“A lo mejor la edad nos otorgue la sabiduría para reconocer eso que realmente importa, pero también la mejor forma de contarlo” “A lo mejor la edad nos otorgue la sabiduría para reconocer eso que realmente importa, pero también la mejor forma de contarlo”
El escritor de esta ocasión ama subrayar las frases que más le inspiran, sobre todo aquellas que tiene que ver con tragos. Una suerte... “A lo mejor la edad nos otorgue la sabiduría para reconocer eso que realmente importa, pero también la mejor forma de contarlo”

El escritor de esta ocasión ama subrayar las frases que más le inspiran, sobre todo aquellas que tiene que ver con tragos. Una suerte de manual que le permite compartir con el lector esa experiencia por él mismo, pero sobre todo por autores que a él más le entusiasman. Pretende hacer un florilegio de lo más destacado que encuentre, tanto de la bebida como del diablo. El autor de la semana es Adolfo Vergara Trujillo quien ha escrito Freak y otros tormentos y Doble, derecho, el old fashion.

Diana López: ¿Podrías mencionarnos tus cinco libros favoritos y por qué lo son?

Adolfo Vergara Trujillo: Más allá de un gusto que los ubique como “favoritos”, hay literatura que, en distintos momentos y en niveles diferentes, van configurando nuestra percepción del mundo: los autores rusos, los poetas franceses, los grandes maestros latinoamericanos, la escuela norteamericana.

Horizontum. “A lo mejor la edad nos otorgue la sabiduría para reconocer eso que realmente importa, pero también la mejor forma de contarlo”No es una norma, pero es frecuente que los grandes libros que siempre tengo presentes hayan sido escritos cuando sus autores pasaban de los 60 años. Quizá la verdad sobre la vida se vaya develando justo hacia su final; a lo mejor la edad nos otorgue la sabiduría para reconocer eso que realmente importa, pero también la mejor forma de contarlo.

Es una ignominia enumerar cinco libros, y aunque me arriesgue a que falten, procuraré que no sobren. El primero de ellos es El padre Sergio, de León Tolstoi. En este cuento, editado comúnmente al lado de la novela corta La muerte de Iván Ilich, en apenas unos párrafos, se encuentra una de las descripciones literarias más hermosas que se hayan escrito sobre “el diablo”: es sencilla, inocente, violenta, sensual como el tobillo de una mujer. El maestro Tolstoi logra esa descripción a los 62 años de edad.

Esto me lleva a recordar un libro de Norman Mailer, pero no es La canción del verdugo, ni siquiera Los tipos duros no bailan; me refiero a El Evangelio según el Hijo. El maestro tenía casi 75 años cuando se atrevió a narrar, en primera persona, la visión del que es tal vez el Cristo más humano, el menos divino. La novela contiene pasajes tremendos, como el de un Jesús de siete años, consentido y caprichoso, que asesina a otro niño con sólo pensarlo simplemente porque puede. Y aquella otra, cuando llega “el visitante” luego de que Jesús pasa los 40 días en la montaña; aunque aquel hombre vestido como un rey había subido hasta la cima, “en su túnica no había polvo, ni sudor en su piel”; y lo saluda con una historia: “¿Sabes cómo encontró la muerte el profeta Isaías?”, le pregunta: una descripción magistral sobre el diablo.

Ya que estamos con los escritores norteamericanos, no puedo dejar de mencionar La senda del perdedor, de Charles Bukowski. Más allá de sus relatos redundantes, esta novela representa el momento más alto del “Chinanski” narrador. La leyenda cuenta que Bukowski comenzó a escribir este libro justo el día de su cumpleaños número 60. En ella hace un viaje interior a su primera infancia, su niñez y su adolescencia. Es un ejemplo maestro de cómo el escritor, sin sentir compasión de sí mismo, debe abrirse el pecho, sacar su corazón y ofrecerlo al mundo. Su “manual” sobre cómo lastimar a un hijo, cómo golpearlo y asustarlo, desde sus memorias, es terrible.

La facultad, la fuerza para reírse de sí mismo no es muy común. Por ello debo incluir en mi lista Animalitos de Dios, de Lázaro Covadlo. Este argentino, refugiado político en España desde 1975, publica su primer libro a los 60 años. Quizá por ello, en este que es su octavo o noveno libro, logra algunos relatos que son piezas maestras. Con un tono sardónico que recuerda a Roberto Arlt, aunque en un ritmo más contemporáneo, “El fantasma de Castelldefels”, por ejemplo, narra la historia de “el perdedor más grande del mundo”, mientras “El cuervo” es en realidad el juego de espejos de un cuento de hadas, terrible, narrado a un par de niños por su padre neurótico. Este libro, para mí, es un paradigma sobre la fusión de humor negro y la más contundente literariedad.

El quinto libro que elijo es mexicano y, aunque difícilmente la SEP lo vaya a incluir en las lecturas obligatorias de nivel secundaria, estoy seguro de que un día será tema de tesis en los posgrados de Literatura: El Chanfalla, de Gonzalo Martré. Los símbolos, su ubicación temporal y el realismo ensayado a lo largo de las más de 300 páginas de esta novela, con la Ciudad de México como escenario, la vuelven una obra superior de la literatura mexicana del último cuarto del siglo XX. El maestro Martré tenía apenas 50 años cuando la escribió, pero ya sabía cosas. Hoy, a sus casi 90 años, el hombre está más allá del bien y del mal.

DL: ¿En qué momento de tu vida decidiste incorporar la lectura como un acto cotidiano?

AVT: Cuando entré a 2° de secundaria, el director decidió que debía escarmentar y me envió al turno vespertino. Durante las primeras semanas me sentí afortunado, pues aunque aquello significaba lidiar con los lacras de 15-16 años, también me permitía dormirme tarde y despertarme al mediodía.

Pero mi madre tenía otros planes: el señor Bernabé, marido de la vecina que vendía Tupperware, era mecanógrafo en los Portales de Santo Domingo y la vieja me mandó a trabajar con él por las mañanas.

Llegaba yo, de lunes a viernes, a las 7:00 de la mañana, a montar el “escritorio” del señor Bernabé, lo que no era más que una mesa desnuda, una máquina Olivetti color verde más vieja que la que teníamos en casa y tres sillas plegables. Mi labor consistía, básicamente, en tener siempre a la mano los formatos de dependencias de gobierno que más pedía la gente, cambiar la cinta de la máquina de escribir cuando se terminaba y vender plumas y folders a quien los solicitara.

Horizontum. “A lo mejor la edad nos otorgue la sabiduría para reconocer eso que realmente importa, pero también la mejor forma de contarlo”Pero además de la clientela habitual que demandaba escritos a máquina, llegaban al escritorio personas, usualmente de provincia, con su correspondencia en la mano, porque no sabían leer. Al señor Bernabé no le gustaba cobrar por leer y, por otro lado, perdía mucho tiempo en descifrar los jeroglíficos de los remitentes; así que comencé a encargarme de leer las cartas de la gente.

Al principio cobraba unos cinco pesos por carta, pero pronto aprendí que debía cobrar por página. La mayoría de las cartas estaban casi siempre escritas a mano y, en general, contaban cosas triviales de la familia y los amigos.

Cierta mañana, sin embargo, llegó un viejito a que le leyeran una carta que le acababa de llegar de alguna comunidad de la sierra de Guerrero. Ahí le comunicaban que una vaca había corneado a su perro preferido. Y la carta resultó contener, me parece, bastante literariedad: narraba los aullidos de dolor del animal, su agonía de un día entero; no esperaban que sobreviviera y pedían su permiso para sacrificarlo.

La carta tenía fecha de más de una semana atrás.

El viejito se puso a llorar.

Nunca pensé en cobrarle al viejo luego de ver sus ojos enrojecidos de llanto, pero antes de que terminara la lectura, me arrojó los cinco pesos junto a su carta y se fue, quizá más enojado que triste.

Ese día me di cuenta de las emociones que puede provocar la lectura y comencé a buscar literatura, aunque nunca en la escuela: leer era considerado un signo de blandenguería por los lacras de 15-16 años que repetían 2° de secundaria en el turno vespertino por enésima vez.

DL: ¿Siempre deseaste ser escritor o qué otro trabajo te hubiera gustado desempeñar?

AVT: Hace ya casi dos décadas, durante mi primer viaje a Europa, visité Chamonix y, estando en l’Aiguille du Midi, el mirador más alto del Mont Blanc, se me ocurrió que era buena idea visitar el Monte Cervino.

Nunca imaginé la travesía que sería llegar hasta allí, pues tuve que bajar a Italia y subir de nuevo, hasta Suiza, en autobús: una pesadilla de más de 24 horas.

En algún punto, casi terminando de cruzar el Valle de Aosta, el autobús se detuvo en Villa Rimedi, una pequeña aldea que no era más que dos calles en forma de cruz justo al pie de las montañas.

Los pocos viajeros que íbamos en el autobús bajamos a estirar las piernas y algunos nos acercamos a la única tienda que parecía existir en muchos kilómetros a la redonda. Un anciano nos recibió mal encarado; todavía era corpulento y sus ojillos azules apenas se podían ver bajo sus cejas tupidas que ya eran completamente blancas, lo que le otorgaba un aire algo hosco. Su mirada, sin embargo, lo delataba en paz consigo mismo.

Nos cobró lo más deprisa que pudo, como si estuviera perdiendo el tiempo atendiendo turistas. Yo era el último en la fila y ordené unos cigarros, y cuando el viejo me dio la espalda para buscarlos, alcancé a mirar la trastienda. Así descubrí un lugar mágico: un taller de calzado. Y no me refiero a que el hombre reparara suelas y tacones, sino que hacía zapatos: los objetos de uso más hermosos que he visto en mi vida.

Le pedí, en mi mejor italiano, que me permitiera mirar su taller y, aunque creo que no me entendió del todo, me parece que reconoció mi asombro.

El anciano se llamaba Giambattista. Y me dejó pasar a su taller. Y aquello fue alucinante: la firma de zapatos italianos más exclusiva hubiera envidiado aquella estantería, aquellos muebles de madera, aquel olor. Stradivarius mismo no pudo tener un taller igual para hacer sus violines, y el viejo Giambattista hacía zapatos de hombre, de vestir, de todos los colores y números, pero sólo “por encargo de clientes antiguos o de recomendados de clientes antiguos”, aunque dijo que jamás hacía más de 10 pares de zapatos al año.

El viejo Giambattista estaba comenzando a hacer un par de zapatos nuevos y, sobre su mesa, había patrones de corte, hormas, pieles curtidas, cuero crudo, tintas y algunas pinzas, además de un juego de navajas y tijeras que, de tan limpias, de tan hermosas, parecían más adornos que herramientas de trabajo.

Alcé la mirada y, en un estante, acomodados como un trofeo, como un tesoro, había unos mocasines recién terminados; eran de color rojo, quizá para el diablo; aquellos zapatos me embrujaron, pero ese embrujo no fue por poseerlos, por calzarlos, sino por crearlos: son la pieza de creación humana más exquisita que he visto jamás.

Aún no entraba en uso el euro, pero el viejo afirmó que el valor de aquellos mocasines (ojo: se refirió a su valor, no a su “precio”), en liras italianas, ascendía a unos 70 mil pesos mexicanos, según mis cálculos de aquel tiempo. Los zapatos rojos estaban por ser embalados para enviarse a Shanghái.

—¿Además de hacer zapatos despacha usted una tienda de tabaco? —le pregunté, sin poder ver más allá de mis narices.

—Los viajeros llegan sedientos, con hambre —respondió el viejo—. Alguien los debe atender.

El autobús tocó el claxon y me despedí del viejo Giambattista. Abandonamos la aldea y, luego de otras seis o siete horas, llegamos al Cantón de Valais, en Suiza. Descansé durante dos días, contemplando con mis ojos la cara noreste del Monte Cervino, pero la verdad es que recuerdo muy poco de aquella montaña imponente: no podía quitar de mi pensamiento aquel par de mocasines rojos.

Regresé a la civilización vía Berna, pensando en el taller del viejo Giambattista; y todavía lo pienso a veces: imagino que de haber regresado por el mismo camino, me hubiera gustado quedarme a vivir en Villa Rimedi como aprendiz de zapatero y, cuando el autobús llegara, vender cigarros y cerveza a los viajeros.

DL: Cuéntanos algún dato curioso de ti como lector.

AVT: Me parece que leo ya muy poco y es que me he descubierto estudiando mis lecturas: casi sin querer, busco identificar estructuras, construcciones, ritmos, perfiles, secuencias narrativas.

Además subrayo, subrayo mucho: busco pasajes que hablen de alcohol, de tragos; si son sobre whisky, mejor. Tengo unos 15 años reuniendo un florilegio sobre tragos; y según mi apreciación, nadie le gana a Graham Greene en frases memorables sobre alcohol: ni Hemingway, ni siquiera Bukowski. Cuando lo termine, se llamará Del perfecto manual borracho, en honor al mítico Del perfecto manual misógino, florilegio del maestro Sergio Monsalvo C.

Y, bueno, sí, también sigo subrayando toda descripción sobre “el diablo” que valga la pena.

 


Diana López

Diana López

Comunicóloga y etnohistoriadora. Se ha desempeñado como promotora cultural independiente, RP para editoriales y eventos culturales. Fue coeditora web en la sección cultural del periódico Reforma y paleógrafa del Archivo General de la Nación. También ha sido asesora pedagógica de fomento a la lectura. Oficio que mejor la define: mochilera.