestidos también de negro, se encadenaban mientras custodiaban y protegían la tienda roja de Al-Nasir, pero no eran esclavos al servicio del califa, eran voluntarios fanáticos que defendían a su rey con todas sus fuerzas y que demostraban (encadenados o semienterrados) que jamás huirían, que defenderían al islam y a su adalid hasta el final.

La batalla comienza cuando Alfonso VIII de Castilla decide dar la orden de lucha. En primera línea Diego López de Haro y su compañía atacan al ejército almohade con flechas primero y artillería pesada después. Fue una ofensiva dura y radical y las huestes musulmanas se resintieron e intentaron una primera retirada, pero Al-Nasir envía entonces el grueso de la caballería para lograr desmontar a los jinetes cristianos. El ejército castellano acusa la presión y sufre muchas bajas. Aunque la situación era crítica y muchos huyeron, Diego López de Haro, su hijo, Núñez de Lara y los caballeros de las órdenes militares junto a la segunda línea defensiva (o lo que quedaba de ella), se lanzan a un combate cerrado contraatacando a las tropas musulmanas, mucho mayores en número y menos desgastadas. López de Haro intenta encontrar el equilibrio perdido por las abundantes bajas. Los árabes cometieron su primer error en este punto cuando al ver huir a algunos cristianos, en vez de seguir combatiendo en campo cerrado, se dedicaron a dispersarse para perseguir a los fugitivos. En este momento el grueso de sus tropas comienza a perder fuerza respecto a las huestes de la península.

Califa Muhammad Al-Nasir

Califa Muhammad Al-Nasir

Sin embargo, este desliz no fue lo suficientemente grave como para hacerles perder la batalla. Siendo consciente del peligro y de la inminencia de la derrota, el rey Alfonso VIII de Castilla miró a sus compañeros, a Pedro II de Aragón, a Sancho VII de Navarra, a los obispos, a los caballeros de las órdenes militares y en un último intento tan apasionado como arriesgado inició lo que se conoce como “la carga de los tres reyes”.

Los monarcas se pusieron al frente de las tropas, capitaneando a sus hombres y avanzaron en el campo de batalla sabiendo que era vencer o morir, ganar o perder su reino.

Las Navas de Tolosa se sintieron por sus protagonistas como una auténtica cruzada.

Rebasaron la segunda y la tercera línea de la caballería almohade y Sancho VII de Navarra, el rey apodado “el fuerte”, en uno de esos actos heroicos que suponen la victoria definitiva de un enredado conflicto, logró llegar acompañado de su séquito hasta la tienda roja de campaña donde estaba pertrechado Al-Nasir.

Tuvo el valor de romper con sus armas las cadenas que la guardia negra utilizaba para proteger al califa y uno a uno, fueron degollando a todos los hombres del Im-esebelen.

Esta hazaña de Sancho VII “el fuerte”, rey de Navarra, fue el auténtico revulsivo contra las tropas musulmanas. Al-Nasir huyó hacia Baeza acompañado de algunos servidores fieles junto a un sustancioso botín, pero al ser perseguido el califa por numerosos cristianos, perdió sus tesoros por el camino. Hoy se conserva, en el Monasterio de las Huelgas, en la ciudad castellana de Burgos, el Pendón de las Navas, un hermoso tapiz árabe que los soldados cristianos tomaron de la tienda de “Miramamolín” y que se ha convertido, con el paso del tiempo, en uno de los símbolos de la victoria que supuso la Reconquista.

Al amanecer, el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, rezó un “Te Deum” junto a sus hombres en señal de agradecimiento a Dios. Y el rey Alfonso VIII de Castilla informó al Papa Inocencio III del feliz desenlace de Las Navas.

Murieron, en este cruento enfrentamiento, 5.000 cristianos y 90.000 musulmanes.

Las cadenas que rompió Sancho VII, hoy forman parte del Escudo de Navarra y también aparecen en el cuartel inferior derecho del escudo del Reino de España, aunque diversas investigaciones han desmontado esta creencia popular, como la  tesis aportada por Tomás Urzainki, quien afirma que los escudos blocados en relación al Reino de Navarra y otros reinos medievales, son anteriores a la Batalla de las Navas de Tolosa; insiste en que la hazaña del Rey Sancho VII propició la leyenda referente al origen del escudo.

Castillo de Salvatierra de la Orden Militar de Calatrav

Castillo de Salvatierra de la Orden Militar de Calatrav

Una de las fuentes que mejor nos permiten conocer de primera mano lo ocurrido en esta contienda es la crónica escrita por el propio arzobispo de Toledo, en latín: “De rebus Hispaniae”, llevada a cabo durante la primera mitad del siglo XIII por encargo del Rey Fernando III. Por tratarse del testimonio de uno de sus protagonistas, resulta un documento de incalculable valor.

La Reconquista” como empresa no termina aquí, aún los cristianos tendrán que recuperar sus territorios perdidos poco a poco en un proceso que durará otros doscientos años, incluso algunos más. Será en 1492, gracias a la toma del Reino de Granada por los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, cuando la península ibérica se vea libre de la ocupación musulmana con la rendición de Boabdil.

Y el espíritu del Cid, seguirá vivo por los siglos de los siglos…

Marta Muñiz Rueda

Marta Muñiz Rueda

Nace en Gijón, Asturias, en 1970. Licenciada en Filología Hispánica y titulada en Música. Ganadora del Premio de Poesía Esencia de Mujer (Astorga, 2015), del II Certamen de Poesía Lord Byron (Avilés, 2016), Primer Premio del VI Certamen de Relatos Río Órbigo, (León, 2016). Ha publicado el libro de poemas “El otoño es nuestro” (Tres voces, tres mundos II, Ed. Csed-Poesía, 2015), la colección de relatos “13 cuentos dementes para mentes insomnes y un relato para supersticiosos” (Ed. Piediciones, 2016) y la novela “Tiempo de cerezas”, (Ed. Camelot, 2017). Colabora asiduamente en eventos literarios y ha participado en numerosas publicaciones colectivas, tanto en revistas (La Curuja, FAKE-España, Espacio Luke) como en antologías o misceláneas (“Poemas por vidas”, “15 autores, 24 horas”, “Sagrado Invierno”). El próximo día 1 de julio de 2017 participará en el VIII ENCUENTRO POÉTICO de San Miguel de Escalada.